TANATOS 12

CAPÍTULO 31
María, mirándome, puso una mano en el pecho de él, y yo pensaba que quería sentirle antes de ser penetrada. Su mirada era desesperación absoluta, casi angustia… y yo sentía que no era quién para pedirle nada, ni para detener nada.
Lo peor de todo era que yo, a pesar de saber del riesgo máximo que entrañaba, quería verla plena, agradecida. Quería ver a Carlos dejándose caer, hundiéndose en ella, quería verla cerrar los ojos, acogiéndole… Ver a aquel macho calmándola…
—Para… —susurró ella entonces, en un hilillo de voz, sin dejar de mirarme.
—¿Sí? —preguntó él, retirándose un poco.
—Sí. Para.
—¿No quieres? —se aferraba él.
—No. No quiero. Apártate —decía empujando un poco con su mano.
—Puede mirar él. Me da igual.
—No. Ni con él, ni sin él. Se nos ha ido la cabeza —le dijo, ahora sí, mirándole.
Carlos se retiró y María cubrió sus pechos rápidamente, cerrando de dos tirones su camisa y se recomponía, dispuesta a sentarse.
Él soltó el arnés que cayó sobre el sofá y se puso en pie, aún con su polla tiesa asomando.
—Tráeme mi ropa y algo para limpiarme —le ordenó ella, buscando recuperar su orgullo con aquella falsa autoridad.
Aquel hombre se daba la vuelta y le respondía con un “Claro, vengo ahora”, al tiempo que se abría el pantalón para guardarse bien aquel enorme miembro que había explotado sobre la cara de María.
Yo me vestía, mirando de reojo como María se quitaba la camisa, se secaba su torso y sus senos con ella, se la llevaba a la cara para limpiarse, y después la tiraba al suelo con desaire.
Una vez nos quedamos solos y yo ya estaba vestido, María me sorprendió, en un gesto contrario al que acababa de realizar, pues apartando su frustración y su evidente enfado, vino a mí y me abrazó. Yo sentí sus pechos desnudos en mi torso y ella susurró:
—Se nos ha ido de las manos.
—Ya…
—No sé cuántas veces van… —decía ella, pensativa, pero entera, siendo una colegiala de cintura para abajo y una hembra impresionante, desnuda, de cintura para arriba.
—Bueno… No te preocupes…
—No, si no me preocupo —casi sonrió ella, mostrando una María que no era la posterior a nuestras locuras anteriormente vividas. Más calmada… Frustrada por su derrota, su derrota total, de ego y de ausencia de orgasmo, peso sin su gesto consternado y abatido.
Carlos llegó y, en un tono completamente diferente al mostrado en aquel sofá, le decía casi con dulzura que le dejaba allí la ropa y una pequeña toalla, y le decía también que se iba al aseo.
Los brazos de María dejaron de rodearme y comencé a escuchar un ruido fuerte, que provenía de la terraza, en lo que parecía consistir en una lluvia enérgica, o incluso granizo.
Aquel hombre se ponía su camisa antes de perderse por el pasillo, y yo decidía acudir a la terraza, y dejar así que María tuviera un instante de intimidad para vestirse.
Efectivamente era granizo, y caía con fuerza, rebotando sobre la barandilla de cristal y cayendo dentro de la terraza, creando un olor atrayente por la mezcla del frío del hielo y el calor de una noche algo ventosa, pero cálida.
No sé el tiempo que estuve allí, observando el granizo rebotando y deshaciéndose, con la mente voluntariamente en blanco… hasta que acabé por voltearme y vi a María que terminaba de vestirse y a Carlos que parecía intentar limpiar el sofá con algo.
—¿Esto saldrá? —le preguntó entonces él, refiriéndose a aquellas manchas densas que él había vertido y creado sobre su propio sofá.
—Y a mí que me cuentas —respondía ella, cerrándose el chaleco.
—Pues creo que no va a salir —dijo él, ensimismado en su tarea, mostrando humanidad y preocupación por su problema, después de tanta locura.
—La verdad es que no sé qué tenéis ahí los hombres, que es terrible de limpiar, parece radiactivo —acabó diciendo ella, más destensada, contagiándose de nuevo del sosiego y templanza que daba el Carlos original.
Volví mi mirada hacia la terraza y comencé a escuchar los pasos de María, acercándose. Llegó a mi lado y dije:
—No daban ni lluvia. Y mira —y nuestras conversaciones se hacían banales… como si diez minutos atrás no hubiéramos estado envueltos en unas locuras sexuales, del todo menos banales.
Carlos vino a nosotros, comentamos un instante otra trivialidad, y dijo:
—Os quería pedir disculpas. Ha sido todo un poco… No sé cómo explicarlo. Además he dicho muchas cosas que no debería haber dicho.
María le dejaba explicarse, y yo no iba a ser menos. Él prosiguió:
—Que me hubieras dicho que te gustaba duro no es excusa para las barbaridades que he dicho. No tengo por qué juzgarte, juzgaros. Solo faltaba.
Yo no sabía si estaba haciendo el papelón de su vida. Lo cierto era que sonaba sincero.
—Si he dicho o hecho algo que os haya molestado especialmente, por favor decídmelo. Y, por supuesto, por descontado, no debí decir lo de hacerlo sin ti, sin Pablo —dijo mirándome— presente. Eso fue una estupidez. Totalmente fuera de lugar.
María se giró entonces hacia él y dijo:
—Tampoco te pongas tan… melodramático. No se te ha ido más que a nosotros.
Carlos cogió aire, hinchó el pecho, y dijo:
—Bueno, si me disculpáis voy a guardar el uniforme ese, o a la echarlo a lavar o lo que sea, que además mi hija puede volver en cualquier momento.
—¿En serio? —preguntó rápidamente María. Tan alucinada como yo.
—Sí, bueno. Suele tardar, está con su novio. He metido la llave por dentro, lo cual nos permitiría… parar y poner todo más o menos en orden, pero sí.
—A tus cincuenta y pico y nervioso porque te pille tu hija… con una pareja… con su ropa… —María no sabía si reír o impactarse por el bochorno que vislumbraba.
—Ya. Cosas de ser padre. En teoría venía para estudiar… pero no se suelta del chico ese. En fin. Tomaos algo, por favor. Parece que ya no llueve. Aunque sea un refresco o algo. Voy a borrar las pruebas de nuestro… episodio… y en seguida vuelvo con vosotros.
Carlos se fue entonces hacia la puerta y se pudo escuchar el sonido de sacar una llave, y después iba a recoger el uniforme, que había dejado María en el suelo, y le daba una última revisión al sofá antes de irse de nuevo por el pasillo.
Yo me sorprendía de su súbita naturalidad y, María, confirmándome que también estaba pensando en él, dijo:
—Al menos no es un imbécil como todos los que llevamos.
Y yo, tras escuchar aquello, no sabía si preocuparme porque realmente le gustara o si alegrarme porque pudiera ser lo que buscábamos.
Fui hacia la nevera y cogí dos refrescos de cola y salí a la terraza con ella. Pensaba en que quizás pudiéramos hablar las cosas los tres. Aunque no fuera esa noche, sí otro día. Plantear el juego original con él. El deseo era obvio. Solo había una duda y consistía en si María temía realizar el juego primario con él por temor a engancharse.
Carlos acabó por unirse a nosotros poco después de que María me preguntase sobre mi conversación con mi jefe, por lo que decidimos cambiar de tema, e iniciamos una charla agradable los tres, en la que fui, por fin, uno más. O casi. Y después nos despedimos, amistosamente, como adultos, en un tono y en un ambiente normal. Benditamente normal. Haciéndome pensar de nuevo si podríamos, con él, compatibilizar el juego y la normalidad.
Abandonábamos su edificio y me sentía bien, y es que por fin salíamos de un encuentro sexual derivado del juego sin dramas, ni lloros, ni reproches.
Y nos encontramos entonces con una pareja que se besaba en el portal: él bastante alto y delgado, ella una chica rubia, de complexión similar a la de María, que se besaba casi tórridamente con el chico y que nos acabó mirando, con los ojos de su padre, ajena, ingenua, muy lejos de saber por lo que acababa de pasar su uniforme del colegio.
Aquella noche me acosté pensando en si de verdad podríamos hablar los tres. Como adultos. Pero no veía ya solo el problema de que María se enganchase a él si él la follaba, además, con una establecida o pactada asiduidad, sino si de verdad podría fiarme de él o si Carlos buscaría embaucarla para llevar sus actos a una intimidad de dos, sin mí. Y la tercera duda era el papel de Edu en todo aquello.
Necesitaba por tanto la renuncia de Carlos a Edu. Su compromiso de no buscar tretas para embaucarla y apartarla de mí. Y la confesión o aclaración palmaria de María de que no se engancharía a él.
No duraron mucho mis cábalas, pues, a la mañana siguiente, desayunando, después de que María me recordase que teníamos que ir al cumpleaños del hijo de uno de sus primos, le planteé mis dudas, empezando por la que más le concernía, la de su posible enganche físico, o algo más, a Carlos, si llegaban a tener sexo.
—No sé, Pablo. Es complicado.
—¿Qué es complicado?
—Creo que esto de no tocar está mejor que volver a lanzarnos a lo otro.
Yo recordé en ese momento a María, con aquel ridículo uniforme, con sus piernas abiertas, con aquella polla negra entrando y saliendo de su coño… y suplicándole a Carlos que la follara. También recordé que lo de no dejarse tocar ya había sido vulnerado; recordé aquellos segundos en los que María había estado chupando, entregada, y con su cara manchada, la punta del pollón de aquel hombre del que quizás aún seguían brotando, y por tanto vertiendo dentro de su boca, las últimas gotas de su orgasmo…
Pero no quise ir por ahí.
—Solo dime si lo de no tocar es por miedo a que… si lo hacéis realmente… te engancharías a él.
María no dijo nada y recogió su taza de café. Y yo insistí:
—Dímelo. Respóndeme. No pasa nada. Ya a estas alturas.
—¿De verdad quieres que te responda a eso? —dijo, sin querer ser hiriente, pero revelándome la cruda realidad.

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