TANATOS 12

CAPÍTULO 36
Mientras escuchaba el sonido de los tacones de María alejarse, y sin tiempo a recapacitar siquiera sobre qué hacía allí aquel hombre con la polla erecta en nuestro salón, le escuché decir con voz seria:
—No sé cómo la soportas.
Y automáticamente entendí que Carlos solo tenía un objetivo para con María, que sus quedadas para hablar de trabajo y de otras cosas no eran más que otra farsa. Y ante mi silencio lo confirmó:
—Vale, pregunta absurda —prosiguió— La soportas porque está muy buena. Y porque, claro, a ti te la deja meter. A ti, y a Edu y a esos universitarios, y al de Madrid, y seguramente al informático ese también.
Aquel hombre se sujetaba la polla por la base, con la camisa blanquísima y seguramente cara, con sus barba perfilada y canosa, con sus vaqueros abiertos… con su mirada azul… injustamente imponente. Y yo comprendí que ya no había duda alguna de que bajo aquella máscara de distinguido, formal y educado hombre de negocios… tras aquel papelón de las últimas semanas, no había más que un chuleta cincuentón, soberbio y presuntuoso. Tuvo que aparecer “la frustración” como lo llamaba él, para que el verdadero Carlos asomase.
Alargó entonces su mano y se hizo con el arnés que María había dejado en el sofá, y lo escudriñó con detenimiento, y dijo mientras lo examinaba:
—Me contó María que al chico de Madrid se la chupaste.
Carlos soltaba aquello, sin siquiera mirarme, y yo me quedé helado.
—Eso es mentira —protesté.
—Vamos. No pasa nada. Sois raritos de cojones. Cosas más raras habréis hecho y habrás hecho —decía con desidia, jugueteando con las cintas del arnés. Y después comenzó a desabotonarse la camisa, pues veía que ésta estaba cerca de ser manchada por su polla, que caía buscando reposo en su abdomen.
Me quedé callado contemplando cómo se gustaba al abrirse la camisa, fijándome en cómo se enorgullecía de su miembro y de todo su físico. Sentí envidia.
—¿Por qué no me la chupas a mí también? —preguntó y mis pulsaciones se dispararon.
Tragué saliva. Me intimidaba aquel nuevo Carlos. Me sentí engañado y a la vez sobrepasado.
Comenzó entonces a descalzarse… y yo esperaba, deseaba, que no me lo hubiera dicho en serio… Y, mientras dudaba de si era una burla, un farol, una idea pasajera o una petición real… él se ponía en pie, dejaba su móvil y su cartera sobre la mesa de centro, y se quitaba también los calcetines, los calzoncillos y los vaqueros, los cuales dobló con cuidado y posó sobre el sofá.
Tras toda aquella impecable y meticulosa rutina, a gusto, seguro, y de pie, con la camisa blanca abierta, y su semi erecto miembro apuntándome, solo separados por la mesita de centro, dijo:
—Hay que ver las cosas que os inventáis para suplir que no le pones… Porque sabes que todos estos juegos y subjuegos son porque no le pones ya una mierda, ¿no?
Él hablaba y no esperaba mi respuesta. Aunque yo tampoco sabía muy bien qué decir.
Se inclinó entonces y volvió a recoger el arnés, y, para mi sorpresa, parecía hacer ademán de intentar colocárselo.
—Joder, esto es raro de cojones —dijo, hablando extrañamente mal, y ya intentando introducírselo, y yo dudaba si le cabría, sobre todo por el grosor.
—¿Sientes algo cuando la follas así? —preguntó, mientras se ajustaba aquello que sí le cupo, si bien hizo caso omiso a las cintas y se lo colocaba sin hacer uso de ellas.
Se me hacía violento, invasivo y extraño verlo con aquello puesto. Y también parecía verse raro él, pues se miraba y se lo ajustaba y ladeaba la cabeza.
Comencé a escuchar unos tacones que se acercaban por el pasillo y él alzó la vista. María entraba en el salón, vestida como aquella noche en casa de Álvaro, con los zapatos de tacón, las medias, la falda de cuero y la camisa de seda negra. Pensé que haría algún comentario sobre la estampa llamativa de Carlos con aquella polla de goma ajustada, pero pretendió pasar por delante de él, caminando altiva pero ruborizada hacia el sofá.
En ese momento Carlos le echó la mano a una de sus muñecas para detenerla y ella se detuvo, no sin antes soltarse con brusquedad de aquella mano prohibida que pretendía sujetarla, y dijo:
—¿Qué haces? No me toques.
—Es verdad. Perdona. No te toco.
Los dos de pie, uno frente al otro. María completamente vestida y él completamente desnudo salvo por la camisa blanca abierta y aquella polla realista colocada… Sin embargo, la pudorosa y tensa parecía ser ella.
—Joder… —susurró Carlos, observándola.
—Qué pasa.
—Nada… Nada… —dijo él y yo los miraba, sentado, empequeñecido, y sabedor de que tenía que reaccionar, pero no sabía cómo.
—Bueno… —prosiguió —me reafirmo en que… ibas guerrera esa noche. Algo ibas buscando.
—No sé de qué hablas. Es una ropa normal. Si no fuera por el liguero. Y eso no se podía saber porque no se ve.
—Ya. Bueno. ¿Y esto? —dijo Carlos haciendo un gesto con la cara hacia ella y yo no sabía a qué se refería.
—Obviamente no fui así.
—¿Entonces?
—Me molestaba, y me lo quité —respondió María y yo me fijé en la silueta de los pechos bajo la fina camisa de seda. No llevaba sujetador.
—¿Te apretaba? —preguntó Carlos.
—Un poco.
—No me extraña.
—¿Y a ti? ¿No te aprieta esto? —reaccionó María, tan rápido como pudo, mirando hacia aquel pene de goma, perfectamente encajado.
—Me va un poco justo. ¿Se nota algo con esto? Pregunto desde la ignorancia. Tu novio no me quiso contestar.
—¿Si lo notas tú o si lo noto yo?
—Hombre. Tú lo notarás. Semejante aparato… Digo si lo nota él. Si lo notaría yo.
María alargó entonces su mano y tocó aquella polla inerte con desgana, como si no custodiase lo que custodiaba, y la abandonó casi inmediatamente.
—No me he enterado —dijo Carlos, instándole a que lo agarrara.
Ella le miró a la cara, queriendo ser más chula aun que él, y volvió a posar sus dedos allí, hasta que finalmente la agarró con toda la mano y cerró los dedos.
Frente a frente, María le agarraba la polla, si bien no tocaba carne sino plástico y Carlos insistió:
—A ver. Aprieta.
Y ella obedeció entonces, cerrando la mano con fuerza.
—Sí. Se nota un poco. Pero casi nada —precisó Carlos.
Yo, tan excitado como perplejo, no entendía qué sucedía, pues el plan era que me lo pusiera yo, lo hiciera con María, que ella se gustase y mostrase su sexualidad y que él mirara. Ese era el plan, el juego de María, el juego intermedio que estaba llamado a ser nuestra salvación.
María le retaba con la mirada y no soltaba aquella polla. Y él no solo no se amilanaba sino que terminó por alargar una de sus manos… hasta rozar con ella una de sus tetas… sobre la camisa.
—¿Qué haces? —protestó ella, pero no le apartó la mano.
—Tú tocas juguete sexual, que nunca me acuerdo como lo llamáis. Y yo toco camisa. Nadie toca carne.
Yo veía como Carlos, satisfecho con su respuesta, acariciaba sutilmente sobre la seda… sobre aquella teta… con una pericia inusual, experta… y el pezón de María la traicionaba a una velocidad vergonzante, en apenas unos pocos segundos… tras los cuales ella comenzó a mover su mano sobre aquella polla de goma, como si realmente le masturbara, en una paja lenta.
El juego estaba arriba, en aquella suave caricia sobre la camisa negra, sobre la teta, despertando el pezón, y abajo, sobre la polla de goma, y dijo él entonces:
—Apriétamela.
Y ella obedeció, apretando la goma, y él respondió apretando un poco su teta y entonces un tenue y casi inaudible “Auuu… qué… haces… ” salió susurrado de María, en lo que no era una queja normal, sino un ronroneo… que mostraba una mezcla de dolor y placer.
Y Carlos volvió a ordenar que apretase con fuerza aquel arnés y ella obedeció. Obedeció sabiendo que la contra réplica sería un apretón en su teta sobre la camisa, y esta vez un “¡Mmmm…! ¡Ahh…!” fue casi jadeado por ella, y adornó su morbosa protesta con un movimiento de cuello y toda su melena, que caía densa por su espalda, ondeó con una extraña sensualidad.
—¿Se la chupaste a los dos? —preguntó él. Y ella tardaba en responder. Los dos frente a frente. Ella pajeando aquello y él acariciando ahora su otro pecho, sin necesidad de provocar al pezón, pues los dos marcaban ya la camisa con tanta nitidez como deshonra.
—¿A Álvaro y a Guille…?
—Claro… Por ellos va todo este show ¿no? Por mí no va. Que yo no puedo tocar.
—Eso es. Por ti no va.
—Por mí no va, porque yo llegué tarde. Si te hubiera conocido antes… te habría follado… con tu novio mirando —le dijo, cerca de su cara, acariciando su teta sobre la seda, ahora con tanta sutileza que casi parecía inapetencia. O quizás no fuera desidia sino su famosa frustración, desengaño y fastidio por no estar tocando piel de verdad.
—Pues no me acuerdo de si se la chupé a los dos, si te digo la verdad —quiso huir María.
—Pero te follaron los dos.
—Sí…
—Y en algún momento uno te follaba mientras se la comías al otro.
—Sí… —respondía María, entrecerrando los ojos, dejándose mecer por aquel masaje sobre sus pechos.
—Y uno te dio por el culo.
—No… —resopló, moviendo su mano algo más deprisa. Quizás imaginando que no pajeaba goma sino carne.
—Me habías dicho que sí.
—Uno lo intentó.
—¿La punta? —preguntaba él con malicia, soltando ya un botón de aquella camisa negra, pero siempre sin tocar piel.
—Algo más. Algo más que la punta…
—Joder… Qué pena, ¿no? El que te folló bien el culo fue el de Madrid entonces.
—Eso es… —se entregaba María, omitiendo la existencia de Sofía, quizás porque aquello era demasiado, y llevando sus dos manos a aquella goma, y yo me puse entonces de pie, sin saber muy bien quién y por qué tomaba aquella decisión. Y, nerviosísimo, me coloqué tras ella.
María me notó detrás y dejó que su culo, enfundado en su falda de cuero, hiciera contacto con mi miembro, tan oculto como duro.
Yo me aventuré entonces, sin saber si estaba invitado, a llevar mi cara, mi nariz, a la nuca de María; cerré los ojos e inhalé de su melena un olor que me embriagó: caliente, espeso; mientras mi pelvis casi la empujaba por puro instinto.
—¿Y Pablo? ¿Qué hacía? —preguntó, sorprendiéndome, mientras yo me atrevía a llevar mis manos a la falda de ella.
—A veces miraba. A veces se iba.
—¿Y eso? ¿Por qué se iba?
—No sé. Celos. Supongo.
—Entiendo —respondía él, y yo me sentía extraño por cómo hablaban de mí en mi presencia, y osaba subirle aquella falda algo ajustada, poco a poco, descubriendo primero el encaje de las medias, después las tiras del liguero y después unas bragas negras. Me daba la sensación de que a María le temblaban un poco las piernas, si bien seguía mirando chulesca a aquel hombre imponente.
Mi excitación se disparó al descubrir su culo y aquel liguero, elegante, pero a la vez soez… refinado y a la vez burdo, perfectamente colocado, como aquella noche… y mi polla quiso salir de mi ropa, y la liberé hasta posarla sobre sus bragas. Bragas que después aparté en dirección a su raja del culo para así ganar espacio y posar mi miembro caliente y lagrimeante sobre una de sus nalgas desnudas.
—Te debiste de sentir muy guarra… sobre todo cuando te empezó a follar el segundo ¿no?
—Sí…
—Joder, es bonito el liguero —dijo entonces él, mirando hacia abajo, y prosiguió:
—Si yo con veintipocos me follo a una de treinta y pico como tú, con esta pinta…
—Qué… —preguntó María.
—Cómo que qué. Que los niñatos ni se lo creerían. Seguro que te follaron hasta que se hizo de día —le decía Carlos, casi en la boca, y ella, con la camisa abierta, seguía recibiendo aquellas caricias y yo ya no sabía si había más botones desabrochados, mientras ella seguía aferrada a aquella polla.
En un penúltimo atrevimiento me aparté un poco, despegando mi polla dura de su culo, y descubriendo que lo había humedecido… y llevé mis manos a sus bragas y comencé a tirar de ellas hacia abajo, y sucedió algo que no solo me dejó impactado sino que hizo que otra gota de preseminal brotara de mi miembro; y es que, llegado el momento en el que la seda se debía despegar de su coño, este se resistía a soltar las bragas, en una muestra de la pringosidad húmeda que brotaba de su sexo… Y después sí… sus bragas fueron descendiendo con facilidad, hasta acabar en sus tobillos.
Acaricié entonces sus nalgas desnudas, que sentí tan suaves como frías, y posteriormente liberé mi torso de ropa y me bajé los pantalones todo lo posible. María, allí de pie, entre los dos, mostraba su coño desnudo, custodiado por sus medias y su liguero, y seguía sin tocar carne, y seguía sin recibir caricias en su piel, en sus tetas erizadísimas, en un juego creado por ella, pero que llegaba a parecer macabro para con ella misma.
Carlos retrocedió entonces mínimamente, pero lo justo como para que María tuviera soltar aquella polla inerte, y, mientras se recogía con estilo los puños de la camisa blanca, le dijo:
—¿Quién te folló mejor de los dos… afortunados?  
Una María aún aturdida por aquellas caricias insuficientes y por el súbito abandono, susurró:
—Álvaro…
—Bueno… Entonces Pablo será Álvaro hoy… ¿no? Así fantaseáis vosotros en esta casa ¿Es correcto? —preguntó con cierta burla.
María miró entonces hacia atrás, y me vio, desnudo salvo por los pantalones y calzoncillos que se amontonaban en mis tobillos, y miró a mi entrepierna y vio mi miembro, tan duro como mínimo… y ciertamente irrisorio en comparación con el pollón largo y enérgico de Álvaro.
Y Carlos dijo inmediatamente:
—María, pídele que te folle aquí, tal cual estáis, haciendo él del Álvaro ese. Venga.
Lo expresó con contundencia, tremendamente serio, mientras se abría un poco la camisa, mostrando un torso con el vello recortado y blanquecino. Gustándose.
Y María miró al frente de nuevo, hacia él, y no tanto por verle a él sino para así evitar seguir contemplando mi insignificante miembro…
…Y ambos nos dábamos cuenta de que no le estábamos mostrando nuestras fantasías, sino nuestras vergüenzas. Y también nos dábamos cuenta de que quizás siempre habían sido lo mismo.

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