TANATOS 12

CAPÍTULO 32
Realizando las tareas más cotidianas, y sufriendo los compromisos sociales más obligados, era cuando me sentía más consciente de que habíamos creado prácticamente dos vidas.
Eso era lo que pensaba, en aquel cumpleaños insustancial, al que habían acudido los amigos de la urbanización de aquel niño que cumplía nueve años. Me explicaron que la primera parte del cumpleaños ya la había celebrado el día anterior con los amigos del colegio, y yo maldecía haber sido niño, pero del siglo veinte.
Veía las parejas, madres y padres, de clase media, pero media muy solvente, y me preguntaba si vivían un absoluto tedio o si habría alguno, o alguna, que estuviera metido también en algún tipo de locura. Y después miré a María, que se desenvolvía mejor que yo en aquel small talk, y que llevaba unos vaqueros claros, de tiro alto, como de los noventa, y una camisa verde algo suelta. En un look de aquellos modernos que confrontaba, rebelde, a la ranciedad de su lunes a viernes.
Las dos vidas que teníamos ya asentadas, pues ya habían pasado casi quince meses desde que había comenzado todo, se entrecruzaban en momentos puntuales. Por ejemplo, aquella tarde, cuando ella se agachaba a hacerle alguna gracia a un niño, y entonces un padre vivía su mayor aventura del trimestre, ojeando por aquel escote que se le regalaba, casual, y rogaba a su suerte alcanzar a ver, aunque solo fuera un milímetro, de su sujetador. Yo sabía que aquella aura de fémina irresistible fabricaba momentos de encierro adolescente en los cuartos de baño de aquellos padres de familia, quizás tras varios “pues no es tan guapa” recientemente dichos por sus propias mujeres.
Aquel era el máximo entrecruzamiento de vidas que yo esperaba aquel domingo, pero Begoña quiso que no fuera así.
Mientras María cogía en el regazo a uno de los niños más pequeños de aquel evento, seguramente el hermano pequeño de algún amigo invitado, mi teléfono vibraba y me encontraba con un mensaje, bastante extenso, de aquella niña pija, que pretendía aclararme cosas como “no pienses que soy una lagarta”, con aquel lenguaje tan peculiar suyo que me hacía bastante gracia. En esencia se disculpaba, para mí sin tener por qué, de habernos besado, dos veces, cuando yo tenía novia. Me decía también que estaba en mi derecho de seguir con María y de sepultar la infidelidad de ella y que entendería que no le escribiera más. Su pulla de la infidelidad me incomodó y sabía que ella había buscado precisamente eso, como una despedida, pero adjuntando siempre su martilleante mensaje.
No quise darle vueltas a si quería o no volver a verla, a si había sentido mucho o no tanto durante aquel segundo beso, pues tenía claro que no podía mantener aquel frente abierto. Concluí entonces, convencido, que el fin de eso era ahí, tanto que ni respondí a aquel mensaje.
Guardé mi teléfono y vi que el niño que colgaba de María, tiraba, quizás instintivamente, de su camisa verde, regalándole a su padre, que le hablaba a ella, nervioso, una visión de más carne de la soñada, y dándole material nítido y contundente para una desahogo solitario para aquella misma noche.
Durante los días siguientes yo esperaba poder disfrutar de los ecos o de la estela de lo vivido aquel sábado en casa de Carlos, pero María ponía cada noche sobre la mesa toda la colección de elementos tácitos que me advertían de que nada sexual pasaría. Lo hiriente y doloroso era que sus indirectas negativas venían muchas veces precedidas de varios mensajes con Carlos; otra vez sin cortarse demasiado porque yo viera su pantalla del teléfono, otra vez queriendo mostrar aquellos claros y maduros compartimentos estanco.
La noche del jueves le pregunté por él y ella me dijo que estaba otra vez de viaje. Y me dijo también que ella volvería a irse al día siguiente a pasar el fin de semana en casa de sus padres. En un principio me extrañó y sospeché, pues me parecía que no hacía mucho que les había visitado, y después eché cuentas y supe que había pasado un mes… No era común, pero tampoco extremadamente inusual, por lo que sospechar o no de que quería escribirse y hablar por teléfono con él, sin mi molesta presencia, quedaba entonces a mi elección.
El sábado por la noche tenía otra cena con amigos, de esas de menú degustación, que tanto les gustaba últimamente, y que a mí tampoco me volvían loco, pero se acabó posponiendo al sábado siguiente por producirse algunas bajas de última hora. Me encontré por tanto solo en casa y opté por llamar a María y una robótica voz asaltó entonces mi oído, anunciándome que ese número de teléfono estaba ocupado.
Sentí mi sospecha justificada y me la imaginé teniendo sexo telefónico con aquel hombre, el cual había estado a nada de follarla justo una semana atrás. Recordé aquel momento en el que ella le suplicaba que la penetrara, él decía que para ello no me quería a mí presente, y ella me miraba enigmática, quizás pidiendo permiso. Posteriormente ella le había rechazado, quién sabe si por sentido común o por orgullo… Pero yo comencé a imaginar qué hubiera pasado si hubiera forzado una caricia sobre una de sus tetas desnudas… O qué hubiera pasado si él hubiera llevado la punta de su miembro a la entrada de su coño… durante aquel impasse de duda.
Ya con mi miembro semi erecto, en el sofá, me imaginaba eso, que Carlos frotaba la punta de su polla sobre el coño deshecho y hambriento de ella… y que con ese roce María ya no era capaz de negarse. Su miembro se deslizaba entonces por el interior de su cuerpo, abriendo con decisión las paredes de su coño, y María cerraba los ojos y se dejaba penetrar, acompañando la masculina y firme penetración de su amante con un gemido de agradecimiento, y alivio, que me mataba, de celos y de morbo. Carlos me miraba entonces, mostrando su enorme polla entrando y saliendo del coño de ella, como diciéndome cómo se debía satisfacer a mi propia novia.
Me masturbaba en la soledad de mi casa imaginando a aquel señor hundirse en ella, follándola lentamente, besándola, susurrándole al oído y a ella llevando sus manos a su culo, sobre su pantalón de traje, como a ella le excitaba, pues su pollón seguía asomando de allí, sin desnudarse por completo. Y después ella le montaba, dándole la espalda, gimiendo entregada, con sus pechos botando exageradamente, frente a mí, pero sin verme, aún vestida con sus zapatos, calcetines, falda y camisa de colegiala. Ridícula. Casi patética. Entregada así de esperpéntica, disfrazada para él, pero volviéndome loco a mí… y yo me masturbaba, frente a ella, hipnotizado por aquella imagen, por verla así… jadeando, con la camisa abierta, agarrando sus pechos para que no rebotasen de aquella forma tan grotesca… y gritando unos “¡Joder!” , “¡Qué bien me follas!” que eran gratitud y reconocimiento para él y castigo para mí… Y así comencé eyacular, allí recostado, imaginando a María corriéndose, sin la necesidad de tocarse, subiendo y bajando de aquella polla potente, varonil y precisa, mientras Carlos se las apañaba para mirarme fijamente, diciéndome con sus ojos cómo se llevaba al orgasmo a una hembra como María.
Mareado, con mi ombligo teñido de blanco, volví a la realidad…
Tras limpiarme en el cuarto de baño y regresar al salón, la volví a llamar, y esta vez sí estaba disponible y sí me cogió el teléfono. Yo buscaba pistas que me indicasen si se estaba reponiendo de un clímax telefónico, pero era imposible saberlo.
Pensé que la conversación no daría mucho de sí, y entonces le comenté sobre mi aburrimiento en fines de semana como en aquel y, para mi sorpresa mayúscula, me espetó:
—Puedes quedar mañana con Begoña, siempre será mejor que pasar el día solo.
—¿Qué? —dije sorprendidísimo.
—Si te cae bien y estás un poco tirado…
—Hombre, no sé…
—Te lo digo en serio. Si te cae bien. No sé por qué no.
No le quise responder sobre cuanto me extrañaba aquella propuesta, que no era del todo nueva, y le dije que tenía otra gente con la que entretenerme. Y entonces la conversación derivó en otros temas, y no duró mucho más, bajo la excusa o el razonamiento de ella de que ya era tarde. Y lo era y no lo era a la vez, por lo que me dejaba otra vez a mi elección si querer sospechar o no.
Tras colgar pensé en Begoña y en cómo llevaría su recién estrenada soltería. Deduje que seguro tenía aspiraciones mayores que mis dos besos, y con chicos de su edad. Pensé también en que no le faltarían candidatos, aunque quizás no como Edu, y recordé aquello del juego que habían tenido durante su corto noviazgo, aquel en el que Begoña simulaba ser María para él. Y reflexioné sobre que era verdad lo que ella había dicho, que mi juego original había derivado en un juego de roles que afectaba ya a varias personas.
Tras llevar un rato pensando en ella… y, quizás por hastío o por la perenne necesidad de no sepultar los terrenos minados, me encontré escribiéndole a aquella niña pija, faltando a aquella especie de pacto conmigo mismo. Le dije que no tenía por qué disculparse, lo cual me parecía cierto, y una Begoña, siempre disponible, me respondía, e iniciábamos una conversación de las nuestras, de todo y de nada, pero entretenida, suave, ligera, que se contraponía con tanto intangible asfixiante que llevaba meses sintiendo.
Pasábamos de la broma a la confesión, y de la confesión a la broma. Los nombres de Carlos, de Edu y de María, salpicaban nuestra pantalla, aunque de forma siempre ligera. Cuando, sin saber muy bien a cuento de qué, yo le decía que María me había planteado varias veces que quedara con ella.
—¿Que María te ha dicho de quedar conmigo varias veces? Anonadada me hallo —escribió con su vis cómica.
—Sí —respondí, y recibí entonces un emoticono de una cabeza pensando.
—Mmm… Parece claro.
—¿El qué? —pregunté.
—Me lo vas a negar. Me dirás que estoy siempre con lo mismo. Pero yo lo veo claro —escribió, haciéndose la interesante.
—No. Dime. Ya veré yo después la validez que le doy a tu reflexión…
—¿Te mando un audio, ok? Pero no van a ser gemidos.
—Vale, vale —escribí y sonreí.
Me quedé unos segundos mirando la pantalla, hasta que me llegó su nota de voz. Pulsé entonces play y escuché aquella voz, algo pija, pero ciertamente muy bonita:
“Pues me parece…  claramente… muy claramente… ¿vale?, que le gusta bastante el viejo ese, que también te digo que algo pegan, pero ese es otro tema. Y que pretende que tú y yo empecemos algo, aunque solo sea una chispita tonta, para poder así dejarte por él con la conciencia más tranquila, y ahorrándose así grandes cantidades de drama”.

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