GABRIEL B

Una mezcla de emociones se apoderó de mí. Por un lado estaba feliz, pues el hijo de puta de Miguel había mostrado la hilacha, y apenas era su primer día en casa. Por otra parte estaba indignado, pues el primo estaba husmeando en la intimidad de mamá. Yo estaba en mi cuarto, inclinado para poder poner mi ojo derecho a la altura de la abertura de la cerradura. A través de esa ranura podía ver a Miguel, al otro extremo del pasillo, rodeado por las sombras de la madrugada, pero con la silueta lo suficientemente nítida como para que yo aprecie sin temor a equivocarme, lo que estaba haciendo. Se encontraba en una posición casi idéntica a la mía, sólo que yo estaba viéndolo a él, y Miguel en cambio, estaba observando hacia adentro de la habitación de mamá.

              Entonces me di cuenta de que había otro sentimiento que me embargaba, y que era incluso más intenso que la felicidad y la indignación ya mencionadas. Aquel sentimiento era una horrorosa e insoportable envidia. 

              Mientras yo estaba viéndolo a él, y pensando en cómo debería proceder, los gemidos de mamá me llegaban apenas audibles hasta mi cuarto. Miguel en cambio, habría de estar oyendo los gemidos con mayor claridad, y mejor aún, probablemente tendría una visión de Ana totalmente desnuda, siendo penetrada por Julio. Incluso si tuviera una visión oscura como la que yo tenía de él —una silueta negra agazapada ahí en donde no debía estar—, debía ser una escena gloriosa, digna de ser grabada en la memoria.

              Recordé de qué forma estaba amueblado el cuarto de mamá. La cama no se encontraba alineada a la puerta, por lo que  desde donde estaba él. sería imposible mirarla. Y si estaba la luz apagada ya ni hablemos. Por unos instantes me tranquilicé al pensar en esto, pero luego medité ¿Y quién dijo que Julio se la estaba cogiendo en la cama?

              Un frío estremecimiento se apoderó de mi cuerpo. Era cierto. Probablemente estaban parados, ella contra la pared, él dándole con toda la fuerza que le quedaba a sus cincuenta y tres años, desesperado, mientras Miguel los veía, como quien mira una película porno.

              Pero ya se te va a acabar la joda, hijo de puta, pensé para mí.

              Me di cuenta de que mi sexo continuaba totalmente erecto, y estaba muy lejos de ablandarse. Los gemidos de mamá, el fantasear y especular sobre qué era lo que Miguel estaba viendo exactamente, y la adrenalina que me producía todo eso, me hacían imposible no sentirme caliente frente a esa situación.

              Medité un rato sobre el asunto, tratando de enfriar mi cabeza. De ninguna manera podía dejar que un depravado como él cohabitara conmigo, y menos aún con mamá. Un chico como Miguel, que no tenía reparos en masturbarse frente a la habitación de su tía, quien acababa de recibirlo en su casa, seguramente no tenía límites en su retorcida imaginación. ¿Qué sería capaz de hacer en una noche donde, además de caer bajo el influjo de la lujuria, también estuviera bajo los efectos del alcohol, o peor aún, bajo los efectos de alguna droga?

              Estaba consciente de las locuras que un hombre podía llegar a hacer por alguien como Ana. Sólo era cuestión de que llegara una noche en la que Julio decidiese dormir en su propia casa, para  confirmar esas sospechas. Al fin y al cabo, si se comportaba así cuando mi padrastro se encontraba presente ¿Qué sería capaz de hacer si mamá se encontraba durmiendo sola en su cuarto?

              No podía permitirlo.

              Se me ocurrió una idea. Podría sacarle una foto, así como estaba. Si ponía el flash, seguramente la imagen saldría perfecta.

              Era una idea simple, pero efectiva. Eso sí, no podía sacar una foto a través de ese pequeño hueco por donde lo estaba viendo tocarse su dura verga, no. Estaba obligado a salir al pasillo y tomarla desde ahí. Debía abrir la puerta de mi habitación rápidamente, y sin perder un instante, capturar su imagen la cantidad de veces que pudiera. De hacerlo así, Miguel me descubriría, por supuesto. Pero para ese entonces ya estaría perdido. Si intentase sacarme el celular, yo haría un escándalo, y de esa manera quedaría de todas formas expuesto.

              Me daba cuenta de que estaba de suerte. Apenas era la primera noche y mi enemigo ya había cometido el peor error de su vida.  Cuando le mostrara a mamá lo que estaba haciendo, no habría otra opción más que echarlo. Miguel no era ningún niño inocente, y además, tenía amigos quienes lo recibirían, así que no había motivos para compadecerse de él.

              Fui sigiloso, a por el celular. Lo desbloqueé, y toqué el ícono de la cámara, para no perder un instante una vez que decidiera abrir la puerta. Pensé en qué ángulo sería mejor sacar la foto. Pero concluí que daba lo mismo. La cámara de mi celular tenía una resolución muy alta. Sólo debía apuntar hasta el rincón en donde él estaba agazapado, sacarle varias fotos, y meterme en mi cuarto nuevamente. Luego recortaría la imagen y la acercaría, para que quedara bien en claro en qué lugar estaba Miguel mientras se masturbaba. Todas las fotos que sacaba con ese celular se subían a la nube automáticamente. El imbécil estaba perdido. La venganza se había demorado en llegar, pero por fin la podía masticar, y sabía deliciosa. Me daba pena por mamá, pero era primordial sacarle la careta a ese sátiro.

              Respiré hondo. Tenía que mover el picaporte, e inmediatamente abrir la puerta, salir al pasillo, apuntar con la cámara y sacar las fotos. Esos cinco movimientos deberían tomarme uno o dos segundos como mucho.

              Así lo hice. Moví el picaporte suavemente, para que no hiciera ruido. Abrí la puerta de par en par, apunté la cámara…

              No había nadie.

              De hecho, los gemidos de mamá ya no se oían.

              Los segundos que había tardado en buscar el celular y decidirme a hacerlo, resultaron ser demasiado. Puteé para mis adentros. El primo se había salido con la suya. Se había hecho la mejor paja de su vida a costa de mi querida madre.

              Volví a mi cama, atragantado de rabia. El hijo de puta no podía quedar indemne. ¿Siempre tenía que caer parado? Mamá y Julio tenían que saber lo que había hecho. Pero tenía mis serias dudas de cómo lo haría.

              En principio no creía que dudasen de mi palabra. Pero Miguel podría envolverlos con sus mentiras, argüir que la oscuridad me había hecho ver cosas que no eran exactamente tal como habían sucedido en la realidad. El pendejo siempre tuvo labia.

              Opté, por esta vez, por dejarlo pasar. Me odiaba al decirme esto, pero lo mejor era esperar a que cometiera otro error, y esta vez sí, engancharlo con las manos en la maza. Si apenas en la primera noche sintió el impulso de hacer algo tan arriesgado, no me quería imaginar hasta qué punto sería capaz de llegar en el futuro.

              Pero de algo estaba seguro: nunca se iba a coger a mamá. No se lo permitiría. La sola idea me indignaba hasta tal punto, que sentía ganas de romperle la cara. Pero me tranquilicé, diciéndome que no era más que un adolescente lujurioso, que debía calmar sus ímpetus a pura masturbación. Y pensar que unas horas atrás había concluido que era un tipo de mucho éxito con las mujeres. Pero evidentemente no era así. Su apariencia de cuerpo escultural y actitud varonil resultaron ser una pantalla. No era más que un looser.

……………………………………………………………………………….

              Día por medio tenía un trabajo de medio tiempo en un estudio de abogados. No era la gran cosa, pues ganaba acorde a lo poco que trabajaba, y además no me servía la experiencia allí adquirida, pues yo estudiaba la carrera de Arquitectura, que poco tenía que ver con las leyes, más allá de las que estudiábamos relacionadas con la construcción.

              A la mañana siguiente en la que había descubierto la chanchada de Miguel, me tocaba trabajar. Eso, sumado a las horas nocturnas en las que debía ir a estudiar a la universidad, me daban un respiro de la presencia de mi primo, que si bien apenas había empezado a convivir conmigo, ya hacía sentir su perversa presencia en toda la casa. Lo que no me gustaba era el hecho de dejarlo a solas con mamá. Si bien el mayor peligro, a mi criterio, estaba en la noche, cuando aprovechaba para espiar, creyendo que nadie lo descubriría, no podía estar seguro de que no iba a intentar alguna estupidez durante el día.

              Por la mañana me levanté a desayunar. Ya cuando bajé las escaleras sentí el olor del café y de las tostadas recién hechas, y oí también los murmullos que venían de la cocina. Mamá reía. Pero no era esa risa de cuando alguien escucha algo gracioso, era una risa algo histérica, poco contenida. Un tipo de risa que yo llamo risa orgásmica. Se la había escuchado a mamá pocas veces. Algunas de ellas cuando papá estaba vivo. Otras tantas cuando Julio la besuqueaba y le susurraba cosas al oído.

— ¿Y Julio? —pregunté, extremadamente molesto al ver que quien le había sacado esa risa era Miguel.

— Ya se fue a trabajar —dijo mamá.

              Estaba vestida con un pantalón negro y una remera. Encima de ellos tenía un delantal que estaba atado a su cintura. Esa prenda tan simple le quedaba muy bien, pues hacía que sus tetas, que se encontraban apretadas, sobresaltaran, y la cinta que rodeaba su cintura, dividía el cuerpo en dos, haciendo evidente el contraste entre la voluptuosidad de sus pechos y sus caderas con la delgada cintura. No pude evitar rememorar alguna de esas películas porno donde la actriz iba ataviada únicamente por un delantal similar al que llevaba puesto ella.

— ¿Qué pasa Robertito? ¿Extrañás a tu nuevo papi? —dijo Miguel.

              Quedé estupefacto ante semejante comentario. Mamá, por su parte, también se le quedó mirando fijamente.

— Qué decís imbécil —me animé a decirle—. Yo tengo un solo padre. Además, ya estoy grande para tener uno nuevo.

— Tranquilo Tito —dijo mamá sirviéndome una taza de café—. Lo dijo en broma. No lo habrá pensado mucho.

              Miró al primo, con sus preciosos ojos negros. El otro no tardó en caer ante su hechizo.

— Claro —dijo—. La verdad es que después de la muerte de mamá, parece que olvido que no soy el único que sufre por la pérdida de un ser querido. Te pido disculpas primo.

— Está bien, no hay problema, mientras no vuelva a ocurrir… —dije.

              Entonces sucedió algo inesperado. Mamá se acercó a Miguel. Lo abrazó, mientras él sorbía un trago de café. Sus pechos se apretujaron en el hombro del primo. Luego le dio un tierno beso en la frente.

— No te preocupes —le dijo al oído. Acarició su cabello, y se quedó a su lado.

— Gracias tía. Sos muy comprensiva —dijo Miguel. Extendió la mano que tenía libre y rodeó la cintura de mamá.

              Tenía ganas de levantarme y gritar que dejaran de hacer eso. Mamá seguramente actuaba impulsada por un sentimiento maternal, convencida de que aquel pendejo de dieciocho años no la veía de otra manera que no fuera como a una tía. Pero yo recordaba la paja de la noche anterior, y no solo eso, sino las miradas subrepticias durante la cena. Ahora su mano estaba en la cintura. Cuando mamá se separó de él, sucedió lo inaudito. Al salirse, Miguel aún mantuvo la mano en su lugar, haciendo que esta se frotara con mamá. Y para rematarla, hizo un sutil movimiento. Bajó apenas unos milímetros los dedos. Pero fue suficiente para que ahora Miguel, en lugar de hacer contacto con la cintura, rozara el inicio de las voluminosas nalgas de mamá.

              Sólo unos milímetros, que ella apenas alcanzaría a sentir, y que en todo caso lo atribuiría al movimiento que ella misma había hecho.

              El primo no pudo evitar esbozar una sonrisa maliciosa.

— ¿Por qué no lo llevás a Miguel a pasear por el centro? —dijo mamá, totalmente ajena a las intenciones de él, y a mis cavilaciones—. Podrías presentarle a tus amigos.

              Seguí soñando querida madre, pensé para mí.

— Tengo que ir a trabajar, y a las seis tengo facultad —dije, sin aclarar más que eso.

— Pero cuando vuelvas al mediodía del trabajo… —propuso mamá.

— No te preocupes tía —dijo Miguel—. En un rato me tengo que ir a lo de mis amigos. Es algo lejos, así que seguro me tome todo el día.

              Eso me alivió. No solo me libraría de su presencia, sino que mamá también lo haría.

— ¿Y vos no trabajás primo? —pregunté, con cierta suficiencia.

— Por ahora no, paro ya le prometí a la tía que voy a limpiar la pileta y a arreglar la biblioteca. Me doy maña con la carpintería.

— Pero no hace falta chiquito —dijo mamá, y para mi desesperación, acarició su cabello nuevamente.

— No es nada tía, así siento que ayudo, y además ocupo mi mente en cosas útiles.

              Mamá puso cara de congoja. Creo que se moría de ganas de darle más besos maternales en la frente, pero por esta vez no lo hizo.

              Los dejé, no sin sentir cierta aflicción. Cada minuto que pasaban solos era un minuto más en el que la cabeza retorcida de mi primo podía instarlo a hacer alguna estupidez.

              Mamá me preocupaba, pero en menor medida. La idea de que se dejara seducir por un pendejo como él, si bien no me parecía imposible —pues había escuchado muchas historias de ese tipo—, sí resultaba sumamente improbable.

              Julio, por su parte, sería un obstáculo para Miguel, pues pasaba mucho tiempo en casa. Cuando mamá decía que él se había ido a trabajar, era un eufemismo para decir que se había ido a hacer trámites relacionados a los diez dúplex que poseía, y que representaban su fuente de ingreso. Tal vez estaría cobrando los alquileres, o quizás pagando impuestos. En todo caso, no le tomaba mucho tiempo hacerlo.

              Fui a trabajar, diciéndome que seguramente estaría todo bien.

……………………………………………………………………………….

              En los días que siguieron hubo una tensa calma. Miguel se hacía el simpático cuando mamá estaba presente. Yo le seguía la corriente sin abrirme demasiado. Hasta el momento me había librado del pedido que me había hecho mamá, de sacarlo de paseo junto con algunos de mis amigos. La verdad era que no quería que ninguno de los pibes de la facultad o del barrio intimara con él, pues me parecía un mal bicho, y era casi imposible que cambiara de opinión al respecto. Por suerte el primo siempre tenía cosas que hacer cuando yo estaba libre.

              Tal como lo había prometido, había limpiado la pileta, y la biblioteca había quedado estupenda. De hecho, la había armado desde cero, comprando la madera y armándola en cuestión de un par de días. El hecho de que estuviera quedando bien con mamá, y también con Julio, no me gustaba nada.

              Estuve atento a todos sus movimientos, ante la expectativa de agarrarlo en la misma situación que aquella noche. Por loco que suene, por primera vez me encontré deseando que Julio se quede a dormir y se culee a mamá en la madrugada. Si Miguel caía nuevamente en sus impulsos libidinosos, esta vez no lo dejaría escapar. Le sacaría una foto en plena paja, frente a la habitación de mamá, y ese sería su fin. Ya nunca tendría que tolerar verlo poner sus sucias manos en ella. Sin embargo, al menos durante la primera semana, no volvió a suceder nada fuera de lo común.

              Los momentos en los que compartíamos más tiempo eran por la mañana, cuando yo no trabajaba, o por las noches, cuando volvía temprano de la facultad y cenábamos todos juntos. Después del mediodía solía desaparecer para hacer sus cosas, vaya uno a saber en qué consistían.

A veces me saludaba de manera muy amable, y otras veces intentaba entablar una conversación conmigo en la mesa. Yo atribuía esta actitud al hecho de que pretendía que le conteste de mala manera y así dejarme en evidencia frente a mamá. Pero no caí en su juego infantil. Me limitaba a responderle con cortesía, sin hablarle más de lo estrictamente necesario.

              Lo que me estaba inquietando era el hecho de que no había escuchado ningún comentario en relación a cuándo se mudaría. A eso agregarle que cada vez parecía llevarse mejor con mamá. Si hasta ya tenían sus propios chistes privados. La idea de que se quedaría a vivir por tiempo indeterminado con nosotros me torturaba.

— ¿Todo bien Tito? —me dijo una mañana de lunes, al comienzo de su segunda semana de estadía.

              Había golpeado la puerta de mi cuarto, y yo, algo sorprendido, lo había hecho pasar.

— Sí —respondí, sin ganas de repreguntarle sobre si se encontraba bien. Ya con la atención que le daba mamá era más que suficiente.

— Tu mamá es increíble —me dijo. Estaba parado en el umbral de la puerta, la cual se encontraba entreabierta. Tenía un brazo apoyado a la pared, mostrando lo musculoso que era, y la fuerza que poseía. Sus ojos verdes parecían sinceros, pero yo no pude evitar recordar su figura agazapada en la madrugada, viendo cómo mamá mantenía relaciones sexuales con Julio—. La verdad que no esperaba sentirme tan bien habiendo pasado tan poco tiempo desde la muerte de mamá.

— Me alegro por vos —dije, tratando de no sonar sarcástico, ya que lo único que conseguiría con eso sería quedar como un imbécil.

— Ayer estuvimos hablando con tía Ana… y creo que me voy a quedar por un buen tiempo —dijo. Hizo silencio un instante, viendo mi reacción. Si bien no dije nada, era obvio que puse en evidencia mi descontento—. Pero primero me gustaría que quede todo bien entre nosotros. Y que aceptes que me quede… —agregó. Acto seguido, se acercó a mí. Extendió su mano—. ¿Amigos? —dijo.

              Me dieron muchas ganas de decirle que ya lo había descubierto. Que ya sabía que desde el primer momento se había comportado como un degenerado con mamá. Pero me atuve al plan. Iba a esperar el momento oportuno para exponerlo frente a todos. No solo libraría a la familia de esa víbora, sino que quedaría bien parado, como un salvador.

              Sin embargo no tenía el estómago suficiente como para prometerle amistad.

— Amigos es una palabra muy grande —dije, estrechando su mano—. Yo me la reservo para usarla en ocasiones especiales, y la aplico con muy pocas personas. Pero sí que me gustaría que tengamos una buena relación, como la que venimos teniendo hasta ahora —agregué, dejando en claro que no pretendía acercarme a él más de lo que ya lo había hecho—. Y si mamá decidió que te quedes por más tiempo, no tengo absolutamente nada que decir.

              Ya lo creía que tenía muchas cosas para decir, o mejor dicho, para hacer. Se me ocurrió una idea. Por una vez, mi detestable trabajo en un estudio jurídico valdría de algo. Necesitaba la colaboración de un profesional de las leyes. Pero no pensaba acudir a la Dra. Del Felice, la abogada para la que trabajaba, ya que era una mujer taimada, a la que no era conveniente deberle un favor. En cambio hablé con uno de los abogados con los que me solía cruzar por tribunales, y con el que mantenía una buena relación.

              Nos tomamos un café en un bar cercano a los juzgados de Avenida de los inmigrantes, pues cayó la casualidad de que ambos debíamos hacer diligencias ahí ese día.              

              El Doctor Orozco, un regordete de pelo largo, devoraba una medialuna, mientras escuchaba mi caso.

— Mirá Roberto —dijo después, todavía masticando—. Los antecedentes penales sólo los pueden pedir la policía, o el propio individuo. O por orden judicial…

              No le había contado que estaba viviendo con un primo que acosaba a mi mamá. Sólo le había dicho que necesitaba una copia del certificado de antecedentes penales de un chico que había empezado a trabajar con mi padrastro, sólo para estar seguro de que se trataba de una buena persona.

— Lo lógico sería que tu padrastro le solicite que él mismo haga el trámite de reincidencia—dijo—. Pero me imagino que quiere saber sobre su nuevo empleado sin que él se entere ¿No? —agregó, guiñándome un ojo. Por lo visto se había percatado de que había preferido no contarle la verdadera historia.

— Sí.

— Mirá, hay otra manera de averiguar sobre el tipo ese —dijo, sorbiendo un trago de café, al tiempo que me daba esperanzas—. Si bien no podemos averiguar los antecedentes propiamente dichos, sí podemos investigar qué causas penales tiene en su contra.

— ¿En serio?

— Sí. Y no es muy difícil. Es cuestión de ir a la fiscalía del partido donde reside, o donde a vos te conste que suela frecuentar. Te dirigís a la oficina receptora de expedientes, le das el nombre al imbécil que esté atendiendo la mesa de entradas, y le decís que te busque en el sistema en qué causas se encuentra el sujeto en cuestión como imputado. Lo malo que tiene todo esto es que sólo te van a saltar causas de esa jurisdicción. Por eso te conviene ir a varias. Ahí te van a decir en qué UFI está tramitando la causa, y si tenés suerte, hasta te la van a dejar ver. Vos decile que vas de parte del denunciante y listo.

 — Perfecto, eso lo puedo hacer yo mismo —dije, contento.

              Pagué la cuenta, ya que me pareció que era lo menos que podía hacer por el doctor Orozco. Al día siguiente no tenía trabajo, así que me tomé toda la mañana para hacer esa investigación.

              En principio iría a Morón, que era donde el primo vivía antes, y luego me dirigiría a Capital, que era una jurisdicción a donde todos íbamos en algún momento, por alguna cosa u otra.

              Me sentía un detective privado protagonizando una película de suspenso. Yo era el héroe, que sin asestar un solo golpe, me libraría del villano.

              La cosa fue lenta, pues las fiscalías estaban colapsadas de trabajo. Tardé media hora sólo para que en Morón se dignaran a atenderme. Pero la espera fue más que recompensada. Cuando le di el nombre de Miguel Alejandro Sanabria a una linda chica de cabello rubio, me dio tres números de causas y el nombre de las fiscalías donde tramitaban.

— Una es por robo, otra por agresiones, y otra por vandalismo —dijo la chica.

              Le pedí una copia de la carátula del expediente de cada causa. El doctor Orozco me había advertido de que el hecho de tener abierta una causa en su contra no significaba que era culpable. Pero el hecho de que alguien tan joven tuviera abiertos tres expedientes en el barrio donde vivió sus últimos años, no hablaba bien de él. Eso mamá debería entenderlo, Fui a cada una de las fiscalías, que se encontraban en el mismo predio donde me brindaron la información. Ninguna tenía el expediente en letra —a la vista para ser consultado—, pero me brindaron una copia de las denuncias que habían originado las causas.

              La de agresiones se debía a una pelea que había tenido a la salida de un boliche. Esa era probablemente la prueba más endeble que tenía contra él, ya que las peleas de jóvenes alcoholizados eran muy comunes, y a él le resultaría fácil defenderse de ella frente a mamá. La causa por robo fue hecha por la dueña de un almacén de Ituzaingo. Dos jóvenes, a punta de pistola, le habían exigido la recaudación que guardaba en la caja registradora. Un testigo lo había señalado como sospechoso. Por esta causa había sido considerado culpable, pero como es común en nuestro país, debido a que en ese momento era aún menor de edad, fue liberado enseguida.

              La causa de vandalismo la había realizado aparentemente un vecino que presenció la destrucción de una parada de colectivos. Miguel fue señalado, aunque parecía que la causa no había prosperado.

              Se me había ido el día con esas diligencias. No tuve tiempo de ir a Capital, pero estaba más que contento. Si bien la única causa en donde resultó culpable desde el punto de vista de la ley había sido la del robo, nadie creería que mi primo no había tenido nada que ver con las otras denuncias,

              Volví a casa. Hacía mucho tiempo que no estaba tan contento. Pero decidí esperar un día más hasta develar a mamá la verdad sobre su querido sobrino. Primero me tomaría el tiempo de ir a Capital, a ver si encontraba algo interesante.

                              Otra vez la suerte pareció tocarme. Restricción perimetral. Creo que en pocos contextos estas palabras podrían hacer sonreír de alegría a alguien, pero yo era una de esas pocas excepciones.

              El hijo de puta de Miguel tenía iniciada una causa por acoso, y le habían interpuesto una restricción perimetral. No tenía más datos que ese, ya que esos expedientes quedan bajo secreto de sumario. Le pedí a la oficial que me había atendido que me diera el nombre de la denunciante, pero se negó en seco. De todas formas, con eso ya tenía más que suficiente. Miguelito estaba perdido. Le quedaba poco tiempo y ni siquiera lo sabía.

              Volví a casa, dispuesto a esperar un  momento a solas con mamá para darle la información y permitirle que la procese de la mejor manera posible. No me iba a exponer a enfrentarlo cara a cara y que se hiciera el pobrecito o inventara mentiras, o que todo se convirtiera en un griterío.

              Me pareció extraño el hecho de no haber encontrado la mesa servida. Normalmente mamá me esperaba con la comida caliente y almorzábamos juntos. Pero ni siquiera sentía olor a comida.

              De repente escuché un llanto. Venía de arriba. Subí al primer piso, y me dirigí al cuarto de mamá.

              Abrí la puerta.

— ¡Qué mierda es esto! —grité cuando me encontré con la extraña escena.

              Mamá estaba acostada boca abajo. Su rostro hundido en la almohada. Miguel la abrazaba y acariciaba su cabeza con ternura.

              La escena me descolocó. Ambos estaban vestidos. Mamá estaba llorando. ¿Qué carajos estaba pasando?

— Julio la engañó con su amiga Patricia —dijo el primo, y siguió consolando a mamá.

              Traté de procesar la información. Patricia era la peluquera del barrio, y se llevaba muy bien con mamá, aunque creo que decir que eran amigas era exagerado. ¿Julio la había engañado con ella? Qué absurdo. Patricia no estaba nada mal, pero no le llegaba a los talones a mamá. Había que ser demasiado estúpido para arriesgar su relación con ella por aquella otra mujer, sensual pero vulgar. ¿Y qué carajos tenía que ver Miguel con todo esto?

              Me acerqué a la cama, y consolé a mamá junto al primo, cosa que me desagradó mucho, ya que a mi entender él estaba sobrando.

— Si fue tan estúpido como para engañarte con esa, no te merece —le dije.

              Mamá sacó la cara de la almohada, se la limpió y se puso boca arriba.

— Que bueno que están ustedes conmigo —dijo—. Si no, no sabría cómo sobrellevar esta situación de mierda.

              Extendió sus brazos. Ambos la abrazamos. Miguel estaba muy pegado a ella, y su torso se apoyaba a una de sus tetas, exactamente igual que yo.

              Lo miré con desprecio. Por ese día lo dejaría pasar. Eran demasiadas malas noticias en una sola noche para mi pobre madre. Pero cuando estuviera un poco mejor, ya vería.

              Tenía los días contados. Pronto desaparecería de nuestras vidas y todo volvería a la normalidad.

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