GABRIEL B

Cuando supe que Miguel venía a vivir a casa, fue como si me cayera un balde de agua fría en la cabeza. Era mi primo, y lo conocía desde que éramos niños, por lo que ya tenía una clara idea de a qué atenerme.

               Si bien teníamos la misma edad, él siempre fue mucho más corpulento que yo. En la primaria íbamos a la misma escuela, aunque a cursos diferentes. La enemistad absurda que uno suele tener con los chicos de la otra división, como si fuéramos de bandos opuestos en una guerra ficticia, se exacerbaba debido a la existencia de Miguel, líder indiscutido del tercero B —o cuarto, o quinto B, dependiendo de qué año estemos hablando—. Solíamos trenzarnos en batallas campales en medio del patio del recreo. Me gustaría decir que era una pelea pareja, pero nosotros, los del A, solíamos salir perdiendo. Y yo en particular volvía a casa con moretones y chinchones por todos lados.

               El lazo sanguíneo que me unía a Miguel, lejos estaba de ablandarlo a la hora de esas escaramuzas. Al contrario, siempre se me venía al humo, como si sintiera la imperiosa necesidad de destruirme. En las luchas mano a mano, nada tenía que hacer al lado suyo. A veces le asestaba un golpe de suerte, o aprovechaba cuando estaba distraído con alguno de mis aliados y le encajaba una buena piña, pero eso solo servía para enfurecerlo más, y no tardaba de devolverme el favor, pero multiplicado por diez.

               Recuerdo que eso de devolverme los golpes multiplicados por diez venía de un dibujo animado que todos los chicos de la escuela veíamos: Los caballeros del zodíaco, o Saint Seiya, según en qué país lo vieron.  En ese animé, cuando un humano osaba levantarle la mano a un dios, este le devolvía la agresión, pero con una fuerza diez veces mayor a la recibida. El sociópata de Miguel solía decirme: “te atreves a levantarle la mano a un dios… ya sabes cuál es el castigo”, y acto seguido me daba una seguidilla de piñas y patadas que me dejaban en el piso.

               A medida que creció, comenzó a darle vergüenza pronunciar esa frase, pues evidenciaba que aún conservaba una personalidad infantil. No obstante, cada vez que nos enfrentábamos, la frase —y la promesa que iba detrás de esa frase—, quedaba flotando en el aire, ya que ambos sabíamos qué ocurriría si yo intentaba golpearlo.

               A pesar de mis continuas derrotas, cada cierto tiempo volvía a plantarle cara, con la esperanza de que Miguel se encontrara en un mal día, o de que las clases de taekwondo que yo practicaba en secreto, me sirvieran para derrotarlo, aunque sea una vez. Pero nada de esto funcionaba. Pelear contra Miguel era como pararse frente a una locomotora. No importaba qué tan fuerte me pusiera, siempre me llevaba por delante, dejándome hecho mierda.

— ¿Es necesario que venga a vivir justo acá? —pregunté a mamá aquella noche de verano.

               Estábamos en la sobremesa con ella y Julio, su última pareja, con la que ya llevaba más de un año saliendo, y prácticamente vivía con nosotros.

— Tenés que entenderlo Tito —dijo mamá—. Ahora que perdió a su mamá, no tiene a nadie.

— Claro, además es sólo por un tiempo —intervino Julio—. Ya tiene dieciocho años. Una vez que consiga algún trabajo y un lugar donde vivir, se puede ir. Igual que otros… —dijo, con una sonrisa irónica, mirando hacia mí.

               Julio era simpático, y siempre se esforzaba por caerme bien, pero este último comentario no me causó gracia. Además, toda broma tiene algo de verdad. No me extrañaba el hecho de que quisiera a mamá para él solo. Quizás hasta le gustaría tener una familia con ella. Yo ya estaba sobrando, y la presencia de Miguel, supuse, tampoco le caía en gracia.

— A los dieciocho todavía son unos niños —dijo mamá, mirándome con ternura.

               Si lo hubiera hecho en público tendría ganas de matarla, pero tengo que reconocer que siempre fui en nene de mami, y cuando estábamos en casa, me dejaba mimar.   

— No nos adelantemos. —Volvió a hablar mamá—. Lo primero es cuidarlo, contenerlo, y hacerlo sentir como en casa. Debe estar sufriendo muchísimo el pobre.

               A Miguel lo había abandonado su padre cuando tenía cinco años. Huyó una fría madrugada sin decir nada. Él y su mamá, Beatriz, lo esperaron durante horas, pero jamás volvió. Yo siempre sospeché que mi primo descargaba su resentimiento contra otros niños más afortunados que él. Pero estaba equivocado. Cuando papá murió, a mis catorce años, hubo una suerte de tregua durante algunas semanas. Pero no tardó en ensañarse conmigo nuevamente. Incluso más de una vez se había atrevido a burlarse de la muerte de papá. Así que, por lo visto, su ira no iba dirigida sólo a quienes envidiaba, sino que a todo el mundo en general. Así de hijo de puta era el cabrón.

               Por suerte, al año siguiente él y tía Beatriz se mudaron, y el calvario terminó. Aunque de todas formas, las infinitas derrotas que tuve ante mi primo hicieron mella en mi carácter y autoestima. Si de niño había sido un líder de la división A, a medida que crecí me di cuenta de mi debilidad, tanto física como mental. Pasé a ensimismarme y a convertirme en una persona tímida, y si bien nunca lo compartí con nadie, sentía que valía muy poco.

               Y ahora tenía que reencontrarme con ese energúmeno.

               No tenía argumentos para objetar. O más bien, cualquiera de mis argumentos valdrían bien poco. Mamá sabía de mi enemistad con él, y aun así estaba empecinada en recibirlo. Si bien la mayoría de las veces que me dio una paliza supe ocultarlo —ella se enteró a lo sumo del diez por ciento de ellas—, había sido testigo de las heridas en mi cara, y peor aún, de la vez que me rompió la clavícula. De esta última agresión salió indemne porque había sido jugando un partido de fútbol, y todo quedó en un accidente. Aunque de todas formas a mamá no le gustó nada que su sobrino juegue tan bruscamente, hiriendo así a su hijo. Esto, sumado a que recientemente habíamos tenido una pelea, culminó en una fuerte discusión entre mamá y Beatriz.

               Es por eso que no entendía por qué ella no empatizaba conmigo.

Mamá era demasiado bondadosa. Lo cierto es que a ella no la unía ningún lazo sanguíneo con Miguel, ya que el parentesco venía porque Beatriz era hermana de papá. Sin embargo, a doña Anastasia —mi mamá— poco le importaba ese detalle, e incluso estaba dispuesta a olvidar las viejas rencillas y a albergar amorosamente a ese malparido.

               Sin nada que decir, me dirigí resignado a mi cuarto. Julio ya se estaba poniendo cachondo y empezaba a manosear a mamá, así que los dejé solos, pues verla en situaciones eróticas me resultaba sumamente incómodo.

               Julio se había sacado la lotería con ella. Mamá era mucha mujer para un cincuentón pelado y barrigón como él. Era el almacenero histórico del barrio y le venía arrastrando el ala a doña Anastasia —o a Ana, como le gustaba que la llamaran, pues decía que Anastasia era nombre de vieja— incluso cuando papá estaba vivo.

               Aunque por esto último no lo podía culpar. Mamá era lo que se llama vulgarmente un camión, una nave, una diosa, o como quieran decirle. Tenía la piel tan blanca y suave que era difícil adivinar que ya contaba con treinta y ocho años —de hecho muchos pensaban que éramos hermanos—. Su contextura física era la de una vedette de teatro de revista: culo pulposo, tetas enormes y cintura de avispa. Sus ojos negros eran hipnóticos. Imagínense que para que con semejante cuerpo uno se quede viéndole los ojos, era porque realmente llamaban la atención, aunque nunca supe deducir en qué radicaba exactamente ese encanto.

               En este punto, y antes de continuar despotricando contra mi nefasto primo, me veo en la obligación de detenerme en un seceso que vale la pena ser narrado. Si bien a simple vista podría parecer un hecho ajeno a esta historia, les aseguró que no es así.

Pocas semanas antes del arribo de mi némesis a mi propia casa, me ocurrió algo gracioso, que podía haber terminado muy mal.

               Había ido al centro a comprarme ropa. Mientras me dirigía al shopping, sobre la misma vereda, vi caminando a una mujer de otra dimensión. Tenía un vestido negro muy corto y ceñido, y su cabello estaba recogido. El sol me daba de lleno en la cara en ese momento, por lo que podía atisbar su silueta cimbreante, más no podía admirarla con lujo de detalles, como me hubiera gustado hacerlo. La mujer dejaba una estela de perfume delicioso a su paso. Yo aceleré mi andar. Me puse una mano en la frente, usándola como visera. Por fin pude verla mejor. Pero sus caderas hacían un movimiento tan hipnótico, que no pude más que sostener la mirada en su parte trasera, como si no hubiera nada en otro mundo más que es culo exquisito que se movía adentro de ese prieto vestido. Noté que no era el único a quien había llamado la atención. Cada hombre que pasaba a su lado —y algunas mujeres también—, se daban vuelta a mirarla, y a deleitarse el mayor tiempo posible con semejante orto. Algunos me guiñaban un ojo, como reconociendo complicidad entre dos individuos igual de libidinosos. De repente, un automovilista tocó bocina y le silbó. Como un efecto dominó, le siguieron un montón de bocinazos alabando a la diosa que andaba sobre esa vereda, mezclándose con los simples mortales. La mujer, si bien ignoraba a todo mundo, lejos estaba de sentirse cohibida. Consciente de lo que despertaba en el sexo opuesto, mantuvo la cabeza en alto, y puedo jurar que ahora los movimientos de sus caderas eran más pronunciados.

               Yo seguía embriagado ante la visión de ese culo tan perfecto. Era grande, y se mantenía firme, como el de una chica de dieciocho años. El vestido se ajustaba tanto a él que la tanga que llevaba debajo se marcaba en la tela.

Me fui acercando hasta que estuve muy próximo a ella. Como no se mostraba indignada ante la atención desbocada que producía entre los transeúntes, me sentí lo suficientemente envalentonado como para decirle alguna tontería. Nada perdía con hacerlo.

               Pero de repente la mujer pareció notar mi presencia. Se dio vuelta.

— Tito —me dijo.

               Quedé estupefacto por un tiempo que desconozco. Hasta el día de hoy no sé si pude reaccionar a tiempo como para que ella no se percatara de mi turbación. Pero en algún punto lo hice.

               Se trataba de mamá.

               Tragué saliva, y me apuré para decir algo que me permitiera salir del paso.

— Mamá, no conocía ese vestido —alcancé a decir.

               Ya de por sí el sol en mi cara me había nublado la visión en un primer momento. Pero el hecho de que Ana vistiera de una manera totalmente diferente a como solía vestir —siempre fue dada a los pantalones antes que a las faldas, y las pocas que tenía las conocía de memoria—, y que de su cuerpo desprendiera un perfume que jamás había olido, me habían hecho caer como un estúpido, a tal punto de que casi protagonicé el papelón más vergonzoso de mi vida.

— Me lo regaló Julio —dijo—. Ahora voy a encontrarme con él.

               Menudo suertudo el hijo de puta de Julio, pensé yo.

               Mamá parecía intrigada. Pero por lo visto no sospechaba de mi confusión. Sin embargo, la cosa no había terminado, y aún había tiempo para que yo la pasara muy mal. Pues resulta que mi pantalón dejaba en evidencia la erección que me había producido el mirar tan atentamente su glorioso orto.

               Hice lo posible por no mirar hacia abajo. No quería que ella imite mi gesto y descubra mi calentura.

— Qué bueno. Entonces te dejo. Saludos a Julio.

               La rodeé y le di la espalda.

— ¡Tito! —exclamó ella.

               Me di vuelta en el acto, estando a apenas unos centímetros de ella, pues si lo hacía cuando ya me había distanciado, ahí sí, no iba poder ocultar lo inocultable.

               Se acercó a mí. Me dio un beso en la mejilla. Su cadera rozó mi miembro cosa que me llenó de pavor. Lo hizo apenas, pero lo hizo. Yo rogué que pensara que se trataba de mi teléfono celular.

— Nos vemos a la noche —dijo.

— Sí, claro má —dije yo, y ahí sí, salí corriendo, totalmente avergonzado.

               Una vez que la dejé atrás, con un movimiento poco sutil, me acomodé la verga, de manera que no fuera tan obvia mi excitación. Había pensado que se me iba a deshinchar en cuestión de segundos, pero tomó más tiempo de lo esperado. Miré a todas partes, a ver si me cruzaba a algún conocido. Por suerte no fue así.

               Para ser sincero, esa no había sido la única vez que Ana me había causado una erección. Cuando hacía calor, para ahorrar lo más posible en el consumo de energía eléctrica, manteníamos el aire acondicionado apagado durante el día. Para poder tolerar el calor, a Ana le gustaba andar con poca ropa, o mejor dicho, solía vestirse únicamente con ropa interior. Era así cómo, mientras yo estaba tirado en el sofá mirando la tele, ella andaba de acá para allá, haciendo las tareas domésticas, haciendo imposible que no repare en su hermoso trasero. Al principio no lo hacía con pensamientos sucios. Simplemente la seguía con la vista porque realmente era muy difícil no mirarlo. Era raro encontrarme por la calle un culo tan grande y macizo como el suyo. Simplemente era una atracción paras mis ojos. Pero de tanto mirar, por momentos olvidaba quién era la portadora de tal trasero, y mi cuerpo reaccionaba ante el estímulo visual, que se traducía en que mi verga se ponía tan dura como una roca.

Sin embargo, ese día en el que me crucé con ella casualmente por la calle, sí fue la primera vez en la que me vi en la obligación de hacerme una buena paja en su honor. Ese fue un punto de inflexión en mi vida. Creo que las erecciones son incontrolables para un chico de dieciocho años. Pero masturbarme pensando en ella, era una decisión que yo tomaba deliberadamente. Es como la diferencia entre un crimen culposo y uno doloso —que además era premeditado—. Luego de acabar me sentí repugnante. Estaba seguro de que necesitaba ayuda psicológica, pues lo que me estaba pasando no podía ser normal. Pero me prometí que ya no lo volvería a hacer. Sólo había sido un desliz de mi subconsciente. No volvería a pasar.

               Fue en ese contexto en el que Miguel se unió a la familia. Me daba gracia. Primero había aparecido Julio, la primera pareja estable de mamá después de la muerte de papá —aunque no era su primer compañero sexual, claro está—. Me había acostumbrado, después de mucho tiempo de sentir horribles celos que incluso me impedían dormir, y justo ahora que todo iba camino a la normalidad, tuvo que aparecer ese sujeto despreciable.

               Tres días después de que mamá anunciara la futura llegada de Miguel, él apareció con un bolso en la puerta de casa.

               Siempre había sido fuerte, pero ahora ya estaba hecho todo un hombre, cosa que me enfermaba de envidia. Me llevaba una cabeza de distancia, tenía la piel oscura y rojiza, como si hubiera estado expuesto al sol durante mucho tiempo. Vestía una remera musculosa amarilla y un pantalón de jean arrugado. Su pelo corto hacía resaltar sus ojos verdes. No recordaba que los tuviera de ese color. Sus hombros eran anchos, los brazos musculosos de venas marcadas, y el pectoral ejercitado. Encima de que era un hijo de puta, seguramente le iba muy bien con las mujeres. Además de estar en forma, tenía ese aire recio que tanto gusta a las féminas.

               Mamá le dio un abrazo. Sus pechos se apretaron en el torso de Miguel, y a mí me pareció que ese abrazo era eterno.

— ¿Sólo trajiste este bolso? —preguntó mamá, que todavía tenía sus manos apoyadas en el hombro de su sobrino.

— Es que vendí todo y me quedé con lo justo y necesario —respondió él.

               Julio lo saludó con un apretón de manos.

— Bienvenido muchacho —dijo.

               Hasta el momento Miguel había tenido un aspecto serio con el que parecía ocultar una profunda tristeza, pero cuando Julio lo saludó, me pareció notar hostilidad en su semblante, como si mi primo sintiese desprecio hacia él.

               Finalmente Miguel se encaró hacia mí.

— Mis condolencias, primo —dije.

               Mamá se había escandalizado cuando se enteró de que no me había molestado en llamarlo o cuanto menos enviarle un mensaje expresando mi pésame. Pero yo estaba todavía resentido por todas sus agresiones, y sobre todo porque en varias ocasiones, sólo para hacerme enojar y así obligarme a un duelo en donde no saldría bien parado, se había mofado del funesto destino de papá.  Ese escueto saludo ya de por sí era más de lo que se merecía. A mí no me engañaba, las tragedias familiares no siempre mejoraban a las personas.

— Gracias primo —dijo él.

— Acompañalo a su habitación Tito —dijo mamá, probablemente intentando, ingenuamente, que empecemos a entablar una relación.

— Vamos —dije con sequedad.

— Tito, llevale el bolso —ordenó ella.

— Ni importa, yo puedo —dijo Miguel.

               Aunque le estaba dando la espalda a mamá, sabía que tenía sus ojos negros puestos en mi persona, esperando a que yo actuase como ella lo había dispuesto, a pesar de las palabras de Miguel. Si no lo hacía, me vería envuelto en una situación sumamente embarazosa, en la cual mi madre me regañaría como a un chiquillo, cosa que no hacía desde hacía mucho tiempo, pues yo no era de causarle problemas.

— No me molesta para nada, está todo bien —dije yo.

               Miguel soltó el bolso. Ingenuamente había creído que con un solo brazo podría cargarlo, tal como lo hacía él. Pero en ese momento comprobé que la diferencia entre nuestros estados físicos estaba más lejos que nunca. El bolso casi tocó el piso. Tuve que usar las dos manos para levantarlo, y aun así me costaba mucho hacerlo. Luego me lo cargué al hombro.

               Cuando íbamos apenas unos escalones, Miguel me dijo:

— ¿Estás seguro de que podés? Sino no dámelo a mí.

               Ahí estaba el maldito mostrando sus dientes. No había pasado cinco minutos que ya me estaba sobrando.

— No, si no pesa tanto —dije.

               Giré a verlo, esperando encontrarme con una mirada de desdén. Pero tenía un gesto imperturbable que solo denotaba melancolía.

— Por suerte mamá hace unos años mandó a construir una habitación para huéspedes —dije, abriendo la puerta del futuro cuarto de mi primo—. Una cosa insólita en alguien como ella, que ahorra en todo.  

— ¿Por suerte para mí, o parar vos? —preguntó Miguel.

Apoyé el bolso en el piso, y él miró la habitación de punta a punta. Estaba limpia, con la cama hecha con sábanas nuevas, y almohadas cómodas. Mamá le rogó a Julio que la pintara, y la había dejado muy prolija considerando que no era pintor. La mesa de luz y el ropero habían estado ahí desde que se construyó el cuarto, y el aire acondicionado estaba casi nuevo. Era un lugar humilde pero confortable. Tenía todo lo que se podía necesitar para dormir plácidamente.

— Suerte para los dos, supongo… —dije.

— Y yo supongo que todavía me tenés bronca —dijo él.

               No me esperaba tener esa conversación tan pronto. Pero no me le iba a achicar.

— Bueno, tengo mis motivos ¿No? Todavía me acuerdo de algunos golpes que me diste.

— Eran peleas de chicos… —dijo él. Abrió el bolso, prestando más atención a lo que sacaba de adentro que a mi persona—. Además, yo no tengo la culpa de que no sepas pelear —agregó después, todavía sin mirarme.

— Seguís siendo el mismo de siempre —dije, indignado, con muchas ganas de estampar su cabeza contra el piso.

— Tito, eso ya quedó atrás. Éramos chicos. Ahora somos grandes. ¿Entendés?

               El bastardo fue astuto. Me hizo calentar y después me hizo quedar como un chiquilín.

— Sí —dije—. Estoy seguro de que ya maduraste como yo lo hice. Después de todo, ya somos mayores de edad. Lo demás quedó atrás. Bienvenido.

               Dije lo último casi obligado, tratando de mostrar una templanza que no tenía. Lo cierto es que creía que seguía siendo el mismo hijo de puta de siempre, pero si él realmente iba a fingir que era una buena persona, mejor para mí. Lo último que me faltaba era tener a un Bully en mi casa.

               A la noche cenamos todos juntos. Mamá lo atosigó a preguntas, cosa que me alegró, porque si me veía obligado a llenar el silencio yo mismo, no sabría qué decir. En lo personal, no me importaba lo más mínimo el triste destino de mi primo en los últimos meses.

               Julio trató de liberarlo de algunas de las preguntas de mamá —que si tenía novia, que si había dejado a algún corazón roto allá en donde vivía, que si pensaba estudiar alguna carrera—, sin embargo, Miguel, si bien contestaba de manera escueta, no parecía molesto con ella.

               Y de repente me acordé de algo que no recordaba hacía tiempo. Una de las frases que usaba Miguel para sacarme de mis casillas era “Me voy a coger a tu mamá”.

               Anastasia era una de las madres más jóvenes, y por lejos la más linda. Los chicos que estaban en la edad donde las hormonas empezaban a alborotarlos, no podían evitar sentirse atraídos por ella. Mis amigos cercanos sabían que ese era un tema tabú; que el solo hecho de que mencionen cómo mamá los erotizaba me volvía loco. Aun así estaba seguro de que todos sufrían fuertes erecciones de sólo pensar en ella. Pero me gustaba que hiciéramos de cuenta que no pasaba nada. No obstante, mis enemigos no se reprimían. Y Miguel era el peor de ellos.

Entonces presté atención en Miguel, y noté que detrás de su mirada aparentemente imperturbable, había un profundo embelesamiento. Y cada vez que podía, desviaba los ojos hacia las tetas de mamá.

               Era increíble que no hubiese pensado antes en ello. Si yo mismo no podía evitar admirar el voluptuoso cuerpo de mamá, si yo mismo aprovechaba cada ocasión en la que estaba seguro de que ni ella ni Julio me estuvieran observando, para devorar con mis ojos su profundo y enorme culo, si yo mismo sufría erecciones y hasta me había visto en la obligación de masturbarme para poder liberar, al menos durante un tiempo, a los demonios que habitaban mi entrepierna, si yo mismo sentía todas esas cosas ¿Qué quedaba para un sobrino político?

               La idea me atormentó hasta niveles insospechados. Me mordí el labio, y me puse comida en la boca para disimular mi estado. Unos celos, mucho peores a los que había sentido por Julio en un primer momento, me dominaron violentamente.

               El hijo de puta se quería coger a mamá, no me cabían dudas.

               Traté de tranquilizarme, mientras escuchaba cómo hablaban, sin escuchar nada en realidad.

               ¿Y qué pasaba si él tenía fantasías? Lo que al final importaba era lo que mamá sintiera. Y ella veía a los chicos de dieciocho años como se ve a unos niños. Traté de ponerme en la perspectiva de ella. Cuando tenía nuestra edad, nosotros ni siquiera habíamos nacido. Era cierto que era muy joven, y Miguel aparentaba tener veintiún año, o incluso más. Pero al lado de Ana era un bebé de pecho. Además, ni siquiera alguien como él se atrevería a propasarse con la mujer que lo albergaba tan candorosamente en el peor momento de su vida.

               O al menos eso creía yo.

               Traté de pensar en cómo era mamá en el aspecto sexual, pero lo cierto era que no conocía mucho de ese lado suyo. Sólo me constaba que era una mujer que desbordaba sexualidad por cada uno de sus poros, tanto así que hasta su propio hijo…

               En fin. Recapitulando todo lo que sí sabía de ella, recordé que en la etapa posterior a la muerte de papá, y hasta que se afianzó su relación con Julio —un lapso de cuatro años casi, en los que podemos descontar uno, ya que creo que ese tiempo llevó el luto y no se molestó en conocer a nadie— Anastasia salió mucho más de lo que a un hijo le gustaría que saliera su joven y sexy madre.

               Casi todos los fines de semanas aparecía a altas horas de la madrugada. Yo revisaba su celular cuando ella no me veía, y siempre encontraba algún mensaje de distintos hombres. Pero como no tenía mucho tiempo para husmear, no podía leer las conversaciones a mi gusto. Sólo una vez me encontré con un texto de un tal Ariel que decía lo muy bien que la había pasado la otra noche con ella.

               Recuerdo que ese día, otra vez, los celos enfermizos me asaltaron, y no le dirigí la palabra a Anastasia durante un par de días.

               No obstante, si todos los diferentes nombres que había visto en el celular eran de amantes, lo cierto era que se había acostado con decenas de tipos en cuestión de no demasiado tiempo. ¿Todos ellos tenían aproximadamente su edad? La verdad era que no lo sabía. Nada me aseguraba que no le gustaran los chicos jóvenes. Todos los hombres de cuarenta años o incluso más, se quedan idiotizados viendo la tersa y joven carne de una veinteañera. Las mujeres eran más reservadas y sutiles, por lo que nada me decía que ellas no se sentían también atraídas por la carne joven. Además, según había escuchado más de una vez, la potencia sexual que se tiene a los dieciocho, nunca es superada, al contrario, va en constante declive. Apenas es compensada por la experiencia de la madurez. Pero ningún hombre monta a una mujer con la misma intensidad con la que lo hace un chico de nuestra edad.

               Estaba aterrorizado. Me dije que incluso si mamá sintiera atracción por los pendejos, no se metería con su sobrino. Sobrino político, me susurró una odiosa voz al oído.

— Tito…¡Tito! —escuché que me llamó Julio, levantando la voz—. Pasale la ensalada a Miguel, por favor.

— Sí, claro —dije, saliendo, al fin, de mi ensimismamiento.

               Me dije que cuando los celos me agarraban, me hacían pensar en estupideces. Eso debía ser. Además había olvidado a Julio. Él siempre estaba en casa, siempre estaba junto a mamá, y ya había espantado a más de un pretendiente. Cuando ella había formalizado con él, todavía le llegaban mensajes de tipos que querían una oportunidad con ella. Y de a poco fueron despachados.

               Al fin aclaré mi cabeza. Cuando me dejaba llevar, luego era muy difícil volver a la lucidez. Miguel Cogerse a mamá. Claro, que siguiera soñando.

               Mamá sirvió el flan con crema, el cual resultaba ser el postre favorito del primo. Ella había hecho todo lo necesario para que su primera noche fuera una linda experiencia. Julio la segundó magistralmente. Yo por mi parte, contribuí al no generar ningún conflicto, lo que ya de por sí me parecía demasiado.

               Tomamos un té mientras miramos una película en la sala de estar. Yo fui el primero en retirarme, porque la película no me gustaba, y aunque fuera buena, no me sentía cómodo estando tan cerca de Miguel. Además, mamá y Julio empezaban a ponerse cariñosos, y yo escuchaba los besos que él le daba en el cuello, haciendo que mamá largara suspiros. Eran dos adolescentes calientes los hijos de puta.

               Me fui a mi cuarto, pensando en qué carajos me deparaba el destino. Medité nuevamente sobre Miguel, pero ahora con la cabeza más fría. Dudaba de que realmente hubiera cambiado, pero era posible que debido a las circunstancias se sintiera obligado a comportarse correctamente. Esperaba que así fuera. Por mi parte, había decidido que mantendría una actitud cordial. Eso sí, no toleraría ninguna de sus agresiones. Si me atacaba, le respondería de la misma manera. Si usaba su físico para imponerse, no dudaría en emplear métodos poco éticos para compensar la disparidad.

               De todas formas, quería creer que no estaría demasiado tiempo con nosotros. Semanas, o quizás meses como mucho, hasta que consiguiera un lugar cómodo donde quedarse. El día anterior a su llegada, escuché decir a mamá que el primo tenía unos amigos en Villa Urquiza, y que ellos estaban dispuestos a recibirlo. Ojalá que así fuera. Además, él necesitaba estar con sus amigos.

               No faltaba demasiado para que conociera a esos amigos, de los que hasta ese momento sólo había escuchado aquel comentario, sin siquiera saber sus nombres. Pero sobre ese punto me explayaré en futuros capítulos.

               Aproximadamente una hora después escuché cómo mamá y el resto subían a sus respectivas habitaciones.

               El cuarto de Miguel estaba junto al mío, cosa que no me resultaba muy cómodo que digamos. El cuarto de mamá, que compartía con Julio cuando este no estaba en su propia casa, quedaba en el otro extremo, luego de atravesar un largo pasillo.

               Pasando la medianoche, mientras miraba unos videos porno en mi notebook, llegaron a mis oídos los chirridos de un colchón.

               Mamá no solía cogerse a Julio en casa, salvo contadas ocasiones. Normalmente esto sucedía en días de festejos donde, supongo, les resultaba inaudito no terminar la velada con un buen polvo.

               No sé si es que no lo sabían, o simplemente no les importaba, pero los sonidos de su copulación llegaban hasta mi cuarto. Débiles sonidos, es cierto, pero llegaban. Y en una noche silenciosa resultaba fácil adivinar a qué se debían esos ruidos.

               Esta vez me agarró en un pésimo momento, pues tenía la verga totalmente dura mientras veía en la pantalla a Naomi Russel atragantada por una verga ridículamente grande perteneciente a un moreno.

               No pude evitar notar la similitud que tenía la contextura física de la actriz porno con la de mamá. Inmediatamente después de pensar en eso, la cara de la viciosa pornostar fue reemplazada por la de mamá —o mejor dicho Ana, que así se llamaba cuando aparecía en mi mente en esas formas tan retorcidas—.

               Aparté la notebook a un costado, espantando tales pensamientos. Sin embargo, desde la oscuridad, me llegó el débil pero inconfundible gemido de Ana. Parecía pronunciar la letra A y extenderla hasta que se cortaba estrepitosamente: Aaaaah. Aaaaah. Aaaaah.

               Sintiendo repulsión hacia mi persona, pero sabiendo que no podría dormir si no aliviaba a los demonios de mi entrepierna, me rendí al pecado y llevé mi mano a mi tieso miembro.

               Ahora no solo me acompañaba el rostro en primera persona de Naomi, lagrimeando mientras se la cogían por la boca. También me acompañaban los gemidos de Ana, y hasta me permití rememorar aquella tarde bochornosa, en la que la confundí con una desconocida, y me excité viéndola ataviada con ese vestido tan sensual. Humedecí mi mano con saliva y la llevé a la verga. Ahora los masajes en el glande eran sumamente resbaladizos e intensos. No iba a tardar mucho en acabar.

               Y entonces escuché una puerta abrirse.

               Se me paró el corazón. Por un momento llegué a pensar que se trataba de Miguel, entrando a mi cuarto sin permiso, para encontrarme en la vergonzosa situación en la que estaba. No obstante, no era mi puerta la que se había abierto, sino la suya.

               Esperé unos segundos, suponiendo que pronto escucharía la puerta del baño abrirse. Sin embargo el tiempo pasaba y nada.

               Qué carajos, pensé para mí. Con la pija todavía al palo, me bajé de la cama. Me puse detrás de la puerta, y miré hacia el pasillo.

               Una pequeña ventana por donde corría aire permitía filtrarse un poco de la luz del patio trasero. Fue así que logré verlo. Al final del pasillo, detrás de la puerta del cuarto de mamá, había un cuerpo hecho de sombras, en una postura muy parecida a la que yo mismo tenía en ese momento, Miguel espiaba a través de la abertura de la cerradura. No sé hasta dónde podía alcanzar a ver, pero de seguro escuchaba con mayor claridad los gemidos de Ana, que era penetrada por Julio. El primo llevaba una mano adentro de su ropa interior, y se masturbaba frenéticamente.

               El hijo de puta al fin había mostrado su verdadera cara. Pero yo ya lo sabía, claro que lo sabía.

Continuará

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