ISA HDEZ

Corría de un sitio para otro sin parar con la bandeja plateada sobre su mano. La gente estaba desaforada, deseaba sentirse viva, llevaba muchos meses encerrada por la pandemia, y ansiaba beber, reír y desconectar de la vida diaria. Hacían cola para subir, más de una hora trepidando a la intemperie, pero madre e hija no cedieron, querían subir al mirador de cristal a contemplar la luna naranja desde allí. Cuando les tocó las dos se abrazaron en el ascensor y tocaron el séptimo piso. El camarero las recibió, las saludó y amablemente las ubicó. El mejor lugar para contemplar la ciudad: el parque de los monos abajo, los edificios modernistas a un lado, y la iglesia atacada por las bombas en la II GM sin reconstruir, al frente. La vista era espectacular, la luna naranja asomaba llena de misterio. Liza hablaba en inglés con el camarero y Mary ni se enteraba, pero no le preocupaba, se sentía extasiada por el conjunto de sensaciones. El camarero solo miraba a Mary, pero ella no le daba importancia, no creía que su figura fuera atrayente para un joven, sin embargo, Liza se lo indicó varias veces. Que no para de mirarte, que está encandilado, que viene solo para verte de cerca, decía una y otra vez Liza a Mary. Que no, ni te preocupes, que yo estoy viviendo este momento que me tiene traspuesta y el camarero no me interesa, decía Mary sin mirar. Las dos reían y disfrutaban del crepúsculo, cada una en su onda, pero las dos en sintonía perfecta. Pronto se separarían de nuevo, la visita estaba a punto de terminar. Mary absorbía embelesada la copa de suaves sensaciones, y al levantar la vista se encontró con la mirada petrificada y negruzca del camarero, apuesto y soñador. Me has alegrado la velada parecía decirle con la mirada sin parpadeo, y un escalofrío recorrió el cuerpo de Mary, mientras Liza, bella,  jovial y divertida asentía con la melena que casi le cubría la cara, como diciendo, te lo dije. Mary sonrió con su boca grana llena de perlas, y se adentró en sus pensamientos. Sabía muy bien que la vida era eso, sensaciones, momentos y, atardeceres.

Un comentario sobre “El camarero

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