ANTONIO LÓPEZ VALLEJO

Soy solo una paloma del parque, una que ha visto nacer a todas las demás, como lo mismo que las demás, bebo la misma agua, respiro el mismo aire y, sin embargo, siendo la más vieja, vuelo igual que la más joven.

Cuando el mundo era nuevo y apenas empezaba a volar el parque se llenaba con grupos de niños y jóvenes que reían, jugaban, chillaban y peleaban. Yo lo veía todo desde arriba, encaramada sobre alguno de los balcones que daban al parque, o subida a una de las ramas del joven nogal, que por aquel entonces era poco más que un plantón. Me gustaba sentir el ruido, el trajín, la alegría y la felicidad que nacía en aquel parque que, conforme iba atardeciendo, se iba vaciando de juventud e iban apareciendo los abuelos, uno por banco, cargando sus soledades, sus muchos años y sus bolsas con maíz o migajas de pan que iban esparciendo alrededor suyo, sobre el suelo del parque… solo con recordarlo se me hace la boca agua: la tarde se convertía en una fiesta, había comida por todas partes, yo bajaba volando, a disputarme con mis congéneres aquel festín donde había de sobra para todas y, sin embargo, todas parecíamos querer el mismo trocito de pan o el mismo grano de maíz, y nos lanzábamos a la carrera a por la migaja que estaba apunto de agarrar otra de nosotras; aquello era parte de nuestra naturaleza y no podíamos evitarlo. Al final todas comíamos hasta llenar bien la panza, bebíamos agua en la fuente, que por aquel entonces no disponía de un circuito cerrado que estropeara el gusto y la calidad, sino que era una corriente continua de agua potable y fresca. Después nos íbamos a dormir, unas a los cipreses que delimitaban el parque, otras se perdían más allá de los edificios altos, y las que quedábamos nos repartíamos por los pequeños árboles que habían plantado hacía poco, con la última remodelación del parque; yo siempre, no sé por qué, prefería irme a dormir entre las ramas del nogal. Había decenas de árboles en el parque, todos con ramas agradables y protectoras, pero yo, sin saber explicármelo, siempre prefería irme a dormir entre las ramas del nogal.

Sin tiempo para darme cuenta iban pasando los días, las semanas y las estaciones, unos congéneres desaparecían de repente y aparecían otros nuevos. He visto cambiar muchas cosas, derrumbarse edificios enteros y crecer otros más altos, más feos, sin balcones y con pinchos en los tejados, para que no podamos subirnos a mirar el mundo desde ellos; he visto caer árboles y plantar otros nuevos, aunque, gracias al cielo, mi nogal sigue ahí, fuerte y sano, más alto y más frondoso, albergando cada noche a montones de nosotras entre sus ramas; he visto hacerse mayores a los niños que jugaban a la pelota en el parque y he ido viendo desaparecer, uno por uno, a los abuelos que llegaban al atardecer, hasta quedar todos los bancos vacíos. He vivido muchos cambios, pero siempre he tratado de continuar con las cosas que me complacen, una de ellas, quizás la que más, es, cada mañana, antes incluso de que salga el sol, despertar a la vez que las demás y volar lejos, hasta los cables que cuelgan entre postes más allá de la ciudad; allí, agrupadas, nos gusta esperar el nacimiento del sol y calentarnos con sus primeros rayos, mientras disfrutamos de las vistas del campo a un lado y de la ciudad al otro. Después, poco a poco, conforme vamos sintiendo nuestros pequeños huesos reconfortados con el sol, vamos levantando el vuelo, a unas les gusta ir a los campanarios de las iglesias, que antiguamente eran los lugares más altos de la ciudad y desde donde nuestros ancestros gozaban de la mejor perspectiva de la misma; otras patrullan las calles, buscando algo que echarse al pico; yo me voy a mi parque y, desde mi nogal, miro al mundo, que es ya otro: sigue habiendo grupos de niños y de jóvenes, pero es raro verlos jugar, reír, chillar o pelear, pues pasan las horas sentados en los bancos que antes eran de los abuelos, mirando unos pequeños aparatos de donde no paran de salir luces y sonidos metálicos, apenas se miran unos a otros y sus ojos parecen estar como poseídos, moviéndose sin parar, pestañeando de forma nerviosa… es todo muy raro. Cuando se van, uno detrás de otro, con la cabeza gacha, sin dejar de mirar sus extraños artefactos, lo hacen en silencio, sin mirar donde ponen sus pies, hasta el punto de que si uno tropieza en una piedra, igualmente tropiezan todos los que van detrás. Después, a la hora de los abuelos, el parque está vacío, pues los abuelos de hoy ya no van a los parques, viven todos juntos en edificios llenos de rejas pensadas más para impedir la salida que la entrada, donde todas las luces se encienden y se apagan a la misma hora y ellos se juntan a dormitar con los ojos abiertos en pequeñas placitas interiores, sin bolsas con migajas de pan o granos de maíz. Me gustaba más el mundo de antes, con sus ruidos y trajines, sus niños chillando y sus abuelos regando el suelo con maíz, pero de nada sirve mi opinión, pues yo soy apenas una simple paloma del parque. Al menos mi nogal sigue ahí, dándome cobijo cada noche.

Así, me he ido dando cuenta de que la naturaleza de este mundo es cambiante, lo cual no deja de ser divertido en cierto modo, sobre todo desde mi papel de observadora sin más. Tengo curiosidad por saber cuáles serán los próximos cambios de este mundo: ¿cómo serán los nuevos edificios? ¿qué ocurrirá con los niños del futuro? ¿y con los niños de hoy cuando sean abuelos? ¿hasta dónde llegará mi nogal con el paso de los años? ¿será quizás más alto que el cielo? Pero también tengo curiosidad por saber donde van mis congéneres cuando se van, ¿cuando dejan de estar aquí a qué sitio van? Quiero saber qué hay al otro lado, estoy preparada para el viaje y quiero reunirme con todas las que se fueron antes que yo y conocer ese nuevo mundo en el que están, ¿cómo será? ¿habrá niños? ¿habrá abuelos? ¿habrá maíz?

https://antoniolopezvallejo.wordpress.com/

Un comentario sobre “Sólo una paloma

  1. Estimado colega de pluma,
    El título me atrajo, la paloma es el ave de mi preferencia.
    Leí con suma atención tus formidables líneas…me sentí cerca de la narradora/personaje…cuantas verdades en sus apreciaciones…
    El final un poco triste, quizás por su profundidad, pero refleja una forma de ver el mundo, y ello es positivo compartirlo.
    ¡¡MIS FELICITACIONES!!
    Shalom desde Israel

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