ISA HDEZ

Vivía solo con su madre, su padre había fallecido y su madre lo cuidaba, lo protegía y agenciaba para subsistir los dos. Trabajaba en una casona adinerada donde la explotaban por una mísera cantidad de dinero que les permitía mal comer y mantener la casa. Pablo tenía solo once años, y al salir de la escuela, se quedaba en la casa solo hasta que llegaba su madre tras todo el día trabajando en la casona. Su madre le dejaba comida preparada para que cenara y se acostara temprano, porque debía madrugar para ir andando a la escuela que quedaba retirada de la casa. Mariana caía rendida en la cama y dormía de un tirón, pero Pablo deambulaba por la noche porque no podía dormir. Por la mañana se lo contaba a su madre, pero esta no le prestaba atención y pensaba que eran manías o cosas de niños. Pablo hablaba por las noches con su padre y este le contaba historias del más allá. Le decía que no podía descansar en paz porque andaba errante como castigo por lo mal que trató a su madre. Al principio Pablo se asustaba, pero con el tiempo se acostumbró y todas las noches su padre le pedía que le dijera a su madre que lo perdonara. La madre no quería ni oír hablar del padre, la maltrató y la dejó sumida en la miseria, se gastó todo lo que tenían, bebía en las cantinas. Carmen no tenía tiempo ni de pensar, y mucho menos de historias del más allá. Cuando Pablo le contaba que hablaba con su padre, ella no lo creía, además,  le decía que jamás lo perdonaría y que se quedó en paz cuando se murió, que ojalá le hubiera pasado antes el accidente. Pablo se lo transmitía al padre por la noche, que él sí lo había perdonado, pero que su madre no quería ni que se lo nombrara. El padre apenado le contaba que seguiría penando hasta conseguir el perdón de su madre.

Un día la Mariana le señaló a Pablo que ya no le guardaba rencor a su padre, que durmiera tranquilo que su corazón ya no albergaba rencor y que ya lo había perdonado. Esa noche Pablo se acostó temprano y un fuego helado lo invadió, temblaba de emoción, y ansiaba que llegara el momento de contarle a su padre lo que le dijo su madre. Esperaba ese instante eterno de la voz profunda que le pedía paz y compasión cada noche. Deseaba decírselo a su padre para que descansara en paz, pero no apareció esa noche. Nunca más lo vio ni lo escuchó. Pablo, desde entonces, no deambula por las noches.

©Isa Hdez.

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