EDGAR A. RIVERA

Te busco desde la ventana. Te encuentro sentada en la última de las mesas junto a la pared, debajo de afiches vintage y flores artificiales. Esperas por mí. Escribes en el celular, ¿me envías un mensaje? ¿Preguntas por qué se me ha hecho tarde, quizás? No puedo saberlo, no llevo el teléfono conmigo para revisar y solo puedo imaginar tus palabras, con cariño, con preocupación, con molestia por hacerte esperar. Quisiera entrar corriendo y disculparme, contarte una historia tonta de esas que te gustan y hacerte reír, pero mis piernas no se mueven. Me digo que todavía estoy a tiempo, que lo puedo arreglar… y permanezco en el mismo sitio, observándote a la distancia.

Bajas tu teléfono y miras alrededor. Con delicadeza acomodas tu cabello lacio, negro y de puntas platinadas, detrás de la oreja, descubriendo el lunar que tienes en la sien, donde te besaba cada vez que nos decíamos adiós. Llevas el suéter rosa que te regaló tu abuela el año pasado, muchas veces me dijiste que no te gustaba, pero lo usas porque crees que te da buena suerte. Yo creo que te hace ver muy linda y resalta tu piel clara.

Uno de los meseros se acerca sonriente, tomas la carta y la pones sobre la mesa, risueña le dictas tu orden, él toma nota mientras intenta ver tus pechos, me doy cuenta, luego se aleja a la cocina. Miras la hora en la pantalla de tu celular y revisas tus mensajes una vez más. Te muerdes el labio inferior mientras tus pulgares presionan rápido y se deslizan por la pantalla.

Siempre me encantó como mordías tu labio cuando te concentrabas. Lo amé desde la primera vez que te vi. Fue en una exposición en clase de sociales dos años atrás. Todo ese primer semestre no pude dejar de pensar en ti, de buscarte, de encontrar razones para estar cerca. Poco a poco fui cambiándome de lugar, intercambiando pupitres con mis amigos sin que sospecharan, hasta que pude sentarme a tu lado, aprovechando en los trabajos de equipo para unirme al tuyo, claro, cuando tus amigas y los profesores lo permitían.

Eres la razón por la que me levantaba temprano en las mañanas para ir a la prepa, la razón por la que entré al club de teatro y al equipo de vóleibol, aunque no calificara y terminara en la banca. Si fuera un poco más inteligente me hubiera unido también al club de matemáticas para compartir contigo los jueves. ¿Cuántas veces saldríamos como amigos, con Lalo, Fer y la Moni? ¿Cuántas ocasiones tuve para decirte lo que sentía y nunca me atreví?

Se me adelantaron, eras demasiado bonita para estar sola en preparatoria. De todos los varones que se te insinuaron elegiste al futbolista, claro. De inmediato te convertiste en la envidia de tus amigas. Frente a aquel chico guapo, corpulento y popular, era obvio que yo no tenía ninguna oportunidad, pero igual me quedé a tu lado, como un amigo.

Compartíamos el gusto por las series y la música pop de los 80´s y 90´s, pasamos las tardes mensajeando y compartiendo música por las redes. En tu celular sonaba Wake me up before you go go cuando yo te llamaba, y en el mío Take on me cuando marcabas tú. Me ponías demasiada atención y yo me llenaba de esperanza, solo para despertar del sueño al ver las fotos que compartías besándote con tu novio.

En una ocasión, de esas en que Uds. pelearon y se separaron por un tiempo, me invitaste a salir. No podía creer lo que estaba leyendo, iríamos juntos a la fiesta de Fer. Sabías que no me gustaban las fiestas pero por supuesto no me pude negar. Malinterpreté tus intenciones, nunca sospeché del interés que Moni tenía en mí y de cómo te había pedido armarnos una cita. Toda la fiesta mis ojos te buscaron, tratando de zafarme de tu amiga, te vi hablar con muchos compañeros, todos sabían de tu soltería y buscaban una oportunidad. Por un momento te quedaste sola, estabas recargada cerca de la puerta. Me armé de valor, hasta me di uno de esos discursos motivadores en mi mente, no iba a dejar pasar la oportunidad. Miraste directo a mi y sonreíste. Quedé helado. Luego una mano me tomó del hombro y me giró, sentí los labios de Mónica, húmedos de cerveza, sobre los míos mientras sus manos me aprisionaban detrás de la nuca. Cuando pude desprenderme de ella ya te habías ido y no volví a verte en toda la noche.

Al día siguiente me felicitaste por mi ligue. Sólo atiné a responderte un “Gracias”. Me informaste que volverías con tu ex y no hablamos en varias semanas.

El mesero vuelve con tu frap de galleta, das un pequeño sorbo y regresas al teléfono. Marcas y esperas a que te contesten pero eso no ocurre. Ves la hora. Frunces el entrecejo, pones los codos sobre la mesa y tus palmas en el mentón. ¿Piensas tú también en ese beso?

Me costó mucho ahogar mis sentimientos por ti, después de dos años decidí superarte y buscar mi felicidad en otro lado. Iba de camino a ver a Mónica cuando nos topamos en la calle. Te saludé ingenuo y corriste a abrazarme. Tardé en percatarme de tus lágrimas Le mandé una disculpa por mensaje a Mónica sin dar ninguna explicación y apagué mi celular. Te invité a comer y me contaste de tu separación, está vez definitiva, de la traición de tu supuesta amiga y las infidelidades de tu ex. Escuché atento cada palabra, tratando de hacerte sentir mejor. Hablamos durante horas hasta que cayó la noche. Te acompañe a la parada de los autobuses y antes de irte me dijiste una última cosa. Me preguntaste porque una chica cómo tú no podía conocer a un hombre como yo que se interesase en ella. Referí a la ironía de tus palabras. Abriste tu corazón y yo no pude hacer más que lo mismo. Liberado de toda presión, ahora que me disponía a vivir una vida nueva te conté la verdad, de todo lo que llegué a sentir y como nunca me atreví a expresarlo.

No quería interponerme entre Moni y tú, no quería traicionarla, ni arruinar mi amistad contigo. Siempre te quise… y yo también estaba enamorada de ti.

Diste la media vuelta, pero antes de subir al camión regresaste para darme un beso. Como siempre, busqué el lunar en tu sien, pero tú sostuviste mi barbilla y me lo diste en la mejilla, muy cerca de la boca. Rosaste mi labio y te fuiste rápido.

Esa noche no pude dormir, sonreía como un idiota y daba vueltas en la cama. Al siguiente día te invite a salir, quedamos de vernos el sábado, hoy, en este preciso lugar. Sólo tú y yo, nuestra primera cita formal.

Anoche casi no dormí. Me desperté excesivamente temprano, me bañé y me puse la mejor ropa que tenía, me perfumé (quizás demasiado) y no conseguí que el cabello me quedara como deseaba. La cafetería donde quedamos de vernos estaba a 15 minutos de mi casa tomando el transporte público, aun así, salí con casi dos horas de anticipación, lo cual fue bueno porque erré y subí a un camión equivocado. En mi nerviosismo no me di cuenta hasta muchas cuadras después y tuve que bajarme y correr. Anduve por las calles menos transitadas, que normalmente evitaría, buscando un atajo para llegar a tiempo. A la distancia distinguí los árboles de flores violetas de la avenida principal, que crecen a un lado del riachuelo que solo tiene agua en temporada de lluvias. Entonces se me vino un pensamiento de urgencia a la cabeza. Había olvidado el dinero en casa, quizás no traía suficiente para pagarte la comida. Saqué mi cartera y conté el dinero, parecía estar bien.

Marcas de nuevo, esta vez te contestan la llamada. No soy capaz de leer tus labios, pero tu expresión lo dice todo. Cuelgas el teléfono y lo guardas en tu cartera, dejas un billete sobre la mesa debajo del vaso. Te pones de pie y el mesero se acerca presuroso, intercambias algunas palabras y le señalas el dinero. Te sigue con la vista y te dice algo que no escuchas o no te importa responder.

Sales deprisa, enfadada empujas la puerta y me das la espalda, no me has visto. Caminas por la banqueta hasta doblar la esquina. Es la última vez que te veré. Apenas te pierdo de vista, una ambulancia y una patrulla pasan a toda velocidad por la calle contigua, se dirigen al canal donde alguien dio aviso del hallazgo. Encontrarán mi cuerpo sin vida, con el vientre ensangrentado, sin celular ni cartera, debajo de las flores violetas de una jacaranda.

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