MOISÉS ESTÉVEZ

El día que Javier fue brutalmente asesinado era un día como otro
cualquiera. Se levantó de la cama temprano, dirigió sus pasos al baño para
darse su rutinaria y matutina ducha mientras subía el café por la Melita. Del
baño al coqueto vestidor, de donde salió enfundado en un snob traje azul
marino, camisa, corbata y zapatos italianos, y del vestidor a la cocina, donde
llenó hasta arriba, rebosante, un vaso con tapa del café recién hecho.
Llaves, reloj, cartera, iPhone, auriculares, brebaje caliente y mochila
usada a modo de cartapacio.
Salió del apartamento. Pasillo, ascensor, pasillo, calle, boca de metro,
metro, parada, escaleras mecánicas que subían, calle, puerta giratoria, hall,
ascensor, pasillo, despacho, mesa… apura el café mientras ojea el periódico.
Su secretaria entra sin llamar y le recuerda la agenda para hoy.

  • Gracias Noa, pero intenta aplazar la reunión de las diez con recursos
    humanos. Me ha surgido algo que no puedo posponer. Ayer a última hora me
    llamó un amigo que necesita un favor y me fue imposible convencerlo para que
    me dijera por teléfono de qué se trata, insistiéndome en que nos viéramos.
    Parecía importante. –
  • Entiendo que es un asunto personal pero si puedo ayudarte… –
  • Si, es personal, no te preocupes, y gracias por el ofrecimiento, lo
    tendré en cuenta. –
    Cuando su secretaria salió, volvió a preguntarse qué coño querría
    Michael que no quiso explicarle por teléfono…

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