TANATOS 12

CAPÍTULO 33
No me paré a reflexionar siquiera un poco sobre aquella teoría de Begoña. Simplemente le dije que mis maquinaciones iniciales individuales, y posteriores con Edu, la estaban contagiando… y ella me respondió:
—Todo lo que no te conviene para ti no existe. Metes la cabeza bajo tierra como un avestruz.
No quise seguir la charla por ahí y la sentí más seca el poco tiempo que nos seguimos escribiendo, tanto que me planteé sino enfocaría sus conversaciones conmigo como meras oportunidades para colocar su mensaje. Me parecía más plausible ese posible plan suyo de malmeter para que yo dejara a María, que el que planteaba ella de que mi novia pretendiese empujarme hacia ella para así poder tener vía libre con Carlos. Si bien no eran planes incompatibles.
No estuve tentado de contactar con Begoña al día siguiente, y pensaba que, aunque no creyera su teoría, no dejaba de parecerme ciertamente difícil de entender que María me insistiera en quedar con ella.
Era innegable que estaba un poco inquieto por los últimos comportamientos de María, pero todo se tranquilizó cuando ella volvió el domingo, y no el lunes, y, sobre todo, por no escribirse con nadie esa noche, ni la noche del lunes, ni la del martes. Y, como mi mente era una montaña rusa de culpabilidades, tan pronto Maria volvía a ser más ella, el pecado caía exclusivamente sobre mí, pues los dos besos en secreto habían sido míos.
Pero todo dio un giro radical el miércoles.
A lo largo de mi vida las mejores noticias siempre me han llegado de golpe, sin tiempo siquiera a que pudiera ponerme nervioso, y así fue como, sin romperse esa dinámica, recibí una llamada de mi jefe, corta, técnica, en la que me decía que el puesto vacante era mío. No era el mismo jefe con el que había compartido la tarde viendo a su hijo jugar al fútbol diez días atrás, pero sin duda había habido tráfico de información y de favores.
Sentí la imperiosa necesidad de llamar a María, pero preferí ir a su encuentro a la salida del trabajo para decírselo en persona.
La tarde se hacía eterna, como eterna era la luz en aquellos atardeceres del agonizante mes de mayo. Finalmente, a la hora aproximada que yo sabía ella saldría, me ubiqué cerca del portal de su despacho. Estaba casi pletórico. Me sentía además extrañamente tranquilo frente aquel edificio, pues Edu ya no existía y el intermitente Víctor no era temible en sí mismo.
Cuando la vi salir se me iluminó la cara, pero en seguida todo se truncó cuando descubrí que no salía sola, sino con Carlos.
Una incomodidad disimulada, en aquella chica en falda azul oscura y camisa azul clara, se tornó en desagradable de inmediato, ya que su primera frase fue un “¿Pero, qué haces aquí?”.
—No sé. Salí antes —alcancé a responder al tiempo que me veía obligado a estrecharle la mano a un Carlos siempre impecable.
Y la situación no hizo sino empeorar cuando, tras cruzar tres o cuatro frases intrascendentes, María dijo:
—Voy a tomar algo rápido con él, ¿nos vemos en casa? Hablaremos de trabajo. Te aburrirías. No creo que tarde mucho.
María no daba ni la opción a crear la cita a tres.
Nos dimos un pico, ellos desaparecían, y yo ni entendía qué acababa de pasar.
Me quedé tan bloqueado como decepcionado. Y no sé el tiempo que me quedé allí parado, sintiendo que salía gente y que atravesaban a un fantasma, hasta que una voz conocida me abordó:
—Ey, ¿tú por aquí? María saldrá ahora.
Enfoqué mi mirada por primera vez en dos minutos y vi a Begoña, en falda de tubo y chaqueta gris y camisa blanca, parada ante mí, pero exteriorizando cierta prisa.
—No, no… Acaba de salir —respondí, aún en una nube.
—¿Ah, sí? Bueno… —dijo, seguramente sin entender qué hacía yo todavía allí.
—Sí… oye… ¿Qué haces ahora? —le pregunté.
—Pues voy a la panadería un momento, que tengo gym a las diez y si no me desmayo antes de empezar.
Supe que Begoña sabía que yo había visto a María salir con Carlos, pero le agradecí por dentro que no dijera nada.
Antes de que me pudiera dar cuenta la acompañaba unos treinta metros, y ella se pedía un cruasán enorme y yo, sin pensarlo, le dije: “¿Pero dónde metes eso?” y ambos supimos que aquello recordaba a lo que yo le había confesado que le había dicho a María el primer día que la había visto con Edu; pero en este caso “eso” era el cruasán y no el miembro de Edu.
Begoña sonrió y dijo:
—Parece que no, pero me cabe. Me cabe todo.
Otra vez, ante la tensión y el drama que me ocasionaba el juego con María y la reciente existencia de Carlos, Begoña acababa suavizándolo todo.
De pie, al lado de la panadería, Begoña daba pequeños bocados e intentaba que nada de hojaldre le cayera sobre su ropa impoluta, mientras yo le acababa confesando qué había sucedido para que ella me hubiera encontrado solo en la acera.
Quizás aburrida de mostrarme sus sospechas, o por no querer hacer sangre, lo cierto era que me escuchaba comedida. El sol volaba bajo e iluminaba su cara y sobre todo sus ojos, frontalmente, haciéndolos casi transparentes, y yo no entendía qué hacía una chica guapísima, allí, soportándome.
—Tendría que ser yo quién te tendría que estar haciendo de paño de lagrimas por Edu, en vez de estar tú aguantándome… escuchándome rajar de Carlos… que ni te irá ni te vendrá… —le dije como colofón a mi discurso sobre que no entendía el reciente desplante de María.
—Lo tuyo es más interesante —sonrió.
—¿Tú crees?
—Hombre, lo mío es una ruptura de tantas. Lo tuyo… un locurón…
—La verdad es que sí —respondí, sintiéndome comprendido, acompañado, y la miré, con la chaqueta abierta, con su camisa blanca impecable, insinuando la silueta de unos pechos medianos y muy bien puestos, sus ojos grandes y su gesto puro y tranquilo, por naïf o por ser simplemente así.
—¿Y cómo pensabas celebrar el ascenso? ¿con un trío? —rio, sacándome de la revisión que le estaba haciendo.
—Pues no. Supongo que haciéndolo normal.
—¿Normal? Vosotros ya no lo podéis hacer normal —dijo, como si tal cosa, pero dando en el clavo. Tanto que me llegaba a preguntar cuando había sido la última vez.
—¿Los viste juntos, no? Por el despacho. A María y a Carlos.
—Sí. Por ahí andaban. Están a vueltas con un tema de urbanismo y con uno de propiedad industrial. La verdad es que María controla de todo.
Se hizo un silencio. Yo quería seguir hablando de ellos, si bien no quería abusar de su paciencia.
—El otro día me dijiste que pegaban —dije finalmente.
—¿Te quieres martirizar? —sonrió, apurando el cruasán.
—No. Bueno. Solo quería saber por qué.
—No sé. Son así… bueno ya los ves tú, jobá. No sé, son como muy respetados, ¿sabes? Y a los dos les gusta eso y a los dos les gusta que la otra parte también tenga así… rollito… “respect, que aquí estoy yo”. No sé si me explico.
—O sea que si va conmigo por ahí… van la respetada y el paria, y si va con él a un sitio, van los dos admirados y respetados.
—Tú no eres ningún paria, solo que la tienes en un pedestal. Que es espectacular María, eso lo entiendo, tengo ojos, pero no sé. En fin, algunos tíos sois así. Si veis que la pareja es más guapa, en vez de veniros arriba os venís abajo. Y otros son al revés. El Carlos éste aun se viene más arriba cuando está con ella.
Se hizo otro silencio. Hablaba rápido, y muy atenta al entorno. Me miraba y no me miraba. Y yo echaba de menos en cierto modo estar en su casa, y que ningún estímulo externo la hiciera despistarse de mí.
—Bueno, ¿y tú qué? —le dije.
—¿Yo qué de qué? —preguntó, con su merienda tardía terminada, sacudiendo sus manos.
—De chicos.
Me miró, inquisidora, y dijo:
—¿Qué tramas? ¿Me quieres meter en un trío… o en un cuarteto raro? —sonrió.
—No, no. Solo preguntaba.
—Ah, no sé… Viniendo de quien viene la pregunta… Igual querías que me vistiera de María, que Carlos mire… tú me lo haces… y María me graba… y le pasa mis gemidos a Edu —sonrió, casi riéndose, encantadora, con su gracia innata.
Negué tener tanta audacia y ella no soltó prenda sobre posibles candidatos, que seguro no le faltaban. Y estuvimos un rato más hablando, hasta que ella dijo:
—Bueno, chico. Tengo que ir a casa…  cambiarme, coger la mochila e ir al gym.
Yo la miré, indudablemente decepcionado, pues podría seguir charlando más tiempo.
—Ya sé que querrías que fuéramos a cenar, para no pensar que María está con ese viejo… —aseveró entonces, cambiando un poco el tono.
—Sabes que no hablo contigo para utilizarte…
—Bueno. Vacíos sí que cubres —zanjó precisa y con algo parecido a un conato de recelo.
Negué con la cabeza y ella dijo:
—En fin. Date por despedido. Te lo digo así, en la distancia, para que no me entres hoy —sonrió, volviendo a ser la Begoña grácil.
—¿Entrarte yo? ¿La lagarta no eras tú?
—Precisamente te dije que no era ninguna lagarta. En fin. No me líes —dijo y se despidió con un gesto con la cara y con la mano. Y supe al instante que su adiós era el pistoletazo de mi vuelta a la realidad, aquella en la que mi propia novia se había desmarcado de mí para estar a solas con otro.
Llegué a casa y no había nadie. Cené y no vino nadie. Y no sabía qué sentir. Lo cierto era que si al Pablo de seis meses atrás le dijeran que María estaba con otro hombre se estaría muriendo de morbo. Y era así. Pero a la vez no era así. No sabía si era por el susto de la casi ruptura de dos meses atrás o por la semilla de la duda que no dejaba de plantarme Begoña. Pero lo cierto era que al morbo ya no se le añadían tanto los celos como el temor.
En esas cavilaciones estaba cuando, pasadas las diez y media, escuché desde el salón la voz de María y el sonido de sus llaves, que seguro sacaba de su bolso para entrar en casa.
Pensé que aparecería hablando por teléfono, como tantas otras veces, pero me encontré con que abría la puerta y con que Carlos venía detrás.

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