FERNANDO

Cuando volví de nuevo a la cama, Kiara se había despertado y según me arrimé a ella, nos empezamos a excitar. Me cabalgó como una amazona, hasta que me corrí en su interior y ella quedó satisfecha habiendo tenido varios orgasmos. Volvimos a caer rendidos hasta que nos despertamos al día siguiente sobre las nueve de la mañana e hicimos pereza en la cama, dándonos cariño. Es difícil, no excitarse estando en la cama junto a una preciosa mujer los dos desnudos y abrazados sintiéndonos totalmente.

Pero realmente había que ponerse en marcha. Yo ya debería estar en mi trabajo y todavía estaba a más de una hora de llegar a Nueva York desde Long Island. Recordé que había dejado mi teléfono en el baño metido entre toallas. Cuando vi la pantalla, había infinidad de wasap de Ana y muchísimas llamadas perdidas, mensajes de voz y sobre todo eso, dos llamadas de mi secretaria de esa misma mañana. Eso me preocupó y la llamé enseguida.

—Hola, buenos días, soy Luis y estoy viendo que tengo dos llamadas perdidas desde tu teléfono, ¿ocurre algo grave?

—Pues no se Luis, pero todo el mundo te está buscando.

—¿Todo el mundo? ¿Quién?

—Primero el dueño de la empresa y el director general, y después tu mujer, está desesperada preguntando por ti.

—Bien, según termines de hablar conmigo llama al director general y dile que llegaré en un par de horas, estoy atendiendo un asunto personal importante y a mi mujer, que no se preocupe, ya la veré.

Kiara escuchó la conversación y supo que no nos podíamos entretener. Nos hubiese gustado explayarnos en la ducha pero no fue posible. Según terminé de hablar por teléfono ella ya salía de la ducha y me metí yo.

Antes de esas dos horas ya había dejado en su casa a Kiara y entraba en el edificio de mi trabajo. Subí directamente al despacho del director general, estaba intrigado, pero no preocupado por lo que me tenía que decir. Cuando entré en su despacho, me recibieron los dos con una amplia sonrisa y de muy buen humor, cosa rara siendo lunes.

Estuvimos toda la mañana reunidos y almorzamos juntos en un lujoso restaurante y la sobremesa se alargó más de la cuenta. La reunión, la noticia y lo que me estaban ofreciendo no era para menos. Lo que me estaban brindando era el volver a mi país a España y más exactamente a Madrid. La compañía estaba construyendo una mega fabrica en Alcalá de Henares para abastecer de sus medicamentos a toda Europa. Querían que fuese el máximo responsable de supervisar la puesta en marcha y la logística de la fábrica y ser el director gerente de esta.

Era una oportunidad de oro, con unas condiciones económicas mucho mejores y con casa y coche de la empresa como estaba en Nueva York. Sabía lo que eso significaba, sobre todo para mí. Era el momento de deshacerme de esta vida que consentí, pero ya no aceptaba y de alguna forma me tenía atrapado. Era la ocasión de reiniciar mi vida, de hacer un reset y empezar de cero y por supuesto, Ana no entraba en mis planes.

Cuando esa tarde llegue a mi casa, Ana estaba sentada en el sofá del salón todavía vestida, con sus zapatos quitados y las piernas recogidas a un lado. Me miraba disgustada, tenía los ojos rojos de haber llorado y todavía sostenía en su mano el pañuelo de papel donde se enjuagó las lágrimas. Desde luego la estampa era enternecedora, pero ya había decidido y no pensaba en otra cosa que en divorciarme de esa puta.

—¿Me estas castigando por lo que hice ayer domingo? ¿Eso es lo que haces? —Preguntó Ana contrariada.

—¿Por qué? ¿Porque desapareciste todo el domingo y te fuiste a follar con tres tíos? ¿Debería de estar enfadado? —Pregunté con ironía.

Después de conocer la noticia que me habían dado en mi empresa, estaba exultante y sinceramente lo que pensase o le pasase a Ana ya me traía sin cuidado. Cada vez me preocupaba menos su bienestar y ella misma.

—¿Dónde has estado? —Me preguntó sin contestar a mis preguntas. — Me tenías muy preocupada, no es lo que sueles hacer siempre.

—Creo que me he ganado el derecho a no tener que darte explicaciones. Pero, como yo soy más transparente que tú te diré que estuve follando con una buena amiga, toda la tarde del domingo y parte de la noche del lunes.

Vi como el gesto de Ana se crispaba. No le había gustado escuchar eso, pero ya todo me daba igual, nada me iba a detener.

—Creo que te dejé muy claro que nuestro matrimonio estaba en el filo de la navaja, que ya no aceptaba este tipo de vida tan “liberal” ni aceptaba tu actitud. Si hacer lo que haces es demostrarme lo enamorada que estas de mí, prefiero que me odies, y como el domingo quisiste jugar tus cartas a tu manera, y hacer tu santa voluntad, te comunico que has perdido la partida. A partir de ahora vas en caída libre y sin paracaídas.

—¿Qué me quieres decir con eso? —Preguntó temerosa Ana.

—Te considero una mujer inteligente como para explicarte lo que significa. Tú sabes perfectamente lo que quiero decir. Ahora perdóname, tengo muchas cosas que hacer.

Me subí a nuestro dormitorio…aunque quizás deba decir mi dormitorio, tenía claro que ya no compartiría cama con Ana, me tumbé en mi cama y abrí mi portátil. Entré en un enlace que me dieron para ver el estado de la obra e instalaciones y ya estaba casi todo montado, solo hacía falta alguien que dijese como empezar y ese sería yo. Por delante me quedaba un traslado a la que fue mi ciudad y terminar mi relación con Ana y sabía que la iba a dejar en la puñetera calle, esa casa me la había ofrecido la empresa a mí. Pero dada la situación de Ana dentro de la jerarquía de la empresa no tenía derecho a nada. Me dio igual, sinceramente, que alguno de sus “amigos” le diese alojamiento.

Pensé que esa tarde Ana se iría otra vez, pero me equivoqué. Preparó una rica cena y cenamos charlando como si nada hubiese ocurrido. Pero cuando me fui a dormir y ella entró en el que se suponía era nuestro dormitorio para ponerse su camisón, otra realidad muy diferente la esperaba. La miré inquisitivo y se lo pregunté:

—¿Dónde crees que vas?

—Pues…donde voy a ir, a cambiarme para meterme en nuestra cama. —Dijo Ana sorprendida.

—No querida. Esta ya no es tu cama. Tu cama está en el cuarto de invitados, al igual que la mayoría de tu ropa. Y tus productos de aseo están en el otro cuarto de baño.

Ana sorprendida abrió el armario y vio que no estaba su ropa, entró al que era nuestro cuarto de baño y también constató que no tenía sus “potingues” salió asustada, con la mirada vidriosa y a punto de echarse a llorar. Se fue al cuarto de invitados y vino furiosa a mi cuarto.

—¿En serio, me estás echando de tu lado? Luis, no me vengas con historias ahora. Tú estabas de acuerdo conmigo, consentiste esto, de hecho, has participado.

—No te hagas líos Ana. De lo único que me hago responsable es de no haber parado esto a tiempo. Tú sabes que no haces lo correcto, escaparte de madrugada a follar con tres tíos, o más, eso solo lo sabes tú. Confesarme que no quieres que presencie lo puta que te vuelves y te dejas follar por una docena de hombres incluso algunos sin preservativo. Lo de Blanca fue mucho, muchísimo menos grave, menos descarado y la abandoné, ¿Qué te hace pensar que no voy a hacer lo mismo contigo?

—Por qué estamos casados y sabes que lo eres todo para mí, pero es el modo de vivir mi sexualidad y tendrías de aceptarlo y respetarlo.

—Ya, debo de aceptar ver cómo te follan infinidad de hombres y encima tengo que poner buena cara y ser un cornudo consentidor, ¿no?

—Si me quisieras como yo te quiero lo harías.

—Yo a quien quiero, de quien estaba muy enamorado es de esa Ana que conocí al principio y supo robar mi corazón. A ti ni te reconozco y cada vez que te miro, solo veo dolor, rencor, rabia e indiferencia, cada vez me importas menos, tú y tu bienestar.

Esto último lo dije enfadado, sabiendo lo que decía y el efecto que causaría en Ana. Me miró con odio, las venas de su cuello se hincharon y la expresión de su cara era de querer asesinarme.

—No sé qué pude ver en ti para juntar mi vida con la tuya. En que estaría pensando. Siempre has sido un pusilánime, un estúpido llorón, un lastre en mi vida y desde luego que la próxima pareja que tenga, me aseguraré de que cumpla mis criterios.

—¿Tu próxima pareja? Ten cuidado, con tu cuerpo y lo que te gusta follar, seguro que será un proxeneta, eres un negocio al alza. —Respondí con una risa irónica.

—Eres un hijo de puta. —Respondió Ana dolida.

Salió del que fue nuestro cuarto dando un portazo. Por alguna razón me sentí muy bien, no tenía ningún remordimiento. Pensé que cuando me levantase buscaría un buen abogado que presentase una demanda de divorcio express. En el fondo Ana y yo no teníamos demasiadas ataduras, salvo el matrimonio. Teníamos cuentas separadas, la casa era de la empresa al igual que el coche, no había hijos de por medio y cuando nos casamos hicimos separación de bienes.

La mañana del martes Ana no quiso venir en el coche conmigo. Estuve todo el día reunido con el director general y el dueño de la empresa, perfilando como seria la puesta en marcha de la fábrica y la cantidad de gente a contratar para ponerla en funcionamiento las 24 horas del día. Fue una semana donde hubo muchas reuniones, pero también encontré un hueco para visitar a un abogado y que presentase por mí la demanda de divorcio.

Esa fue una semana extraña. Ana se comportó de una forma cordial y cariñosa, aunque ya no dormíamos juntos y ni siquiera había muestras de cariño, como besos o abrazos. No sé qué pretendía, ni a donde quería llegar, pero tenía claro, muy claro cuál iba a ser nuestro final.

Pero ese viernes que pensé que también se quedaría en casa, me confirmó que no sería así. Por primera vez no me preguntó después de mucho tiempo que íbamos a hacer ese fin de semana. Sentía curiosidad por ver como se despedía, pero llegando las ocho de la noche llamaron a la puerta y cuando abrí mi sorpresa fue mayúscula al encontrarme a Bea.

—¡¡No me jodas!! ¿Tú qué coño haces aquí? —Dije de malas maneras.

—He venido a buscar a tu mujer, cornudo de mierda, a rescatarla de tus miserias.

—¡¡BEA MI AMOR!! —Escuché gritar a Ana detrás de mí bajando las escaleras.

Bea sonrió de oreja a oreja y quiso entrar en mi casa para abrazarse a Ana. Paré su acción poniendo la palma de mi mano en su pecho y empujándola hacia la calle, haciéndola casi caer de culo.

—¡¡LUIS POR DIOS, NO SEAS ANIMAL!! —Me gritó Ana, saliendo a abrazarse a su amiga.

—Tu no entras en mi casa, PUTA. —Espeté en la cara de esa zorra. — Ana, ¿qué hace esta zorra aquí? Pensé que esto ya lo habías superado. —Dije furioso

Bea y Ana me miraron con una sonrisa malvada y Ana me lo dijo queriéndome hacer daño.

—Bea ha venido de vacaciones a Nueva York y me mandó un mensaje para vernos. Nos vamos a una fiesta y tú, no estas invitado. Quédate en casa muriéndote de asco, cornudo. —Terminó diciendo Ana con desprecio.

—No sufras por mi Ana, ni se me ocurriría ir con dos putas como vosotras y descuida que pasaré el fin de semana fuera.

El gesto de Ana volvió a torcerse, vi cómo se alejaban hacia un Uber que esperaba en la puerta y llegando a él Ana volvió a darse la vuelta y mirarme dudando si meterse en ese coche o no. Algo le decía Bea y con determinación se metió dentro de ese coche e iniciando la marcha desaparecieron.

Mire la hora, eran cerca de las ocho y cuarto de la noche. Rápidamente tomé mi teléfono móvil y busqué el contacto de Kiara rezando para que no fuese tarde. Durante la semana hablamos un par de veces y la última vez me comentó de quedar el viernes, pero no le supe concretar debido a como estaban las cosas con Ana.

Marqué su número y el teléfono empezó a sonar. Pensé que no aceptaría mi llamada, pero me equivoqué, al segundo tono de llamada escuché su preciosa voz.

—Hola mi amor, me alegra oír tu voz, ¿qué tal estas?

—Hola cielo, no sé si será demasiado tarde o tienes otros planes para este fin de semana. ¿Te puedo proponer algo?

—Sabía que me llamarías, estaba segura. No tengo nada planeado, solo deseo estar contigo.

—Bien cariño, haz una pequeña maleta, nos vamos de fin de semana.

—¿Dónde me vas a llevar? —Preguntó con curiosidad Kiara, — es por saber que ropa meter.

—Ropa cómoda, traje de baño y algún vestido de coctel.

—Ummmm…suena muy interesante.

—Te va a encantar. En media hora más o menos estoy frente a tu casa, te mando un wasap para que bajes.

Nos despedimos y me puse a hacer mi pequeña maleta. Como no sabía si nos quedaríamos hasta el lunes por la mañana, me llevé mi consabido traje en un saco a tal efecto y cuando estuve listo, conecté la alarma y me fui a buscar a esa fascinante mujer.

Nuestro destino era Los Hamptons, un lujoso lugar donde veraneaba o pasaba el fin de semana lo más selecto de Nueva York. Mi compañía tenía una villa con una gran piscina y acceso directo a la playa. Ya había estado en varias ocasiones con Ana y el sitio era fantástico, lleno de lujo y detalles.

Cuando llegué a buscar a Kiara y vio la carretera que tomábamos me lo preguntó:

—¿Vamos de nuevo a Long Island?

—Bueno, nos pararemos allí a comprar víveres, pero vamos un poco más allá, vamos a Los Hamptons. —Le comenté a Kiara.

—¡¡¿Los Hamptons? ¿En serio?!! —Pregunto asombrada.

—Si cielo, mi compañía tiene una hermosa villa allí, veras como te va a gustar. —Le comenté.

—Dios, solo he estado un par de veces allí y me impresionó todo lo que vi. Seguro que me va a encantar. — Me dijo ilusionada, dándome un cariñoso beso en la mejilla.

Cuando llegamos y vio la impresionante villa, la piscina y la playa iluminada por la luna llena, se echó las manos a la boca impresionada por lo que veía. Miró todo con los ojos muy abiertos y cuando recorrimos toda la propiedad me lo preguntó:

—¿Y dónde está toda la gente?

—¿Que gente? —Pregunté extrañado.

—Bueno, me has dicho que esta villa pertenece a tu empresa. Asumí que no seriamos los únicos que estuviésemos aquí, habría más gente que quisiese pasar el fin de semana en este paraíso, ¿no?

—Pues no cielo, solo estamos tú y yo, todo lo que ves es para nosotros única y exclusivamente.

Kiara rodeó con sus brazos mi cuello y me besó profunda y sensualmente. Mis manos bajaron hasta su vestido y metiéndolas bajo el, me apoderé de ese par de magníficas nalgas que tenía esa chica, acariciándolas y amasándolas.

—Vamos a ponernos más cómodos. —Me sugirió Kiara.

Creo que eso fue una mera excusa para llevarme al dormitorio, desnudarnos los dos mientras nos mirábamos con deseo y tumbarnos en la cama haciendo un 69 hasta que me corrí en la boquita de Kiara que gustosa se tragó mi corrida, mientras que con sus orgasmos esa mujer me daba de beber su esencia.

Mi balano seguía duro como el acero, Kiara estaba preciosa y la tumbé abriéndola de piernas. Se la metí sin compasión, hasta que mis huevos golpearon su anito; se la dejé clavada moviendo en círculos mi cadera para que mi polla se amoldase bien a su coñito y como era costumbre en ella, empezó a correrse como una salvaje.

—Como te he echado de menos mi amor…Asiiii…haz que esto no pareeee. —Gimió Kiara en su orgasmo.

Estuvimos durante más de dos horas haciendo el amor, porque eso no fue follar. Desde hacía mucho tiempo, creo que más del que recordaba, no había sentido esa conexión entre dos cuerpos como el que estaba sintiendo con Kiara.

Bajamos a la cocina y nos preparamos algo de cenar y lo tomamos en la terraza trasera ya que hacia una buena noche. Cuando terminamos nos bañamos desnudos en la piscina y volvimos a hacer el amor dentro del agua, hasta que nos salimos y ya de madrugada nos fuimos a dormir. Al igual que la otra vez nos dormimos haciendo la “cucharita” y con mis manos acariciando sus suaves tetas.

Me levanté de madrugada, necesitaba ir al baño, cuando me fijé en que mi teléfono parpadeaba una luz indicándome que había recibido algo. Cuando lo abrí era un mensaje que me confirmaba que a la 01:15 de esa noche se había desconectado la alarma.

Me alarmé. A Ana no la esperaba hasta el domingo por la noche como mínimo y no sabía quién había podido desconectar la alarma. Recordé que en la entrada había una cámara grabando en tiempo real hacia la puerta de entrada y que desde el teléfono podía tener acceso a esa grabación. Me quedé a cuadros cuando vi a Ana entrando en nuestra casa, pero no parecía ni ebria, ni que la ocurriese nada y lo que me alegró es que la zorra de Bea no apareciese con ella.

Estando viendo eso recibí un nuevo mensaje indicándome que se había conectado la alarma solo en perímetro. Eso significaba que Ana se había quedado en casa y seguramente se fuese a dormir. Me extrañó, me extrañó muchísimo pero no le di mayor importancia. Fui al baño y me metí de nuevo en la cama arrimándome a Kiara que ronroneaba como una gatita mientras movía su culo sobre mi polla.

Amaneciendo, nos despertamos los dos abrazados, excitados e hicimos el amor nuevamente, con calma, sintiéndonos, encendiéndome como una tea oyendo los gemidos de ese amor de mujer que ofrecía cariño de una manera desinteresada, mientras mi verga abría su coñito y ella se aferraba a mí con brazos y piernas, mientras su cuerpo temblaba con sus orgasmos.

Nos volvimos a dormir y ya sobre las 10:00 de la mañana amanecimos. Ese día hicimos muchas cosas aparte de follar. Fuimos a la playa, donde Kiara me dejó ver su perfecto cuerpo solo cubierto por un bikini muy sensual, comimos en un buen restaurante, fuimos de compras, hicimos el amor, y por la noche la invité a cenar a uno de los mejores restaurantes con orquesta que había en Los Hamptons. Lo pasamos muy bien, parecíamos dos enamorados bailando muy pegados mientras nos besábamos y me inquietaba porque cada vez me sentía más a gusto con Kiara que no escatimaba en muestras de cariño hacia mí.

Esa noche volvimos a hacer el amor con cariño, pero estábamos cansados y nos dormimos rápidamente, como siempre, abrazados. El domingo cuando nos despertamos tuvimos una sesión de sexo increíble. Su boca su culo y su coño fueron follados. Esa mujer me daba todo lo que le pedía y me encendía de una manera que me tenía siempre a su disposición, o ella a la mía. Sabía cómo excitarme, con que ropita vestir para que la deseara y aunque se vistiese, hacía por que viese que su braguita tapaba más bien poco o directamente no se las ponía.

Si, tengo que reconocer que fue un fin de semana muy intenso con esa mujer. Kiara y yo nos conocimos mucho más y a medida que la conocía me gustaba lo que veía. Ese lunes por la mañana el viaje de vuelta fue mucho más triste. Habíamos estado dos días y un poquito más, sin separarnos, haciendo cosas juntos como una pareja de enamorados. A Kiara no le había hablado de mi divorcio y no le había dicho que en breve me iría del país para seguramente no volver. Aparte de que no sé cómo se lo tomaría, todavía no existía esa confianza que hace que cuentes todo a esa persona por la que empiezas a estar interesado.

Cuando la dejé en su casa, me lo preguntó con pena:

—¿Podré verte esta tarde, aunque solo sea un poco?

—No te puedo prometer nada, aunque lo intentaré. Tengo mucho trabajo.

—Ya, y una mujer que querrá estar contigo después de un fin de semana sin verte. —Dijo Kiara con tristeza.

—Kiara mírame. —Dije agarrando su mentón con suavidad y volviendo su cara hacia mi.— Mi mujer y yo estamos ya muy mal. Te aseguro que ella no va a ser el impedimento para que nos veamos, son asuntos muy importantes que tengo que solucionar. Quiero que esto lo tengas muy presente.

—De acuerdo Luis, pero que sepas que según te vayas ya estoy deseando estar contigo de nuevo.

La besé con cariño, acariciando su cara. Quería que notase lo a gusto que me encontraba con ella.

—Te llamo cuando pueda escaparme de mis obligaciones, te lo aseguro.

Cuando la dejé en la acera y la vi hacerse pequeñita por el espejo retrovisor, entendí que los dos empezábamos a enamorarnos como colegiales, a mí también me costó separarme de ella y eso de alguna manera me inquietaba sin saber cómo pensaba ella en ciertos aspectos de una relación. Sin saberlo no me convenía involucrarme mucho en esta unión.

Ese lunes también fue muy intenso. Por el momento de Ana no supe nada, ni me llamó, ni se pasó por mi despacho y después de lo que me hizo el viernes, no esperaba mucho más de ella. Al rato me llamó el director general a su despacho y me informó que ya estaba solucionado el tema de mi alojamiento en Madrid, y que en un mes a mucho tardar el avión de la compañía me llevaría a mi nuevo destino para instalarme haciéndome cargo de todo para la puesta en marcha de la fábrica. De hecho ya había mucha gente allí que me ayudaría con todo lo referente a maquinaria, químicos, suministros, proveedores…etc.

—Le hemos conseguido un chalet unifamiliar en una zona residencial de lujo a unos veinte minutos en coche de la nueva fábrica y un coche de la compañía. Creo que le gustará todo lo que hemos conseguido para usted dados los resultados que ha obtenido en esta compañía.

—De acuerdo señor director, me pondré en marcha para tenerlo todo preparado.

—¡Ah! Luis otra cosa. Respecto a su mujer hemos pensado que…

—Un momento señor director. —Dije interrumpiendo lo que me iba a decir. — Puedo confiar en su discreción.

—Por supuesto Luis, ¿ocurre algo malo? —Preguntó ese hombre.

—Mi mujer y yo nos vamos a divorciar. Ella no va a viajar conmigo a mi nuevo destino.

—Siento escuchar esa noticia. Esto cambia mucho las cosas. De momento tendrá que dejar la casa donde vive con usted, ella no puede vivir allí si usted no está y bueno, tendríamos que recolocarla en alguna otra sección…no se si me entiende.

—Lo que entiendo, y perdone que sea tan cruel, es que en el momento que firmemos el divorcio, lo que le ocurra me trae sin cuidado. Ha sido su decisión.

—Bien Luis, seguiremos en contacto. Buenos días.

Esa misma mañana mi abogado me llamó y me dijo que ya tenía los papeles listos para que Ana firmase nuestro divorcio y separásemos nuestros caminos. Le cité por la tarde en mi casa suponiendo que Ana estuviese allí. Había llegado la hora de la verdad, solo esperaba que Ana estuviese a la altura y no me armase ninguna escena. Se lo dejé bien claro que si seguía con esa actitud nuestro matrimonio se acababa, pero lo más importante es que ya no la amaba, no sentía nada por esa mujer que en un principio fue el oxígeno que me hizo revivir. De aquello, solo quedaba el recuerdo.

Antes del Almuerzo Ana se pasó por mi despacho. Su rostro no podía ocultar su disgusto y me lo preguntó temiendo mi respuesta:

—Podemos almorzar juntos. Hace mucho tiempo que no lo hacemos.

—Claro, estaría bien. —Respondí con una sonrisa.

—Bueno, voy a por mí bolso, ahora vengo a buscarte y nos vamos.

Se levantó y se fue hacia la puerta, pero antes de salir se dio la vuelta y me lo dijo

—Luis…Tú sabes que yo te quiero, ¿verdad?

—Bueno, tu forma de demostrarme que me quieres no es la más apropiada, ¿no crees?

Ana agachó la cabeza y cuando me miró vi temblar su mentón. Su cara era de súplica, como adivinando mis pensamientos. Abriendo la puerta salió, dudó y me lo dijo:

—Ahora te veo, espérame, no te vayas sin mí.

Esto iba a ser duro para los dos, pero no podía echarme atrás ahora, porque Ana intuyese algo y quisiera llegar a tocar mi fibra sensible. Esto ya había pasado anteriormente y las pocas semanas, vuelta la burra al trigo. Como dije, el principal culpable fui yo por no parar eso a tiempo.

Al poco estábamos sentados en la mesa de un restaurante, esperando a que nos trajesen la comanda que habíamos pedido y Ana me volvió a preguntar.

—¿Qué tal tu fin de semana?

—Muy bien, estuvo increíble.

—¿Es…estuviste solo?

—No, por supuesto que no estuve solo. —Respondí con maldad.

—Ya…lo entiendo, es lógico…¿No me vas a preguntar por mi fin de semana? —Preguntó Ana.

—¿En serio quieres que te pregunte por tu fin de semana? Ana no me interesa en absoluto cuantos tíos os han follado a ti y a la puta de Bea, ni a cuantos os habéis tirado a la vez, ni a la hora que llegaste a casa. Ya no me interesa nada de lo que hagas, solo quiero que esto acabe.

—No…no hice nada Luis, vine a nuestra casa esa misma noche, —comento Ana echándose a llorar. — Te juro que nadie me tocó un pelo, vine a casa para estar contigo y pedirte perdón por cómo te dejé al irme con Bea. Incluso discutimos y se enfadó conmigo por dejarla sola con esos hombres.

—Ya, y pretendes que me lo crea. Ana por Dios, ya está bien. —Dije enfadado.

—Se que no me crees, pero es lo que ocurrió, —lloraba Ana con congoja. — Luis por lo que más quieras…no me dejes, te lo suplico.

Ya había pasado por esto anteriormente. Y no solo una vez, ni dos, si no unas cuantas veces y al final con idéntico resultado, siempre volvía a su vida de sexo desenfrenado. El ver a Ana en ese estado de tristeza, me rompía el alma, pero es lo que se había buscado. Ya no quería dar marcha atrás, el engranaje se había puesto en marcha y cuando Ana se enterase que encima se quedaba en la calle, sola, sin casa y con su trabajo en una inmensa interrogación, no sé qué pasaría con su futuro.

—Lo siento Ana, pero ya es tarde para eso. —Respondí sin sentimiento.

Se me había quitado el poco hambre que tenía. Me escusé con Ana, me levanté de la mesa donde estábamos y me fui a la calle, necesitaba aire. Llamé a mi abogado y le dije que llevase los documentos para firmar a mi despacho, yo me encargaría de que los firmase mi mujer y se los entregaría a él una vez firmados. Sabía que esto iba a ser muy duro y no quería a un extraño, aunque fuese mi abogado, estuviese delante cuando se desatase la tormenta.

Esa misma tarde cuando Ana y yo estábamos en casa su tristeza era patente. Podía alargarlo, dejarlo para mejor momento; pero el caso es que ya no habría mejores momentos. Me senté al lado de Ana que me miró con esperanza, pero cuando vio que dejé el portafolios encima de la mesa, lo miró con temor.

—Ana tenemos que hablar.

—No…no, no, no… —Rompió a llorar Ana, sabiendo lo que era inevitable.

—Aquí tengo los papeles del divorcio ya firmados por mí. Solo hace falta tu firma para que puedas llevar la vida que te gusta sin necesidad de dar ninguna explicación a nadie.

—Pero yo la vida que quiero llevar va unida a ti, te amo demasiado para firmar esos papeles, no quiero renunciar a ti.

—Me amas, pero dejas que te follen infinidad de hombres, dime Ana, ¿Qué tipo de amor es ese?

Ana lloraba desconsolada, incluso cayeron lágrimas sobre los papeles del divorcio que ella indecisa se negaba a firmar con el bolígrafo en la mano.

—No quiero ser cruel contigo, aunque tú no has dudado en hacerme sentir muy mal en muchas ocasiones, pero debo de contarte toda la historia. Aparte de que ya no te quiero y no estoy enamorado de ti, me marcho de Estados Unidos para trabajar en otro país. No quiero que vengas conmigo porque ya nada nos une, pero tú debes de abandonar esta casa sí o sí. Cuando me vaya, tú no puedes vivir aquí y si nos divorciamos, tampoco puedes vivir en esta casa, es de la compañía, no mía, ¿lo entiendes?

—Luis, ¿y qué voy a hacer yo? ¿Dónde me meto? Después de tantos años me dejas abandonada como un coche viejo en la calle. No me esperaba esto de ti. —Hipaba Ana desconsolada por las noticias.

—Bueno, estoy seguro que de los muchos amigos que tienes, alguno te querrá dar alojamiento hasta que normalices tu situación. El resto es sencillo, tienes un sueldo. Alquila un apartamento y vive tu vida, pero al final de esta semana tienes que abandonar esta casa.

Ana paró de llorar y fijó su vista en algún punto. No quise presionarla, me fui a la cocina a tomar un vaso de agua y que decidiese, pero tenía que firmar esos papeles. Escuché sonar su teléfono móvil y como hablaba con alguien. Estuvo un buen rato hasta que subió a la habitación de invitados, bajando al cabo de más de una hora con dos maletas grandes.

—Toma, —dijo dándome el portafolios,— ya he firmado nuestro divorcio, —dijo Ana con pena.— Me marcho con Bea a su hotel y creo que mañana presentaré mi carta de dimisión en el trabajo. Ya no me ata nada a esta ciudad y no soportaría estar trabajando y saber que no puedo ir a tu despacho a media mañana a verte. Volveré a España, a casa de mis padres de momento, ya veré lo que hago.

Abrí el portafolios y vi su firma y sus lágrimas, ya secas en el papel, como si fuesen testigos vacíos de esa ruptura. Ana se abrazó con fuerza a mí y se echó a llorar nuevamente.

—Perdóname mi amor, perdóname por todo lo malo que te he podido hacer y decir. Nunca te voy a olvidar y siempre, siempre te amaré.

Terminó de decir esto y dándome un beso en la mejilla la vi desaparecer por la puerta. De repente una soledad, como cuando llegué a esa casa por primera vez, se hizo enorme en mí y ese casoplón se quedó sordo de nuevo, solo se oía mi respiración. Quise resistirme y no llamar a Kiara, pero en estos momentos la necesitaba como el respirar, aunque de seguro me notaría “extraño” y querría enterarse de lo que me ocurría, y de verdad, no me apetecía dar explicaciones. Pero no me pude resistir, necesitaba sentir sus abrazos y la llamé.

—¡¡Luis, mi amor, que alegría me has dado!! —Exclamó Kiara alegre.

—Hola preciosa, necesitaba oír tu voz. —Dije en un tono que creí neutro.

—Me halaga que me digas eso, pero noto tu voz extraña, ¿te ocurre algo?  

Una sola frase, seis palabras y ya supo que algo no iba bien, ¿cómo se puede llamar a eso? Estaba claro que entre nosotros había nacido algo, sobre todo mucho cariño pero esto nos llevaba a enamorarnos irremediablemente, y lo peor, que todavía no le había contado mi marcha a España, sabía que eso iba a ser un mazazo.

—Realmente, si me ocurre algo y necesito verte, estar contigo.

—Luis, me estas asustando.

—¿Dónde estás? ¿Puedo ir a verte ahora?

—Estoy en el trabajo, me falta una hora para salir, ¿te doy la dirección y vienes a buscarme?

Esa noche Kiara y yo la pasamos juntos en un hotel, me pareció una falta de respeto hacia Ana el llevarla a mi casa. Le expliqué mi vida, mi relación con Blanca y mi tempestuosa relación con Ana y el porqué de mi divorcio de ella. Le pareció vergonzoso el que yo hubiese aceptado esas situaciones, aunque entendió que, por amor, muchas veces, se hacen grandes estupideces, como por ejemplo, tropezar dos veces en la misma piedra.

—¿Y qué piensas hacer si te vuelves a enamorar? ¿Tener una relación abierta como la que tenías hasta ahora? —Preguntó Kiara algo enfadada.

—Ni loco Kiara, como te he dicho, fui tan estúpido y necio que renuncié a mis principios por hacer feliz a la persona que amaba, pero tengo muy claro lo que deseo y eso no es otra cosa que no haya terceras ni cuartas personas en mi relación.

—Pues espero que lo tengas muy claro, porque una mujer como Dios manda no admitiría ese tipo de relación, yo misma no lo permitiría…aunque nos conociésemos como nos conocimos, pero yo no tenía ni pareja ni marido.

¿Y ahora, que? ¿Había encontrado a la mujer de mi vida, justo cuando me tenía que ir? No podía seguir con esto sin decir nada, estaba claro que entre Kiara y yo había algo más, y cuanto antes lo supiese, seria menos doloroso, o eso pensaba, porque no pintaba bien.

—Kiara, hay algo más que debo de contarte.

—¿Algo más? Creo que no me va a gustar por tu tono de voz.

—Dentro de unas tres semanas me marcho a otro país a trabajar. Hoy me lo han confirmado. —Mentí asquerosamente.

—¡¡¿QUÉ?!! —Exclamó Kiara desilusionada.

—Lo siento mi amor, hoy ha sido un día de noticias difíciles y momentos muy incomodos.

Solo hicieron falta quince segundos para que Kiara rompiese a llorar con desesperación. Fueron momentos muy jodidos porque me rompía verla así, teniendo que aceptar que lo nuestro no tenía futuro.

Cuando consiguió calmarse lo hablamos, apenas nos conocíamos y Kiara era bastante cerebral. La idea de venirse conmigo a Madrid fue desechada enseguida. Su vida la tenía en Nueva York lo mismo que parte de su familia y además tenía un futuro muy brillante en su empresa y estaba en una edad en la que las locuras habían pasado a un segundo plano y necesitaba a un hombre a su lado no a casi a seis mil kilómetros. Esa noche dormimos juntos, muy abrazados, pero no hicimos nada más.

Desde ese día hasta que me fui de Nueva York, Kiara y yo prácticamente no nos separamos, salvo para realizar nuestros trabajos. Quizás hubiese sido mejor el dejar de vernos sabiendo que el final de esa relación tenía fecha de caducidad, pero realmente nos buscábamos con desesperación y aprovechábamos cada minuto, cada instante del día para entregarnos. Hacíamos el amor como si esa fuese nuestra última vez, nos faltaban horas en el día para seguir amándonos y ya nos habíamos confesado nuestro amor y lo que sentíamos el uno por el otro.

Sabíamos que iba a ser durísima la despedida. Hubo muchos momentos de debilidad, de mandar todo a la mierda y permanecer juntos, pero al final la cordura prevalecía. Por desgracia el amor no paga las facturas, la hipoteca y el ritmo de vida que acompaña a todo esto. Y ya no nos valía ese dicho de “contigo, pan y cebolla” y ya veríamos como salíamos de esta, porque, y aunque nos cueste decirlo, con la edad que empezábamos a tener necesitábamos aparte de ese amor una seguridad y una estabilidad para poder formar una familia.

Se aproximaba el día, en mi empresa las reuniones eran constantes para poder dejar zanjado como se iba a gestionar el inicio de la fabricación de los medicamentos y la logística de mercado para Europa. Todo estaba preparado, me confirmaron que ese era mi último fin de semana en Nueva York, el lunes a las nueve de la mañana el avión de mi compañía me llevaría hasta Madrid, la tierra que me vio nacer. Ese viernes dejé en recursos humanos, las llaves de la que fue mi casa y del coche que me dejó la compañía. Todas mis cosas estaban ya en el aeropuerto a la espera de mi partida. Ese último fin de semana, Kiara y yo no salimos de la cama, nos amamos, gozamos, lloramos, maldecimos y volvimos a sentirnos como nunca creo haber sentido a una mujer.

Ese lunes, Kiara me acompañó hasta las escalerillas del avión. Todas las palabras sobraban, solo un «llámame cuando llegues, quiero saber que estas bien. Te quiero» fue lo que me dijo y nos dimos nuestro último beso. Aunque intentamos mantenernos firmes según me separé de ella sabiendo que ya no sentiría sus besos y sus abrazos hizo que las lágrimas brotasen de mis ojos, cuando me giré para decirle el último adiós la vi llorando también. Ese viaje lo recuerdo como uno de los peores de mi vida.

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