ESTRELLADELASNIEVES

LOS JUEVES SON PARA VIVIRLOS – 3

El juego había cambiado, ¿ahora ya formaba parte del juego?

LA LOCURA

De las pastillas en casa, de los paseos por el parque, de la mente en blanco, de los besos en la mejilla o en la frente, de los apretones de mano, de todo eso y mucho más pasé a estar solo bajo aquel árbol, un olivo centenario que fue mudo testigo de tantas vivencias de y en aquel jardín y con mis iguales; sí, con aquellos que no entendían por qué el mundo se había vuelto contra ellos, por qué se sentían abandonados de su Dios, de sus padres o hermanos o pareja o hijos, de todos aquellos que día tras día se preguntaban por qué estaban allí en la más completa soledad cuando lo único que necesitaban era una mano amiga que pudiera acariciar su cara o los llevara cogidos de la misma a pasear.

Qué lentas pasaban las horas, qué largos eran los días; sí, ya había perdido la cuenta de los que había consumido cuando los recuerdos se borraban al mismo ritmo que tragaba las pastillas, con un largo y pausado trago de agua.

Las mascarillas cubrían nuestros rostros lo que impedía que los demás vieran nuestros retorcidos gestos marcados por la enfermedad; así, de esa forma, la comunicación se dilataba en el tiempo pues las visitas estaban restringidas para regocijo de unos y el desaliento de otros. Mi suerte, haber escogido aquel olivo como el mejor de mis amigos y que los demás me lo respetaran. A él le hablaba, a él le contaba mis penas, a él le detallo todo lo que sé de los fantasmas que habitan en mi cabeza, le cuento del amor de mi vida, de lo que la echaba de menos y relataba con nostalgia las veladas en mi hogar junto a Bea.

Pero reconocía que la dualidad de los dos mundos, el real y el imaginado, estaba tomando un rumbo demasiado peligroso y gracias a la conversación que tuvimos, en donde nos sinceramos, llegué a aceptar que necesitaba ponerme en manos de un profesional que permitiera regresar a mi mente al punto de partida, aquel lugar del que nunca debió salir. Agradecí de igual manera la participación de Susana a la que vi volcarse de forma admirable en nosotros, en acompañar a Bea en aquellos momentos tan duros para ella y en buscar la solución idónea para mí (al menos yo quise advertir, que sin ser santo de mi devoción, fue sincera, que tras esa ayuda nunca hubo nada oscuro o retorcido ni siniestro), y de esa forma fue como apareció en escena aquel maravilloso lugar rodeado de agua, arboledas, ausencia de calor extremo; silencio, mucho silencio roto la mayoría de las veces sólo por la necesidad de quebrar con la soledad y buscar el calor de las palabras con gritos que las elevaba a las nubes y otras al eco; mucho personal que nos atendía de forma encantadora y con una dulzura extrema, un lugar paradisíaco si no fuera porque era para lo que era.

Las sesiones con la sicóloga iban a buen ritmo y siempre alentadas por sus falsas muestras de cariño, que aún siéndolo, reconfortan; de forma reiterativa y machacona repetía que si todo seguía de la forma en la que lo estaba haciendo muy pronto podría solicitar yo mismo el alta. Y qué extrañas me resultaban aquellas palabras pues llegado este momento me sentía tan integrado en el medio que ahora me costaba pensar, y más que nada el aceptar, que todo tiene un principio y un fin, incluso mi estancia allí, y ese fin yo ahora no lo quería; y de esa forma llegó una nueva decepción para mí al pensar en lo que eso supondría pues me sentía abrigado y seguro entre aquellas paredes y entre aquellos árboles, especialmente protegido por las sombra y las caricias que me daban las ramas y las hojas de mi olivo. Y allí me dirigí como hacía siempre que necesitaba hablar con él, con ella, con el mundo y contarle cómo había sido la sesión con la loquera, lo que me había dicho y lo que yo había sentido, a veces, también lo que mis fantasmas dictaban a mi cabeza sin saber si era verdad o si era mentira, y allí, cobijado bajo sus hojas observé a una nueva enfermera que con grácil simpatía se movía entre los pacientes, con mis iguales, y fue entonces cuando llegó hasta mí esa voz que tanto me recordó a alguien que, aunque lejano en el tiempo, nunca dejé  de añorar, mi extraña amiga, la chica de la casa rural.

Y como tal, en mis momentos de cordura que eran los más, me avergonzaba el pensar que me reconociera, el que me encontrara allí recluido con los locos como si yo fuera uno más de ellos, que igual lo era sin ser consciente, eso que dije y siempre me repetía, entre mis iguales. Y por eso la esquivaba y por eso dejé de ser feliz en aquel submundo donde las fantasías eran sueños para dejar que el mundo real estuviera sólo de puertas afuera.

Pero era un espacio muy reducido por lo que resultó imposible no llegar a coincidir en algún momento y aunque las mascarillas te permitían más privacidad de la imaginada, no tardamos mucho tiempo en hacer coincidir nuestras erráticas miradas. Yo sí la reconocí desde un principio pero ella dudó hasta el extremo que me miraba y volvía a hacerlo con desconcierto por pensar que era la persona que imaginaba pero sin atreverse a dar el paso de comprobarlo; cuando lo hizo, un destello de alegría cubrió su rostro al mismo tiempo que ese mismo brillo se tornó en tristeza y quizá hasta en frustración.

-¿Al-Alberto?

-Hola, Luisa –su nombre salió de mis labios con un prologado suspiro, el mismo que en aquel día y en aquellos escasos minutos de nuestro encuentro salió de nuestras bocas cuando era inevitable nuestro adiós ante la partida.

-Nunca imaginé volver a encontrarte y menos aún hacerlo en este lugar.

-Ya, lo supongo –me dolió ver que para ella yo no era la misma persona que conoció disfrutando, entre comillas y de forma irónica, de aquel absurdo e idílico fin de semana. Ese, con el que compartió y gozó un precioso tiempo mirando y hablando bajo las estrellas.

-Perdona, perdona no he pretendido hacerte sentir incómodo, ni herirte u ofenderte, imagino que en este lugar no está uno por placer. Yo acabo de entrar a trabajar en este Centro hace muy poquito y se me parte el alma cuando voy por los pasillos, cuando escucho sus historias, cuando sus voces se alzan hasta llegar en desgarrador aullido hasta las estrellas, esas mismas que fueron mudo testigo de un precioso e intenso momento como el que vivimos en aquella casa rural. –Quise evitar el emocionarme ante sus palabras aunque también es cierto que se me erizó la piel por lo que no tuve más remedio que abrazar mi cuerpo para darme el calor que se me escapaba

-Bueno, supongo que tampoco es un infierno pues el lugar es precioso, la gente que te atiende es adorable, quizá la ausencia de amigos o la dificultad para poder hacerlos, y sobre todo, la lejanía de la familia por esta maldita pandemia que va a terminar con todos nosotros lo hace menos idílico, además que gracias a que existen estos lugares para curar a los locos.

-Por Dios, Alberto, no hables así, yo no considero que tú cumplas esos parámetros.

-Quizá puedas tener razón pero, aun así, estaba muy cerca de ello.

De todas formas, me ha encantado volver a verte, por fin he podido dejar atrás aquellos días en los que el solo hecho de pensar que ya nunca más volvería a encontrarte, me postró en una profunda e insondable tristeza. Siempre me preguntaba cómo me podía haber marcado tanto una persona con la que sólo tuve el privilegio de compartir pequeñísimos momentos, y sin embargo he de reconocer que nunca te olvidé o igual fuiste una más de mis inquietudes u  obsesiones y por eso estoy aquí, entre mis iguales. No lo sé, de verdad que no lo sé.

-A lo mejor tus obsesiones de aquellos días tenían sentido. A mí me llegó a desconcertar el extraño juego de miradas, de angustia y desequilibrios emocionales que observé en ti con aquella pareja, con vuestros compañeros o amigos, los que de forma tan descarada pretendieron hacernos creer que estaban en el cielo cuando ni tan siquiera habían despegado sus pies de la tierra, al menos a mí no me engañaron, otra cosa es que mirara para otro lado, al fin y al cabo a mí qué más me daba.

-Quizá tengas razón, lo que no sé es si te habrías imaginado que aquella chica era mi mujer.

-¿Cómo? ¿Qué? –preguntó con desconcierto y hasta con tristeza.

Y ya no tuve más remedio que contarle todo lo sucedido y sobre todo, cómo me sentí engañado por no decir traicionado en mis sentimientos ante un juego al que había sido invitado sin ser consciente de ello, un juego para el que no estaba preparado o más bien, un juego en el que no quería participar pero que por amor, acepté.

Ella me escuchaba con suma atención, con expresión de asombro y desconcierto, de no entender cómo me pudieron empujar a un abismo emocional cuando todo lo más que podía era aceptar pero nunca consentir, y quizá esa era la contradicción que más daño me estaba haciendo puesto que por ella y por su felicidad, aunque pueda no llegar a entenderlo la gente, estoy dispuesto a mirar hacia otro lado lo cual no implica que acepte dichas acciones. No pude ni quise evitar el emocionarme en ese momento, quizá porque allí éramos libres para llorar y me conmoví porque alguien me estuviera escuchando y  entendiendo, sabía que aquello no era lógico ni normal y eso hizo que me abriera a ella y terminará por contarle por qué me veía en ese Centro. Ella no me juzgó en ningún momento, ni tampoco lo hizo con ellos, simplemente me cogió las manos y las besó de la forma más dulce que recordaba, reconfortándome con su mirada, lo que me llevó a preguntarme ¿por qué era tan distinta a todas las mujeres que habían pasado cerca de mí? ¿qué tenía de especial para llegar a impactarme en tan poquito tiempo?

Y a ese día siguieron otros muchos y con ellos se sucedieron las confidencias bajo aquel olivo amigo, el que además me transportaba a mis días de infancia allá en el pueblo donde después de trillar en la era descansabas de agotador sol del verano esperando una nueva oportunidad para deslizarte sobre la parva, quizá por eso estos días se dulcificaron y mis ansias porque llegara a encontrarme con ella hacían más llevaderas las horas. Luisa estaba trabajando y por consiguiente no podía dedicarme todo el tiempo que realmente yo deseaba pues por alguna extraña razón se estaba convirtiendo en imprescindible para mí pero sí que comenzó a hacer algo que me dejó perplejo, se quedaba una hora más después de terminar su jornada para poder charlar de forma abierta conmigo.

Cuando nos despedíamos yo volvía a mi rutina, la del  olivo y la del gimnasio donde daba rienda suelta a todos mis fantasmas y con fuerza y coraje terminaba con ellos, la rabia y la frustración que sentía la exteriorizaba corriendo con más intensidad en la cinta, golpeando el saco con coraje en el gimnasio, alzando pesos que si no fuera por la adrenalina que soltaba por aquella ira contenida sería imposible alzarlos.

Sin embargo, se produjo un revés en mi estado emocional y por consiguiente un retroceso en mi recuperación. Una noche soñé con tanta claridad, con tanta lucidez como si lo estuviera viendo y viviendo en tiempo real, que los indicios de infidelidad que me llevaron al borde de la locura no eran imaginados por mi mente sino que respondían a la realidad, así en mi sueño se mostraba ante mí a Bea que acostándose con uno y con otro de forma tan continuada y descarada que parecía más bien su pareja y yo un desplazado, un asustado niño arrinconado en mi esquinita al mismo tiempo que me tapaba la cara con mis manos, sentando en el suelo llorando.

Era de madrugada cuando desperté angustiado por el sueño, cuando el frío de la mañana golpeó mi cara, cuando fui consciente de que no era algo real lo que había vivido en mis malos sueños, lo real es que me sentía agotado y vacío por lo que intenté relajar mis músculos dejándome caer con fuerza sobre la cama mojada por mi propio sudor, en ese momento era el fiel reflejo de la debilidad del perdedor que ni en sueños era capaz de tocar el cielo. Sin embargo, algo demasiado importante había cambiado en mí pues comencé a percibir nuevamente la desconfianza, el recelo y el miedo ante todo y por todos. Quizá fuera por eso que cuando llegó Luisa a mí me encontró serio y reservado, retraído o igual, excesivamente reflexivo, lo que le llevó a pensar que algo iba mal pero con el solo hecho de recibir el contacto de su mano sobre mi rostro me relajó y sacó de mí una sonrisa, la que tanto había echado en falta ese día, la que necesitaba para salir de ese estado de tensión que me tenía agotado, quizá por eso de forma casi impulsiva comencé a contárselo todo, a sacar de mí esa angustia, esa desazón, esa aflicción que me impedía hasta casi respirar,  por lo que estuvimos hablando  largo y tendido sobre mi sueño de ahora y los sueños de aquellos días que fueron realidades aunque ellos me hicieran desistir de lo que yo veía como objetivo para hacerme pensar que lo estaba soñando, hoy diría que, en todo caso, ofuscado por los celos.

No, aquello no era real y sin embargo todos los días comencé a pensar con inquietud en mi mujer lo que me empujaba a  no encontrar la serenidad necesaria para avanzar en mi recuperación, motivo por el que la sicóloga me indicó que lo mejor sería dejarme descansar algunos días y conociendo ella mi sintonía con aquella otra enfermera terminó por aconsejar que nombraran a Luisa para que fuera ella la que me atendiera de forma más personal e individualizada durante un tiempo, nunca llegó ella a saber esa mujer lo que se lo pude agradecer.

Esa nueva situación permitió ciertas prebendas, por ejemplo, que saliéramos del Centro donde me encontraba y que paseáramos por el pueblo como cualquier pareja de amigos, a veces había tanta complicidad entre nosotros que más bien parecíamos dos enamorados; otras, nos parábamos sobre el viejo puente que cruzaba el río que atravesaba el pueblo y nos deleitábamos viendo cómo corrían sobre sus aguas algunas hojas secas en busca de un destino incierto, quizá el mar sería un buen final, en otras ocasiones nos tomábamos un café en el bar o un refresco, mil cosas nos inventábamos lo que dio paso a que así comenzaran interminables horas de charla hasta que también ella encontró el clima adecuado para abrirse a mí, al fin y al cabo todos tenemos una vida secreta que nos cuesta compartir con la gente y así me contó su descalabro emocional como consecuencia de la muerte violenta de su marido en un accidente de tráfico. La soledad que no le dejaba avanzar y el miedo a perder su recuerdo si iniciaba una nueva relación la tenían de igual forma, en el filo de la navaja. Los amigos y familia se habían volcado en ella aunque Luisa no fuera capaz de hacerlo en ellos pero que a pesar de todo, no conseguía encontrar lo que buscaba si es que buscaba algo, cosa que no sabía en ese ni en ningún momento.

Y como un imán me atrajeron sus ojos y sus labios y sus palabras y su sonrisa, y quise darle el abrigo necesario para que ella se sintiera querida, para alejar la soledad que la estaba matando porque bastante tenía con sufrir la mía. Y de esa forma tan espontánea y natural fue como nuestras bocas se acercaron hasta sentir el más dulce de los besos, el calor como motor para la vida, y así, al terminar, bajamos las miradas a nuestras manos entrelazadas y como mudo testigo las frías aguas de aquel río.

Pasado un tiempo, excesivamente corto para mí, volvieron las sesiones con la sicóloga, me relajé en el día a día pues mi necesidad por hablar con mi amigo el olivo había decaído aunque cuando realmente me encontraba satisfecho era cuando hablaba con Luisa cobijándonos del sol y del calor bajo las ramas del mismo, convirtiéndolo en mi misterioso amparo. Sin embargo, el sueño que tuve descubriendo la infidelidad de mi mujer se repetía de forma machacona con mucha frecuencia por lo que el desvelo o insomnio llegó a tenerme descolocado y agotado, de esa forma y aconsejado y promovido por Luisa, como miembro del equipo que se encargaba de mi recuperación, solicité unos días de descanso al médico responsable con el fin de poder pasarlos en casa, en mi entorno y junto a mi mujer, a la que en el fondo nunca había dejado de añorar, día tras día.

Y no, no era tanto la necesidad de verla, algo que se repetía con cierta frecuencia por sus visitas o también por las videoconferencias como por el hecho de estar cerca de ella, de percibir su olor, de tener próximos sus ojos y advertir la profundad de su mirada o de escuchar la voz cerca de mí, como en un continuo susurro de enamorados, y ese fue el motivo por el que no le dije que había pedido unos días de descanso en mi terapia, quería darle y transmitirle esa alegría porque estaba seguro que realmente ella deseaba mi presencia, mi compañía, al menos eso era lo que me repetía incansablemente todos los días, cuando hablábamos por teléfono.

El jueves de esa semana, después del almuerzo de medio día, estaba cogiendo el autobús que me llevaría de vuelta a casa. Me sentía tremendamente feliz e ilusionado, me encontraba pleno mientras una enorme sonrisa recorría mi rostro, iluminaba mi cara; volvería a dormir junto a mi mujer y en mi cama, cobijado por nuestras sábanas, con la persona que elegí como compañera de viaje para recorrer mi camino durante toda la vida. Estaba deseando de comérmela a besos mientras la achuchaba entre mis brazos, mientras le susurraba lo que la había echado de menos y la necesidad que sentía porque toda aquella perversa pesadilla terminara de una maldita vez.

Cuando llegué a mi casa, me estremecí al entrar y escuchar el golpe inconfundible que se provoca al cerrar la puerta, el llegar a percibir los olores propios de cada morada, sólo que en este caso no era cualquier casa sino que era la mía, por fin estaba en mi hogar, y al fin podía percibir la esencia del mismo y de mi mujer en cada uno de sus rincones. A pesar de todo sufrí una pequeña desilusión pues estaba vacía, Bea, aún no había regresado y sin embargo oía por todas partes la alocada risa de mi mujer y percibía la picardía con la que me miraba, lo insinuante de sus actos, los besos que continuamente volaban por el aire buscándome.

Todo recogido, todo limpio, el espacio justo para cada cosa. Entré en mi cuarto y fue tanta la emoción que sentí al reencontrarme con aquel espacio que terminé por echarme sobre el lado en el que ella dormía, allí me quedé aletargado esperándola mientras aspiraba su inconfundible olor, ansiando su llegada para abrazarla, para hacerle el amor, para estrujarla y romper el mal hechizo que nos había alejado, y volví, volví a soñar con la infidelidad de ella y volví a despertar angustiado, con una asfixia que nublaba mi vista y mi mente y apretaba con dañina fuerza mi garganta.

Me levanté con el deseo de ir al servicio para lavarme la cara y para refrescar mis sentidos, emborrachándome en el agua que cubría mi rostro por lo que poco a poco volví a recuperar la compostura y el ánimo que por momentos me llegó a flaquear, sin embargo lo que surgió en ese instante fue un auténtico baño de cruda realidad, sobre el mueble del aseo se encontraba un cepillo dental que no era el mío y los elementos para afeitarse que no respondían  a los que yo utilizaba, ¿qué estaba ocurriendo allí?

Me encontraba nervioso hasta el punto que tenía unas ganas enormes de gritar, eso era lo que hacía cuando estaba en el Centro, allí en el campo te podías desahogar a gusto, nadie te iba a mirar de forma extraña ni te iba a echar en cara que gritaras ni que te acordaras de los vivos o de los muertos de alguien, ni que lloraras ni que besaras tus manos o alguna desgastada foto sin control ni medida; pero lógicamente ahora no lo podía hacer, el gritar estaba reservado a los locos y en aquel momento, en este otro mundo, no había espacio para ellos, para estos estaban reservados centros como el que me acogía por eso ahora  no me podía sentir como uno más de ellos, sólo me quedaba esperar y enfrentarme a mi mujer pidiéndole que me aclarara tantas cosas o incongruencias que nunca dejaron de atormentarme por mucha capacidad que tuviera yo para mirar hacia otro lado.

Las horas pasaban y sin embargo no llegaba a casa, qué extraño, luego caí en la cuenta de que era jueves, un día especial para ella y, por lo visto, seguía siéndolo.

Mis tripas comenzaron con su particular sinfonía de sonidos que se amplificaron  en el silencio de la noche, debería de haber tomado algo pero no lo hice en su momento porque no me entraba nada en el estómago así que preferí dejarlo para después y ese después nunca llegó, aunque no había perdido la esperanza de poder hacerlo los dos juntos cuando llegara. En ese momento sólo contaba los minutos para que ella estuviera frente a mí pero ella seguía sin aparecer, acababan de dar las diez de la noche en el reloj de pared que compramos en nuestro viaje de novios y que ahora presidía la cercana sala de estar, otro punto en el que claudiqué puesto que yo odiaba ese reloj que marcaba mis pasos en aquel salón con su más que audible tic-tac. De pronto me pareció oír las llaves de la puerta de entrada, levantándome como un resorte de la cama, no sabía cómo sorprenderla, así que como último recurso dejé entreabierta la puerta y me senté en un pequeño sillón que había en la habitación y que servía para desvestirse esperando el mejor momento para salir pues me daba la sensación que no llega sola

-Uf, qué ganas tenía de llegar, con lo cansada que vengo, estos tacones me estaban matando.

-Será por la futura maternidad –dijo una voz de hombre que a todas luces me pareció la de Dani. ¿Maternidad?¿Qué me estaba perdiendo?

-Tendré que decírselo a Susana, no quiero que saque otras conclusiones que no sean las justas y necesarias, demasiado bien lo llevábamos todos.

-Quizás deberías de decírselo también al cornudo, al fin y al cabo es el futuro padre.

-Dani, me duele la boca de pedirte que no lo nombres de esa forma tan despectiva.

-Como quieras querida pero es que me sale sin poderlo evitar, ya sabes que soy así de gracioso.

-Pues evítalo o terminarás por enfadarme.

-Qué puntillosas se ponen las preñadas, ya me lo decía mi madre –y terminó por reírse el eterno aspirante a medalla de oro en el gremio de los gilipollas.

Ahora recordaba que la última vez que estuvo conmigo Bea en el Centro, el último sábado del mes pasado, era tanta la necesidad que teníamos el uno del otro que terminamos haciéndolo en el coche como dos adolescentes, gracias a que estaba algo alejado que si no aquello hubiera sido poco menos que un escándalo si alguno de mis iguales o de los cuidadores nos hubiera descubierto en situación tan comprometida. No recordaba ya lo que era hacerlo en los asientos traseros del coche y sin embargo me supo a gloria lo vivido aquella tarde. Es difícil poder describir qué enorme alegría me estaba dando Bea sin saber que yo lo estaba escuchando, si no estuviera el cabrón de Dani saldría de la habitación y me abrazaría a mi chica y la levantaría casi elevándola al cielo, por fin se cumplía el mayor de mis deseos, la paternidad, pero ¿qué hacía él aquí, a estas horas y más aun sin venir Susana?

-Claro que se lo voy a decir, es más, estoy deseando de hacerlo, por fin se va a hacer realidad su gran sueño, al fin podrá cumplir el mayor de sus deseos, ser padre. Éste sábado voy a verlo nuevamente al Centro y seguro que lo volveremos a hacer en el coche, me sentía una muñequita entre sus brazos o bajo su cuerpo, qué contento se le veía, y entonces lo sabrá, saldrá de mis labios aquello por lo que tanto he luchado.

-Qué pena que no sepa el cor… que ya ibas bien preñada, jajaja…  -mi cara pasó del fiel reflejo de la felicidad al frío glacial del sufrimiento, apreté mis manos con tanta fuerza que sentía romper mis huesos o quebrar mi piel al hundir mis uñas en ella.

-Bueno, eso también podría decir yo de que Susana nunca se enterará.

-Sí, pero ella no tendrá malas noches ni olerá a mierda cada vez que se cague el crío ni tendrá que pagar su colegio ni aguantar sus impertinencias, cuando lleguen que llegarán sin saber que no es suyo –y soltó una sonora carcajada.

-¿Por qué no me lo dices tú, si a ella le faltan cojones u ovarios o lo que quiera tener, si es que la muy puta lo sabe? –palidecieron los dos cuando me vieron salir con mis fuertes brazos, remangada la camisa y apretando los puños hasta casi hacerme daño; por momentos pensé que alguno de ellos perdería la verticalidad y al final tendría que patearlo en el suelo para que se recuperara porque lo que sí estaba claro es que el boca a boca se lo tendría que hacer su puta madre.

-Al-Al-berto… -dijo Bea con la voz que apenas era audible.

-¿Sí, querida? Aquí estoy

-¿Qué haces tú aquí?

-Se supone que ésta es también mi casa, o al menos lo era, aunque observo poco entusiasmo en tu cara, ¿tan poquito te alegras de verme?

-Pero ¿quién ha autorizado tu salida del Centro?

-Mis huevos que saben firmar solos, ¿te vale eso como respuesta o es demasiado cínica?

Silencio

-He dicho que si eso te vale –dije elevando la voz de forma más que ostensible al mismo tiempo que di un fuerte golpe sobre la puerta por no hacerlo sobre su cara.

-Sí, sí, claro, no estoy acostumbrada a que me hables en esos términos ni que actúes con violencia.

-¿Violencia? Pues ve acostumbrándote porque parece que es lo que te gusta de los hombres, cuanto más cabrones más te llenan, y como muestra un botón, el aquí presente, medalla de oro de los hijos de puta.

-Bueno, parejita, creo que es mejor que me vaya –dijo Dani.

-Si das un paso hacia esa puerta, te arranco la cabeza, ya sabes, el loco, ¿qué me podrían decir o hacer? Nada pero en cambio tú terminarías sin corazón porque te lo sacaría a mordiscos.

-Por favor, Alberto, cálmate, no es lo que parece –dijo Bea

-Y una mierda como la torre Eiffel, el que vuelva a decir esa frase, le arranco las tripas y ni siquiera iré a la cárcel, ya sabes, si no estoy cuerdo, ¿verdad, querida?

Permanecían, juntos, al otro lado de la sala pero sin espacio físico para salir corriendo porque de hacerlo no respondería de mis actos, no estaba dispuesto a mirar hacia otro lado como venía haciéndolo desde hacía tanto tiempo. Por lo pronto marqué el teléfono de Susana, deseaba darles una sorpresa.

-Soy Alberto, te espero en mi casa, es urgente, no te entretengas. –Al colgar me dirigí a ellos-.  Mientras esperamos la llegada de…, me voy a tomar una cerveza, Bea, prepara la mesa que tengo el estómago vacío y me está haciendo daño, para vosotros ni agua, de todas formas no tengo obligación moral alguna para compartir la mesa con nadie. Después os voy a hacer algunas preguntas y de las respuestas que obtenga, dependerá vuestra vida, la mía le importa a poca gente y menos que nadie a los aquí presentes, al fin y al cabo, estoy loco, ¿verdad que sí? –Bea se sentía morir,  porque la conozco sabía que estaba a punto de perder el conocimiento o el equilibrio porque me consta que sus piernas no querían obedecerle pero hoy no era ese mi problema sino el suyo. Apenas tardó unos minutos en traer todo lo necesario de la cocina, sobre el mantel una cerveza con unas tapillas y cuando estaba terminando de comerlas sonó el telefonillo de la puerta

-¿Sí? Vale, sube. Y vosotros, sentaros. –Cuando entró Susana, se pusieron de pie como si les hubieran pinchado con un hierro candente en el culo.

-Susana –dijeron ambos.

-Qué está pasando aquí, ¿por qué tanta urgencia y misterio? –dijo la recién llegada.

-Que te lo digan ellos, los amantes de Teruel que si tonta era ella más tonto era él.

-¿Qué tenéis que decirme? –preguntó dirigiéndose a ellos, y pasaban los minutos sin que nadie abriese la boca.

-Bueno, como parece que nadie está dispuesto a dar el primer paso te lo diré yo. Voy a dejar a Bea.

-Pero qué dices, Alberto, cómo puedes ni tan siquiera pensar en ello si lo eres todo para mí, si mi vida no tiene sentido si no estás a mi lado –dijo mi mujer con la cara descompuesta, ¿por la sorpresa?

-Mentira, porque para dejarte preñada no me buscaste para estar junto a ti.

-Sí que lo hice, recuerda cómo nos amamos aquel día en el coche, de la misma forma que tantas veces lo hemos hecho.

-Después de que lo hicieras con un cabrón que ya te había dejado preñada, aquel maldito polvo sólo serviría para encasquetármelo a mí, al cornudo, ¿verdad, Dani? Hay que ser mala persona para importarte tan poco humillarme y que las consecuencias las pagara durante toda mi vida.

-O estoy muy espesa o en algún momento me he perdido –dijo Susana.

-Que va, chiquilla, si es muy sencillo de entender. Yo sé que vosotros intentasteis quitarme del medio, porque en el fondo os estorbaba, lo que yo estaba viendo era real, no estaba vagando en mi mente ni en mi mundo sobrenatural de fantasmas y sin embargo por pocas si me lleváis a la locura sin importaros una mierda mi salud mental. ¿Por qué? Pues porque para vosotros ya era poco disfrutar de los jueves, vosotros querías el pastel completo, todos los días, todas las horas, cada uno de los momentos. Y por eso se ocupó, por otra persona, mi lado en la cama, por eso se quitó mi cepillo de los dientes y la maquilla de afeitar, porque había que poner la de otro que tuviera mejor polla o menos escrúpulos aunque nunca pudiera quererte como lo hice yo, ¿verdad, Bea? ¿verdad, Dani?

Susana, ¿tú sabías que Dani prácticamente vivía aquí?

-¿Qué? ¿Es eso cierto? –nadie respondía-, hijos de la gran puta, me habéis estado engañando.

-No sufras, Susana, al fin y al cabo con ese teatro también has participado tú en mi traición, ¿verdad? Y ya por último y no menos importante, Dani quería un hijo y como tú llevas dándole vueltas demasiado tiempo, decidió hacérselo a Bea y así no tendría que esperar a que te decidieras y además le saldría barato porque para eso ya habían elegido al gilipollas que cargaría con el mochuelo.

-¿Qué? ¿Es eso verdad? –preguntó Susana.

-Noooooooooo, de verdad que no, estoy embarazada de Alberto –dijo mi mujer. En ese momento se levantó Susana como si le pincharan y con toda la fuerza de la que era capaz le dio una bofetada que la tiró sobré el cercano sofá. Justo en ese momento iba Dani a ayudarla o, al menos, para poner paz cuando ésta giró sobre sí misma y como si le fuera la vida en ello y cogiéndole de los huevos, apretó con saña hasta hacer que éste diera un prolongado chillido cayendo agónico al suelo.

-Hijos de puta, me habéis estado engañando, -dirigiéndose a Dani- mientras pedías libertad para jugar os estabais enamorando, maldito seas,  ojalá pilles el sida sin solución para tu vida por follarte a una puta.

-Bueno, parece que todo se está aclarando. Los pequeños detalles no voy a perder el tiempo en preguntárselos a mi ex-mujer, quizá tú, Susana, quizá tú me los puedas responder.

-En estos momentos todo me arde.

-¿Por qué me engañasteis?

-Porque no estabas dispuesto a participar de nuestros juegos.

-¿Tampoco te llegué a importar, Bea?

-Eso no es cierto, yo te quería y te quiero con locura, lo que ocurre es que necesitaba, no sé lo que necesitaba en ese momento, estaba perdida y  tú te alejabas de mí sin saber el motivo, quizá necesitaba más pasión, quizá más sexo, el amor lo tenía y lo tengo contigo pero había algo que no terminaba de encontrar y yo no dejaba de buscarlo, igual esa angustia se llamaba hijo, el que tú tantas veces buscaste con auténtica desesperación, el que no podías darme, el que yo no era capaz de ofrecerte; y para terminar de hundir nuestro convivencia, tu negativa absoluta a adoptar, la necesidad imperiosa de que éste tenía que venir pero ante todo tenía que ser tuyo, no hacías más que cerrar puertas y yo ya no sabía qué hacer ni dónde.

-El amor lo tenías, querida, lo tenías. Con respecto al hijo, he de reconocer que lo deseaba con toda mi alma, que no entendía por qué tardaba tanto en llegar y veía que mis sueños se escapaban de entre mis manos, como el agua –en ese momento no pude retener las lágrimas aunque intenté recomponerme lo antes posible.

Por cierto, Susana, ¿estabas enganchada a Bea?

-Sí, he de reconocer que sentía una profunda atracción por tu mujer, al igual que me sentía contenta de que Dani también quisiera que ella entrara en nuestra cama, lo que nunca imaginé es que se encoñara por Bea y me desplazara pero ya veo que me equivoqué

-Bueno, no voy a decir que lo siento cuando en realidad es todo lo contario, pero en fin, tú te lo buscaste, por el contrario a mí, que nunca quise formar parte de vuestro juego, me empujasteis al vacío ¿Desde cuándo me estabais ninguneando? Os habréis reído a base de bien de mí hasta la saciedad, de este pobre tonto por nombre y cornudo por apellido, ¿verdad?

-Alberto, pues no creas, eso no ha sido así nunca, -era  Susana quien lloraba ahora-, sólo y en todo caso  en aquellos días cuando estábamos preparando lo de la casa rural, sin que realmente hubiera maldad, pero en eso quizá sí tenga que darle la razón a Bea, por mucho que me duela en estos momentos, ella siempre te quiso con locura, otra cosa es que sea posible entenderla.

-¿Tan poca cosa me consideras que tu objetivo era entregarme un hijo que no era mío? –le dije mirando directamente a la que aún era mi mujer.

-Ese hijo era mío y por consiguiente tuyo también. Hace tiempo que en una analítica que te hicieron salió reconocida tu infertilidad aunque tú nunca llegaras a saber la verdad para evitarte más dolor del que ya estabas sintiendo por no ser capaz de dejarme preñada, por eso me propuse como objetivo darte el hijo que tanto deseabas y que tú nunca podrías darme, nunca pretendí humillarte, eras mi vida y lo sigues siendo, por ti estaba dispuesta a todo, incluso a dar mi vida, aunque igual no he sabido demostrártelo.  -Me quedé sin habla, me costaba incluso respirar, ¿qué me había perdido en todos estos años?

-¿Y para eso tenías que entregarte en cuerpo y alma a la persona que más odiaba? Gracias, Bea, gracias.

-Estaba cegada por el deseo de tu malograda paternidad, a él lo tenía cerquita y fácil para alcanzar mi objetivo, era una persona sana y nunca me podría reclamar nada, sería nuestro hijo, el tuyo y el mío, nunca imaginé y menos aún pretendí hacerte daño, créeme aunque no sirva de mucho que eres y seguirás siendo la persona a la que más quiero, nunca imaginé mi vida sin ti, como nunca imaginé que esto se me fuera de las manos.

-Bueno, supongo que esta reunión de amigos, ha terminado. A tomar por culo, todos a la puta calle.

Desapareció Susana como alma que se lleva el diablo, tras ella se fue Dani intentando consolarla o en todo caso convencerla de lo que a todas luces era tremendamente difícil pues ella repetía una y otra vez que aquello se había terminado, que por cierto me tuve que atar de forma metafórica a la silla para no tirarme a él y partirle el cuello, ahora sí que se podría decir que aquel maldito cabrón había salido de mi vida para siempre o igual no, quién sabe, sólo el tiempo lo diría.

Bea, se quedó seria, extremadamente seria, el silencio sólo roto por el llanto, sin levantarse de la silla por no atreverse a hacer nada que me pudiera incomodar y sin quitarme de encima su penetrante mirada cuando las lágrimas se lo permitían, pues sus mejillas eran horadadas por ríos de agua. Me estaba haciendo sentir mal porque tened muy claro los que os mostráis duros e inflexibles que no se deja de amar en un segundo, sin embargo, lo único cierto es que me había sentido humillado hasta el agotamiento, la infidelidad no había sido un desliz sino una traición que me había llevado al límite de mi fortaleza mental.

-Bea, estoy tremendamente cansado, derrotado, agotado hasta la extenuación, por hoy ya no puedo más, ya no puedo dar más de mí; me echaré en la habitación de invitados y mañana regresaré al Centro de donde no tendría que haber salido nunca, pero del que partí con toda la ilusión del mundo para encontrarme con mi mujer, ese es ahora y quizá hasta el fin de mis días, mi casa; allí está mi hogar, allí está mi olivo, volveré a hablar con mi amiga Luisa, y cuando salga al campo gritaré con todas mis fuerzas para ahuyentar a los fantasmas de mi cabeza. Firmaré el divorcio con las condiciones que tú quieras, a nada le pondré objeción, y como siempre he querido para ti, hoy deseo que seas tremendamente feliz ya lejos de mí, ya sin necesidad, por mi parte, de mirar hacia el otro lado.

En ese momento ella se levantó como un resorte, se abrazó a mi cuerpo pidiéndome perdón, rogándome con todas sus fuerzas que no la deje, que luche por ella y por nuestro hijo. Cerré los ojos y aspiré con fuerza su profundo olor, el que durante tanto tiempo me había servido de motor para mis agotadas fuerzas, ella y todo lo que había formado parte de mi vida habría de acompañarme siempre, siempre estaría a mi lado allá donde fuera, incluso cuando llegara el momento de la muerte.

La abracé, juro por Dios que no tuve más remedio que hacerlo porque no soy tan fuerte como alguien pueda pensar, porque mi orgullo era ella, yo también estaba destrozado por dentro, yo también me sentía morir, yo también necesitaba su abrazo y su calor y sus besos. Pero todo tiene su principio y su fin y por eso en un doloroso esfuerzo cogí sus manos con delicadeza, ella dejó de resistirse y cuando conseguí desprenderlas de mi cuello  acaricié sus mejillas y con cansinos pasos me alejé de ella,  me fui a la habitación donde dejé de sentir su yanto, donde dejé de percibir su olor, donde comencé a sufrir por su pérdida.

*

Qué fácil es romper las cosas pero qué difícil es recomponerlas después si llegara a ser preciso tenerlas nuevamente en uso, cambiando piezas o juntándolas con pegamento o similar, pero en el mundo de los sentimientos, cuando algo se rompe, jamás vuelve  a ser lo mismo que teníamos antes y menos aún ensamblarlo sin que parezca que nada ha ocurrido, es poco menos que imposible, y mis sentimientos estaban destrozados, en las últimas horas había vivido con demasiada intensidad todos los minutos, habían pasado demasiadas cosas para una mente que hacía mucho tiempo que no podía funcionar sola.

Bea me había traicionado, al menos eso era lo que me dictaba mi conciencia, al menos así era cómo me hablaban los fantasmas que vagaban por mi mente, y por eso decidí alejarme de ella pero sin embargo mi amor había sido tan intenso desde aquel primer día en que quedé deslumbrado ante su presencia, cuando la conocí, que por más que lo intentaba me resultaba poco menos que imposible no sucumbir a la intensidad de sus ojos, a las caricias de sus manos, a sus palabras y a sus besos; sin embargo tenía que huir, alejarme de ese mundo terrenal que tanto daño me hizo, refugiarme o esconderme en el Centro que me había acogido, volver a hablar con el único amigo que no me hacía daño ni me cuestionaba, mi olivo, volvería a ver a Luisa y nuevamente acudir a las sesiones con la loquera. De esa forma, al día siguiente y a pesar del yanto tan conmovedor y magnético de Bea, de su petición de mil perdones, de sus abrazos tan intensos que rozaban casi el dolor, volví a llenar la maleta con lo poquito que debía de llevarme. Un último beso sobre su frente y el deseo de que fuera feliz, eternamente feliz por ella y por lo que iba creciendo dentro de su vientre.

Y a mi mente vino el poema RETRATO de Antonio Machado, especialmente sus últimos versos:

(…)

Converso con el hombre que siempre va conmigo

—quien habla solo espera hablar a Dios un día—;

mi soliloquio es plática con este buen amigo

que me enseñó el secreto de la filantropía.

Y al cabo, nada os debo; debéisme cuanto he escrito.

A mi trabajo acudo, con mi dinero pago

el traje que me cubre y la mansión que habito,

el pan que me alimenta y el lecho en donde yago.

Y cuando llegue el día del último viaje

y esté a partir la nave que nunca ha de tornar,

me encontraréis a bordo ligero de equipaje,

casi desnudo, como los hijos de la mar.

No volver la vista atrás cuando di un último tirón de la puerta de la casa que había sido mi refugio durante tanto tiempo fue algo durísimo para mí, es algo que no deseo ni para mi peor enemigo, la congoja amenazaba con arruinar mi huida y hacía aún factible el que pudiera volver corriendo a sus brazos, era tal el amor que había sentido siempre por ella y que sentía aún hoy que me temblaba el pulso o mis pasos se hacían vacilantes ante mis torpes decisiones; había sido tan feliz en esa casa, borrando de un plumazo el dolor que de igual forma sentí en determinados momentos, que no pude ni quise evitar lo que mi corazón dictaba y que mis labios verbalizaron: te quiero con toda mi alma, Bea. De mis ojos escapaban innumerables lágrimas al mismo tiempo que una dulce sonrisa iluminaba mi cara ante los recuerdos dando así paso a un nuevo acto de este teatro del absurdo.

Iba camino de la estación de autobuses cuando de pronto recordé que me quedaba algo pendiente por hacer antes de marcharme para siempre de allí, tenía que buscar un abogado que me pudiera tramitar el divorcio, no pondría objeción a nada, aceptaría las condiciones que ella quisiera, no habría trabas ni actuaría en su perjuicio puesto que nunca lo había hecho y con menor razón lo haría ahora.

Cuando llegué al Centro y una vez que terminé con los trámites de mi regreso, dejé todas las cosas en mi habitación, sin embargo tuve que salir casi corriendo pues me ahogaba en su interior, estaba al borde de una profunda crisis de ansiedad motivo por el que lo abandoné como alma que se lleva el diablo, corriendo en dirección a mi olivo, a mi amigo del alma, a ese que nunca me traicionó. Caí rendido bajo sus ramas besando la tierra y lloré, lloré sin querer contener las lágrimas, no podía más ya que en el viaje de vuelta los fantasmas llegaron a tomar forma  para quitarme la vida y qué curioso, lo único que me retuvo para no hacerlo fue el recuerdo de Bea, ella nuevamente había conseguido salvarme de un más que previsible suicidio cuando me paré en aquel pueblo, en aquel puente mientras mis ojos miraban correr las hojas muertas sobre el agua, cuando ésta no dejaba de llamarme, de atraerme como un fuerte imán. El río tendría que haber sido mi lecho y sin embargo sentí como una mano invisible me alejaba de él, no había nadie a mi lado pero la suavidad de aquella piel me llevaba a ella.

*

Y volvieron los rutinarios días, mis interminables horas bajo el olivo, las conversaciones absurdas con mis iguales, las caricias sobre mis manos y mi cara y los besos sin sexo de Luisa, las sesiones con la loquera y sus recomendaciones interminables al igual que no tenían fin sus prescripciones médicas, pastillas y  mucho agua para poder pasarlas.

Bea no quiso firmar nunca el divorcio ni yo insistí en ello por lo que seguiré unido a ella de por vida, la verdad es que en el fondo me alegró enormemente que no lo hiciera porque por mucho dolor que me produjeran sus últimos actos para mí seguía siendo mi mujer, la persona que más amé, la persona por la que estuve siempre dispuesto a dar mi vida.

Ha pasado mucho tiempo desde esos hechos que estoy narrando como si fueran presente y que algún día meteré en una botella cuyo fin ha de ser las frías aguas del río que pasa por aquí cerquita como si fuera la última esperanza de un náufrago, con la sola ilusión de que alguien pueda algún día descubrirla, conocer mi historia y sentir una infinita lástima por mi persona, puesto que al fin y al cabo nadie podrá salvarme, alguien se encargó de firmar mi sentencia, sólo falta ejecutarla.

Bea, no dejó de venir a verme ni una sola vez a lo largo de tantas semanas como se dilató nuestra existencia, no quiso rehacer su vida con nadie, juraba y perjuraba que ella estaba unida por siempre a mí y eso no se lo podría arrebatar nadie y lo refrendaba con sus lágrimas, con sus besos y con sus caricias. Vi crecer su barriguita y me emocioné cuando depositó ese bebé que trajo al mundo sobre mis manos; lloré, lloré por la felicidad que esa criaturita le iba a infundir en su vida, y contuve mi ira cuando vi en su cara la propia imagen de Dani.

Vi crecer a ese niño al que puso de nombre Alberto, lo vi jugar en aquellos jardines mientras su madre con su mano unida a la mía, se sentaba en el suelo, conmigo, bajo el olivo, al que ella también hablaba, al que ella también preguntaba por mí y por mis horas cobijado en aquella ficticia cabaña. Y así fue hasta que un día me dieron una de las noticias más amargas que pudiera esperar, la que nunca quise recibir, esa en la me informaban de que mi mujer había muerto y grité con todas mis fuerzas bajo mi olivo y lloré y maldije a mi Dios y lancé al cielo un interminable por qué, por qué ella y por qué no lo hizo conmigo, y al fin rogué por mi último deseo, que me trajeran sus cenizas con el único anhelo de arrojarlas a las frías aguas de aquel río junto con la botella que habría de guardar todos mis recuerdos.

Al fin, aquí me encuentro, nuevamente sobre el puente que en los últimos tiempos tanto me ha acompañado, mi amiga Luisa, en silencio, unos pasos alejada de mí, era consciente que este momento es sólo mío y nadie como ella ha sabido entenderlo y junto a ella mi hijo Alberto y sobre mi pecho la urna que contiene sus restos.

Es una hermosa mañana de otoño, las hojas secas que van camino de la mar te llevarán con ellas, no quiero que este último viaje lo hagas sola, por favor, Bea, no te alejes mucho, no tardaré tanto en estar contigo, otra vez juntos, para siempre, bajando por fin el telón de esta obra de teatro que algunos han de calificar como del absurdo.

F I N

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