JEIMY SÁNCHEZ

“La soledad es la gran talladora del espíritu”.

—Federico García Lorca.

Cruzó la calle sintiéndose solo y hambriento. Nada importaba ya, lo único que quería era no volver a ese lugar, deseaba estar muerto, desaparecer del mapa, o que se lo tragara la tierra, cualquier opción era buena. No quería escuchar a su mamá quejarse, o a su hermano llorar, estaba harto, harto de todo, pero lo único que hacía era sentarse y mirar, quería que lo vieran, que pararan de fingir que no existía, tal vez pudo hacer algo, pero su poca valentía lo tenía preso. Hasta ahora.

Advirtió por el color de las nubes que llovería pronto, poco le importó. Corrió, corrió como si no hubiera un mañana, las personas solo lo miraban con confusión, pero él seguía corriendo, avanzó sin rumbo, por primera vez dejo que sus instintos lo guiaran.

Escuchó un trueno, el cielo se iluminó un instante y después sintió como las frías gotas de lluvia resbalaban en sus mejillas, mezclándose con sus lágrimas, ¿cuándo fue la última vez que había llorado? Incluso el hombre más fuerte del mundo no podría aguantar tantos años el llanto, era como si no tuviera corazón, en cambio su madre siempre se quejaba de él, decía que era un cobarde y un bueno para nada, tal vez tenía razón.

Nunca tuvo el valor para defenderse, incluso salía discretamente de la escuela para que los chicos no lo molestaran, pero ni eso los paraba, el grupo de chicos lo tenían bien vigilado, como si de un ladrón se tratase, jamás lo dejarían en paz.

En ese momento se dio cuenta de que no tenía sentido correr, jamás podría alejar la realidad, jamás podría quitarse lo cobarde que era.

Dejó de correr, no estaba tan seguro de que tan lejos estaba de su casa, inmediatamente reconoció el bosque, el grupo de chicos lo llevaba aquí para darle una paliza o burlarse de él, a lo lejos pudo visualizar un tronco de árbol mojado, camino hacia él y se sentó a un lado, recordó la última vez que le dieron una paliza al lado de ese tronco, aún tenía restos de sangre.

La lluvia caía cada vez más fuerte, obligándolo a salir del bosque, camino unas cuantas calles y encontró una parada de autobús, se sentó en la banca y se bajó la capucha de su sudadera, unos minutos después una señora de mediana edad tomo asiento a su lado.

—Con esta lluvia no es bueno estar fuera de casa, puedes resfriarte —mencionó la señora mientras guardaba su billetera en su bolso.

—¿A dónde te diriges? —preguntó la señora.

—A Massachussets, donde vive mi tío, ahí comenzaré una nueva vida —dijo el adolescente para después colocarse su capucha y subir al autobús que había llegado.

Dentro no había mucha gente, tomo asiento en el último lugar, pensó lo que haría, pensó en cómo le diría a su tío por qué escapó de casa, giró hacia la ventana, vio como las gotas de lluvia resbalaban por el cristal, luego de eso escuchó a una voz femenina anunciar que el viaje estaba por empezar, sacó de sus bolsillos un par de audífonos y los colocó cada uno en sus oídos, cerró los ojos y sintió como el autobús avanzaba.

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