MOISÉS ESTÉVEZ

Los padres de Javier vivían en un modesto apartamento de Brooklyn, de
esos que hoy en día escasean, de renta antigua, una renta moderada para los
tiempos que corren, y que los fondos buitres se están encargando de erradicar
poco a poco con la inestimable ayuda del poder político y otra serie de
inversores capitalistas, todos llenándose los bolsillos, cómplices, asfixiando a
una clase media cada vez más pobre.
Los dos estaban jubilados, inmersos de lleno en lo que solemos llamar la
tercera edad, pero con un aspecto físico y una salud envidiables.

  • Pasa y siéntate. Imaginábamos que vendrías. – Le dijo el padre
    recibiéndola con un semblante triste y unos ojos testigos de unas recientes
    lágrimas.
  • Hola Paul. Lo siento muchísimo. –
  • Gracias. Margaret está en el baño. Saldrá enseguida. Mientras voy a
    preparar café, ¿te apetece? –
  • Si. Por favor. –
    La madre salió del baño, el pelo húmedo y los ojos vidriosos. Paul sirvió
    tres generosas tazas de café y unos bollos de canela, y sentados los tres en el
    salón empezaron a hablar de Javier, algunas anécdotas suyas, cómo era , qué
    planes tenía… era el momento del recuerdo grato, de una mirada a través de
    un prisma cariñoso y cercano, como si no se hubiese ido aún…

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