LLUN ROC

I

A Luna había pocas cosas en el mundo que no le gustasen de su vida en aquel momento. Con 19 años recién cumplidos, era una chica agradable y algo callada, consciente del privilegio que suponía estudiar en la Academia de Santa Honorata, uno de los centros privados más prestigiosos del país y donde sus padres la habían mandado con muchos esfuerzos hacía ya año y medio. Solo tenía previsto estudiar allí dos cursos, pero era más que suficiente para figurar en su currículum y abrirle numerosas puertas el día de mañana. A diferencia de casi todos sus compañeros, los padres de Luna no eran ricos, pero habían conseguido ahorrar suficiente para mandarla allí gracias a unos negocios que le salieron bien a su padre, como él siempre decía, casi de casualidad. Por eso, la experiencia de estar en la Academia, rodeada de gente con un nivel de vida muy superior al suyo, era para Luna una experiencia casi mágica, como de cuento de hadas.

A Luna le encantaba estudiar allí, tenía un amplio grupo de amigos, entre quienes destacaban sus dos mejores amigas, Nuria y Anya. Todos los fines de semana salía con ellas y con más gente, las fiestas que organizaban allí los clubs de estudiantes eran siempre increíbles. Durante el resto de la semana, se esforzaba mucho y sacaba excelentes notas. Por las tardes, después de estudiar, le gustaba bajar a leer a alguno de los patios y jardines de la Academia. Allí, dejando que el sol acariciase la piel blanca y pecosa de su cara, mientras ella jugueteaba con la larga trenza que siempre recogía melena negra, sentía que el mundo era perfecto. Y lo era, excepto… por él.

Se llamaba Tristán, le conoció nada más llegar a la Academia, allí era imposible no conocerle. Recordaba perfectamente la buena impresión que le causó al principio. Alto y musculoso, con cuerpo de perfecto atleta. Todos los rasgos de su cara eran perfectos. Su mandíbula ancha, la nuez bien marcada en su garganta y el pelo castaño claro muy corto le daban un aspecto muy viril, pero al mismo tiempo tenía una belleza elegante, propia de las estatuas griegas. Recuerda que solo hubo dos cosas de su aspecto que le inquietaron desde el principio, una fueron sus ojos, penetrantes y de azul gélido, le daban un aspecto frío y algo feroz. La otra era su sonrisa, una sonrisa enorme y entusiasta que revelaba una dentadura blanca perfecta, pero que resultaba algo inquietante porque parecía demasiado encantadora para ser sincera.

Tristán era una institución allí en la Academia. Era el favorito de todos sus profesores, no solo por sus notas y sus espectaculares éxitos deportivos sino también por las no menos espectaculares donaciones que hacía su padre todos los años a Santa Honorata y que convertían al joven en el favorito del director. Todos los chicos allí le admiraban y querían tenerle como amigo. En cualquier evento al que asistía se hacía exactamente lo que él quería, nadie se atrevía a llevarle a la contraria. Era un auténtico macho alfa. Y por supuesto, todas las chicas querían salir con él, o al menos las que no habían tenido ocasión de conocerle lo suficiente.

Por desgracia para Luna, hacía tiempo que ya había dejado de idealizar a Tristán. Cuando entró en la Academia tuvo la suerte de entrar en el círculo de amigos de él, los más envidiados de toda la institución. Allí fue donde conoció a Nuria y Anya, sin embargo, los problemas empezarían pronto. Tristán era extremadamente dominante y no tenía piedad cuando alguien no se plegaba a lo que él quería. Tenía muchas formas de hacerse respetar, no solo intimidaba con su impresionante físico, también era extremadamente manipulador y era capaz de volver a la gente en contra de aquel que le hubiera disgustado en lo más mínimo. Las dos amigas de Luna habían sufrido en algún momento por eso. Anya era de padres ucranianos y tenía aspecto de modelo profesional. Alta, rubísima y muy delgada, pero con curvas. Tristán se encaprichó de ella en una ocasión. Aunque nunca se le había conocido novia formal, siempre iba a las fiestas con las chicas más espectaculares y se daba por hecho que era un conquistador. Las exhibía delate de todos como trofeos. Anya ya había visto cosas de él que le desagradaban, así que cometió el error de rechazar las insistentes invitaciones de Tristán.

El siguiente conflicto lo tuvo su impulsiva amiga Nuria. Bajita y pelirroja, tenía mucho más valor que Luna, y se atrevió incluso a encararse con Tristán después de que fueran circulando ofensivos rumores sobre Anya cuando le rechazó. En su caso, las consecuencias fueron aún peores, pues estuvo a punto de ser expulsada después que Tristán hablase de ella con el director. Luna nunca supo exactamente de qué la acusaban, pero pese a la fortaleza de la chica, salió del despacho del director casi llorando y nunca quiso compartir con sus amigas qué clase de mentiras había contado Tristan de ella, lo que sí sabían es que había sido él finalmente quien intervino para evitar la expulsión. Así de retorcido podía llegar a ser, conseguía que la gente estuviera en deuda con él y así tenerles sometidos. Nuria no fue expulsada y Anya acabó cediendo a la invitación de ir al baile. Tuvo que soportar cómo el joven semental la exhibía delante de todos y la manoseaba el cuerpo, aunque la cosa por suerte no llegó a más. Y mientras tanto Luna se sentía impotente. Su carácter callado y el miedo atroz a que algo se torciera en su estancia en Academia la hacía mantenerse siempre al margen de los conflictos con Tristán. Se sentía secuestrada en aquellas fiestas organizadas para alimentar el ego del joven y en la que ella y sus dos amigas tenían que estar siempre cerca de él, simulando cordialidad cuando lo único que sentían era el más profundo desprecio.

Cuando las cosas parecía que no podían ir peor para las tres amigas, a principios de ese curso llegó una chica especial. Se llamaba Sahar, era hija de inmigrantes con muy pocos recursos, pero había conseguido una beca para estudiar allí por sus impresionantes notas. Era algo que la institución raras veces hacía, pero el expediente de Sahar era realmente brillante. No podía encajar menos en los elegantes pasillos de Academia aquella chica tan bajita, algo regordeta, con piel tan oscura y con el pelo siempre herméticamente oculto bajo su hiyab. Por supuesto, no consiguió ser muy popular allí. La gente era educada, por supuesto, pero guardaban las distancias con alguien a quien percibían demasiado ajeno. Y a sus espaldas, Tristán (siempre Tristán…) la convertía en blanco de mofas durante las fiestas, que todos reían encantados, o bien por la ciega fidelidad al macho alfa o bien por temor. Eso aumentó cada vez más el aislamiento de Sahar, pero Luna y sus dos amigas sintieron que ya no podían seguir tragando con tanta mezquindad, así que se acercaron a la joven musulmana y la convirtieron en una más del grupo. Por supuesto, eso aumentó la tensión entre Tristán y ellas tres, que no tardó en comenzar a lanzarles dardos envenenados en cada fiesta, a las que siguieron asistiendo por puro compromiso, pero sin Sahar (llevarla hubiera sido ya una provocación intolerable). Sentían que su decisión de llevarse bien con la chica y a la vez evitar problemas con Tristán llegaría un momento en que serían incompatible y que la situación terminaría por estallar.

II

En aquel momento de máxima tensión fue cuando ocurrió algo totalmente inesperado y que lo cambiaría todo. Un día tuvieron que hacer un trabajo por parejas y el profesor emparejó a Anya con Tristán. El chico sonrió con malicia cuando lo anunciaron y la pobre Anya tuvo que pasar la tarde siguiente en la habitación de Tristán, que estaba por supuesto en la residencia más lujosa de todo el campus. La estancia era enorme y contaba con toda clase de comodidades, incluso un minibar. Tristán se mostró exageradamente encantador, seguramente para aumentar todavía más la incomodidad de la chica.

El trabajo lo terminaron rápido, pero y él la acompañó a la salida de la residencia porque tenía que ir a entrenar. Sin embargo, ya en el vestíbulo ella se encontró mareada por la bebida así que se despidió fríamente y fue al baño de la planta baja del edificio. Él sin hacerla mucho caso se saludó efusivamente con sus leales amigotes, tan odiosamente rubios y musculados como él.  Cuando Anya salió del lavabo, Tristán ya había desaparecido y el vestíbulo estaba en silencio. Entonces recordó que se había dejado el pen drive en el ordenador de Tristán. Por un momento le entró pánico porque lo último que quería era que ese depredador mirase las fotos personales que tenía allí guardadas. Por supuesto no era nada especialmente comprometedor, fotos con sus ahora tres mejores amigas y algunas con sus padres, pero le hacía sentir insegura que aquel cabrón las viera. En manos de Tristán todo podía convertirse en un arma… así que no dudó en subir de nuevo las escaleras y confiar en que la puerta de la habitación no estuviera cerrada. Por suerte para ella, no lo estaba. ¿Por qué iba a usar alguien llave en una residencia donde todos son millonarios y ya hay seguridad privada en la entrada?, pensó con una sonrisa de alivio.

Corrió hasta el ordenador y sacó el pen drive lo más rápido que pudo, sin embargo, por un momento pensó en lo divertido que era estar sola delante del ordenador de la persona más importante de la Academia. Como sabía que el chico tardaría en regresar, pensó que sería divertido curiosear entre sus fotos. Y así fue como Anya descubrió la bomba atómica… después decenas de fotos de fiestas, con las chicas más espectaculares, en los clubes más selectos y de exóticos viajes de vacaciones, las retinas de Anya casi estallan ante el hallazgo. Tenía ante sí una extensa sesión fotográfica, tomada en lo que parecía aquella misma habitación, en la que podía ver al propio Tristán, completamente desnudo, en pleno frenesí sexual con otro chico.

Anya sintió una mezcla de risa, asombro y un punto de inconfesable excitación al ver innumerables fotos de aquellos dos jóvenes cuerpos desnudos, perfectos y musculados. La joven se tomó unos segundos para asimilar lo ocurrido y decidió que lo mejor que podía hacer era irse de allí corriendo. Todo el camino hasta su residencia estuvo pensando en las consecuencias, le daba pánico solo pensar lo que podía ocurrir si Tristán sospechaba que había estado husmeando en su ordenador.

Esa misma noche llamó a Luna y quedó con ella. Sentía que necesitaba compartirlo con alguien. Risa, sorpresa, incredulidad, preocupación… las emociones acumulaban en la mente de Anya mientras intentaba contar atropelladamente a su amiga su descubrimiento. Le hizo prometer a Luna por lo que más quisiera que no se lo contaría a nadie. No quería ni siquiera compartirlo con sus otras dos amigas, cuanta menos gente lo supiera, mejor. Si aquello se convertía en un rumor y llegaba a oídos de Tristán, estaba muerta.

Sin embargo, la mente de Luna estaba en otras. Aquella misma tarde, mientras Anya estaba con Tristán, Luna había estado consolando Sahar, quien entró llorando en su habitación después de enterarse de que el director le había dicho que no le prorrogarían la beca por una cuestión administrativa poco clara. La sucia mano de Tristán estaba claramente detrás. Las dos se pasaron la tarde llorando de impotencia. Luna en toda su joven vida nunca había sentido tanta sensación de humillación y sometimiento como a la que el maldito Tristán las estaba condenando a ella y a sus amigas. Así que horas después escuchó el relato de Anya sin decir nada. Prefirió no revelarle la triste historia de Sahar hasta el día siguiente, cuando estuviera más calmada, pero esa noche, tras despedirse de Anya y meterse en la cama, la mente de Luna solo podía pensar en la venganza.

Luna sabía perfectamente que la idea que empezaba a cobrar forma en su cabeza estaba mal por muchas razones. Para empezar, le había prometido a su amiga que no se lo contaría a absolutamente nadie, pero era una información demasiado valiosa como para dejarla pasar, y más estando una amiga en apuros. Por otra parte, Luna era una chica progresista y creía que intentar chantajear a alguien por su orientación sexual es bastante homófobo, pero con este tipo había llegado un punto en que era o él o ella y sus amigas, y tenía muy clara su elección. Sabía que esto podía cambiar las tornas por completo para siempre. Si lo hacía bien y no daba ningún paso en falso, podía tener a Tristán cogido por los huevos.

III

A la mañana siguiente Luna decidió poner en marcha su plan. La rabia y la frustración le daban una determinación que era nueva en ella. Era consciente de la gravedad de lo que iba a hacer, pero estaba tan convencida de ello que pensó que lo mejor sería hacerlo sin decir nada a sus amigas, era un plan tan audaz que sabía que intentarían detenerla. Ya habría tiempo de explicárselo luego. El corazón de Luna latía a mil por hora mientras recorría el campus lo más rápido que podía a primera hora de la mañana. Llegó hasta la residencia de Tristán y se sentó en el césped frente a ella, solo tenía que esperar a que él saliera. Cada minuto se le hacía eterno, tenía la boca tan seca que no sabía siquiera si le saldrían las palabras. Los estudiantes empezaron a salir de la residencia en pequeños grupos, Luna estuvo aguantando la respiración y al final lo vio. Tristán salía hablando despreocupadamente con un chico rubio muy alto. Y sonriendo. Luna pensó que le iba a durar poco la sonrisa esa mañana.

Luna se puso en pie casi de un salto y avanzó hacia Tristán a grandes zancadas. El joven no la vio hasta que la tuvo casi encima. La voz le falló durante un momento.

—Tristán, ¿puedo hablar a solas contigo un momento? —Él pareció desconcertado, pero también divertido. Desde que llegó a la Academia, Luna no había sido para él más que una sombra, una más en su corte. Y aunque la tenía en su punto de mira, era más por su amistad con Anya, Nuria y ahora con Sahar que por ella misma. En la mente de Tristán, Luna era solo un personaje secundario en una obra de la cual él era el protagonista. Podría haberla ignorado tranquilamente, pero se sintió intrigado. Los dos chicos se miraron con divertida condescendencia, como si Luna fuera un simpático animalillo que por alguna razón había aprendido a hablar. Se despidieron sin apenas mirarse y el chico rubio se alejó.

Tristán y Luna se quedaron solos, él estuvo en todo momento callado, pero con una leve sonrisa en la boca. Dada la nueva amistad de Luna con Sahar, sospechaba que tendría algo que ver con el asunto de la beca, del que por supuesto, él estaba al tanto. Aun así, le sorprendía que hubiera tenido el valor de ir a hablar directamente con él. ¿Le suplicaría por su amiga? Confiaba en que lo hiciera y si se arrastraba lo suficiente ante él, quizá intercediera por su amiga y así Luna tendría que estar en deuda con él. O quizá quisiera un favor para ella, sabía que venía de una familia no demasiado adinerada y esa clase de gente suele ser muy ambiciosa, siempre tratan de trepar. En cualquier caso, caminaron muy despacio los dos hasta bordear el edificio de la residencia por un lateral. Mientras tanto Luna, permanecía en silencio, intentando sacar fuerzas para lo que estaba a punto de hacer. Ese silencio divertía cada vez más Tristán, que imaginaba que aquello que le iba a pedir esa chica, porque estaba convencido de que había venido a pedirle un favor, debía ser muy importante para ella. Por fin, cuando estuvieron los suficientemente apartados de la puerta de la residencia, ella se volvió hacia él bruscamente y las palabras empezaron a salir de su boca como si fuera una grabación.

—Escúchame atentamente, sé lo que guardas en tu ordenador. Mi amiga Anya lo vio el otro día cuando estuvo en tu habitación y lo vio todo. Sacó fotos con el móvil y ahora las tengo yo. Hoy mismo deberá estar solucionado el asunto de la beca de Sahar o de lo contrario, las fotos circularán por todos los móviles de la Academia. No intentes nada contra Anya ni contra ninguna de mis amigas, soy yo quien ha planeado todo esto y ahora las fotos las tengo solo yo. Cualquier cosa mala que les pase a cualquiera de las tres de aquí a que acabe el curso, daré por hecho que ha sido cosa tuya y las fotos circularán. No nos volverás a molestar de aquí a final de curso. A partir de ahora, somos invisibles para ti, no existimos. O de lo contrario, ya sabes lo que pasará con las fotos —hizo una breve pausa para coger aire y dijo la frase en la que había estado pensando toda la noche—. Tristán, te tengo cogido por los huevos.

El joven se quedó totalmente pálido. Costaba incluso trabajo reconocerle con aquel gesto, sus ojos azules, habitualmente entrecerrados como los de una fiera, estaban abiertos como platos y por supuesto, no había ni rastro de su sonrisa. Luna hubiera disfrutado de ese momento si no estuviera tan aterrada. Sintió como si todo aquello lo hubiera dicho otra persona, y sin esperar respuesta, se dio la vuelta y se fue antes de que se le doblaran a las rodillas, dejando a Tristán petrificado como una estatua.

IV

Luna se sentía incapaz de ir a ver a sus amigas después de lo que había hecho. Anya obviamente no había sacado ninguna foto. Si ya intentar chantajear a alguien poderoso es arriesgado, más aún hacerlo marcándose un farol. Y por supuesto, no le hizo ninguna gracia tener que mencionar a Anya, pero era necesario para darle verosimilitud a la historia. En realidad, en plan tampoco era tan arriesgado, pensó. Tampoco le estaban pidiendo nada imposible a Tristán. Luna estaba segura de que aquel supuesto problema administrativo era una excusa. Alguien le había pedido al director que lo hiciera y accedió simplemente por complacer a alguien que pagaba bien. Ese tipo de arbitrariedades eran habituales en la Academia y a nadie le importaba. Sobre dejarlas en paz, Luna sabía que aquello sería difícil para el orgullo herido de Tristán, pero siempre habían sido insignificantes para él dentro de su círculo, por lo que no le costaría trabajo olvidarse de ellas. Por supuesto, si hubiera querido podría haber sacado mucho más provecho de aquella situación, pero tampoco quería pasarse. Sonrió para sí misma al recordar lo que le dijo a Tristán sobre tenerle cogido por los huevos. No podía creer que se hubiera atrevido a decir eso. Era una expresión vulgar, pero con mucha fuerza y sabía que acabar con esa frase cumpliría su función de atacar la masculinidad de Tristán y hacerlo sentir vulnerable. Estuvo durante algunas horas paseando por el campus, pensando a solas en todo lo que le había dicho a Tristán y en cómo se contaría a sus amigas.

Hacia media mañana, se dirigió a la pequeña cafetería, una de las muchas del campus, donde se solían reunir las cuatro durante los descansos, sabiendo que las encontraría allí. Estaba aterrada por su reacción, sin embargo, nada más verla, las tres se gritaron de alegría y se abalanzaron sobre Luna, que no tuvo tiempo de pensar a qué podía deberse tanta la alegría, porque las tres comenzaron a contárselo a la vez. El teléfono de Sahar había sonado hacía un rato, la llamaron desde dirección para comunicarle que el asunto de su beca estaba en solucionado y podría terminar el curso sin problemas. Sus tres amigas miraban a Luna llenas de alegría. Había funcionado.

Las cuatro se sentaron en los cómodos sofás de la parte trasera de la cafetería, que después de tantas horas de charla allí ya consideraban prácticamente suyos. Luna estaba tremendamente aliviada, pero aun así seguía seria. Antes de que sus amigas tuvieran tiempo para preguntarle por qué no había ido a ninguna clase esa mañana, se dispuso a contarles todo lo que había pasado. Las caras de las tres fueron de absoluto pánico al principio. Para empezar, ni Nuria ni Sahar sabían todavía nada de aquellas fotos. Nuria estalló en una sonora risotada de las suyas mientras que Sahar se quedó muda. Por supuesto, Anya fue quien peor se tomó todo aquello. Durante el resto de la mañana, ya no fueron a ninguna clase, estuvieron allí hablando durante horas. Hubo muchas emociones, Anya se mostró disgustada y soltó algunas lágrimas, sentía que aquello la ponía en peligro a ella, pero también reprochaba a su amiga que no le hubiera contado lo que pensaba hacer cuando la tocaba de manera tan directa. Sahar se sentía extremadamente agradecida, nunca hubiera podido imaginar que alguien hiciera algo así por ella. La joven lloró y se abrazó a Luna. Por su parte, Nuria lo que más sentía era asombro y admiración.

Después de horas de conversación y de emociones a flor de piel, todas acabaron estando de acuerdo en que Luna había hecho lo correcto y que, en efecto, hubieran intentado detenerla de habérselo contado antes. Las lágrimas dieron paso a las risas cuando empezaron a bromear sobre la cara que se le debió quedar a Tristán y lo asustado que debía estar para haberse dado tanta prisa en hablar con el director.

—¡Ahora le tienes completamente agarrado por las pelotas! —, dijo Nuria casi gritando. Anya tuvo que reprimir una carcajada y Sahar se ruborizó al escuchar aquello.

—Bueno, me daba un poco de apuro contaros esa parte, pero eso fue exactamente lo que le dije al final—, admitió Luna esbozando una tímida sonrisa.

Nuria y Anya estallaron en sonoras carcajadas y Sahar se tapó la cara de vergüenza, pero pudieron ver claramente que también estaba riendo. Su estricta educación musulmana la hacía ser muy pudorosa con todas las referencias sexuales, especialmente cuando tenían que ver con los chicos.

Después de comer juntas, decidieron que aquella era una tarde para celebrarlo. Se arreglaron y estuvieron en un pub bebiendo y bailando hasta tarde. No consiguieron convencer a Sahar de que se pidiera una copa, pero sí de que bailara con ellas. Por primera vez en mucho tiempo, se sintieron totalmente libres. Ahora la vida ya parecía ser totalmente perfecta en la Academia. Y Luna sentía una seguridad en sí misma que no había sentido en su vida.

V

Mientras tanto, Tristán daba vueltas por su habitación como una fiera enjaulada y su mente hervía. Aquel no había sido un buen día para él. Por la mañana se quedó petrificado después de su conversación con Luna. Nunca jamás nadie se había atrevido a plantarle cara así. No se equivocó al pensar que quería que ayudase a la mora de su amiga, lo que nunca hubiera imaginado es que no se lo iba a rogar, se lo iba a exigir. Habían pasado ya horas y todavía recordaba el pánico que sintió al oír sus palabras. El sudor frío, la punzada en la cabeza y sus testículos retrayéndose dentro de su escroto, como si evitaran ser cercenados. Lo primero que hizo en cuanto pudo reaccionar fue correr a su habitación y mirar el ordenador. En efecto, los archivos. “Esos” archivos, habían sido abiertos recientemente, justo el día que quedó con Anya. Hijas de puta, pensó. En aquel momento hubiera destrozado la habitación entera de pura ira, pero no podía perder el tiempo. Las últimas palabras que le dirigió Luna con tanta frialdad le sonaban en la cabeza constantemente como un eco. Podría incluso ver su cara al pronunciarlas. Y lo peor es que esa zorra tenía razón, le tenía bien cogido por los huevos, pero que muy bien. El trámite fue rápido, una llamada al director y asunto arreglado. El hombre parecía sorprendido porque no le parecía propio de Tristán tratar de interceder por aquella chica sin recursos a la que solo unos días antes había tratado de echar, pero al hombre todo le daba igual mientras siguiera recibiendo puntualmente los generosos donativos del padre de aquel arrogante joven, así que en un momento estuvo resuelto.

El resto del día lo pasó Tristán en su habitación, sin asistir a una sola clase. No podía soportar la humillación a la que le había sometido aquella joven. Y el miedo. Las exigencias no habían sido excesivas, solucionar aquella estupidez de la beca y dejarlas en paz, pero con esas fotos en su poder todavía podían pedirle mucho más. Humillación y miedo, miedo y humillación, las dos emociones se mezclaban en la cabeza de Tristán hasta casi hacerla explotar.

Y sí, miedo a una mayor humillación. Si las fotos salían a la luz, estaría acabado. Sabía que contaba con la protección incondicional del director, pero tampoco podía hacer milagros. El padre de Tristán era alguien muy importante, si las fotos circulaban entre los móviles de la Academia, acabarían llegando a las redes, ¿y después qué?, ¿la prensa amarilla? Ahí sí que estaría totalmente acabado. Unas fotos sexuales de uno de sus más respetados alumnos era más de lo que podría consentir la Academia. En cualquier otro centro serían indulgentes, incluso le verían a él como la víctima. Pero Santa Honorata tenía una reputación que mantener y no podía haber escándalos. Por mucho que intentara el director taparlo al principio, si las fotos empezaban a circular no le quedaría más remedio que expulsarlo. Y aunque de alguna manera consiguiera continuar allí sería peor todavía. Su imagen quedaría hecha añicos. Tantos años siendo el macho alfa, admirado por todos, en la cima de la pirámide de los machos, haciéndose respetar, cebándose con el débil cuando hacía falta para demostrar quién mandaba. Sí, era un comportamiento animal, pero así era como funcionaba el mundo, eso le había enseñado su padre. Habían pasado por la Academia varios chicos afeminados a los que Tristán había hecho la vida imposible, como ahora hacía con Sahar. A esa gente había que enseñarle cuál es su lugar. Él estaba por encima de todos y no podía permitir que su imagen quedara arruinada.

Existía, no obstante, otra posibilidad… ¿y si era todo un farol? Estaba claro que sabía de la existencia de las fotos y el archivo efectivamente estaba abierto, pero en ningún momento le llegó a enseñar Luna las fotos. Si lo que quería era intimidarlo, ¿no hubiera sido más efectivo mostrárselas? No, lo descartó al momento. No podía aferrarse a esa esperanza, era un intento patético de encontrar una salida. Si vio los archivos era perfectamente posible que los fotografiara y aunque no fuese así, no podía arriesgarse a ignorar la amenaza, el coste sería demasiado alto. Se acabó la admiración, se acabó ser el macho alfa. Toda su existencia se convertiría en una espiral de bromas vergonzosas. Sus amigos no tendrían piedad con él como él no la había tenido con nadie que mostrase alguna debilidad. Le devorarían y se repartirían sus despojos, como animales salvajes, era la ley de la selva. Y si el escándalo era mayor, si acababa siendo expulsado por algo así de vergonzoso, si el apellido de su padre quedaba asociado a un escándalo sexual, si las fotos de su único hijo follándose a otro tipo totalmente desnudos inundaban las redes sociales y se comentaba en la prensa… bueno, en ese caso directamente podía despedirse de sus huevos. Aquella chica se los podía tener agarrados en aquel momento, pero su padre se los cortaría.

Tristán se sentó un momento frente al ordenador y abrió aquellas fotos que podían llegar a costarle su virilidad, al menos en sentido figurado y quién sabe si literal. Eran tan impresionantes como recordaba. Las sacaron en aquella misma habitación, con una cámara profesional que Tristán alquiló para la ocasión. Le excitaba mucho la idea de una sesión de fotos de sí mismo mientras follaba. La calidad de la imagen y la iluminación era tan buena que parecían hechas por alguna gran productora pornográfica. Y los dos modelos eran espectaculares, pero Tristán se fijó en sí mismo. Sus músculos relucían tensos, su cara estaba contraída por el placer. Estaba de pie, imponente, como un coloso, penetrando a su compañero, que se apoyaba a cuatro patas en la cama, con los ojos cerrados y la boca abierta. Esa foto favorita de Tristán, aunque solo era una de muchas otras, en distintas posturas, aunque se resumían en que Tristán penetraba al otro joven o recibía placer oral. En ambos casos, penetrar, penetrar la boca o penetrar el ano. Tristán continuó contemplando la foto. Se veían tan poderoso… con su enorme miembro totalmente erecto, mientras el del otro chico colgaba, algo más flácido y más pequeños, entre las piernas.

Tristán se empezó a excitar, llevó sus manos a la entrepierna y comenzó a acariciar su pene, que se iba endureciendo más lenta mente de lo normal. Ya era la segunda vez que intentaba masturbarse esa tarde para aliviar la tensión, pero volvió a pasar lo mismo, cuando su pene se endurecía, aparecía en su mente la imagen de aquella puta, la veía como si estuviese a centímetros de él. Esa cara exageradamente, dulce, incluso cursi, como la de una estúpida muñeca, pensó. Esos ojos verdes claros, ese pelo negro recogido en una trenza que cae sobre uno de sus hombros y deja algunos mechones oscuros sueltos, esas cejas oscuras, esa piel clara con algunas pecas, esas mejillas y labios ligeramente regordetes que le daban un aspecto tan dulce… sí, esos labios gorditos y rosas, en forma de corazón, abriéndose y cerrándose lentamente para repetir una y otra vez “te tengo cogido por los huevos”.

Cogido por los huevos, cogido por los huevos, cogido por los huevos… ¿por qué había tenido que decir esas palabras? Ya se hubiera sentido así aunque la muy zorra no lo hubiera dicho, pero el hecho de verbalizarlo lo hacía aún más evidente y humillante. Veía en la foto aquella virilidad exultante, arrogante, conquistadora… esa gran polla penetrando sin piedad, como un ariete, el ano de su musculoso amigo… esos testículos grandes y carnosos, algo contraídos por la erección, pero aun así claramente visibles, como los de un toro… y a continuación pensaba que ahora mismo estaban atrapados en la mano de aquella insignificante chica con carita de muñeca. La erección fue imposible.

Se tumbó en la cama lleno de rabia. No solo se sentía humillado, no solo tenía miedo, también se sentía castrado. Cuando cerraba los ojos lo único que veía era esa cara de muñeca hablando de sus huevos. Se concentró en esa imagen. Se imaginó esa cara golpeada, esos labios gordos reventados, esas mejillas arañadas… lo borró al momento de su imagen. Tristán no se consideraba a sí mismo un sádico, nunca le había atraído la violencia física, pero sí la dominación. Se imaginó a Luna siendo su esclava, sometida totalmente a él y a sus caprichos, temerosa, complaciente, frágil… imaginó el momento en que conseguiría devolverle este golpe. Eso le hizo sentir bien, él tenía muchos recursos, algo se le ocurriría, se libraría de esta situación. Eso le hizo sentirse poderoso. Su polla se puso completamente dura y comenzó a tocarse hasta descargar imaginando que lo hacía sobre la cara de muñeca de Luna. Esa fantasía le hizo recuperar un poco el orgullo, lo suficiente para dormir.

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