J.R. SPINOZA

“Nuestras vidas no están en manos de los dioses, sino en manos de nuestros cocineros”.

—Lin Yutang.

Con el tiempo, uno se acostumbra a la carne humana. Después de cinco días sin comer sientes como te queman las entrañas, ya no quedan fuerzas para hablar y moverse supone un esfuerzo enorme.

Lloré la primera noche que me atreví a probarla, no fue por el pecado, sino por la culpa de que me supiera tan bien. Me prometí no volver a hacerlo, pero las raciones eran tan pequeñas y desde que se acabó la miel es lo único que nos queda. Hace tres años éramos siete mil quinientos millones de personas. Hace un mes ciento un mil doscientos treinta. Hoy sólo quedamos dos mil cuatrocientos. “Los esenciales”, nos llamaron. La mitad de nosotros científicos, botánicos en su mayoría. Tres octavos, ingenieros. El resto, “los de humanidades”. Es un eufemismo. Enfermeras, médicos, cocineros, maestros y yo. Han dejado un solo escritor. De haber podido elegir hace tres años seguro hubiesen optado por otra persona, Brandon Sanderson, quizá, seguro él contaría la historia mejor. Pero a estas fechas, la verdad es que no tenían mucho de donde escoger. Quien diría que un mexicano terminaría dando el testimonio de lo que le sucedió a la humanidad.

Se trata de una capsula del tiempo. El otro documento es un libro que contiene historia de los últimos seis mil años de la humanidad. En este narraré lo que nos llevó a la extinción. Esperando equivocarme y que pueda ser leído en cincuenta años en las escuelas, como vestigio de la vez que la humanidad casi se extingue. Aunque he escuchado que el gobernador tiene planes de mandarlo al espacio, lo cual no es muy alentador.

II

El escritor relee su texto. Niega con la cabeza y decide borrar el último párrafo. Se levanta de su silla, se estira. Sale de la habitación y camina por el largo pasillo que da a la cocina. Observa al cocinero, a quien conoció como un hombre gordo y de espero bigote grueso.  «No es ni la sombra de lo que fue». El hombre frente a él está en los huesos, se muestra rasurado y ha perdido casi todo el cabello. Le sirve un pedazo de carne seca y un vaso con agua.

—¡Gracias!

Un hombre de anteojos, delgado y moreno, le hace una seña para que se acerque. El escritor se sienta a la mesa con él.

—¿Cómo va nuestro best-seller?

—Hago un esfuerzo por contarlo en tres páginas.

—Deberías demorarte un poco. He escuchado algunos rumores —el hombre moreno le da un mordisco pequeño a su carne, y lo mastica en repetidas ocasiones.

«Si masticas un minuto cada bocado, tu cerebro queda más satisfecho». Recuerda uno de los primeros mantras que le hicieron aprenderse tras la crisis.

—Yo también escuché los rumores —dice.

—¿Ya lo has aceptado?

—¿Cuánto crees que nos quede? Mi carne les dará cuando mucho tres días más.

—He hecho algunos cálculos. De tres meses a un año. Aunque yo todavía espero un milagro —dice sosteniendo el crucifijo que pende de su cuello.

—¿Recuerdas esa historia, dónde multiplicaba los panes?

—Eran panes y peces —dice el hombre del crucifijo tras una breve carcajada.

—Si alguien pudiera hacer eso, sería mi Dios.

—¿Aún no crees?

—Creo que terminaré mi trabajo mañana. Para ellos cualquier texto está bien narrado. Casi me hacen extrañar a los críticos.

—Fueron los primeros en morir —otra carcajada.

—¡Y los psicólogos! —ambos rieron.

El escritor termina su carne. Recoge los platos de ambos y va a la cocina. Ahí le espera una pila de trastes sucios. Comienza a lavarlos mientras canta.

Papas y papas para mamá,

las quemaditas son para papá.

Papas y papas para…

—¡Escritor!, ¿qué es lo que cantas? —pregunta el cocinero quien vierte sal sobre una bandeja con carne.

—Mi madre me la cantaba de niño, justo antes de la comida.

—Jamás la había escuchado.

—¿Qué te cantaba tu madre?

El cocinero carraspea y empieza a cantar.

It is lunch time

I can´t wait

I can’t wait

To grow big and strong

To grow big and strong

I clean my plate

I clean my plate.

—Es muy bella.

—Mamá cantaba hermoso.

Ambos guardan silencio. Continúa lavando trastes hasta terminar. Mientras está secando el último plato, el cocinero se acerca a él y lo abraza.

—Te voy a extrañar escritor.

—Más te vale que me cocines bien —dice, esforzándose por esbozar una sonrisa.

El cocinero besa su frente y asiente con la cabeza.

III

Alguna vez fuimos una especie prospera y fecunda. Conquistamos cada rincón de la tierra y exploramos buena parte del mar. Aumentamos nuestra esperanza de vida treinta años el último milenio. Exploramos el espacio. Éramos ambiciosos, ese fue nuestro error. Teníamos lo que necesitábamos en casa, pero siempre queríamos más.

La llegada a Marte fue un evento mundial. Ya habíamos mandado robots, muchas veces, pero la NASA tenía la obsesión de crear una colonia en el planeta rojo. Los políticos y empresarios se frotaban las manos ante la posibilidad de convertir la colonización de planetas en un negocio rentable.

Por aquellos días mucho se decía que nuestro fin sería gracias al calentamiento global y la contaminación del planeta. Esa hubiese sido una mejor forma de extinguirse. Yo la hubiese preferido. Amanda Ritger fue la primera persona en Marte. Cuando volvió a la Tierra trajo consigo una bacteria en su traje espacial. Una que se multiplicaba con el dióxido de carbono. Pronto las plantas se vieron afectadas, lo curioso es que no las mató. Pero las hizo nocivas para nuestro consumo. El primer mes, murieron once millones de personas. Los siguientes tres meses, veinte millones más. Lo peor es que también afectaba la carne de los animales que las comían. Fue el fin de la cadena alimenticia. El mar tardó más en contaminarse y por un tiempo sobrevivimos gracias a la pesca. Pero nada dura para siempre. La cena de navidad del primer año fue con comida enlatada, pero también se terminó. Por aquellos días los gobiernos del mundo se habían declarado incompetentes y cada persona debía cuidar de sus bienes por sus medios. El gobernador Axelrod dejó que todo esto sucediera, después del caos nos ofreció seguridad. Fueron por el mundo invitándonos a ser parte de la nueva nación mundial. NovaTerra le llamaron. Sobrevivimos un tiempo con miel de abeja. No se pudre, aunque por obvias razones, sólo pudimos disponer de la que fue empaquetada antes del regreso de Amanda Ritger. Quiero aclarar que ella no es la culpable del destino de la Tierra. Ella hacía su trabajo y no merecía el odio que generó, ni debió morir de esa manera.

IV

El escritor se levanta de la silla. Se estira. Luego camina hacia el interruptor y apaga la luz. Se acomoda en su cama y cierra los ojos.

Frente a él se aparece un jinete montado sobre un caballo blanco. Es una mujer que viste de oro, tiene una corona sobre su cabeza y un arco en las manos. El escritor sabe que ha venido a matarle y antes de que suelte la primera flecha comienza a correr. Ella le persigue por los pasillos del edificio de humanidades en NovaTerre, que de un momento a otro se convierte en un enorme desierto. Un charco de brea aparece como un obstáculo, pero sin pensarlo mucho el hombre salta y logra llegar al otro lado. La mujer, por su parte, fracasa y cae en el charco hasta hundirse y desaparecer. El escritor está por sentarse a descansar cuando ve a un segundo jinete que alza una espada. Es un hombre con la cara quemada, su caballo es de color rojo y viste armadura de plata, a juego con la de su jinete. El escritor emprende la huida, en lo que el desierto se transforma en una ciudad en ruinas. Hay explosiones por todo el lugar. Un espejo aparece frente a ambos, el hombre se apresura para atravesarlo, pero el jinete se detiene y comienza a matar a su caballo. Ahora el escenario es polar. Todo a su alrededor es nieve. El hombre siente frío y hambre. Pero debe seguir corriendo. Un tercer jinete ha aparecido. Un hombre calvo y moreno, delgado como un esqueleto pero con el vientre abultado. Sostiene en una mano una balanza y en otra un arpón. Su caballo negro como la noche galopa en la nieve blanquísima. El hombre corre, pero le quedan pocas fuerzas, justo cuando esta por ser alcanzado resbala y cae. La nieve descubre un champiñón. El hombre lo ve y lo sostiene en su mano un momento antes de tragarlo. Entonces crece y logra el tamaño de un edificio y con su palma aplasta al tercer jinete.

V

Unos días antes de que la comida se terminara comenzaron a plantearnos la idea del canibalismo. Los argumentos más populares era que algunos animales también lo hacían —después de los primeros seis meses se extinguieron todos los mamíferos, reptiles, aves y anfibios; los peces un par de meses más tarde— como las serpientes, el tiburón toro, incluso mamíferos como los perritos de pradera. El segundo argumento que usaban era su sabor, “sabe a carne de puerco” decían. A mí siempre me ha sabido a sal. Pero claro, esto es porque la secan para preservarla y controlar las raciones. Aún recuerdo los tiempos de los bufetes, donde por ciento veinte pesos podía servirme comida cuantas veces quisiera.

El primer día que se ofreció carne humana en los comedores nueve de cada diez personas se negó. Para el segundo día, sólo la mitad de la población no había querido probarla. Yo duré cinco días antes de probar bocado. Y supe de una chica de ingeniería que después de catorce días se resignó a vivir comiendo la carne humana. Uno se acostumbra. Poco a poco el tabú desaparece.

Los insectos fueron los mejor adaptados a este nuevo mundo. Mutaron para seguir consumiendo de las plantas. Pero nosotros no hemos podido hacerlo. Una vez que un ser vivo come de las plantas contaminadas este también se contamina, por lo que el consumidor secundario también morirá. Es debido a esa cualidad de la bacteria que nos extinguimos tan deprisa. Seis mil años de historia mandados al olvido en menos de cuarenta meses.

Esto es todo. Hasta aquí el relato alcanza al presente. Si estás leyendo esto, significa que has podido decodificar nuestro lenguaje. No sé cómo sea tu especie, pero permíteme darte un consejo: Preocúpate más por disfrutar lo que tienes que por ambicionar lo que no.

VI

El escritor niega con la cabeza.

—Es demasiado cursi —dice, antes de borrar el último párrafo.

Cierra los ojos. El recuerdo del último sueño viene a su mente. Ve al jinete del caballo negro. La nieve a su alrededor. El hongo. Comienza a sudar. «¡El hongo!».

Revisa la hora. Son las cuatro con veinticinco. «Aún no amanece». El sueño vuele a su mente, tan vívido como la primera vez.

El hombre se levanta.

VII

Hace dos días que abandoné NovaTerra. Tuve una epifanía. Tomé todas las raciones que me cupieron en la mochila y un crucifijo que me encontré en la cocina. Ahora creo. Salí minutos antes del amanecer, no sin antes comerme una doble ración. Mi cuerpo se llenó de energía y aunque me persiguieron, no pusieron alcanzarme. No importa. Volveré pronto. Viajo rumbo al norte. Sigo soñando con el hongo.

Un comentario sobre “El tercer jinete

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