QWERQ

Si hay una cosa que siempre ha caracterizado a Alejandra es el saber estar en todas las situaciones. En esta ocasión, debería de haber enviado al viejo a la cocina, despachar el asunto en unos minutos y echar a este odioso vecino enseguida. Pero sé de sobra que mi madre no llevaría a nadie a la cocina por lo revuelta que estaba por la preparación de la comida, y por muy desagradable que sea, nunca llevaría a nadie de fuera allí. Aunque sea hasta el mismo Don Fernando.

Tardé en reaccionar y darme cuenta de que sí, ese viejo que tanto quebraderos la dan a mis padres acababa de entrar en mi casa, había seguido a mi madre por nuestro pasillo y no había perdido detalle de cada punto de su silueta sin que ella se diese cuenta de nada.

Al entrar, encontré una situación que era de esperar. Mi madre de pie, con los brazos cruzados y cara de enfadada en mitad del salón mientras que el viejo estaba sentado en una de las sillas que rodeaba nuestra mesa de madera, de tal forma que esa barriga parecía que crecía por momentos.

—Bueno, aquí estamos, ¿Vas a hablar ya? O vas a soltar a algunas de las mentiras que tanto te gusta inventarte. —Con solamente la presencia del viejo en nuestro comedor hacía que mi madre expresase un enfado que pocas veces había visto. La mirada segura de él me ponía algo nervioso…

—Tranquila Alejandra, ¿no te he dicho nada, pero puedo sentarme? —dice sentado en la silla, pero no lo hace en cualquier lado, justo lo hace donde todas y cada una de las noches se sienta papá a cenar. No tiene nada de especial ese sitio, es algo simbólico, pero aparentaba reemplazar el lugar de mi padre.

Su solamente presencia dentro de nuestro hogar hacía que todo me rechinase demasiado. «¿Desde cuando este hombre es bienvenido a mi casa? ¿Mi padre estaría conforme de que entrara? ¿Mi madre tenia toda la situación controlada?». Todas y cada una de las preguntas se repetían continuamente en mi mente, y no habían ninguna en las que tuviera clara una respuesta.

—¿Tu marido tardará mucho en llegar? —el viejo le habla a mi madre, sentado en la silla. Mientras ella, de pie con los brazos cruzas y cara de pocos amigos, contesta contundentemente. —Mi marido trabaja, y no vendrá hasta por la noche, ¿Qué es lo que quiere?

—Esta bien, está bien… —Se acomoda en la silla, tranquilo—Es un tema importante, pero antes quiero asegurarme, dime una cosa, ¿os habéis duchado hoy?

Esa pregunta retumba en todo el salón. Nos pilla desprevenidos tanto a mi madre como a mí. No nos esperábamos una pregunta así. Ella, incrédula ante lo que acaba de oír, su boca se entreabre ante lo que acaba de oír, pero aún así responde.

—¿Perdone? ¿Qué es lo que acaba de decir?

Sin embargo, en vez de asustarse, el viejo sonríe un poco al ver su enfado.

—Mire Don Fernando, como le he dicho tengo cosas que hacer, así que prefiero que se marche, no sé a qué viene ese tipo de preguntas.

—Vecina, es una pregunta importante, sé que puedes pensar mal y que me interese por saber si te duchas o no, pero no es por eso.

—Pe-pero, ¿Cómo se atreve? Aquí en mi casa, en mi salón… márchese, no quiero seguir hablando con usted. Desde cuando le importa cuando nos duchamos en esta casa, ¿qué se ha creído Don Fernando?

—Y-Yo.. yo sí… —respondo sin saber muy bien por qué.

La cara de mi madre se gira hacia el marco de la puerta, su cara evidencia una gran sorpresa.—Pero hijo, ¿qué estas diciendo? ¿Por qué contestas?

La cara de sorpresa poco a poco pasa a ser cara de enfado de nuevo.  No le ha gustado que participe en la conversación y menos para decir algo así. Sin embargo, el viejo sonríe, satisfecho de lo que acaba de oír.

—Pues claro que hace falta que lo sepa vecina. Sobre todo por el tema que nos concierne…

—¡Pues hable de una vez! —cada vez más exaltada.

—Tranquila vecina, no te pongas nerviosa —su serenidad hasta sorprende.

—Mire Don Fernando, como ya le he repetido, tengo cosas que hacer. Por favor, venga por la noche y hable directamente con mi marido.

—Alejandra, existe una fuga de agua en tu bañera. Se está filtrando y cae por diferentes zonas en mi cuarto de baño. —empieza a hablar, sin dejar de mirar a los ojos a mi madre. —Me he tomado la amabilidad de agilizar todo esto y he llamado a mi aseguradora, la cual me ha respondido que la reparación asciende aproximadamente a 5.000€. El hecho que esté aquí es para solucionar este problema.

—¿Y por eso tiene que saber usted cuando nos duchamos? ¡Que me lo pregunte la aseguradora a mi directamente!

—Tranquila vecina, no te pongas nerviosa, era solo para asegurarme.— recostado en la silla, con su enrome barriga, su actitud es de tener todo controlado. 

—¿De que me había duchado? ¿Y qué será lo próximo? ¡¿Entrar para verme?!

—Jaja, no me importaría vecina, no te voy a mentir.

—No, si que no le importaría ya lo sé yo— mi madre se enfada, cada vez yendo a mas.

—Mama… —digo algo asustado desde la puerta del salón al ve tu visible enfado…

—¡Qué! —me contesta algo borde inclusive a mí… eso me asusta…

—Vamos Alejandra, tranquilízate, anda siéntate, ¿no quieres solucionar el problema? Me gustaría que llamaras al seguro, ¿de acuerdo?

—Mire don Fernando, llamaré al seguro, pero lo llamaré a lo largo de la tarde, tengo la comida a medio hacer y tengo otras obligaciones antes que eso.

—¿Qué? De eso nada, he venido hasta tu casa a solucionar este problema.

—Verá, si le digo que llamaré, es que llamaré, ¿de acuerdo?

—¿Y a qué esperas?— dice sin amedrentarse.

—¿Es que acaso, Don Fernando, tengo que hacerlo delante de usted? Si le digo que llamaré es que lo haré, ¿de acuerdo? —Parece que intenta imitar sus palabras. —Deme su seguro y el mío se pondrá en contacto con el suyo.

—Vecina, si he subido hasta vuestra casa es por algo, quiero solucionarlo ya, ¿acaso no lo entiendes?

—Claro y yo, ¿se cree que no tengo nada mejore que hacer? —mi madre no se achica y se queda quieta en mitad del salón esperando su teléfono. 

—¿Crees que poniéndote así se solucionarán las cosas? Mi seguro necesita el tuyo y no al revés.

—Perdón, pero según el artículo 16 de la Ley de contrato de seguro, el causante de los daños se pondrá en contacto con el que recibe el daño. Y por favor, le ruego que no alce la voz en mi casa.

Yo me quedo impresionado con su faceta de abogada.

—Además, ¿Cómo sabe que es por culpa de nuestra bañera y no es un escape de su cañería? Dígale a la aseguradora que mande un perito, ¿ellos lo han confirmado? Veremos que dice mi seguro, ¿No? En cuanto los llame les diré que manden un perito.— Mi madre saca a relucir su lado de abogacía, dejando a Don Fernando sin articular palabra. Pero a mi no me gusta la conversación, como le habla a mi madre, como actúa, pero no me atrevo a decir nada.

—¿Eso significa que quieres verlo con tus propios ojos? —dice él ante la sorpresa de mi madre. A la cual pilla desprevenida. A mi me asusta la proposición de que bajes a su casa.

—Tengo que hacer las cosas a ciegas, ¿no cree? Ya lo verá el perito, ahora yo estoy terminando la comida.

—Necesito que llames al seguro ya, no puedo estar pendiente más tiempo de arreglar esto, para eso he subido hasta aquí, joder.

—Le he repetido por activa y por pasiva que lo llamaré en cuanto usted se vaya.


—Joder Alejandra, no. Quiero que lo llames ahora.

—Oiga, a mi no me hable así.

—No te hablo de ninguna manera. —el viejo tampoco parece achantarse. —Te estoy hablando bien.

—Bueno ya está bien. Antes de llamar al seguro, quiero que lo mire mi esposo esta tarde.

—¿Tu esposo? Pero si me has dicho que no viene hasta esta noche.

Mi madre empieza a estar harto de este hombre. Hasta tal punto que se da cuenta que está intentando quitárselo de encima como puede.

—Insisto, si no me crees, puedes verlo tú misma.

—Don Fernando, yo no quiero bajar a su casa. Tengo cosas que hacer y además no quiero hacerlo, punto. Esperaré a que venga mi marido, ya sea esta tarde, esta noche o mañana. —dice contundentemente.

—Lo que digas vecina. Creo que esto lo podemos solucionar. Vienes, ves las goteras, subes, llamas al seguro y todo solucionado.

Eso deja a mi madre en silencio. Se le nota algo indecisa ante la necesidad de quitarse a este hombre de encima. A los pocos segundos veo como una mirada se dirige hacia mi. Como intentando decirme que está por aceptar lo que le dice. Cosa que a mi me hace sentir un vértigo jamás sentido. ¿De verdad es capaz de bajar hasta su casa?

—Bueno…— Veo a mi madre dudar.— Está bien, bajo un momento y terminamos esto.

—¡¿QUÉ?!— Solamente me sale decir al oírle decir eso. Al momento giro a ver al viejo y veo como sonríe levemente. 

—Está bien vecina, como quieras, vamos entonces. —Sin esperarte se levanta y sale de casa sin esperarla, sin decirle nada más. Es un maleducado.

Mi madre y yo nos quedamos solos. Veo como mi madre tiene los ojos fijado en la nada, sin duda está pensativa. Valorando si de verdad el bajar a casa de ese hombre es la mejor opción, pero mi pregunta la saca de su ensimismamiento.

—¡Mama! ¿pero qué dices? ¿Como vas a bajar a su casa? —Esas palabras salen de mi boca con un tono de profunda preocupación.

—No pasa nada hijo, sé defenderme.

—No deberías bajar ahí mama, no es buena idea…

—No soy una cría Juan.

—Pero mamá… de-deberíamos esperara a papá… —Le digo mientras veo que sale del salón. —Además, tú lo sabes perfectamente… No es buena idea.

Ella sale del salón en dirección a su habitación conmigo detrás. Mientras se pone los zapatos y sin mirarme, me responde.

—Es que él no va a parar de incordiar. Lo conozco.

—Pu-pues.. dé-déjame bajar contigo…

— Estás seguro de querer venir? —Mi madre deja de ponerse los zapatos y me mira.

—Sí.. sí mamá, v-voy contigo…— Mientras cojo mis zapatillas deprisa y corriendo.

—¡¿ALEJANDRA?! —Desde el rellano oímos su voz..

—Venga, no le hagamos enfurecer más— Mientras me lo dice, veo como se suelta el pelo, como si haciéndolo se sintiera más segura. Coge la chaqueta gris perla. Parece que quiere tener aspecto de abogada.

Una vez en el rellano, cerramos la puerta de casa y al bajar las escaleras, en el rellano del piso inferior, vemos al viejo en su puerta. —Venga vamos Alejandra, no tengo toda la mañana.

—Ya le he dicho que no me hable en este tono Don Fernando.

Eso no ofende al viejo, más bien lo contrario. Veo como una pequeña sonrisa se le dibuja en la cara mientras dice —Venga pasa.

Sin decir nada más, mi madre pasa detrás del viejo. Adentrándose en la boca del lobo…

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