LLUN ROC

Andrónicos el eunuco

En aquellos días sucedió que Honorata fue llamada una vez más a palacio por el emperador Constantino, hijo de Constante, pues se había alzado un cruel usurpador de nombre Sapor. Y este Sapor, al ser de origen persa había mandado un mensajero a la corte del rey de Persia, reclamando su apoyo para que triunfase su revuelta contra el trono. Por ello, quiso el emperador que Honorata viajase también a la corte persa junto a un alto embajador imperial, de nombre Andrónicos, para convencer al rey persa de que no apoyase al rebelde.

 Durante su largo viaje hasta la corte persa, Honorata tuvo tiempo de conocer bien a Andrónicos. De origen bárbaro, fue esclavizado de niño y hecho eunuco, sirviendo toda su vida en la corte imperial. Pero como era inteligente y prudente, además de un gran orador, fue escalando posiciones hasta convertirse en uno de los más más respetados mensajeros del emperador, a quien enviaba cuando buscaba negociar sobre los más importantes asuntos. Honorata quedó admirada por lo juicioso que parecía y por su facilidad de palabra, pese a su edad, pues era Andrónicos todavía joven, aunque su condición de eunuco hacía que fuese difícil calcular su edad, pues carecía de todas las características propias de un varón. Por lo demás, era alto y extremadamente delgado, con rizos rojizos que revelaban su origen bárbaro y piel blanca y delicada como la de una muchacha.

Al llegar a la corte del rey persa, el enviado de Sapor ya estaba allí, pero aún no había sido recibido por el gran rey, pues este sabía que Andrónicos el eunuco y la santa Honorata estaban en camino, y ambos tenían fama entre los persas por su habilidad retórica y su cercanía al emperador.

Honorata y Andrónicos fueron recibidos en el rico salón del trono del soberano persa, y allí mismo estaba el enviado de Sapor, un hombre vulgar de nombre Sergio. Allí donde Andrónicos tenía una presencia digna y majestuosa, Sergio tenía la presencia de un siervo. Era un joven de piel oscura, mucho más bajo que Andrónicos pero más musculoso, de mirada bestial y desafiante y sonrisa maliciosa. Comenzó preguntando el soberano persa por qué debía apoyar a cualquiera de los dos, si el emperador de Constantinopla era su enemigo y aquel general rebelde lo acabaría siendo también cuando se hiciese con el trono. Primero intervino Sergio, que dirigió al soberano de los persas vagas promesas de una alianza entre Constantinopla y el trono persa cuando su señor Sapor se hiciera con el poder en el imperio. El rey persa no pareció muy convencido, así que intervino Andrónicos, y su retórica fue brillante, adulando al rey persa como un gran señor y un soberano justo, enfrentado ciertamente a su señor emperador, pero ambos procedían de grandes linajes y por ello eran hombres nobles que cumplían su palabra y cuando firmaban una tregua, esta se respetaba. Por el contrario, el tal Sapor era ciertamente de origen persa, pero había vivido toda su vida en el imperio, sirviendo como soldado, y aunque llegó hasta general, era de origen humilde y como tal tenía mentalidad de siervo, era poco de fiar y prometía más de lo que luego podría cumplir, pues nada sabía del honor y de las altas virtudes que adornan a un gran gobernante.

El rey persa pareció complacido con tal argumentación y la reunión parecía a punto de concluir, pero entonces Sergio, sabiendo que con retórica no ganaría a Andrónicos, decidió atacarle y humillarle delante del emperador y su corte. Se mostró hiriente y despectivo, diciendo que aquellos eran asuntos de hombres y que hombres eran tanto él mismo, como su señor Sapor y el soberano persa. Mientras que el emperador no era un hombre, sino tan solo un muchacho, y sus enviados eran una mujer y un eunuco, ni hombre ni mujer.

Y aunque el rey persa se mantuvo serio al escuchar aquellos, muchos hombres de su corte rieron. Y viendo aquellas respuestas, Sergio fue más lejos y comenzó a bromear como un asno sobre el aspecto de Andrónicos, lo que provocó aún más risas. Honorata contemplaba la escena unos pasos por detrás, escoltada por la pequeña guarnición que les acompañó en su viaje. Y cuando Sergio llegó al punto de poner las manos encima a Andrónicos, aquellos hombres armados echaron mano a sus espadas, pero Honorata se dirigió a ellos y les dijo que no desenvainaran sus armas en presencia del rey persa, pues podría tener consecuencias terribles.

Andrónicos estaba lleno de ira e indignación por el trato denigrante que estaba recibiendo por parte de aquel joven vulgar, que no paraba de reírse de su condición de eunuco delante de aquellos hombres, y de nada servían las palabras frente a la fuerza bruta, pues Sergio agarró a Andrónicos de los hombros y lo zarandeó violentamente, pues pese a ser más bajo era mucho más fuerte que el frágil eunuco. Lo agarró de sus rizos y le comenzó a arrancar sus ricas ropas hasta dejarlo desnudo. Y Honorata susurró a sus hombres que aquella terrible afrenta contra un enviado imperial tendría su justo castigo, pero no de los hombres, sino del mismo Dios.

Los persas rieron con fuerza al ver cómo aquel joven insolente avergonzaba al pobre eunuco, dominándolo físicamente y exhibiendo su desnudez. El rey persa se sentía avergonzado, pero consintió que aquello continuase porque quería que todos en su corte viesen lo brutales y salvajes que podían llegar a ser los imperiales. Sergio se burlaba a gritos de aquella piel blanca y sin vello, y de aquel miembro minúsculo entre sus piernas sin nada colgado debajo, preguntando al rey persa si un hombre rudo y fuerte como él aceptaría lecciones de aquella criatura. En un exceso de vulgaridad, Sergio mostró sus atributos masculinos diciendo que aquello sí era un hombre de verdad, tan viril como todos los presentes. Y todos los guardias y dignatarios y magos del gran rey se escandalizaron, pero no sin cierta diversión. El propio rey esbozaba una sonrisa por lo atrevido y brutal que era aquel joven.

Andrónicos, pese a ser eunuco siempre había sido respetado por su elocuencia allá donde había sido enviado por su señor, y nunca había sufrido una vergüenza tan degradante como a la que le estaba sometiendo aquel bestial Sergio. Continuaba sujetándole por los cabellos y por mucho que el eunuco tratase de liberarse, le faltaba fuerza para lograrlo. Mientras, Sergio agarraba con su otra mano su virilidad, que ciertamente parecía imponente comparada con la penosa ausencia de ella entre las piernas de Andrónicos. Honorata permanecía tras ellos rezando, mientras los hombres que la escoltaban apretaban los dientes con rabia.

Fue entonces cuando se obró el milagro. Sergio agarraba el saco largo y pesado que colgaba entre sus piernas, que parecía una limosnera con dos grandes doblones en su interior. Pero ante la vista de todos, aquellos dos pesados doblones parecieron encogerse hasta desaparecer, a la vez que la limosnera menguaba de tamaño, hasta quedar seca y deshinchada, como un pellejo de vino vacío, cada vez más pegada al cuerpo, mientras su miembro también se empequeñecía y se atrofiaba. Y en un instante, la imponente virilidad de Sergio se vio reducida a la nada. Y mientras aquel prodigio ocurría, el diminuto miembro de Andrónicos comenzaba a ensancharse y crecer, mientras la reducida y años atrás cicatrizada piel que había bajo él, comenzaba a crecer y a colgar como si de una limosnera se tratase mientras se llenaba con el volumen de dos grandes y pesados doblones.

Todos quedaron asombrados al contemplar a aquellos dos emisarios desnudos. Andrónicos seguía teniendo su aspecto frágil y delicado, pero ahora una poderosa virilidad colgaba pesadamente entre sus piernas. Por el contrario, Sergio seguía teniendo el cuerpo fuerte y velludo de un joven vigoroso, pero sin que nadie le tocara y en un instante, se había convertido en un eunuco. Sergio gritó de terror e incredulidad y toda la corte se asombró y Honorata anunció que aquel había sido el castigo de Dios para demostrar de lo poco que sirve la vanidad de los hombres. Pero los persas tenían el corazón tan duro, que ni siquiera aquel prodigio sirvió para acercarles a la fe cristiana, y juzgaron que aquello había sido algún tipo de magia, y se sintieron divertidos. El rey persa quiso poner fin a todo aquello, y despidió respetuosamente a los embajadores imperiales, prometiendo que no ayudaría a aquel rebelde que había enviado a ese perro como mensajero. Hizo matar a la guarnición que acompañaba a Sergio y en cuanto aquel joven orgulloso y vulgar, ahora convertido en eunuco, se lo decidió quedar como recuerdo del inolvidable espectáculo que acababan de presenciar. Y lo incorporó a su colección de eunucos, pero se convirtió en el más especial pues, aunque tenía su escroto tan cicatrizado y su miembro tan atrofiado como si lo hubieran castrado de niño, conservaba aún su musculatura y sus restos de barba mal rasurada, lo que causaba extrañeza y admiración entre quienes lo contemplaban desnudo, y por esa razón el rey persa lo sacaría y exhibiría en todas sus fiestas.

Honorata y Andrónicos marcharon, y por el camino el joven dio gracias con lágrimas en los ojos, a Honorata por haber obrado aquel milagro y concederle lo que más había deseado durante toda su vida. La santa le hizo saber que aquel don no procedía de ella, sino de Dios, y que debía usarlo como era debido o de lo contrario el Señor se lo retiraría de nuevo. Andrónicos juró que así lo haría, que tomaría esposa y le daría muchos hijos.

Pero aquel que como eunuco había sido tan justo, sabio y prudente, ahora tenía la mente nublada por el deseo, y nada más llegar a Constantinopla fue a ver a una dama de la corte a quien siempre había considerado muy hermosa, de nombre Teodora, y la pidió que lo acompañara a sus aposentos. Ella lo hizo sin sospechar nada pues sabía que era un eunuco y que era muy respetado en la corte. Cuando estuvieron allí, él comenzó a besarla y ella al principio se resistió, pues estaba casada, pero al sentir lo que Andrónicos tenía entre sus piernas, se encendió de deseo y comenzó a amarle allí mismo. Los dos dieron rienda suelta a sus sucios instintos y justo cuando estaban a punto de alcanzar el clímax de su adúltera pasión, Teodora vio una luz cegadora procedente del techo y unas figuras terribles y luminosas que parecerieran ángeles vengadores descendieron sobre ellos, agarraron a Andrónicos, separándole de ella, y con una espada llameante cercenaron sus atributos viriles. Cuando se hubieron marchado, el joven contemplaba con tristeza y resignación aquella piel cicatrizada años atrás y aquel miembro minúsculo e inservible, que tenían el mismo aspecto de siempre. Y por haber faltado al juramento que le hizo a la santa Honorata, volvió a ser de nuevo Andrónicos el eunuco.

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