ISA HDEZ

Esa mañana se levantó temprano, antes de lo habitual, quería repasar el texto que iba a exponer en la charla de las doce. Trataba sobre Los Derechos Humanos, y no quería dejarse ningún detalle sin resaltar. Era muy meticulosa para todo y ello a veces la perturbaba. No es bueno ser tan exigente consigo misma, pensaba, pero no lo podía evitar. Cuando se sentó en la mesa sus ojos cobrizos se nublaron, y en su alegría triste, sus ojos solo lo veían a él, a David. Ella presentaba tras él en la ronda de exposición, y mientras él explicaba no dejó de mirarlo, pero no se enteraba de lo que decía, al menos esa era la impresión que daba ante los seis ponentes más que había en la mesa. Lo besaba con la mirada. Marga, la compañera contigua le dio un puntapié por debajo de la mesa,  Carmen la miró, pero ni se inmutó, como si no le atañera nadie más.

Eran compañeros de trabajo y no tenían otra relación aparente más allá del compañerismo, pero Carmen temblaba cada vez que lo sentía cerca. Todos en la mesa sabían de lo pudorosa y timorata que era y de lo mal que le sentaría cuando le dijeran lo que había pasado con su proceder. Los asistentes no captaron la incidencia, o eso parecía. Cuando le tocó el turno habló a su luminosa oscuridad, como si nadie la oyera, como si el escenario estuviera vacío, y lo expuso correctamente, y también contestó a todas las preguntas. Sin embargo, ella seguía embelesada y miraba fijo a David, hasta que este, una vez acabado el acto se despidió y se marchó de la sala; se sentía incomodo por la situación.

Marga le explicó lo que había pasado, pero Carmen no la creyó y siguió en su actitud indiferente, es más, se reía de la ocurrencia de su compañera. Cómo iba ella a comportarse así, de esa manera, con lo profesional y correcta que era, seguro que Marga se lo decía de broma. Cuando le pasó el vídeo de la sesión y lo miró una y otra vez, no daba crédito; el instante eterno la paralizó al verse de esa manera impropia de ella, obnubilada, distraída, como en otro lugar. No se reconocía, no se explicaba cómo pudo perder el control, notó que un fuego helado invadía su cuerpo. Cuando se recuperó le faltó tiempo para personarse y pedir disculpas a todos los ponentes, en especial a David que trató amablemente de restarle importancia a lo sucedido. Cuando se encontraron de nuevo David y Carmen se emocionaron, se dieron un abrazo, y afloraron los sentimientos que ambos escondían.

Un comentario sobre “La ponencia

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