FERNANDO

Ana y yo nos encontrábamos en el club de intercambios donde solíamos ir todos los fines de semana y algún que otro día entre diario. Las cosas habían cambiado mucho desde que ella apareció de nuevo en mi vida y decidimos casarnos muy enamorados, sobre todo yo, iniciando una vida en común, en principio, algo más liberal.

Pero lo siento, había llegado a un punto en que esto ya era imposible asimilarlo. Estábamos en ese club, en una habitación con tres parejas más. Ana estaba siendo doblemente follada y otro tío le metía su polla en la boca hasta el estómago. Yo veía esa escena sentado en un confortable butacón, mientras una de las mujeres, pareja de uno de esos hombres que se follaban salvajemente a mi mujer, me hacia una felación, admirando mi polla.

Pero no, yo me daba cuenta de que por mucho que me dijesen que era bueno, y que yo follaría con muchas mujeres, no me excitaba al ver a mi mujer así y que alguien intentase estimularme para hacer lo mismo con esa chica que notaba que algo no funcionaba, era la respuesta de mi cuerpo y mente a esa visión. Había intentado abrir mi mente, ser más liberal y no tan controlador…¿controlador…¡¡YO!!? Pero esta relación había tomado un cariz muy diferente, cariz que no me gustaba y solo deseaba lo que siempre quise en una relación con una mujer, que ella y yo tuviésemos una monogamia sexual y esa sensación se hacía más fuerte cada día que pasaba.

Ana explotó en un orgasmo arrollador que la dejó rota, pero esos tres no se habían corrido y la siguieron utilizando. Ya en una ocasión, asustado por la brutalidad y la dureza por cómo se la estaban follando dos tíos y los gritos que metía Ana, quise apartarlos y la bronca que me montó delante de todo el mundo y que me dejó en ridículo, hizo que estuviésemos sin hablarnos un mes.

No aguanté mucho más viendo ese espectáculo, me levanté y excusándome con esa mujer, salí de esa habitación, me vestí y me fui a la barra a tomar algo. Al cabo de las tres horas, cansado de esperar, me acerqué a esa habitación y ya no quedaba nadie. Busqué por todo el local y de nuevo lo había vuelto a hacer. Escondida entre la gente salía por la puerta con sus acompañantes camino de la casa de alguno donde se pasarían follando el resto de fin de semana, pero sin contar conmigo.

Apareció el domingo por la noche, le costaba trabajo caminar de lo escocida que vendría. Saludó sin afecto, ni un beso, ni un abrazo, nada. Sé que subió a nuestra habitación y se preparó un baño relajante que la dejase sin huella de la cantidad de corridas que llevaría sobre todo su cuerpo, incluso en su interior, era insultante y al igual que ocurrió con Blanca, yo consentí eso.

Pasada una hora me llamó, subí a nuestra habitación y la encontré tendida en la cama bocabajo. Me miró dolorida y me dio un tubo de pomada que le recetó el ginecólogo para aliviar las irritaciones producidas por “frotamiento continuado”. Cuando se puso en cuatro mostrándome su culo y su coño se me pusieron los pelos de punta, incluso pensé que mejor sería ir a urgencias, se habían ensañado bien con ella y toda la zona estaba en carne viva. Aunque le insistí, me dijo que no era necesario, que ya había pasado por algo parecido en muchas ocasiones y esa pomada le hacía mucho bien.

Avergonzado de mí mismo por compartir y permitir eso le di esa pomada por toda su zona vaginal externa e interna y su ano. No quise ni preguntarla, pero seguro que no habían utilizado preservativo. De hecho de su vagina todavía salía un líquido transparente algo blancuzco, que imagino que sería semen. Mi estado de ánimo, mi dignidad como persona marido y hombre, nuevamente estaban por los suelos y me costaba pensarlo, incluso me asustaba, pero lo que me unió a Ana, ese sentimiento, ese cariño, había desaparecido debido a su cambio de actitud hacia el sexo y hacia mí.

—Ana, ¿recuerdas por qué tú y yo terminamos juntos? ¿Por qué nos enamoramos?

—Claro que lo recuerdo, fue a raíz de lo que te hizo Blanca. —Respondió Ana con seguridad.

—Lo de Blanca en comparación con lo que tú me estás haciendo a mí, era un juego de niños.

Ana se sentó sobre la toalla que llevaba y recogió sus piernas abrazándolas, mientras me miraba muy seria.

—Luis, ¿qué me quieres decir? ¿Qué es lo que ocurre?

—Te estoy diciendo que esto tiene que terminar. Ya no lo soporto más, tú haces tu vida aparte de la mía y te recuerdo que somos marido y mujer y que prometimos unos votos que no se están cumpliendo.

—Cariño, si lo dices por lo de este fin de semana, pensé cuando nos fuimos que tú ya te habías ido.

—No seas cínica Ana. Estaba en la barra tomando algo, era imposible no reparar en mí. Te esperé durante tres horas, sería muy difícil no verme, estaba prácticamente en la salida. Tú te mezclaste con un grupo de gente y te escabulliste, como has hecho muchas otras veces, sabes que esta no es la primera ni será la última vez. No respondiste ni a mis llamadas ni a mis mensajes, nada durante dos días, ¿lo ves lógico? ¿Crees que tu manera de actuar es la correcta? ¿Qué hay detrás de esos encuentros para que yo no pueda estar presente?

—Quizás no quiera causarte dolor cuando veas en lo que me convierto. Soy una puta, una ninfómana, una guarra que se deja follar por todo aquel que se lo pide. Este fin de semana me han follado no menos de doce hombres…al…algunos sin preservativo, y otros han repetido hasta tres veces. ¿En serio quieres ver eso?

—Ana, nuestro matrimonio está a un paso de terminarse. Si necesitas ayuda te la proporcionaré, y creo que te hace falta, mucha, mucha falta. Necesito a mi mujer, con la que me casé y de la que estaba enamorado. De todo aquello que hablamos antes de casarnos y lo que me propusiste para convencerme de llevar una vida más liberal, no queda nada, eran solo palabras y tú estás equivocando lo que me propusiste en su momento con lo que haces ahora.

—¿Y qué te propuse? Si puede saberse, porque ya ni me acuerdo.

— «Luis yo no busco una relación abierta contigo, pero si quiero que de vez en cuando si vemos algo que nos gusta no dejemos pasar la ocasión de poder disfrutar los dos.» Esas fueron tus palabras, dime, ¿lo estas cumpliendo? Estas enferma y lo que tenía que ser de los dos se ha convertido en algo tuyo, algo unilateral. Solo piensas en que llegue el viernes e irnos a ese maldito club, tienes mono de sexo y el caso es que yo no te toco desde hace meses. Ana, piensa muy bien lo que vas a hacer, hasta aquí he llegado, no aguanto más.

Dejé a Ana sola en nuestra habitación, ni una lágrima, ni cara de arrepentimiento, ni un vamos a hablarlo, ni siquiera bajó a cenar algo. Yo me preparé algo ligero y me fui a dormir al cuarto de invitados. Sinceramente la mujer que estaba durmiendo en mi cama ya no la conocía y lo más grave es que ni estaba enamorado de ella.

Pero ¿cómo llegamos a este punto? Como ocurrió con Blanca, el único culpable fui yo. Primero por ponerme en manos de un psicólogo charlatán que me convenció de que yo era el culpable manipulador de mis desgracias con las mujeres y que siendo más liberal ganaría en felicidad. Y segundo porque Ana me dejó ver que quizás, solo quizás, el meter a una tercera persona en nuestra relación no era tan malo como yo creía, aunque seguía teniendo mis reticencias.

Mentiras y falacias. Me vendieron luz de gas tanto ese psicólogo como Ana y yo acepté eso a ojos cerrados como algo que tenía que ser parte de mi vida. Pero no, no quería eso por nada del mundo. Yo era un tipo normal, con gustos normales y que le gustaba disfrutar con, y de su pareja, no compartirla todos los fines de semana, que yo sepa, porque seguro que entre diario se follaría a alguien. De hecho, en el club la apodaban la FU (Furor Uterino) y la CS (Clítoris Sangrante).

Todo este cambio en el carácter y personalidad de Ana empezó cuando nuestra amante Darci, debido a sus estudios y a que se había echado un noviete, dejó de venir a vernos. Eso provocó algo de ansiedad en Ana, que, acostumbrada a recibir muchos estímulos, me propuso ir a ese club liberal donde ya habíamos ido alguna vez, a ver como estaba el ambiente.

Fue en la segunda visita donde conocimos a una pareja joven. Se llamaban Michael y Lisa y conectamos enseguida. Los siguientes encuentros ya fuesen en su casa o en la nuestra fueron muy placenteros. Ana disfrutaba mucho con Michael, estaba muy bien dotado y Lisa se volvía loca conmigo. Las folladas que nos pegábamos los cuatro nos dejaban relajados y satisfechos y se creó una bonita amistad.

Pero un día a Michael se le ocurrió que nos veríamos en el club, subir la apuesta e invitar a otras dos parejas, y es aquí donde tenía que haber puesto freno porque empezaron a emputecer a Ana. Aunque sería más correcto decir que Ana ya venía emputecida de su estancia en Málaga, gracias a su amiga del alma Bea. Ana aceptaba hacer de todo incluso sin importarle mi opinión, eran nuestros amigos y según ella debíamos de ser complacientes con ellos. Notaba como semana a semana disfrutaba más y más de esos encuentros a los que se entregaba con mucha pasión, incluso no permitiéndome participar a mí. Mi historia volvía a repetirse.

Luego vino la pandemia y el confinamiento. Pensé que Ana se tranquilizaría, pero no fue así. Ese periodo Ana lo llevó muy mal, casi se vuelve loca y me vuelve loco a mí también. Me pedía sexo cinco o seis veces por día y mi polla y mi cuerpo ya no daban para más. Se masturbaba a todas horas de forma compulsiva, hasta la pillé masturbándose, teniendo sexo virtual con un desconocido. Fue una locura que terminó cuando empezó la desescalada. Ese viernes cuando terminé de trabajar me pasé por su departamento y me dijeron que había salido dos horas antes. La llamé por teléfono y lo tenía apagado. Apareció el lunes de madrugada, no se tenía en pie, la ayudé a subir a nuestro cuarto y se lo pregunté.

—¿Se puede saber dónde has estado? Me he vuelto loco, he estado a punto de llamar a la policía. —Dije enfadado.

—Mejor no quieras saberlo cariño. Es preferible que no lo sepas.

—¿Has…has follado? —Pregunté estúpidamente.

—Eso no ha sido follar. Ha sido llevar mi cuerpo a límites de placer que ni conocía. —Dijo Ana con una sonrisa en su boca.

Esa primera vez tenía que haber parado eso, pero no lo hice. Ana se tomó mi silencio y mi pasividad como una aceptación de que lo que hacía no me incomodaba y lo volvió a repetir muchas más veces. Ya no me gustaba lo que veía y se lo hacía saber, pero ella me sonreía, me besaba en los labios y hacia lo que le daba la gana. Estuve aguantando todo eso más de un año, notando como nuestra vida en común se desintegraba, se escapaba como la arena entre mis dedos, hasta este día que le dejé claro que, o acababa con ese tipo de vida, o nuestro matrimonio se rompía.

Esperé pacientemente durante toda la semana. Ana se mostró más cariñosa y comunicativa, pero ni una palabra de lo que le dije el domingo pasado, es como si no hubiese ocurrido nada fuera de lo normal en nuestra relación.

El viernes antes de que terminase nuestra jornada laboral, Ana se pasó por mi departamento y entró en mi despacho. Eso me sorprendió, es algo que nunca hacia e intuí que era para algo que no me iba a gustar.

—¿Has pensado en que vamos a hacer este fin de semana? —Preguntó Ana.

—Podemos hacer lo que tú quieras, menos ir a ese maldito club de intercambios. —Dije malhumorado.

—Yo ya he quedado con gente en ese club, y me gustaría que vinieses. Te aseguro que vas a pasarlo muy bien, yo me encargo de ello. —Dijo Ana sugerentemente.

—No Ana. Piensa bien lo que vas a hacer. Te lo dejé muy claro el otro día. No pienso pisar más ese club, no quiero esa vida.

—De acuerdo mi amor, se lo que me dijiste y créeme que he pensado mucho en ello. Te doy la razón en todo y me he portado muy mal contigo, he sido egoísta, vehemente, superficial y no te he respetado ni he respetado lo nuestro. En ocasiones te he humillado con mi actitud y me imagino lo que debes de pasar cuando desaparezco, y eso no tiene excusa. Pero déjame demostrarte lo que me importas y que por ti soy capaz de todo.

—Bien, ¿qué propones? —Pregunté con curiosidad.

—Antes de que protestes, déjame terminar lo que quiero decirte. Vayamos juntos a ese club y volvamos juntos y satisfechos a nuestra casa. Luis mi amor, solo tú sabes lo que significas para mí, que fui capaz de buscarte y encontrarte al otro lado del mundo. ¿Crees que voy a poner en riesgo mi matrimonio y a ti, por un buen rato con otro hombre? Haría lo que fuese por hacerte feliz.

Me habló con tanta sinceridad que no supe decirle que no. Tenía mis reservas, pero también es cierto que deseaba creer en ella. El ritmo de vida que llevaba no lo podía mantener eternamente, era suicida.

Esa noche cuando entramos de nuevo en ese club, se me hizo un nudo en el estómago. Un montón de hombres saludaron a Ana con afecto, mientras que a mí solo me sonreían por compromiso. Buscamos un hueco en la barra y pedimos algo de beber, Ana se mostraba muy cariñosa y cercana conmigo y llegaron unos amigos de ella que yo no conocía. Eran dos chicas muy atractivas y vestidas de forma muy sugerente y un hombre alto, atractivo y muy educado.

Después de las respectivas presentaciones, todo fue más bien rápido. Algo de conversación y ese hombre sugirió que nos fuéramos a un reservado. Pidió al camarero bebidas y nos fuimos a una habitación grande con una gran cama redonda en medio.

Ana no me dejó solo. Vino hacia mí y me desnudó, y yo hice lo propio con ella. Las otras dos mujeres desnudaron al otro hombre y luego con su ayuda se desnudaron ellas dos. ¡¡Joder!! Vaya cuerpos y vaya polla que se gastaba ese tío, muy parecida a la de Marc, el amigo de Blanca.

—Espero que lo entendáis, —dijo Ana,— pero primero quiero que me folle mi marido.

—Tenemos toda la noche por delante y lo veo muy lógico. —Respondió ese hombre.

Ana se arrodillo ante mí. Me miró con devoción, pero desvió su mirada rápidamente al pollón del otro hombre y mirarlo con deseo relamiéndose. Agarró mi polla, que ya estaba más que preparada para ella, pajeándola con lentitud, me miró con cara de perra salida, miró a la polla del otro hombre de nuevo, y se metió mi cipote en la boca de tirón hasta que su nariz toco mi pubis.

—Diooooooos…Anaaaaa…

Mi mujer me hizo una mamada como las que recordaba cuando solo estábamos ella y yo. No me dejo terminar en su boca aunque estaba a punto. Cuando se puso en pie, fuimos hacia donde estaba su ropa y su bolso, tomo algo y dándome una botellita de agua me puso una pastilla en la mano y me invito a tomármela.

—Tómatela cariño, te va a hacer falta. —Dijo mirando a las otras dos lobas.

Hice caso a mi mujer y me tomé esa pastilla. La llevé a esa cama redonda donde una de las chicas le hacia una mamada a ese hombre mientras la otra estaba abierta de piernas y sentada en su cara.

Tumbé a mi mujer en esa cama, la abrí bien de piernas y empecé a comerme ese coñito tan rico que tenía. Sus gemidos llamaron la atención de la chica que estaba sentada sobre la cara de ese hombre y fue a besar y comerle las tetas a Ana que en seguida exploto en un gran orgasmo regando mi cara.

Ana se recuperó de su orgasmo mientras la chica que estaba con ella me la chupaba dejando mi polla lista para follarme a mi mujer después de meses. Creo que ese polvo fue uno de los mejores que eche con mi mujer, la follé con ganas atrasadas, la hice correrse cuatro veces antes de que me pidiese que la follase el culo y me corriese en sus intestinos.

El otro hombre me miraba y me pedía ayuda sin decirlo. Ya se había follado a esas dos bellezas que descansaban en la cama. Ana estaba a mi lado, abrazándome fatigada mientras me decía lo que me amaba.

—Y si nos ponemos algo de beber. Yo estoy muerto de sed. —Dijo ese hombre.

Los cinco apoyamos esa idea, nos levantamos y nos fuimos hacia la barra donde nos habían dejado bebidas. Me fijé que a diferencia de mi compañero de follada, yo tenía una erección dolorosa que no había bajado incluso después de haberme corrido en el culo de Ana. Una de las chicas vino hacia mí y acarició mi polla con suavidad.

—Ven cielo, esa hinchazón hay que bajarla. —Dijo esa chica con una voz muy tierna.

Me hizo una buena mamada, no como las que me hacía Ana que se tragaba mis veintiún centímetros sin problema. Me fijé que mi compañero estaba tumbado a mi lado y Ana ya se estaba tragando esa polla monstruosa que tenía hasta el mango. Cerré mis ojos y no quise ver aquello, al momento eran dos las bocas que me hacían una mamada, esos dos pibones me la estaban chupando a dos bocas llevándome a un orgasmo sin remedio.

He de decir que fue una buena noche. Casi no faltó de nada, todos follamos con todos, hubo dobles penetraciones con las tres chicas, sexo lésbico entre Ana y las otras dos chicas y Ana y yo volvimos a follar como animales, solos los dos regando su útero con mi corrida.

Aun así, me dolía ver a Ana aullando de placer mientras otra verga la percutía con dureza, arrancándole unos orgasmos que creo, yo no era capaz de proporcionarle. Volvían mis miedos y mis incertidumbres. Intentaba por todos los medios no mirar, ponerme de espaldas a ella, pero sus gritos de placer se clavaban en mí como puñales.

Pero por otra parte mal no lo debía de hacer. Las dos chicas estaban encantadas conmigo, las follaba con rabia oyendo a Ana y eso las volvía locas. Una de ellas era bastante dura para alcanzar el orgasmo y aun así me dijo que había perdido la cuenta de los que había tenido. La otra era de vagina muy sensible, según le metías la polla y le abrías el coñito, empezaba a correrse y entraba en bucle hasta que me corría en su interior llenando el preservativo.

Cuando salimos de ese local eran cerca de las seis de la mañana. Ana y yo fuimos a buscar el coche como dos enamorados, agarrados de la cintura, con la cabecita de mi mujer apoyada en mi hombro.

—Dime Luis, ¿ha merecido la pena? ¿Lo has pasado bien?

—Lo reconozco Ana, me has sorprendido gratamente, ha merecido la pena y lo he pasado muy bien. Pero…lo siento, me duele verte siendo poseída por otro hombre, oyendo como te corres con otra polla dándote placer. No consigo soportarlo.

—Ya… Luis, ¿y como crees que me siento yo al ver cómo te follas a otra mujer? ¿Cómo crees que me siento cuando le escucho pedirte más y se corre como una bendita con tu polla dentro de ella? ¿¡Eh!? ¿Cómo crees que me siento?  Hay veces que pararía todo eso y solo me gustaría tenerte para mi sola.

Creo que cuando vio como la miraba se arrepintió de haber dicho eso. La respuesta estaba clara y con todo el poder que me daba la razón se lo dije.

—Si lo que ves te hace sentir mal y yo no soporto verte follar con otro hombre, ¿qué cojones estamos haciendo perdiendo el tiempo? ¿Por qué no nos dedicamos el uno al otro y nos dejamos de estupideces?

—No es tan sencillo Luis. Prefiero no hablar de eso ahora, no quiero estropear la noche tan bonita que hemos tenido.

Yo sabía o por lo menos intuía lo que realmente pasaba. Ana podía no soportar viéndome follar con otra mujer, pero no podía pasar sin que a ella la follasen como si no hubiese un mañana. Necesitaba polla a todas horas.

Extrañamente ese fin de semana lo pasamos juntos, yendo a comer fuera, al cine, a tomar una copa tranquilamente, a cenar, sin necesidad de ir a ese odioso club. Hicimos el amor todas las noches y por fin pude disfrutar de mi mujer como hacía tiempo que no lo hacía. Nos dijimos hasta la extenuación que nos amábamos y que el uno sin el otro no éramos nada. Realmente llegué a pensar que mi mujer había recapacitado, pero todo fue un espejismo.

Durante la semana siguiente, hubo movimientos extraños. Ana me informaba de que se iba de compras con una amiga y llegaba de madrugada, pero sin bolsas y sin haberse comprado nada. O que se iba a la peluquería y llegaba cerca de medianoche, más despeinada que otra cosa. Estaba claro que Ana se iba a follar, pero lo que más me dolió fue que no me lo dijese. Quizás incluso deba estarle agradecido por tener esa deferencia conmigo, pero ella y yo sabíamos que me estaba engañando y eso era inaceptable.

Al siguiente fin de semana, volvimos a ir a ese asqueroso club que empezaba a odiar a muerte. Cambiaron los acompañantes. Esta vez fueron dos hombres de mediana edad y una mujer joven. No quiero entrar en detalles, tres hombres, dos mujeres…las dejamos rotas. A mí ni me hizo falta pastillita de las narices. Tuve que soportar el ver como esos dos indeseables se follaban a Ana como salvajes mientras mi polla follaba su boca y la llenaba de semen, fue desquiciante, aunque la otra chica corrió igual suerte, pero ella no era mi mujer.

Salimos de ese club casi amaneciendo. Aunque Ana iba agarrada a mi brazo, pienso que era para apoyarse, esos bestias la habían dejado hecha polvo, no hubo muestras de cariño y el camino a casa fue en silencio.

Pero lo peor de todo fue que sin consultarme, sin pedir mi opinión al día siguiente volvimos a ir y esta vez fueron tres los hombres y conmigo cuatro, seguro que habría que pedir turno para poder follar con mi mujer. A los veinte minutos me encontraba en la barra tomándome una copa ya vestido. No pude soportar ver como mi mujer bramaba de placer siendo salvajemente follada por esos tres indeseables. A los diez minutos Ana salió con una toalla anudada a su pecho buscándome y cuando me localizó me miró decepcionada.

—¿Qué haces que no estas dentro con nosotros? Luis, te necesito allí conmigo, necesito que estés a mi lado.

—No me pidas lo que es imposible que te dé. Si ese es tu mundo, el que te gusta vivir, no cuentes conmigo. Pero si quieres salvar tu matrimonio y seguir junto a mí, entra ahí, vístete, despídete y vámonos a casa.

A los diez minutos Ana pasó a mi lado, vestida, sin mirarme ni decir una palabra. Quise ponerme a su lado y tomarla la mano, pero la retiró de malas formas. Como el día anterior, no intercambiamos ni una palabra en todo el trayecto y cuando llegamos a casa, ni se despidió hasta el día siguiente, ni buenas noches, ni un beso, nada.

Ana tenía un grave problema, pero el primer paso era reconocerlo, era adicta al sexo, pero no conmigo. Se fue a la habitación de invitados y cerró la puerta. Me fui a nuestra cama disgustado, esa noche me costó dormir y le di muchas vueltas a todo nuestro matrimonio. Volvía a ser el único culpable de que mi vida, nuestra vida se fuese a la basura por no haber sabido parar a tiempo una situación que encima ya había vivido con Blanca. Llegué a una devastadora conclusión y esa no fue otra que Ana no iba a dejar su vida de desenfreno sexual y que nuestro matrimonio había llegado a su fin.

Cuando me desperté el domingo por la mañana, la casa estaba en un pesaroso silencio. Me levanté y me fui directamente al cuarto de invitados a ver si estaba Ana, pero su cama estaba hecha y vacía. Cuando bajé a la cocina me había dejado una fría nota:

● «Hoy paso el día fuera de casa, no me esperes a comer, ni me esperes despierto por la noche»

No me sentó bien leer esa nota, me revolvió el estómago sabiendo que Ana en esos momentos estaría ensartada por lo menos por dos pollas y de seguro buscando una tercera para que la follasen la boca, es lo que le gustaba.

Me tomé un café bebido y decidí que ese día no me quedaría en casa. Subí a nuestra habitación, metí algo de ropa en una bolsa de viaje, elegí un traje para el lunes ir a trabajar y me monté en el coche iniciando la marcha.

Hice algo que no sé cómo se me pasó por la cabeza. Puse rumbo a ese maldito club. No para ver si se encontraba allí Ana, iba para ver si había alguna mujer conocida que se quisiese venir conmigo a pasar el día como una pareja normal. Pensé que quizás siendo las horas que eran, casi la una de la tarde, o estaría cerrado o no habría nadie. Pero me equivoqué, con razón dicen que Nueva York es la ciudad que nunca duerme. Cuando entré en ese club y me fui a la barra me atendió un barman que ya nos conocía.

—Hola D. Luis, se me hace raro verle a estas horas por aquí. Si viene buscando a su mujer, esta mañana estuvo aquí muy temprano y al rato se fue con tres tipos.

Le agradecí la información con una sonrisa y pedí una cerveza bien fría. Los tres tipos serían los que dejó colgados cuando la obligué a venir conmigo, pero solo fue fachada, cuando pensó que yo dormía salió sigilosamente de nuestra casa y se largó para terminar con ellos lo que empezó por la noche.

Pensé que había sido una estupidez el haber ido a ese club cuando alguien me tocó en el hombro. Cuando me di la vuelta me encontré con una mirada azul penetrante y una cara muy guapa que me sonreía. Era una de las chicas con las que estuvimos mi mujer y yo el pasado fin de semana, y si no me equivoco, esta era la que tenía una vagina muy sensible y se corría sin parar.

—¡¡ANDA!! Hola, ¿Qué tal? Esto…—Quise hacer memoria, pero no me salía su nombre. — Perdóname, me he quedado en blanco y no recuerdo cómo te llamas. —Le dije a modo de disculpa.

—Kiara, me llamo Kiara, y tú eres Luis, ¿no?

A raíz de esto, iniciamos una agradable charla. Invité a tomar algo esa preciosidad de mujer y a mi cabeza vino cuando me tenía entre sus piernas y la follaba sin descanso notando como se corría continuamente. Eso me excitó. Ella notaría algo en mi porque me lo preguntó directamente.

—¿Estás esperando a tu mujer?

—No, ni mucho menos, solo pasaba por aquí y me he parado a tomar algo y ver si había alguien conocido. ¿Y tú? ¿Has venido con alguien?

—Bueno, estoy con un conocido, pero es muy pesado y me lo quiero quitar de encima…¿Me propones algo?

—Pues claro. Te invito a comer y luego ya iremos viendo lo que nos apetece hacer. Pero lo que te aseguro es que lo vamos a pasar muy bien.

Vi brillar los ojos de esa chica y esa sonrisa mostrando su perfecta dentadura. Los dos sabíamos que terminaríamos follando, nos lo dijimos sin palabras. Kiara fue a por sus cosas y se despidió de su conocido que se quedó con cara de no saber qué es lo que había ocurrido. Nos montamos en mi coche y cuando vio mi traje y la pequeña bolsa de viaje me lo preguntó:

—¿Te vas de viaje?

—No, ni mucho menos, pero voy a dormir fuera de casa y ese el traje que me pondré mañana para ir al trabajo.

—¿Y tu mujer? ¿Está de viaje? —Preguntó Kiara con curiosidad.

—Sabes Kiara, dejemos de hablar de mi mujer. Te propongo irnos a Long Island, conozco un restaurante que sé que te va a gustar.

Agarré su mano y se la besé suavemente. Ella me miró agradecida y hasta creo que se sonrojó ligeramente. Durante todo el trayecto no dejamos de hablar, era muy fácil charlar con ella de lo que fuese. Cuando nos sentamos a comer fue inevitable el terminar hablando de nuestro encuentro de la semana pasada. Así me enteré de que el hombre era una especie de folloamigo de la otra chica y ellas dos compartían apartamento y algún ligue de vez en cuando. Me contó que, aunque el otro la tenía más grande no lo disfrutaba tanto como conmigo porque le hacía daño. Pero realmente lo que me puso como un burro fue las confesiones que nos hicimos a continuación:

—Tú para mi tienes el tamaño ideal. Me volvía loca contigo cuando me follabas y notaba como tu polla me abría sin problema, solo sintiendo placer. Es algo que no he podido olvidar.

—Kiara y tú no te puedes imaginar cómo me excitaba viendo cómo te corrías. La sensación de tu coñito aferrándose a mi verga es difícil de borrar de la memoria. Solo me faltó besarte con desesperación, en ese momento lo eras todo para mí.

—Mi amor, ¿qué hacemos aquí? Vámonos a…

—Vámonos. —Dije, sin dejarla terminar lo que iba a decir.

Los dos sabíamos lo que deseábamos en ese momento y eso no era otra cosa que follar. Cruzando la calle donde estaba ese restaurante había un resort. Fuimos al coche y agarramos el traje y la bolsa de viaje y a los pocos minutos entrabamos en nuestra habitación, dispuestos a darlo todo.

Nos besamos con desesperación, desnudándonos, casi arrancando nuestras ropas. Kiara se abrazó a mi dejándome sentir su sensual cuerpo desnudo. Mi balano me dolía de lo duro que estaba, y sin dejar de besarnos nos fuimos hacia la cama y Kiara se tumbó boca arriba con sus piernas bien abiertas.

—Cómeme el coño mi amor, el otro día es algo que eché en falta que hicieses.

Tenía un coñito precioso, totalmente depilado, rosadito y muy cerrado. Lo abrí con mis dedos y su aroma me enloqueció, olía a mujer excitada, a flores. Su interior brillante y su clítoris pequeño como el de una niña. Besé sus ingles y mi boca se apoderó de ese manjar devorándolo y haciendo que a los pocos minutos su cuerpo se retorciese en un orgasmo arrollador. Esta chica tenía una facilidad increíble para correrse. Casi sin recuperarse retrepo hasta la mitad de la cama y se puso en medio mirándome con desesperación.

—Follame mi amor, te necesito dentro de mi…quiero sentirte.

No me hice de rogar. Sabía que no tardaría en correrme, pero con la facilidad de esta chica en llegar al orgasmo, creo que eso no importaría. Me metí entre sus piernas en el clásico misionero, fue ella la que agarro mi verga, la pajeó un par de veces y la dejó en la entrada de su coñito. Yo solo me dejé caer, metiéndosela hasta los huevos.

—Jodeeer Kiara…que apretadita estas…ahhhhhh… —Gemí en su oído.

—Dioooos que ricoooooooh…me corrooooooh… —Gimoteo Kiara empezando a temblar.

Kiara se abrazó a mí con fuerza, gimiendo en mi oído, encadenando orgasmos. Notaba su cuerpecito temblar continuamente preámbulo de los orgasmos que se le avecinaban. Tanta pasión, tanta excitación hicieron mella en mi aguante. Kiara me estaba llevando a un punto sin retorno y con la fogosidad del momento ni habíamos utilizado protección. Con la poca cordura que me quedaba debido a la pasión del momento intenté sacar mi polla de su coñito, pero ella me lo impidió.

—Cielo…me corrooo…me voy a correeeer…

—Dentro mi amor, déjame sentirlo dentro de mí.

—Bufffff…Kiaraaaaaaa…aggggg…

—Siiiiiii…Diooooos, siiiiiiiii…maaaas…maaaaaas…llenameeeee mi amoooor…

Kiara elevo sus caderas para clavarse mi polla hasta la empuñadura mientras se corría entre gemidos guturales de placer. Los músculos de su vagina ordeñaban mi polla para que soltase toda su carga en su útero, mientras nos comíamos la boca con desesperación. Joder, creo que fue uno de los orgasmos más largos que he tenido en mi vida e inundé su coñito de semen hasta que rebosó, cayendo por su culo hasta la colcha.

Nos quedamos abrazados, con mi polla bien clavada en el interior de ese agujerito tan acogedor, acompasando nuestras respiraciones, mientras nos besábamos con dulzura. Con cuidado me salí de su interior y me tumbé a su lado. Ella enseguida buscó mi abrazo y yo su boca para besarla de nuevo.

—Dios Luis me has dejado agotada, pero me encanta como me has follado, mil veces mejor que el otro día.

—El otro día, hubo muchas cosas que dejamos de hacer. Yo por ejemplo, no probé tu culo y es un culo como pocos he visto, es precioso.

—Déjame recuperarme y te voy a dar todo lo que me pidas. —Dijo Kiara con afecto.

—¿No crees que estamos un poco locos? —Pregunté.

—¿Por? —Me miró extrañada Kiara.

—Lo hemos hecho sin protección y me he corrido dentro de ti, ¿no crees que es una locura?

—Si que es un poco locura, pero, no sé, aunque hace muy poco que nos conocemos, me transmites tanta confianza que ni me he planteado utilizar preservativo y por lo de correrte dentro, tranquilo, me cuido. Además, me ha encantado sentirte piel con piel y notar cuando te corrías en mi interior…ufffff…mira, —dijo Kiara enseñándome el brazo, — la piel de gallina cuando lo pienso.

—Kiara, hay algo que me gustaría decirte, si hablas con mi mujer, no comentes nada de esto.

—¿Tú mujer? No, tu mujer y yo no somos amigas, nos conocimos el día que follamos. Tu mujer a quien conocía es al chico que nos acompañaba el otro día, que es el folloamigo de mi compañera de piso. Le llamó y le propuso lo del club, mi compañera me lo propuso a mí y bueno, la idea me pareció excitante y allí que fuimos, el resto ya lo sabes.

—Me sorprende, ¿y si no os hubiésemos gustado? ¿Si no hubiese habido feeling?

—Yo lo tenía muy claro, y se lo dije a los dos, si no me gusta lo que veo me voy por donde he venido. Pero según entramos y te vi, ya te quería follar, joder Luis estas buenísimo, es que te comía enterito.

Puse a Kiara encima de mi cuerpo, mi polla ya estaba lista de nuevo para un segundo asalto y con esa chica encima de mí, mis manos se fueron a acariciar y amasar ese culo que me volvía loco, nos estuvimos besando apasionadamente hasta que Kiara se incorporó y dándose la vuelta hicimos un 69. Su culito aparecía brillante, del mismo color que su piel y su anito se abría y se cerraba según me hacia una buena mamada. Me comí ese anito con gusto y me lo follé con mi lengua arrancando gemidos de placer de esa mujer. Cuando no aguantó más se fue hacia los pies de la cama y estando en cuatro apoyó su pecho en el colchón y con sus manos separó sus nalgas dejándome a la vista sus dos orificios.

—Fóllame el culo mi amor, quiero dártelo todo.

La visión era excitante, pero primero se la clavé en su coñito para lubricarla bien. Como la vez anterior fue metérsela hasta los huevos y empezar a correrse.

—Dioooos que ricoooooo… —Gimió Kiara

Noté como su cuerpo temblaba y las contracciones de su vagina y su anito. Cuando terminó, se la saqué llena de sus babitas y apunté mi glande a su anito, entró con mucha facilidad y sin apenas dolor, era excitante ver como ese culito de ensueño se tragaba mis veintiún centímetros sin problema. Durante un buen rato me follé ese culo a placer, entre grititos, gemidos profundos y orgasmos de Kiara que se corrió aullando como una loba cuando regué sus intestinos con mi abundante corrida.

—Dios Luis, eres mi hombre ideal, ¿no estarás pensando en divorciarte?

—¿Por qué lo preguntas? —Dije sorprendido.

—Aunque no lo creas no he estado con muchos hombres, pero contigo es con el único con el que no paro de correrme y si te divorcias, voy a por ti a saco. —Dijo Kiara riéndose.

—Tranquila, si ocurre, serás la primera en enterarte. —Dije con una sonrisa.

Lo que no sabía Kiara en esos momentos es que prácticamente ya tenía decidido pedir el divorcio a Ana. No iba a permitir, aunque lo consentí e incluso participé, en que follase sin límites y sin contar conmigo para nada, que hiciese su vida sexual aparte de la mía, es que no me cabía en la cabeza como podía haber cambiado tanto su manera de ser. ¿Que había fallado dentro de su cabeza?

Ya era un poco tarde, llevábamos cuatro horas follando y se me habían pasado volando. Teníamos hambre, nos duchamos y nos fuimos a cenar algo. Durante la cena hablé con Kiara sobre si se quedaría a pasar la noche conmigo y ella estuvo encantada con la idea. Además, al día siguiente ella entraba en turno de tarde y tenía la mañana libre.

Cuando volvimos a nuestra habitación, y aunque antes nos habíamos duchado, llenamos el jacuzzi, nos desnudamos y nos metimos dentro. Solo hicieron falta un par de minutos para que Kiara se sentara a horcajadas sobre mí y se metiese mi polla hasta que hizo tope en su matriz.

En esa postura me di un festín con sus tetas, suaves, generosas en tamaño y que se mantenían erguidas desafiando a la gravedad. Sus areolas pequeñas, rosaditas y con un pezón casi rojo, firme, lujoso, que mordisqueaba con delicadeza mientras mi lengua lamía y mi boca succionaba. Mis manos agarraban sus nalgas con gula, amasándolas, moviéndola de adelante a atrás, que su clítoris se rozase con mi pubis y mi dedo índice se introducía en su anito para darle más placer. De nuevo note como su cuerpecito temblaba…

—Dios mi amor, me encanta como me tratas…me voy a correr…Luiiiis…Diooooos, siiiiiiiii.

Kiara buscó mi boca y me besó con desesperación mientras sus caderas se movían con furia. Tardé un poco en alcanzar mi orgasmo, pero en todo ese tiempo esa chica no dejo de gemir, de darme placer y de correrse con mi polla bien clavada en su coñito. Cuando me corrí en su interior, relajó todo su cuerpo y apoyó su cabecita entre mi cuello y mi hombro recuperando su respiración. Estuvimos así unos minutos, y mirándome, volvió a besarme, pero me lo dijo fatigada.

—Me hace falta descansar, estoy rendida, creo que nunca he tenido tantos orgasmos en mi vida como hoy.

—Vamos a secarnos y vamos a la cama cielo, déjame que te ayude.

No voy a negar que con Kiara me sentía muy a gusto. Era muy cariñosa, amable, dulce, simpática y la estaba tratando como si fuese mi pareja, echaba de menos ese trato cariñoso que hacía tiempo que no tenía con Ana.

Agarré un albornoz y se lo puse, la abracé contra mí y froté vigorosamente su espalda, para seguidamente tomar una toalla y secar sus piernas y su preciosa cara. Kiara miraba embobada mis evoluciones, estaba fascinada y me lo dijo con sentimiento.

—Luis…te quiero.

—Como puedes decir eso si no me conoces. —Afirmé.

—Solo por cómo te estas comportando conmigo sin conocerme, eres de los hombres a los que hay que querer, amar, venerar, cuidar y no dejar escapar. Luis, nunca nadie me ha tratado como lo estás haciendo tú. Por eso te lo vuelvo a repetir…te quiero.

—Ojalá estuviese aquí mi mujer para que te oyese. —Dije cabizbajo.

—Luis mírame, —me pidió Kiara.— Se que tienes problemas con tu mujer, lo sé desde el otro día que estuvimos juntos. Me fije en ella y tenía ciertos detalles que una mujer casada no debería de tener con su marido aun siendo liberales y manteniendo una relación abierta. Y tú mirada, tú mirada lo dice todo, es muy triste, tú no eres feliz.

—¿Que detalles? —Pregunté intrigado.

—Cielo, detalles que solo una mujer puede ver, créeme, y dime si me equivoco en lo que te he dicho.

—No Kiara, no te equivocas.

—Se que es difícil abrirse a una desconocida, solo hace dos días que nos tratamos y no para hablar precisamente, —rió Kiara,— pero quiero que sepas que me tienes para lo que necesites, y si quieres hablar de ello, te escucharé con atención y te prestaré todo mi apoyo.

—Gracias Kiara, eres un amor.

La besé y la estreché con fuerza entre mis brazos. Lo cierto es que era muy fácil encariñarse con esta chica, pero en estos momentos no estaba como para empezar ninguna nueva relación. Primero debía de terminar con una y luego si deseaba volver a tener pareja, asegurarme que no fuese liberal y que no desease tener una relación abierta. La verdad es que ya habían pasado cerca de diez años desde lo de Blanca y desde entonces mi vida no es que fuese idílica como pensé cuando me casé con Ana. Todo lo contrario, todo lo que soñé y deseé en una mujer solo lo conseguí fugazmente, para después convertirse en una auténtica pesadilla.

Tomé en brazos a Kiara y la llevé a la cama, nos quitamos el albornoz y nos metimos entre las sábanas los dos desnudos. Kiara me dio la espalda y se pegó a mi haciendo la “cucharita” y me lo pidió con una súplica muy melosa, —«abrázame, ¿quieres?»— Como no voy a querer, mi polla estaba de nuevo como el cerrojo de un penal. La alojé entre sus nalgas y ella se movió sensualmente para encajarla bien, mientras mis brazos abarcaban su cuerpo, acariciando sus suaves senos y erizados pezones.

Esa niña se durmió entre gemidos de placer y calientes caricias de mis manos, mientras mis caderas se pegaban a ese magnífico culo dejando que ella sintiera mi excitación. Tardamos muy poco en quedarnos dormidos profundamente, yo me desperté sin saber la hora que sería, mi teléfono móvil no hacía más que vibrar y vibrar continuamente.

Cuando lo miré eran más de las tres de la mañana y la llamada era de Ana que por supuesto no acepté. Vi que tenía mensajes desde las 2,30 de la madrugada, hora en la que Ana llegaría a casa y vio que no había nadie. Realmente no se si estaba preocupada o sentía curiosidad por saber dónde andaba, pero estaba demasiado a gusto con Kiara como para aceptar esa llamada a esas horas. Me levanté para ir al baño y de paso dejar mi teléfono escondido entre toallas para no escucharlo.

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