LILIANA CELESTE FLORES

Era la hora de los búhos. Danira, llamada la Perla de Pereth por su exótica belleza, se encontraba con los codos apoyados sobre el pétreo barandal del mirador norte del castillo contemplando la oscura y lejana silueta de la montaña vieja. Por tercera noche consecutiva una extraña sensación de angustia le hacía abandonar el lecho conyugal y dirigirse a aquel mirador desde donde se podía observar la ominosa montaña.

Las dos lunas llenas, gibosas y agoreras, derramaban una luz fantasmal amarillenta sobre el paisaje nocturno. Los oscuros ojos de Danira descubrieron las ruinas de lo que parecía haber sido un templo en la cumbre de la montaña.

  • ¿Qué haces aquí, amada mía? – le preguntó un hombre alto y delgado, de tez pálida y cabello dorado.

Era Turen Ruenor, príncipe de Brugth, quien había tomado como esposa a Danira hace menos de un mes. Estaba preocupado pues había notado que el semblante de su bella esposa, antes luminoso y risueño, se había vuelto sombrío y taciturno.

  • Las noches de otoño son engañosas, traen vientos gélidos que pueden causarte alguna enfermedad – dijo Turen – volvamos a nuestra alcoba… ¿O acaso te molesta compartir el lecho conmigo?
  • ¡No es eso, amado mío! – se apresuró a aclarar Danira – mi madre acertó al elegirte como mi esposo, soy dichosa a tu lado. Mi inquietud se debe a otro motivo…
  • ¿Cuál es, amada mía? – preguntó Turen disimulando la inquietud que le causaba estar en aquel mirador pues la vista de la ominosa montaña vieja le peturbaba.
  • Hace unas noches, entre sueños, me pareció escuchar el sonido de un tambor – respondió Danira mirando la montaña escudriñando las ruinas, no notó el terror que hizo palidecer el rostro de Turen – me desperté con una sensación de opresión en el pecho, necesitaba tomar aire y salí al mirador… entonces vi la montaña, sentí que me llamaba pero al mismo tiempo me producía rechazo… siento que oculta algo siniestro, esas ruinas deben de estar malditas.
  • Tienes razón, Danira – dijo Turen con el semblante demudado – te contaré la historia, pero volvamos a nuestra alcoba.

Danira tomó el brazo que su esposo le ofreció y regresaron a la alcoba. Entonces Turen empezó con su relato:

Mucho tiempo antes de que mi antepasado Ruen el Encantador y la bella gente de los bosques llegaran a estas tierras y pusieran la primera piedra de la ciudad de Brught existió un reino que prosperó y cayó en la desgracia.

Cuentan las leyendas que en esos tiempos pretéritos una caravana de gente de tez morena llegó a estas tierras, procedían de más allá de las estepas y acamparon al pie de la montaña. En la montaña ya se alzaba el sombrío templo de basalto en el que moraban unos monjes pero estos no mostraron molestia por los recién llegados.

Estas gentes, al ver que las tierras eran fértiles y que un río de generoso caudal les proporcionaba agua y pesca abundante, decidieron asentarse. Bajo el liderazgo de Drüm Naggar, el más valiente y sensato de sus guerreros según las crónicas que fueron escritas por Meran la sabia, levantaron los cimientos de una aldea.

Para construir sus cabañas talaron una gran cantidad de los árboles del bosque que se extiende al oeste de la montaña, esto les causó la enemistad con unas extrañas criaturas que habitaban allí. Estas criaturas tenían apariencia casi humana pero eran de baja estatura y tenían el cuerpo cubierto de vello, caminaban erguidos pero arrastrando sus largos brazos peludos, se comunicaban con sonidos guturales y vivían en covachas hechas de ramas en los árboles. De vez en cuando tenían escaramuzas, pero las gentes de tez morena mantenían a las criaturas bajo control con el poder del fuego y el hierro.

Los monjes no se opusieron a que estas gentes casi bárbaras construyeran su aldea, por el contrario, les enseñaron cómo cultivar la tierra y aprovechar sus frutos. Las gentes de tez morena estaban muy agradecidas con los monjes y nunca indagaron sobre la peculiar ceremonia que realizaban todos los días sin falta: al caer la tarde encendían los lamparines del templo y empezaban a tocar los tambores hechos con pellejo de lobo, era un ritmo lento y monótono acompañado de cánticos onomatopéyicos y plegarias recitadas en un idioma desconocido, al parecer los monjes de turnaban por grupos pues la ceremonia se prolongaba hasta el amanecer.

El sonido de los tambores y el rumor de los cánticos y las plegarias llegaba hasta el pie de la montaña donde se habían instalado las gentes de piel morena, pero esto no les   incomodaba, más bien lo incorporaron a su rutina diaria. Cuando veían que los monjes encendían los lamparines del templo era hora de dejar las labores del campo y dirigirse a sus hogares, cenaban y luego se quedaban dormidos arrullados por el son de los tambores que de alguna manera los hacía sentirse protegidos.

Se dedicaron con ahínco a la agricultura y la pesca, prosperaron y se convirtieron en la ciudad de Taraam, famosa por su exquisito vino aromático de bayas rojas, aceitunas negras y pescado ahumado.

Pero no todo era felicidad para los habitantes de aquella ciudad que florecía al pie de la montaña bajo la sombra aparentemente protectora del misterioso templo de basalto. Cada cierto tiempo niños, mujeres y ancianos desaparecían sin dejar rastro, incluso de la seguridad de sus propios hogares, como si algún ser sobrenatural se los llevara. Muchos habían visto a unas pequeñas sombras de apariencia grotesca rondando las casas antes que sucedieran las desapariciones y otros notaron que las desapariciones coincidían con los solsticios y equinoccios, fechas en las que aquellas repugnantes criaturas peludas que vivían en el bosque parecían más inquietas.

Entonces Trön Naggar, descendiente de Drüm y gobernante de la ciudad, reunió a su pueblo en la plaza y les dijo que finalmente había encontrado una respuesta al misterio de las desapariciones.  No se trataba de un ser sobrenatural como muchos temían, sin duda las pequeñas sombras de apariencia grotesca que muchos habían visto rondando las casas eran las repugnantes criaturas peludas que vivían en el bosque, estas eran sigilosas y ágiles, se metían furtivamente a las casas y se llevaban presas fáciles como niños, mujeres y ancianos que no podían defenderse. Las habían subestimado, tenían más raciocinio del que parecían tener, eran vengativas y seguramente celebraban algún ritual primitivo en aquellas fechas, sin duda se llevaban a las personas para sacrificarlas a algún totem o comérselas. Solo había una solución: Exterminarlas.

Trön encabezó al grupo formado por todos los hombres del pueblo capaces de manejar armas y varios mercenarios que contrataron como apoyo. Quemaron una gran extensión del bosque y aniquilaron hasta a la última de aquellas repugnantes criaturas peludas. No encontraron huellas de los rituales primitivos que supuestamente realizaban las criaturas ni restos de los desaparecidos, pero igual celebraron la masacre como una victoria.

Luego Trön se proclamó rey de Taraam y empezó la construcción de su castillo, cuyas ruinas aún se pueden encontrar al otro lado de la montaña. Las desapariciones cesaron y nadie reparó en las extrañas muertes que ocurrieron durante los años que tomaron la construcción del castillo y remodelación de la ciudad, las consideraron desafortunados accidentes.

Para construir el castillo y las murallas de la ciudad sacaron los materiales de una cantera abandonada, antaño explotada por los monjes que construyeron el templo, el basalto se había agotado, pero abundaban otras piedras. Y además encontraron vetas de cuarzo y otras gemas. La fortuna sonreía a Trön y su pueblo.

Y pasaron los años, Taraam era un reino próspero que atraía a muchos comerciantes y aventureros en busca de fortuna. El templo de basalto que se levantaba en la cumbre de la montaña y la ceremonia que los monjes hacían todos los días desde el ocaso hasta el alba eran contemplados como atractivos pintorescos e interesantes, aunque las visitas al templo estaban prohibidas, muchos viajeros se reunían al pie de la montaña para escuchar el son de los tambores, los cánticos y las plegarias.

El recuerdo de aquellas desapariciones durante las vísperas de los solsticios y los equinoccios era algo casi olvidado… con tantos viajeros y peregrinos que entraban y salían por las cuatro puertas del reino nadie se percataba o se preocupaba mucho de las ocasionales desapariciones, cuando alguna era denunciada se decía que los gitanos se habían robado a tal niño o qué tal doncella había sido seducida por algún extranjero.

Cuatro siglos habían pasado desde aquella vez que llegaron aquellas gentes de tez morena y se asentaron al pie de la montaña. Sucedió entonces que Saka, la hija de Bröm Naggar, actual rey de Taraam, desapareció. Lo primero que se dijo fue que ella había sido seducida y huido con un extranjero de piel blanca y ojos verdes el cual había sido visto cortejándola en la fiesta de la cosecha. Pero luego ese hombre fue encontrado bebiendo vino en uno de los burdeles y no sabía de la desaparición de la princesa. Más dijo que había venido a la ciudad con su hermana, ella era ciega de nacimiento pero tenía el don de ver más allá y tal vez podía averiguar dónde estaba la princesa.

El extranjero llevó a los guardias a la posada donde se encontraba hospedada su hermana y luego todos fueron al castillo. Y así fue como Sileen, la vidente, descubrió la terrible verdad. Ella le dijo al rey que veía una aldea… luego vio una caverna y  altar de piedra, sintió que un horror indescriptible dormía en una cripta subterránea… después vio a unas pequeñas sombras grotescas que furtivamente entraban a las casas de la aldea, se llevaban a los niños, las mujeres y los ancianos… los llevaban a la caverna… y escuchó tambores, cánticos y plegarias… los culpables de las desapariciones eran los monjes que sacrificaban a las víctimas a aquel horror sin nombre que habitaba en las entrañas de la montaña, las pequeñas criaturas grotescas eran golems que ellos habían creado… y la princesa iba a ser sacrificada esa noche.

Sin demora Bröm y su ejército subieron a la montaña y tomaron por asalto el templo que carecía de protección y guardianes, mataron a los monjes que se encontraban tocando los tambores y recitando sus plegarias en un salón octogonal dejando con vida solo a uno a quien obligaron les muestre el camino secreto que conducía a la caverna.

Detrás de un mural con intrincados diseños geométricos estaba una puerta que daba a una escalera de piedra que descendía hasta las entrañas de la montaña. Bröm y sus guerreros bajaron por esa angosta escalera, llegaron a la caverna y encontraron al monje más anciano con un cuchillo de obsidiana a punto de sacrificar a la princesa que yacía dormida sobre el altar de piedra, Bröm se abalanzó sobre el anciano y le quebró el cuello.

Dejaron los cadáveres de los monjes apilados al aire libre para que los buitres se hicieran cargo de ellos. Regresaron al castillo con la princesa rescatada para celebrar la victoria, aunque era un triunfo triste y doloroso pues durante generaciones ellos habían creído en la buena voluntad y bondad de los monjes. Sileen y su hermano fueron recompensados.

Y así llegaron las celebraciones del solsticio de verano en las que además se realizaba el matrimonio de la bella y virtuosa Saka con un príncipe de las lejanas tierras negras ricas en aceite que brotaba del suelo. La ceremonia nupcial se celebró a la hora del ocaso, luego vino el exquisito banquete y la alegre danza. Cuando llegó el amanecer la tierra se estremeció y de las entrañas de la montaña surgió el horror sin nombre que dormía en la cripta subterránea… la falta de los tambores, cánticos y plegarias que lo mantenían aletargado lo habían despertado y al no haberse realizado el sacrificio que mantenía el poder del sello de su prisión había escapado.

Algunos dicen que el horror sin nombre era un dragón que redujo a cenizas el reino de Taraam… otros dicen que fue un demonio que causó la locura y las gentes de Taraam incendiaron la ciudad y se suicidaron… y no pocos sostienen que fue una sombra oscura y pestilente que trajo una mortal enfermedad, casi todos murieron entre dolorosos espasmos y vomitando sangre, que los pocos que sobrevivieron quemaron los cadáveres y la ciudad y se marcharon para no volver jamás… sea como fuere, Taraam cayó en la desgracia y sus ruinas calcinadas aún pueden encontrarse al otro lado de la montaña. El templo abandonado sufrió el paso del tiempo y los saqueadores,

  • ¿Y qué fue del horror sin nombre? – preguntó la hermosa Danira.
  • No se volvió a saber nada de él – respondió Turen – y mientras menos se le recuerde es mejor… hay cosas que ni siquiera deben de ser mencionadas, aunque dicen que… no, las cosas están bien así. Ya no pienses más en la montaña ni en las ruinas del templo, amada mía… es hora de dormir.

Danira se arrebujó entre los brazos de su esposo, no sabía cómo decirle que también había soñado con un anciano monje, tan viejo y arrugado que parecía una momia viviente, agazapado en una caverna y que tocaba un tambor mientras recitaba una plegaria en un idioma desconocido.

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