JESÚS FUENTES

Una tarde más, una más de las tantas que estaban juntos. El cielo entre bermejo y dorado, resplandecía en el amplio espejo del mar. Un atardecer de postal (aunque estas ya están en desuso: ¿quién envía postales en estos días?).

Sus miradas clavadas en el crepúsculo, único, irrepetible, de un verano tórrido. Una vista perfecta desde ese enorme ventanal, ubicado en el tercer piso, habitación 307, del hotel Vista al mar, sobre el bulevar costero.

Los cuerpos aun húmedos, envueltos de pasión. Recién se habían amado, con locura, como gatos en el tejado, irreverentes, con sus rasguños, con sus jadeos… y ¡ya se deseaban de nuevo! Sus ojos en embeleso, hablándose. ¿Atracción mutua? ¿Necesidad de amar? ¡Sentirse amado? ¿Apego? Solo ellos lo sabían.

Al atardecer impoluto, lo devoraba la oscuridad.

Con hambre, bajaron al restaurant de sushi, ubicado en la planta baja del hotel. Ordenaron…octopus roll (queso, aguacate y camarón capeado por dentro, forrado en pulpo) y los condimentos: jengibre y wasabi. Ella maneja con destreza los “hashi” (palillos). Él con torpeza; pide mejor un tenedor. Ríen.  Ella, inserta su mirada en los ojos de él, preguntándose: ¿estaré de verdad enamorada?, ¿será una de mis locuras?

-¿En qué piensas?, ¿estás bien?, demanda él.

– Sí, todo bien. Pensaba en vivir el momento, solo por hoy, como dicen los doble A. Es algo que he aprendido en las juntas de comedores compulsivos.

– “Vive y deja vivir”, expresión también de ellos, afirma él.

En el elevador, se abrazan. Él, con ternura la besa en la frente. La ama, seguro está de ello. Y ella, ¿sentirá lo mismo?, se cuestiona.

Ya en la habitación, ella de inmediato se descalza, se introduce al baño. Él, se deja caer en la cama, de espaldas, meditabundo. Se escucha el correr del agua en la regadera.

-¡Ven!- exclama, y agrega: ¡el agua esta riquísima!

Inquieto, con el champú, le enjabona todo el cuerpo, como si moldeara una figura de cera. Ella siente sus pechos, arder, se elevan como crestas de oleaje, en un mar embravecido. Con suavidad se recorren sus cuerpos, en armonía; el líquido tibio resbala sobre ellos. Sus bocas, asfixiándose.

Con tersura, le seca la espalda, evoca la escoliosis de ella.

Ya, en la amplia cama, tendidos, uno al lado del otro, indulgentes, entre las horas inciertas del verano, esperan en silencio, como esperando a alguien que nunca dijo que vendría.

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