ÁNGEL SOTO

“Una ráfaga de uzi, un salpicadero, una convaleciente mano que responde a la agresión, tres disparos, por último, la calma. La vista aérea, después de disipado el humo, muestra el tumulto de hombres armados, uno separado del montón, el de la uzi sin duda, pero contrastando, una chica llevando un vestido rojo, inmóvil y de un rostro un tanto familiar”

Lucía deja de apretar los ojos, deja las imágenes impregnadas de muerte. Aquellas imágenes no han dejado de repetirse desde que aquellos pétalos fueron impulsados por el viento, en la primera luna llena de la primavera, poco después de su primer sangrado. Era un ritual al que fue porque su tía la invito, vendía yerbas y creía se aprovechaba de los extraños al tomar el papel que se esperaba de ella, siendo veracruzana e indígena. Lucy pensó en ese instante que danzaría un rato, al ritmo de tambores y enfrente de sus clientes habituales: narcos venidos desde el norte del país. Los que pagaban por el servicio iban vestidos de manera curiosa: los de cinturón piteado y texanas habitualmente era mayores, acompañados de chicos con playeras y gorras cargadas de adornos; observaban a los danzantes en el círculo de sacrificio, vestían taparrabos y huipiles recortados, hacían una danza tradicional. El pudor había escapado de ella, su tía supo convencerla. Después de sacrificar a los chivos a medianoche las cosas se empezaron a torcer. Su tía la invitó a pasar al frente del sacrificio sosteniendo un cuenco de rosas. No era la única, junto a ella vio a chicas de otros pueblos y a una niña de su misma escuela que por primera vez se adentraba en los rituales. Se quedó extrañada, había sido renuente a participar en las fiestas herejes de Catemaco. De hecho, de ser observadora se hubiera percatado de su sollozar, pero estaba sorprendida del nuevo ritual, aún más cuando al alzar el cuenco y ser movidas las rosas escuchará que le nombraban.

Desde entonces empezaron las predicciones. Lucy fue vendida a un hombre que aprovecharía su nuevo don. Para hacer más escarnio su primera visión fue un resquicio de lo que hubiese sido su vida de no tomar ese camino: “un campo, ella dibujando, aquel chico tímido trayendo la despensa de su nuevo hogar juntos”. Pero, ¿qué podía hacer? Su vida se veía ligada a esa realidad y no a la otra. Lloro, como si eso en verdad le ayudase a resolver su problema. En realidad, aquel chico ni le había hablado entonces, pero estaba allí, esa posibilidad de ser feliz que no le alcanzaría. En verdad, no era tan malo como ella pensaba. Fue escogida para ser poseída por chikones, seres del mal, a cambio de preservar su virginidad recibía la capacidad de ver cuando su vida peligraba. Los espíritus también eran unos malditos, dándole continuamente vistazos de aquella vida que no podía alcanzar.

Gregorio Nájera, o don Goyo, que así le gustaba que le llamara ella, la mantenía recluida en su mansión y era su escolta en todas las salidas que efectuaba, sea para atacar al enemigo o simplemente para visitar a viejos compadres. Busco sin suerte que le viera como padre, intento incluso que le llamará papá, pero ese impulso de familiaridad se topó con su olvidado desagrado con personas de esa tonalidad cobre.

Lucía estuvo presente creciendo con las hijas de Don Goyo, que inevitablemente se casaron con lugartenientes de su padre. Vio a Susana irse con Esteban, el joven que al llegar Lucy a la casa no era más que un simple mandadero, ahora mano derecha del jefe. No era del todo atractivo, quizás si no hubiese sido el primero en desearla, como fruto prohibido, y haber sufrido el subsecuente castigo por haberlo intentado, no le hubiese dolido aquella boda.

Su seguridad no se hallaba del todo fija, pues se había percatado de las perdidas miradas de su jefe. Una actitud suicida sin duda, no extraño en esa clase de gente, por lo que decidió que su situación acabase a toda costa. Cuando don Goyo pregunto si era conveniente el asalto al bar de Quintana para eliminar algunos enemigos, ella no hizo mención de su última visión.

Se adentró en la caravana de la muerte, ella se acomodó en la parte de atrás junto a dos guardaespaldas que le doblaban en tamaño, su jefe de copiloto. Al llegar al lugar se decidieron entrar por la puerta de servicio, a la cuenta de tres entrarían, con las armas por delante, confiados por la impecable vidente que llevaban a un lado.

Las detonaciones no se hacen esperar, son más personas de las que pensaban, confiados prosiguen, se consternan al ver caer a uno de ellos, pero se alegran que la matanza haya acabado. El bar se encuentra hecho un desastre, las puertas obstruidas, atestadas los asistentes huyen despavoridos, dejando a los atacantes envueltos en el mar de gente. Antes de tener tiempo para reclamarle a Lucy de la barra sale el cantinero con un subfusil en la mano, descargando contra el blanco, el grupo cae, siendo Esteban quien al ser el más vigoroso, con sus últimas fuerzas perfora de un certero tiro la cabeza del bar tender, que ya se acercaba a rematarlos.

El bar ya se encuentra vacio, la calma después de los truenos. Manchones por las paredes. El grupo se encuentra agolpado e inerte, debajo de lo que quedaba de don Goyo, Lucy.

Interrumpiendo aquella calma una figura carmesí emerge, con solo un rasguño en el brazo avanza con dificultad a la entrada, le espera un montón de policías que la identifican como una simple víctima. Rodeada con una toalla vuelve a cerrar los ojos. Una sonrisa dibuja su rostro.

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