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CAPITULO 5

Alejandra le ha costado mucho sacrificio llegar a su puesto de trabajo dentro del bufete de abogado donde pertenece. Muchas horas delante del ordenador, muchas horas dedicadas a leer sentencias, quitadas de dormir, sacrificios delante del juez para defender su causa. Todas y cada una de ellas han servido para que ella poco a poco ascienda. Hasta llegar a un punto en el que es sobradamente respetable. Ella lo sabe, sabe el sacrificio que ha tenido que hacer para llegar donde está y es consciente de ello. Por eso trata a la gente sin distinción de clases, pero sabiendo que la gente la respeta. Lo nota. Cuando va paseando por la calle y algún conocido la saluda, cuando va a comprar al supermercado de la zona y la conocen o cuando va a hablar con los profesores de Juan cuando iba al instituto. Todo el mundo sabe quién es y ella le gusta ser respetada y admirada. Sin embargo, se encuentra en una situación que jamás pensaría que sucediera, ¿cómo puede ser posible que se encuentre en ese desastroso cuarto de baño a punto de ayudar a ese indeseable a que pueda orinar?

Ella poco a poco y con algún pensamiento de dejarlo ahí y salir corriendo, se pone a su altura. Al posicionarse a su derecha, por fuerza, tiene que mirar su polla. Don Fernando, le comenta sacándola del ensimismamiento.

—¿Lo ves? ¿Lo ves como no pasa nada? —El viejo mira de soslayo a Alejandra. Sabe que para ella esto es nuevo, e intenta suavizar la situación.—Ya verás como será un momento y habremos terminado.

La cara de mi madre, cabizbaja, algo sonrojada choca con la cara que ha tenido durante todo el transcurso de la situación, altiva, segura de si misma. Por su cabeza resuena la frase «No me queda otra, que termine ya por favor…». 

Poco a poco su cabeza gira hacia la izquierda, buscando esa polla a la que tiene que ayudar a mear. Al girar hacia él se encuentra una gran barriga, con muchos pelos, sobretodo grises y blancos. Su polla asoma entre tanta mata de pelo, no es muy grande pero lo es más de lo que ella se imaginaba, está algo flácida, lo cual es un alivio para ella. Intenta cuadrar todo esto de alguna manera que sea permisiva para ella «Es.. como si fuera una enfermera y un paciente.. es un viejo.. Venga Alejandra.. Termina enseguida y ya estás fuera.».

Mientras el viejo no pierde detalle de cada acción de Alejandra. La ve como le mira la polla, indecisa, sabiendo que no está bien lo que está haciendo. —Cógela… —dice en voz algo baja, intentando crear algo de complicidad. Ella sin embargo parece no reaccionar a lo que le ha dicho, aún así no ha dejado de mirar su polla.

«Joder, ¿qué estoy haciendo? Es un viejo obeso y sucio, esto es asqueroso…»

—Vamos, ¿no me vas a ayudar?, tienes que apuntar bien, ¿eh? Si cae algo fuera no habrá trato, vecinita.

Ella inmersa en la situación ya no tiene fuerza para decirle que deje de llamarle así. Un leve movimiento empieza a hacer que su mano izquierda se mueva. ¿Acaso al final ha accedido a ayudarle?

«Joder, me da repugnancia cogerla…» Su mano empieza a moverse y va hacia su polla, algo morcillona, con bastante venas. Es bastante diferente a la de su marido. Intenta tocar lo menos posible, pero con ese pedazo de barriga le cuesta no rozarle. La coge con apenas dos dedos, su polla está algo pegajosa y empuja un poco hacia delante para que se arrime al retrete.

Se queda esperando, a que empiece a orinar, girando la cara, no quiere verlo. Su cara está roja, producido por la vergüenza y la humillación. Él se da cuenta de no le dice nada cuando le llama vecinita, sabe que está ganando la batalla y una sonrisa se dibuja en su cara mientras ve como gira su cara.

Poco a poco, Alejandra nota como empieza salir un chorro amarillento de la punta de la polla. —Ahhh… —sale de la boca de Don Fernando, mientras que el chorro se hace más pronunciado, haciendo el ruido típico de una meada en el retrete. Ella nota como palpita su polla en su mano.

Mientras lo hace, a Alejandra le vienen las revistas a la mente, pensando en la situación en la que está. «Dios.. ¿cómo he permitido esto?». Mientras un par de escalofríos recorren su espalda.

—Ah… apunta bien… que no salpique nada fuera…

Ella, callada, vuelve a mirársela. Ve como sale ese meado de la punta de la polla… Como cae contra el retrete… Jamás se había visto en una situación parecida.. Roja de la vergüenza.—Don Fernando, por favor, acabe ya.

—Si, si, tranquila… Ya termino…— Ella intenta apuntar bien, sabe que ya está a punto de terminar. Para ello, se inclina un poco hacia delante, para que no salga nada fuera del inodoro. Eso hace que Don Fernando tenga una mejor visión de su culito… Esos pantalones vaqueros le hacen particularmente una buena forma de su culo…

Y un sonido abruma todo el cuarto de baño: ¡¡¡¡PLASSS!!!!! 

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