GABRIEL B

Sabía que mamá necesitaba una etapa de duelo debido a la inesperada ruptura con Julio, y por eso, guardé para mí la información que tenía sobre Miguel, por al menos una o dos noches.

              El primo había arribado a casa con la excusa de ser un chico huérfano que necesitaba la contención de una familia, pero a sus dieciocho años ya estaba totalmente corrompido. Siempre lo supe, pues lo conocía de chico y fui el principal receptor de su violencia. Ahora aparecía simulando madurez, con la rabia contenida, pero haciendo sus maldades, como siempre.

              Ya la primera noche lo había descubierto masturbándose mientras espiaba a mamá hacer el amor con Julio. Y ahora había confirmado detalles escabrosos de un pasado muy reciente. Robo, vandalismo, agresiones, y la frutilla de la torta, una restricción perimetral impuesta a su persona. Alguna mujer la había pasado lo suficientemente mal como para pedir a un juez que mantuviera alejado a ese depravado. ¿Y yo iba a dejar que ese mismo individuo conviva con nosotros?

              Ahora que Julio estaba fuera de juego, dejar a solas a mamá, mientras yo me iba a trabajar o a la facultad, era mucho más peligroso que antes. Miguel, en cualquier momento aprovecharía el frágil estado mental en el que se encontraba para aprovecharse de ella.

              Al otro día Julio se presentó en casa, con cara de perro arrepentido. Yo no podía creer lo estúpido que había sido. Era obvio que estaba enamorado de mamá, entonces ¿Por qué la había traicionado con una mujer que no era ni la mitad de bella y sensual de lo que era mamá?

              Sospechaba que si insistía, en algún momento ella lo perdonaría. Pero esa mañana era demasiado pronto para resarcirse de su error. Primero debería mendigar el amor de Anastasia, quien sabía por cuánto tiempo. Y más valía que lo hiciera bien, porque mamá  tenía una lista muy larga de pretendientes que no habían dejado pasar un día sin estar al acecho. Mamá había publicado comentarios misteriosos en sus redes sociales, los cuales insinuaban lo decepcionada que estaba debido a que la habían traicionado. Sus seguidores más fieles llenaron la caja de comentarios con palabras lindas, y los más optimistas le enviaron mensajes privados. Con alivio y celos en partes iguales, pude observar cómo a mamá, más de una vez, se le formaba una sonrisa en los labios.

              Estuvieron afuera discutiendo durante menos minutos de los que a Julio le hubiera gustado. Después mamá le cerró la puerta en la cara.

— Mamá, tengo algo que decirte.

              Ya era hora de que supiera la verdad. Miguel estaba todavía durmiendo. Solía despertarse a eso de las nueve. En realidad yo también lo hacía a esa hora cuando no trabajaba, pero el timbre, cuando Julio había llamado, me había despertado, y me pareció un momento propicio para sacarme la ansiedad de encima.

— Sí, decime Tito —dijo ella.

              Sus hermosos ojos negros me miraban con tristeza, pero aun así ya no pensaba contenerme. Miguel representaba un peligro para ambos. Y una vez que lo sacara de la casa, seríamos solo ella y yo de nuevo, como en los mejores tiempos.

— Es sobre Miguel —dije.

              Mamá me miró con incredulidad.

— ¿En serio? ¿Tiene que ser ahora?

— Sí —dije con total seguridad.

Ella pareció comprender la gravedad del asunto. Nos sentamos uno al lado del otro, en el sofá de la sala de estar.

— Estuve investigando al primo …

— ¡¿Estuviste qué?! — inquirió ella, indignada.

— Si mamá, lo estuve investigando. Y por favor, antes de enojarte, dejame terminar de decírtelo —agregué, a la defensiva, pues ya veía que ella no quería escuchar nada malo sobre su querido sobrino—. Ya sé que vos lo querés mucho, y que te da pena lo que le pasó. Pero no es como se muestra. No es el chico bueno que creés que es.

— No digas más —me interrumpió—. Ya estoy harta de tus celos hacia él.  Lo mismo pasó con Julio. Tuvo que remarla durante meses, hasta que dejaste de tratarlo como un invasor. Y justo ahora que me pasó esto con él me salís con esto. Creo que cometí muchos errores al criarte. Sólo eso explicaría tu actitud posesiva e infantil.

— ¿Posesiva? ¿Infantil?

— Basta de tus intrigas Tito. Si tanto te gusta investigar ¿Por qué no lo investigaste a Julio? Tuve que enterarme por Miguel que me estaba metiendo los cuernos.

— ¡Cómo! —exclamé, sorprendido—. ¿Miguel te dijo que Julio te era infiel? ¿Y cómo se enteró?

— Eso no viene al caso ahora. La cuestión es que tenés que aprender a convivir con él. No tiene a donde ir, y no lo voy a dejar en la calle por un capricho tuyo.

— ¿Un capricho? —dije, rabioso de ira. Hacía mucho que no me enojaba así con Ana—. ¿Un capricho? Te cuento que tu querido sobrino es un delincuente. Tiene causas por robo, vandalismo, agresiones, y abrí bien las orejas doña Anastasia, ¡Tiene un orden de restricción perimetral!

              Mamá quedó sorprendida al oír esto, pero no tanto como yo había imaginado. Algo no andaba bien ahí.

— ¿Y cómo sabés todo eso? —dijo.

— ¿Qué cómo sé todo eso? Después de todo lo que te dije, ¿lo único que te importa es saber cómo conseguí esa información? Mamá, realmente sos todo un caso. Para tu información, tengo mis contactos… —dije, dándome importancia.

              Y entonces caí en la cuenta de qué era lo que andaba mal en la reacción de mamá. No se había sorprendido por lo que le había contado sobre Miguel, sino por el hecho de que yo lo supiera. No podía creerlo.

— Ya lo sabías ¿Cierto? Ya sabías sobre los antecedentes de Miguel.

— Claro que lo sabía —dijo mamá, ahora menos altiva, con cierta culpa en su voz—. Me lo dijo antes de venir acá. No te lo quise decir porque pensé que sólo empeoraría la relación que tienen.

— No te lo puedo creer mamá —dije, todavía aturdido.

— Vos no entendés Roberto —dijo mamá. Cuando me llamaba por mi nombre era cuando realmente se ponía seria—. Vos pensás que por haber perdido a tu papá ya sabés lo que es el sufrimiento. Obvio que sufrís, lo sé. Al igual que yo todavía lo sufro. ¿Te pensás que no lo extraño? Pero haber pasado por una pérdida como la nuestra no nos convierte en jueces. Hay quienes sufrieron más que nosotros. Y Miguel es uno de ellos. ¿Sabés lo que debió ser que lo abandonen a los cinco años? ¿Te imaginás siquiera lo que debió haber sentido en ese momento? Y después convivir con esa madre drogadicta, que casi nunca le cocinaba siquiera. Tuvo que criarse solo. Yo no sabía que su mamá tenía esos problemas, sino, hubiese hecho mucho más por él en su momento.

— ¿Te sentís culpable por no haberlo ayudado? ¿En serio?

— Claro que sí. Nosotros éramos su familia, y cuando se mudaron perdimos todo rastro de ellos. Ahí fue cuando Miguel empezó con las malas juntas. Y ya sabés como es eso. Una cosa lleva a la otra…

              El hijo de puta la había hecho bien. Le había contado la verdad a mamá, pero a su manera. Se había hecho la víctima, resaltando lo sólo que estaba en el mundo, a sabiendas del corazón solidario que tenía mamá.

— Pero mamá… un robo, y sobre todo, una mujer lo denunció y un juez le ordenó que se mantenga alejado de ella —le recordé, recalcando los delitos más deleznables de mi primo.

— Por supuesto que no justifico el robo, ni los otros hechos de violencia. Pero él me prometió que cambió y yo le creo. Si todavía es un chico…

              Si supieras las ganas de cogerte que tiene ese chico, pensé para mí.

— ¿Y la restricción? —esgrimí, notando que su comentario anterior no había hecho referencia a ese delito.

              Mamá sonrió con ironía, como si supiese algo que yo ignoraba.

— Esa restricción la puso una mujer de treinta y cinco años. Era profesora de inglés del colegio nocturno donde Miguel estudiaba. Comenzó una relación con él. Cuando fue descubierta, se apuró a denunciarlo, para evitar el castigo. De esa manera él quedaría como un alumno obsesionado que la acosaba, y ella evitaba que la echen del colegio por enredarse con un alumno.

— ¿En serio creés eso? —pregunté, anonadado.

— Claro que le creo. Si me fue sincero con las otras cosas… Me contó todo lo malo que hizo en su juventud. No veo por qué contarme todo eso y mentirme sobre esa mujer.

              Porque es la acusación más grave, pensé, pero no dije nada. Todo indicaba que mamá estaba totalmente cautivada por el primo. La tenía comiendo de su mano, y ahora que la había librado del traidor de Julio, más aún. Era como el protector que yo debería haber sido. Maldije para mis adentros. Tampoco serviría de nada contarle que la había espiado. Probablemente ya le había inventado algo para cubrirse de esa travesura nocturna. Recordé a algunos miembros de sectas que seguían a sus líderes ciegamente, sin cuestionarse realmente si la palabra que infundía era la correcta o no. Mamá se encontraba en un estado similar a ese. La culpa por no haberlo cuidado en su momento, y ahora el asunto con Julio, hacían que se sintiera profundamente en deuda con él. La cosa era peor de lo que esperaba. 

— ¿Todo bien tía?

              La voz de Miguel había irrumpido sorpresivamente en la sala de estar.

— Sí, todo bien —dijo mamá.

              Yo estaba que reventaba, pero todavía había oportunidad de ganar la partida, así que hice un esfuerzo sobrehumano para controlarme. El secreto estaba en lo que sucedió la primera noche. Miguel se dejaba llevar por el impulso, y cometía errores dignos de un principiante. Debía tener paciencia y esperar a que cometa otro error. Una vez más, me tragaría mi orgullo y fingiría que no pasaba nada.

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              En esa ocasión me quedé en casa todo el día. Incluso falté a la clase de la universidad. Quería evitar que mamá y Miguel pasaran tiempo juntos todo lo que pudiera. Al mismo tiempo decidí que, poco a poco, y sin ser demasiado obvio, empezaría a obrar en favor de Julio. No estaba seguro de cómo lo haría, aunque seguramente empezaría resaltando sus virtudes, como el inmenso amor que le tenía a mamá. Necesitaba a un aliado en casa, y si Julio sabía que yo lo había ayudado, me devolvería la gentileza con Miguel. Al menos ese era mi objetivo.

              Otra cosa que decidí fue estar en alerta con respecto a mi primo. Debía poner especial atención por la noche. Si escuchaba que se escabullía de su cuarto, debería seguirlo. También pensé que sería buena idea fingir, en algún momento, que no me encontraba en casa. Y de esa manera, mientras Miguel creía que no estaba presente, engancharlo infraganti en alguna cosa rara.

              Esta última idea era la que más me gustaba, y la que me impulsaba a seguir adelante con esa guerra fría que le había declarado a mi primo. Pensé en qué sería lo que yo haría, si fuese un depravado como él. La respuesta no tardó en llegar. Espiaría a Ana mientras se bañaba, claro. Me preguntaba cómo era que no se me había ocurrido antes. Mamá solía usar la cinta para correr por la tarde, y luego se daba una ducha. Ya de por sí, era un espectáculo ver el gordo culo de mamá enfundado por una ajustadísima calza tres cuartos. El primo se habría de haber hecho un festín más de una vez mientras yo estaba en la universidad. Espiarla en el baño era un paso obvio a seguir.

              Por la tarde me fui a mi cuarto, imaginando la cara que pondría mamá cuando viera una foto de Miguel agachado, espiando por la cerradura de la puerta del baño. Con eso le tendría que caer la ficha ¿No?

              Debía esperar hasta el día siguiente para faltar nuevamente a la facultad, pero esta vez sin que ellos se dieran cuenta de que lo hacía. Ya ves a caer, hijo de puta, decía para mí. Ya se te va a acabar la joda.

              En eso me llega un mensaje de Facebook Messenger. ¿Quién carajos usa esto todavía? Pensé. Se trataba de un mensaje de un amigo, que me había agregado hacía un par de años, pero que jamás había hablado conmigo. Revisé el perfil. Tal como lo recordaba, no había actividad en él, y no había una foto de perfil. Supuestamente se llamaba Omar Segovia. Quién carajos es este, pensé.

              Por pura curiosidad abrí la ventana de chat. Había un enlace. Me sorprendió ver que se trataba de uno que llevaba a una página pornográfica que yo conocía muy bien. Por lo visto se trataba de un video. Y había un título en el enlace: “Milf bien puta, con tetas enormes se deja hacer el orto”.

              Me dio gracia el título tan explícito. Pero era común en ese tipo de páginas, pues así atraían visitas.

              Siempre me gustaron las MILF, no tan grandes, claro, sino de la edad de mamá, masomenos. Que no pasaran los cuarenta.

              Di clic al enlace, y me encontré con un video que ya comenzaba a repodrirse.

              Sobre una cama, una mujer espectacular se encontraba acostada boca abajo. La cámara tomaba su voluminoso culo. Unos glúteos macizos cuya carne tembló cuando alguien le dio una nalgada. Las caderas eran muy pronunciadas, y le daban a esa figura de cintura fina, un aspecto increíblemente sinuoso.

              Quedé horrorizado y estupefacto. El cubrecama en donde estaba apoyado ese sensual cuerpo, era exactamente igual a uno que yo conocía muy bien. Me detuve en los detalles del cuerpo de la fémina. No podía ver su rostro. De hecho, su cabeza no estaba enfocada, aunque su cabello negro y lacio sí estaba a la vista. Vi un lunar en la pierna izquierda, estaba casi seguro de reconocerlo. Una tanga blanca se hundía entre esas nalgas golosas, desapareciendo por completo en la raya del culo. La contextura física era idéntica, aunque por el video no podía estar seguro de si la altura de la mujer coincidía con…

              Y de repente un hombre entró en escena. Se notaba que no era alguien joven, y tenía una importante barriga cervecera. Tampoco se le veía la cara, pues el tipo se subía a la cama, y se ponía de rodillas, dejando su rostro muy arriba de donde apuntaba la cámara, que estaba posicionada para apuntar al cuerpo femenino. Sin embargo, las coincidencias eran demasiadas.

              Se trataba de Mamá y de Julio, no me cabían dudas.

              Detuve el video. Pensé en las implicaciones que podía tener. Para empezar, sería difícil que alguien los reconociera, salvo que quien haya subido el video tuviera la intención de exponer a sus protagonistas. Me pregunté quién carajos lo había hecho. La respuesta obvia era Julio. ¿Había caído tan bajo que tuvo que acudir a la pornovenganza sólo porque mamá no le perdonaba aún su infidelidad?

              Revisé la descripción del video, y los comentarios. Ya había decenas de ellos. Muchos pedían datos de la milf, pero todavía nadie le respondía. El usuario que la subió Omar1234, no tenía ningún otro post.

              Pero si se trataba de Julio, ¿Por qué me había enviado a mí el video?

              Era, probablemente, una de las pocas personas que podrían asociar esa película amateur con él y mamá. Me parecía sumamente improbable que algún conocido de ellos viera justamente ese video, pues se subían cientos de ellos todos los días y la gran mayoría no tardaba en quedar en el olvido.

              Entonces pensé en el retorcido de Miguel. ¿Había sido él? Cada vez que lo pensaba, resultaba sumamente posible. Quizás mamá había abierto la boca de más, y le había contado que yo estuve indagando sobre él, y esta sería la venganza. ¿Pero cómo carajos había hecho para grabarlos sin que se dieran cuenta? Por lo visto, era mucho más astuto de lo que había imaginado.

              Necesitaba saber si en el video salía la cara de mamá, porque ahí sí, sería más peligroso.

              Puse play, y me dispuse a verlo.

              Julio cerraba su mano en el tremendo orto de mamá —de Ana, ahora la llamaré Ana—. Era un glúteo tan grande, que la mano apenas abarcaba parte de él. Ella pareció girar, pero su cara aún estaba fuera de cuadro. Y entonces él se inclinó, y besó el culo. La pelada de Julio apareció en cámara. En efecto, era él, aunque sólo quienes lo conocíamos seríamos capaces de reconocerlo.

              Se me aceleró el corazón. Estaba a punto de ver cómo se cogían a mamá. Mi cuerpo, totalmente ajeno a cualquier autocensura que podría llegar a hacerme, ya había reaccionado. Una increíble erección hacía que mi verga escapara de mi calzoncillo. El glande se arrimaba, como un niño travieso subiendo por un paredón, asomando la cabeza. El elástico de la prenda apretaba el tronco, haciendo que la sensación sea muy placentera.

              Los besos en el culo no tardaron en convertirse en un intenso beso negro. Julio había separado las nalgas de Ana, y ahora su lengua se perdía en la oscuridad de su raja.

              El sonido no era muy bueno, pero se escuchaba el gemido de ella, mientras él devoraba su orto. Ana arqueó la espalda debido al placer, y sus enormes tetas quedaron a la vista, colgando en el aire.

              Y entonces él arrimó su pelvis. No me podía contener más. Los demonios de mi entrepierna no me dejarían dormir. Era mejor terminar con eso de una buena vez. Hice a un costado las sábanas, y me bajé el calzoncillo. Me mojé la mano con abundante saliva, y la impregné en el glande. En la notebook, Julio acercaba una verga modesta, pero totalmente dura, a la hendidura trasera de Ana. Ella susurró algo que no alcancé a entender, y entonces él le dio la primera arremetida. Las nalgas se separaron aún más, cuando el instrumento se hizo lugar entre ellas, para hundirse hasta la mitad de su extensión en ese primer movimiento.

              Era algo fuera de serie ver la escena. Parecía que era ese insaciable culo el que se estaba cogiendo a la pija, y no al revés, succionándola como si fuera un terrible agujero negro que absorbía todo lo que se atreviera a acercarse a él.

              Julio, sin sacar la pija de adentro de Ana, se abrazó a ella, pasando sus brazos por debajo, para deleitarse estrujando las tetas, y ahora arremetía con intensas embestidas, y se dedicaba a enterrar más y más la verga, hasta que por fin desapareció de la vista, quedando sólo los testículos, golpeando en los glúteos, cada vez que hacía un movimiento pélvico.

              El video era corto. Apenas tres minutos. Pero fueron tres minutos más que intensos. Lo puse de nuevo desde el principio. Y luego lo puse por tercera vez. Ahí fue cuando acabé. Ya estaba hecho. Otra vez me había masturbado pensando en ella. Pero en esta ocasión no me había visto obligado a conformarme con la imaginación.

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              Miguel actuó normalmente durante la cena. Debería dedicarse a eso, a la actuación, pues le salía perfectamente. Yo, por mi parte, hice todo lo posible por disimular que había visto el video. Por suerte Facebook me daba la opción de marcar el mensaje como no leído, así que el primo habría de pensar que no le di importancia a ese mensaje que me llegó de un completo desconocido.

              A mí, por mi parte, me costaba mucho más fingir, pero como mi encono hacia él venía de mucho antes, y desde el primer momento lo traté con sequedad, supuse que no sospechaba nada, pues mi actitud, al fin y al cabo, no difería demasiado de la de antes.

— ¿Todo bien Ana? —preguntó el primo en la sobremesa.

              No me gustaba que la llame de esa manera, debería limitarse a decirle tía, y dejarme ese nombre para mí.

              Mamá estaba ensimismada y algo incómoda. Supuse que le había contado a Miguel lo que yo sabía de él. Me moría de ganas de saber de qué manera le había sacado la información mi detestable primo. ¿Tanta confianza tenían ya?

              Nos sentamos en el living. Los tres en el sofá grande, ambos hombres flanqueando a mamá. No los dejaría solos ni de broma.

— ¿Vemos una peli? —propuso Miguel.

— Claro —dijo mamá.

              Se puso de pie y fue a buscar el control remoto que estaba sobre la mesa de la televisión. Al hacerlo, se inclinó. Llevaba un pantalón ajustado que le calzaba como guante. Durante un instante disfruté de la vista del tremendo culo de mamá. Al recordar que hacía unos minutos había visto ese mismo culo desnudo, siendo penetrado por una pija, mi propio sexo comenzó a endurecerse.

              Me maldije. La lujuria enfermiza parecía írseme de las manos por momentos.

              Me di cuenta de que Miguel también devoraba con sus ojos el culo de Anastasia. Pero él no disimulaba ni un poco.

— Por qué no me hacés un té mientras busco una película —dijo.

              Lo miré indignadísimo.

— ¿Y por qué no te lo preparás vos? Ella no es tu sirvienta.

— Está bien Tito, él sabe que no me molesta atenderlo, por eso me lo pide.

— Pero no te lo pidió —aclaré.

— No seas infantil. Se nota que Miguel está agotado. Además, no te olvides de que hizo muchas cosas en la casa. Cosas que vos nunca querés hacer.

              Ahí me agarró. Yo detestaba hacer los quehaceres domésticos. Ya era mucho el hecho de limpiar mi cuarto. Miguel había quedado bien al hacer lo de la piscina y la biblioteca, y ahora se podía dar el lujo de decirle a mamá que le prepare un té. Si bien tenía su punto, no terminaba de cerrarme la manera en que se lo había dicho.

              Cuando mamá se dirigió a la cocina, dándonos la espalada, volvió a mirarla con descaro.

— Cualquiera pensaría que no es tu tía, por la manera que la mirás, digo… —dije yo, dejándole en claro que había notado su actitud reprochable.

— Tía política —dijo él—. Además, lo mismo podría decir de vos. Cualquiera pensaría que no es tu mamá…

— ¿Qué decís? Yo no soy un enfermo como vos.

— Tranquilo primo. Es solo una broma. Las mujeres como Ana están para ser vistas.

— Vos no deberías hacerlo. Para ella sos como un hijo.

— Eso se puede cambiar. Tengo experiencia con mujeres mayores.

— Como la que te hizo la denuncia —dije yo, intentando desequilibrarlo.

              Sin embargo él pareció imperturbable.

— Sí, como ella.

              Estaba rojo de ira. No faltaba mucho para que me levantara y le diera un puñetazo. Lo lamentaba por mamá, pero el pendejo se estaba pasando de la raya.

— Antes de que te hagas el valiente. Quiero mostrarte algo —dijo él.

— No te molestes. Ya sé que me mandaste un video, y no lo pienso abrir. No me interesa lo que tengas que mostrarme —dije, sintiendo cómo esa guerra fría que se venía gestando desde que había puesto el primer pie en casa, se derrumbaba, para dar paso, al fin, a un enfrentamiento directo.

              Él sonrió con perversidad, como si tuviera un as bajo la manga.

— Bueno, ya que estamos hablando con sinceridad… —dijo, sacando el teléfono de su bolsillo—.  Te cuento dos cosas. Uno: ya sé que el video que te envié sí lo viste. Y no lo viste ni una ni dos veces ¿Cierto? —Me puse en alerta ¿qué carajos estaba pasando?— Pero no te preocupes —siguió diciendo él. Extendió su brazo y me palmeó el hombro. El gesto más falso del mundo—. Yo te comprendo. Ana está muy buena. Demasiado buena para ser cierto…Lo otro que te quería decir es que el video que te quería mostrar no es el que viste con mucho placer ayer. Es otro, donde vos salís como protagonista.

              El alma se me vino al piso. ¿Podía ser tan estúpido? Miguel me mostró la pantalla del celular. En él se me veía claramente, haciéndome una frenética paja, mientras me masturbaba viendo un video en mi notebook. La película que se reproducía se veía con total claridad: era el culo de mamá engullendo la verga de Julio.

— Tranquilo. No te preocupes —dijo Miguel, viendo que me ponía pálido—. Yo te voy a guardar tu cochino secreto. Ya después sabrás cómo devolverme el favor.

— Me estás chantajeando —dije, furioso.

— ¿Qué pasa? ¿Ya están peleando de nuevo? —preguntó mamá, que traía una bandeja con tres tazas de té.

 — No, para nada. Es que parece que al primo le bajó la presión.

— ¡Tito! ¿Estás bien mi amor? —se preocupó mamá.

— No es nada —dije, apenas pudiendo hablar.

— No te preocupes Ana, sólo necesita descansar. Se ve que está estudiando mucho últimamente. Mucha presión ¿Eh primo?

— Sí… No es nada.

— Ya le está volviendo el color —dijo Miguel.

              Tomé un largo trago de té, intentando entender en qué situación me encontraba. Miguel sabía que me había masturbado viendo el video donde salía mamá. Incluso si yo le dijera que fue él quien había mandado el enlace, yo seguía estando en una situación mucho más complicada que él, por lejos. ¿En dónde carajos me había metido?

              Me preguntaba en dónde pudo haber colocado la cámara para que grabara. Supuse que en la repisa, entre los libros. ¡Cómo no la vi! No había imaginado encontrarme en esa humillante situación, totalmente opuesta a la que debería encontrarme.

— ¿Ya estás mejor bebé? —preguntó mamá.

— Sí, ya estoy bien, no fue nada.

— Pero no nos asustes así primo. Ya estaba llamando a la ambulancia —dijo Miguel, y largó una carcajada.

               Mamá me dijo que fuera a dormir, pero me negué rotundamente. No era buen momento para dejarlos solos. No entendía cuál era el plan de Miguel, pero no creía que fuera capaz de seducir a mamá. Quizás pensaba hacerle algo malo, y pretendía que yo lo cubriera. Si no lo hacía, el video donde yo salía haciéndome la paja, caería en manos de mamá, y sería no solo mi fin, sino el fin de nosotros como familia.

              Miguel eligió una película, como si fuera el dueño de la casa. Mamá apagó las luces, pues nos gustaba así. Yo no presté atención en absoluto a la película. Sólo me dedicaba a pensar, y a maldecirme por lo estúpido que había sido. Escuchaba la respiración de mamá. En un momento tomé su mano, como si tuviera un terrible miedo a  separarme de ella.

              No podía estar pasando. Esto no podía estar pasando. Me repetía una y otra vez.

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              Al día siguiente puse en marcha mi plan. No sabía que tan efectivo sería, pues deberían darse muchas cosas para que la situación se pusiera de mi lado. Primero, debía encontrar a Miguel infraganti. Luego debía sacarle una foto. Y para colmo, en este caso sería sumamente importante que no me viera. Una vez que tuviera algo en su contra se lo mostraría a mamá. Convencerla dependía exclusivamente de lo conclusiva que fuera la prueba, pues mamá estaba enceguecida con el primo, y no se pondría de mi lado, salvo que viera algo contundente. Una vez que me creyera, debía convencerla de que no le dijera a Miguel que fui yo el que lo expuso. De esa manera, quizás, y solo quizás, no tomaría represalias contra mi persona. Debía quedar como que ella había notado algo, y lo descubrió por cuenta propia. ¿Pero qué era lo que esperaba descubrir del primo mientras él pensaba que no lo veía? Hasta ahora venía apostando a que espiaba a mamá mientras se duchaba, o algo parecido. Su actitud de la primera noche me hacía pensar que era un voyeur adicto, y que estaba obsesionado con ella. Pero lo cierto era que no tenía idea de qué pasaba por la cabeza de ese hijo de puta. En todo caso, lo descubriría si me atenía al plan. Tarde o temprano lo descubriría.

— Nos vemos a la noche má —la saludé.

              Ella estaba en el lavadero, poniendo ropa adentro del lavarropas. Yo supuestamente me dirigía a la facultad, pero en cambio, me quedé en casa. Abrí la puerta principal, y la cerré, dando un portazo más fuerte de lo normal, para que no le cupieran dudas de que me había marchado.

              Miguel estaba, como de costumbre, con sus amigos, quienes no me cabía duda de que eran tan detestables como él.

      A la noche esperaría el momento oportuno para hacer la pantomima de que había regresado. Todavía no tenía en claro cómo lo iba a hacer, pero tenía varias horas para pensarlo.

              La noche anterior había revisado el cuarto de punta a punta, sin encontrar cámaras. Lo más probable era que Miguel había puesto su propio celular bien oculto, y luego lo retiró.

              El plan estaba en marcha. Me quedé ahí, más que nada viendo tonterías en internet, con la habitación a oscuras, sin usar sonido que me devele.

              El tiempo pasaba inusitadamente lento, y el hecho de saber que era muy probable que las cosas no salieran como yo pretendía, me tiraba el ánimo abajo.

              Me aferré a la disciplina que había adquirido en el primer año de universitario. Había descubierto, con asombro, que la inteligencia y el carisma poco valían si no se tenía disciplina. Fue así como me mantuve en absoluto silencio y quietud.

       Sabía que mamá no se metería en mi cuarto, pero con Miguel no podía estar seguro, pues para colocar la cámara había invadido mi privacidad. En todo caso, si escuchaba que alguien se acercaba a mi cuarto, podría esconderme bajo la cama y ya.

    La primera hora fue la más difícil. Pues sólo escuchaba la televisión, que pasaba el programa de la tarde que a mamá tanto le gustaba.

     Entonces escuché cómo alguien subía el volumen. Era mamá, que había cambiado a un canal de música para empezar con sus ejercicios. Imaginar a Ana con una calza ajustadísima, transpirando mientras corría en la cinta, me puso la pija como una roca en un santiamén.

        Una voz masculina apareció en escena.

      No entendía qué decía, pero estaba seguro de que se trataba de Miguel, que acababa de llegar a casa. Mamá no pareció dejar de ejercitar, pero le contestaba algo. Maldije para mis adentros, pues la música del televisor me hacía imposible determinar de qué hablaban, y si había algo que me daba mucha intriga era saber qué decían o hacían cuando yo no me encontraba en casa.

       Cuando faltaba poco para que terminara con el ejercicio me puse a pensar en cuál sería el paso a seguir. La respuesta era que debía seguir esperando.

      Sentí una gota de transpiración deslizarse por mi mejilla. Me encontraba sentado en el borde de la cama, preparado para hacer el movimiento que fuera necesario hacer.

       Entonces escuché que alguien subía por las escaleras. Lo hacía dando pasos rápidos sobre los escalones de madera. Era ella, no me cabían dudas. Mamá iba a darse una  ducha.

     Primero se metió en su cuarto. Habría de estar eligiendo qué ropa iba a ponerse, para dejarla preparada sobre su cama.

      El baño se encontraba al lado de su cuarto, pero tenía una entrada independiente, pues antaño lo compartíamos, y luego no consideró conveniente hacer un hueco en su habitación para colocar una puerta. Como fuera, cuando miré a través de la cerradura, la vi salir con una toalla en las manos.

      No tardó en oírse el agua caer como una lluvia. El despampanante cuerpo de Ana estaría siendo frotado con un exquisito jabón mientras el agua tibia la empapaba.  Era raro, pero hasta el momento no se me había ocurrido espiarla yo mismo. Me dije que quizás algún día lo haría.

        Entonces me di cuenta de un error tan estúpido que me hizo ruborizar. Lo más probable era que mamá corriera la cortina. Desde afuera no se la podría ver mientras se bañaba. Quizás una vez que saliera de la ducha para secarse sí, pero eso no dudaría mucho. ¿Miguel se conformaría con eso? En todo caso, no tenía otra opción más que seguir con mi guardia.

       Los minutos pasaban, y parecían muy lentos por cierto. El primo no hacía acto de presencia, y para colmo, ya no se escuchaba el agua caer. Mamá ya se estaba secando, y no faltaba mucho para que saliera de ahí.

      Mi plan parecía estar fracasando. Quizás debería hacer guardia muchas veces hasta que el primo se decidiera por cometer ese acto vil del que yo estaba seguro que cometería. De todas formas, estaría atento a lo que sucediera en las próximas horas, quizás metiera la pata en una situación que no se me había cruzado por la cabeza.

       Mamá salió del baño. Su cuerpo estaba húmedo, y sólo cubierto por una toalla blanca que la envolvía y tapaba desde sus pechos hasta sus muslos, ocultando apenas sus carnosos glúteos.

          Se metió en su cuarto.

       Entonces escuché que alguien subía. Era Miguel, por supuesto. Miró hacia mi habitación, dubitativo. Probablemente se preguntaba si yo me encontraba. Luego pareció convencerse de que no era así. Supuse que recordó que a esa hora solía estar en la facultad, además, la luz del cuarto estaba apagada.

       Entonces se dirigió al cuarto de mamá. ¡Ahí te agarré, hijo de puta!, pensé, triunfal.

       El degenerado no la espió en la ducha, pero sí lo haría mientras Anastasia se vestía.

        Agarré el celular, que ya tenía preparado con la cámara. Mis manos transpiradas casi hacen que se me resbale y caiga al suelo, pero pude aferrarme a él.

        Miguel se acercaba a la puerta. Apenas se pusiera en posición para espiar, yo abriría la puerta con sumo cuidado, evitando hacer ruido. Pero la abriría apenas, sólo para sacar mi brazo afuera y tomar una foto. No podía ser tan difícil.

       Pero entonces ocurrió algo que jamás se me había cruzado por la cabeza. Miguel no espió a través de la cerradura, sino que simplemente entró a la habitación.

       ¡Qué carajos!

      Estaba anonadado. Hacía apenas unos segundos que mamá había entrado, así que no me cabían dudas de que estaba en pelotas. El primo resultó no ser sólo un degenerado, sino un demente. Mamá se enfurecería y lo mandaría a volar. El primito había cavado su propia fosa.

       Sin embargo, no se había  desatado el escándalo que había imaginado. Escuché la voz exaltada de mamá diciendo:

—      ¿Qué hacés Miguel

Pero aparte de eso, sólo siguieron murmullos incomprensibles.

       Me quité las zapatillas, para no hacer ruido mientras caminaba.

      Abrí la puerta de mi habitación y me dirigí hasta la otra punta del pasillo, donde se encontraban ellos.

       Me sorprendió ver que la puerta estaba entreabierta. Me detuve antes de llegar a ella, pegado a la pared. Y ahí escuché claramente.

—      No Miguel. ¡Basta! Por favor, ¡Soltame!

      Hijo de mil putas drogadictas, pensé, esto se termina acá mismo.

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