FERNANDO

Ya hacía un año que Ana y yo nos habíamos venido desde Leverkusen en Alemania, hasta Málaga en España, aunque los dos éramos de Madrid, volver a nuestra tierra nos hizo mucha ilusión y más después de la oferta que me hicieron. Los dos trabajamos para una conocida marca farmacéutica y estuvimos tres años en esa ciudad donde sin lugar a duda, después de mi experiencia traumática con mi ex, Blanca, los cuidados, mimos y amor de Ana recuperaron al Luis que fui siempre, dinámico, alegre, competitivo y muy enamorado de su pareja.

Eso de alguna manera ayudó a que en un congreso en el que fuimos los dos, una conocida marca de medicamentos de una empresa estadounidense se interesase primero por los dos, pero al final confesaron que realmente quien les interesaba era yo. En un principio rechacé la oferta por considerarla una falta de respeto hacia Ana, discriminatoria y misógina, pero una última oferta monetaria próxima a las siete cifras al año nos hizo cambiar de idea.

Sopesamos los pros y los contras, lógicamente Ana dijo que aunque ella no estaba contratada en esa empresa no se quedaba en Alemania ni loca, era estar muy lejos de mí y eso no lo soportaría.

—Como mucho voy a pedir mi traslado a Madrid de nuevo, me dijo Ana. Todos los viernes me cojo el AVE (tren de alta velocidad) y estoy contigo todo el fin de semana hasta el domingo por la noche.

Así lo hicimos, Ana pidió el traslado y se lo concedieron, fuimos a buscar casa a Málaga y encontramos una que nos gustó a los dos en una urbanización. De momento era de alquiler y con el piso amueblado, cuando todo se asentase ya veríamos si comprábamos algo o no. El edificio solo tenía cuatro plantas y dos puertas por planta. Éramos pocos vecinos y nos encontramos con algunos que nos corroboraron que el sitio era un mar de tranquilidad.

Nos fuimos a Madrid y buscamos un apartamento cerca del trabajo de Ana, que sería donde haría la vida de lunes a viernes, con todo arreglado, me quedé con ella los dos días que nos restaban de permiso hasta que al lunes siguiente empezásemos a trabajar.

Ya de momento la despedida el domingo por la tarde fue muy dolorosa, incluso hubo lágrimas de ambos, quizás os parezca ñoño o cursi, pero habían sido tres años con ella sin separarnos y estábamos hechos a estar el uno con el otro. Esa semana fue horrible para ambos, por la noche una video llamada nos mantenía pegados al móvil hasta que nos íbamos a dormir. Cuando llegó el fin de semana y Ana bajó del tren nos lo dijimos todo con la mirada, compramos algo para cenar y nos fuimos al piso a follar como descosidos hasta el domingo por la tarde que volvió a ocurrir lo mismo de la vez anterior.

Semana a semana veía como Ana y yo mismo entrábamos en una depresión que nos tenía distraídos y fuera de juego toda la semana y esto no podía continuar así, Ana quería estar conmigo y yo con ella, así que después de meditarlo mucho, a los dos meses Ana pidió la excedencia en su empresa y se vino a Málaga a vivir conmigo. No había problema económico, todos los meses ganaba un pastizal y nos podríamos mantener los dos con lujo.

Aun así Ana no se estuvo quieta y empezó a buscar trabajo por la zona de Málaga y alrededores, pero la cosa no estaba muy bien, con la preparación que tenía mi niña y los sueldos que ofrecían,  era irrisorio encontrar algo. Ella no cejó en su empeño de buscar algo, pero como me decía, era feliz, estaba conmigo y todos los días nos veíamos aunque ya no trabajásemos juntos. Ocupaba su tiempo en algunas actividades aparte de la de buscar trabajo. Tanto recorrerse Málaga hizo que descubriera sitios increíbles que más tarde me mostraba. Aparte que le gustaba cuidarse e iba a pilates y salones de belleza, sinceramente era una mujer increíble y estaba perdidamente enamorado de ella, creo que cualquier hombre en mi lugar sentiría lo mismo. Ana era una diosa, mi diosa.

Durante los meses que siguieron a la mudanza de Ana a nuestro piso, reconozco que yo hice poca vida social con los vecinos, no conocía a nadie y Ana que estaba más tiempo en casa, sí que había conocido a algunos de nuestros vecinos.

—¿Sabes cariño? Hoy he conocido a nuestra vecina de enfrente. Se llama Beatriz y madre mía, es una preciosidad, una rubia alta, guapísima, con una cara y un cuerpo que es una envidia, no hemos hablado mucho, pero seguro es modelo…vamos que la quiero hasta para mí.

Me eche a reír por la ocurrencia de mi mujer y he de confesar que sentí mucha curiosidad y quise conocer a esa mujer que había impresionado tanto a Ana. Pasaron los días, las semanas y ese encuentro esperado por mí no ocurrió.

Otro acontecimiento vino en parte a turbar nuestras vidas. Debido a mis responsabilidades y a la carga de trabajo empecé a viajar muchas veces a Madrid y una vez al mes tenía que viajar a Estados Unidos. En principio Ana se venía conmigo y comía con sus amigas y conocidas del trabajo, pero se cansó de tener que estar encerrada en el hotel sin saber muy bien lo que hacer y lo mismo pasó con los viajes a EEUU. Hizo mucho turismo pero sin mí, y me dijo que aunque no deseaba separarse de mi prefería quedarse en Málaga, allí ya conocía a algunas personas y estaría más entretenida.

Todo en esta vida lleva un proceso y aunque nos gustaría verlo en un “Time Lapse” para ver el resultado final, los pequeños cambios, los pequeños matices en una relación al principio imperceptibles, se dejan notar pasados unos meses con resultados inesperados. No digo que Ana abandonase sus responsabilidades hacia mí ni hacia nuestro hogar, pero si ligeros cambios en su forma de ser y de vestir, ya no estaba tan pendiente de mí, y si le decía que me marchaba de viaje, antes que ponía mala cara, ahora lo entendía sin problema.

Aunque me prometí a mí mismo cuando salí de la relación que mantuve con Blanca, que nunca dejaría de hablar con mi pareja si algo me parecía extraño o cambiaba algo en nuestra relación, no quise ser tan quisquilloso y lo achaqué a que Ana gozaba de otras libertades ahora que no estaba atada a un trabajo. Ese fue uno de mis primeros errores porque nos fuimos distanciando muy poco a poco, como he dicho de manera imperceptible.

Las semanas siguieron cayendo y Ana hablaba mucho de Bea. Que si Bea esto, que si Bea lo otro, que si Bea sus amigas y yo nos hemos ido de compras y lo hemos pasado genial, que si me ha invitado a su casa a tomar café y yo la he invitado a la nuestra…Bea…Bea…Bea. Y yo siempre diciéndole lo mismo:

—A ver si un día coincidimos y la conozco, ya tengo mucha curiosidad.

—Le he hablado mucho de ti y también está deseando conocerte, decía Ana alegre, casi me estoy planteando el que quedemos las dos parejas una noche a cenar y nos conozcamos, seguro que te van a encantar.

—¿Tú conoces a su marido? Pregunté con curiosidad.

—Bueno no es su marido, es su pareja, como nosotros, también guapísimo, hacen una pareja divina.

Me sentí molesto con el adjetivo que uso para referirse a la pareja de esa chica “guapísimo”. Conocía a Ana y en su escala de belleza masculina era como decir “Esta bueno hasta decir basta”. No sé por qué una punzada de celos se agarró a la boca de mi estómago. Atribuí eso a que al haber pasado tanto tiempo juntos los dos, no había otras personas que robasen la atención de mi amada, en cambio ahora estaba descubriendo algo nuevo, las relaciones entre vecinos.

Lo recuerdo perfectamente, fue un viernes que llegaba de viaje y estaba esperando el ascensor. Estando dentro y cerrándose las puertas oí la voz apurada de una mujer que venía corriendo.

—Espera….espera…esperaaaaa.

Pulsé el botón de apertura de puertas y cuando entró supe enseguida que esa mujer era Bea. Ana no exageró en absoluto, incluso creo que se quedó corta porque era una diosa altísima, rubia y con unas tetas enormes que se mostraban insultantemente altivas bajo esa blusa y ese sujetador. Dejó unas bolsas del Mercadona en el suelo y cuando fue a pulsar el botón de su piso me miró alegre.

—¡¡Andaa!! ¡¡Vas a mí mismo piso!! Seguro que tú eres Luis la pareja de Ana, ¿A que si?

—No te equivocas, dije mirándola embobado, y tú eres Bea, ¿Cierto?

—Jajajajaja…siiiiiii. Rió divertida.

Diciendo esto pasó un brazo por mi cuello me atrajo hacia ella clavando sus impresionantes tetas en mi pecho y me dio dos sonoros besos.

—Ya tenía yo ganas de conocerte, Ana me ha hablado muchísimo de ti.

—Espero que te haya contado algo bueno.

—Pero si la tienes loquita, dijo Bea risueña, solo habla bien de ti y de lo mucho que la quieres.

—Si, nos queremos mucho. Dije deseando llegar a nuestro piso.

No niego que Bea era una mujer de bandera, de ese tipo de mujeres que casi te apabulla al llevarla a tu lado porque eclipsa todo lo bueno que pueda haber en ti, pero había algo en ella que no sabía cómo explicarlo me puso en alerta. Fueron unos escasos quince segundos en los que no dijimos nada hasta que llegamos a nuestra planta. No quise parecer descortés y agarrando sus bolsas se lo dije con una sonrisa.

—Déjame que te ayude con esto, se te ve sofocada y cansada.

—Muy amable Luis, acompáñame.

Dejé mi maleta a la puerta de mi casa, y ella abrió la puerta de la suya y me hizo que la acompañase hasta la cocina. Cuando dejé las bolsas y siguiendo las estrictas normas de buenos vecinos ella me ofreció algo de beber, que rechacé de inmediato porque no quería quedarme a solas con ella y además tenía la maleta en la puerta de mi casa. Cuando salí al rellano nuevamente, Ana ya estaba esperándome apoyada en el marco de la puerta.

—Veo que ya os conocéis, dijo Ana con una gran sonrisa, ya iba siendo hora.

—Tu chico es un cielo, dijo Bea, todo un caballero que me ha ayudado con las bolsas del Mercadona.

—Ahora solo te queda conocer a Carlos el novio de Bea, dijo Ana alegre.

—Y seguro que nos conoceremos. No quiero parecer mal educado, pero acabo de llegar de viaje y quiero ducharme y ponerme cómodo. Bea ha sido un placer conocerte, dije despidiéndome dándole dos besos.

—Claro Luis, encantada igualmente, ya nos veremos.

Cuando Ana cerró la puerta vino hacia mí, se colgó de mi cuello y me comió a besos. Me agarró de la mano, me llevó a nuestro dormitorio y desnudándonos nos fuimos a la ducha.

—Estaba deseando que llegases mi amor, decía Ana excitada, quiero que me folles, no me hagas el amor, solo limítate a follarme como a una vulgar puta.

Se lo que eso significaba para ella, me lo había pedido muchas veces y sabía lo que tenía que hacer. Tenía una verga de considerables dimensiones y sabia como utilizarla y no me costó arrancarle gritos de placer a mi chica cuando la follaba con dureza en la ducha y le arrancaba unos orgasmos que la dejaban rota. Cuando dábamos rienda suelta a nuestra pasión, muchas veces tenía que tapar la boca a Ana porque en vez de follar parecía que la estaba matando.

Comimos algo rápido y descansamos un poco en el sillón los dos desnudos, acariciándonos, sintiéndonos. No tardamos mucho tiempo en volver a la cama y esta vez más tranquilos, hacer el amor como dos enamorados. Ana tenía un cuerpo precioso que me encendía como a una tea y hacía que nuestras sesiones de sexo fueran largas, casi inacabables.

Parece ser que a partir del día que conocí a Bea, todo se alió para que coincidiésemos más veces. Aunque nuestras conversaciones de ascensor eran muy cortas, sé que ella como buena conversadora intentaba retenerme algo más para que nos conociésemos mejor, pero es que estar junto a ella era no poder mirarla a los ojos, la niña estaba de muerte y eso me ponía nervioso.

Fue inevitable el que también conociese a Carlos el novio de Bea un día que llegaba yo a casa y estaban ellos esperando el ascensor. He de reconocer que cuando vi a Carlos entendí a mi mujer cuando decía que era guapísimo. A diferencia de su novia Bea, Carlos era más afín a mí. Siempre trabajando, viajando y esperando llegar a su casa para sumergirse en los placeres que debía de proporcionarle Bea y es que no era para menos. Creo que nos caímos bien enseguida y conectamos muy bien, tanto es así que pasada una semana de ese primer encuentro Ana me confirmó que ese sábado por la noche cenaríamos con ellos en su casa.

Creo que esa cena me ratificó que no me sentía a gusto con Bea y no por que fuese desagradable, era un cielo de mujer además de bellísima, pero había algo que rechinaba entre Carlos y Bea y eso era su manera de comportarse, siempre con frases de doble sentido, era algo frívolo que desde luego no era de mi agrado. Intenté por todos los medios que no se notase mi incomodidad pero creo que Ana se dio cuenta enseguida de que algo no funcionaba bien. Cuando terminamos de cenar nos sentamos en el sillón a tomar una copa, lo más lógico es que Carlos y Bea se hubiesen sentado juntos, lo mismo que Ana y yo, pero no, digamos que hubo un “cambio” de parejas y Bea se sentó muy cerca de mí, demasiado para mi gusto.

Apremié con la mirada a Ana para que terminase su infusión, creo que me entendió perfectamente, ya que yo terminé mi copa y fingiendo cansancio nos levantamos para irnos.

—Chicos ha sido una velada muy agradable, pero estoy algo cansado de la semana y me apetece meterme en la cama.

—¡¡Ayyyy… pillín!! Rio Bea divertida, tú lo que quieres es irte a la cama con Ana, pero no para dormir.

Esbocé una sonrisa de compromiso ante un comentario totalmente fuera de lugar. Que quisiese ir a la cama a follar o no con Ana era cosa solo de los dos, no sería de dominio público. Definitivamente con estos chicos no me encontraba a gusto.

Hubo más momentos con Carlos y Bea, encuentros en la piscina de la urbanización y alguna vez que no me quedó más remedio que pasar un día de playa con ellos ya que a Ana le hacía mucha ilusión. Si ver a Bea vestida era ya de por si excitante, verla con esos diminutos bikinis era algo que te podía sacar de quicio. Incluso Ana que era más comedida en su vestimenta de baño, empezó a utilizar bikinis tan pequeños, que al menor descuido mostraba más de lo que debía, al igual que Bea. Eso me molestaba bastante ya que cuando me percaté de este hecho nos vimos rodeados de hombres que disimulaban tomar el sol, pero que estaban listos con sus teléfonos móviles para tomar alguna foto en uno de esos descuidos.

Llegué a la conclusión que Carlos y Bea eran unos exhibicionistas, les gustaba que la gente mirase, los mirase a ellos y como se mostraban, pero lo que realmente me indignaba es su empeño perpetuo en separarnos a Ana y a mí y hacer ese “cambio” de parejas en que no sé por qué estaban empeñados.

Digamos que todo cambió de alguna manera ese día de playa, esos pequeños cambios y esos sutiles detalles habían dejado paso a algo muy descarado. Estaba medio tumbado al lado de Bea que boca abajo charlaba conmigo. A lado de Bea estaba Carlos y más allá estaba Ana tumbada boca arriba, nos tenían totalmente separados y eso a Ana parecía no importarle. En un momento dado vi que Ana se reía y cuchicheaba algo a Carlos y este cogiendo el bronceador empezó a echarle en pecho, abdomen y piernas. Enseguida todas mis alarmas se dispararon y se confirmaron cuando vi las manos de Carlos acariciar el pecho de Ana.

—Ehhh…¿Carlos puedes venir un momento? Dije casi increpándole.

—Espera Luis déjame que termine esto. Me comentó con una sonrisita sin importarle que fuese la pareja de Ana.

—¡¡CREO QUE NO ME HAS ENTENDIDO!! Dije elevando la voz. ¡¡QUE VENGAS YA…JODER!!

Mi voz sonaba autoritaria, no estaba para bromas. Tanto Ana como Bea me miraron sorprendidas. Carlos se levantó y se arrodilló a mi lado y le planté en su mano de mala manera el bronceador de Bea.

—Preocúpate de Bea, parece que se está quemando. Dije con ironía. De Ana ya me preocupo yo.

Me levanté y me fui al lado de Ana, me arrodillé en la toalla en la que hace unos momentos estaba Carlos y la mire enfadado.

—¿A qué coño estas jugando Ana?

No me dijo nada, pero bajo sus gafas de sol sentí su mirada de odio hacia mí. No me dejó ponerle una mano encima y fue ella la que se extendió la crema bronceadora que le había puesto Carlos momentos antes. Solo de ver las manos de Ana extendiendo la crema me puso enfermo imaginando las lascivas manos de ese tío sobre el cuerpo de mi amada.

Mi amada, ese adjetivo había tomado una connotación muy diferente ya que en esos momentos no conocía a la mujer de la que me enamoré perdidamente. Ese día sé que fue difícil para todos ya que el “rollito” que se creían, teníamos entre los cuatro, era como papel mojado que se deshacía entre los dedos.

Durante todo el día que restaba hasta que llegamos a casa Ana y yo no nos dirigimos la palabra. Bea elevó un poco más la tensión y decidió hacer topless. Joder que pedazo de tetas tenía la niña en comparación al cuerpo tan delgado pero proporcionado que poseía. Ana me quiso tocar aún más las narices e hizo algo que sé que nunca haría en público, quedarse con las tetas al aire. Cuando lo hizo me miró desafiante como diciendo, “Ahora te jodes”.

Esa noche cuando llegamos a casa tuvimos la primera gran bronca desde que nos enamoramos. Eso hizo que nos separásemos aún más, que nuestra relación para mi idílica se fuese a la mierda. Al final se lo dije intentando aguantarme las lágrimas.

—¿Te quieres follar a Carlos? Pregunte entre la ira y el miedo.

—Pues mira, quizás ahora no me importe darme un revolcón con él. Dijo Ana intentando hacerme daño.

—Ana, no nos compromete nada. No hay papeles firmados que nos vinculen, podemos dejar la relación en este mismo momento.

—¿Me estás diciendo que rompamos lo nuestro? Dijo con miedo.

—Dado tu comportamiento…¿Qué otra cosa si no?

Ana rompió a llorar y no entendía porque, ya que pensaba que tenía las cosas muy claras, pero veía que no.

—Me estas demostrando que no me quieres nada, decía Ana entre hipidos, que nuestra relación no te importa.

—Te voy a decir algo Ana, Carlos y Bea te han cambiado, esos dos no me gustan nada, algo traman y tu estas influenciada por Bea. Y si te digo esto es porque lo nuestro me importa mucho, TÚ me importas mucho y por nada del mundo quiero que acabe, pero así no voy a seguir. Empieza a comportarte como la mujer de la que me enamoré.

Sinceramente empezaba a replantearme el buscar otra casa y dejar ese piso. Los vecinos que teníamos no me gustaban nada y empezaban a ser algo molesto para mí y mi relación con Ana. Esa primera semana después del incidente en la playa Ana y yo casi ni nos hablábamos, notaba la tristeza en su mirada, pero mi cabeza hervía cada vez que me iba a trabajar o de viaje, pensando que es lo que haría a mis espaldas. Es triste pero en pocos meses la confianza ciega que tenía en esa mujer había desaparecido.

No sé por qué motivo me dediqué a observar más la vida de Carlos y Bea. Empecé a controlar horarios, salidas, viajes y algo seguía chirriando muy fuerte en esa pareja. Carlos viajaba bastante; viajes de dos, tres días a lo sumo. Siempre que eso ocurría dos amigas suyas, unas auténticas bellezas también venían a su casa, imagino a charlar o a pasar un rato agradable. Pero no siempre era así, empecé a reparar que cuando faltaba Carlos muchas veces había un Smart For Two Cabrío blanco que no pertenecía a la gente de la urbanización.

No me costó averiguar que pertenecía a un hombre alto que siempre que no estaba Carlos visitaba a Bea alguna vez en su casa a solas o cuando estaban también sus amigas incluso a veces también venia con un amigo. No quise comentarle nada a Ana. Eso me pondría en una posición difícil de explicar y por qué no decirlo, quizás si se lo contaba descubriese algo que no me gustaría nada.

La cosas queramos o no volvieron a su cauce después de ese incidente, pero tardamos cerca de un mes en volver a la normalidad. Ana estaba convencida de no hacer nada malo y en ningún momento dijo lo siento y yo lo veía con otros ojos, intuía el peligro.

Pasaría más de un mes cuando un viernes por la noche llamaron al timbre de nuestra casa, cuando fui a abrir me encontré con Carlos y Bea que me miraban interrogantes.

—Hola Luis, dijo Carlos, ¿Nos invitas a pasar?

—Que sorpresa, dije incómodo, claro, pasad dentro, Ana está en el salón.

Vi que Luis traía una botella de wisky y Bea dos botellas de dos litros de coca cola. No pude dejar de fijarme en Bea, de acuerdo había algo que no me gustaba en ella, pero joder, es que estaba buenísima. Venía con un body muy escotado y una minifalda que quitaba el hipo.

Cuando pasaron vi que Ana se ponía en pie y les daba dos besos a cada uno. Su cara no reflejaba sorpresa, esto era algo premeditado, solo faltaba que me dijeran a que habían venido. He de reconocer que fueron muy modositos, no venían provocando, bueno, Bea si, con esa faldita tan corta no me fue difícil mirar su entrepierna y en algún momento ver el nacimiento de su perfecto culo.

—Veras Luis, empezó diciendo Carlos, creo que hemos empezado con muy mal pie y solo queremos Bea y yo que esto no nos separe. Sois una pareja increíble y nos encanta estar con vosotros.

—Por supuesto, pero tú con Bea y yo con Ana. Sentencié tajante.

—Eso no lo dudes y te debemos de pedir disculpas por el incidente de la playa, creo que ese día nos tomamos más confianzas de las debidas.

Esperaba que Ana dijese algo, que también se disculpase, pero permaneció sumisa, callada, mirando al suelo. Eso me enfadó.

—Por eso os invitamos a una casa rural a la que hemos ido muchas veces. Os garantizo que no os vais a arrepentir y va a ser divertido. Eso hará que nos conozcamos mucho más. Luis te aseguro que no somos mala gente, déjanos demostrártelo.

Esa noche no dio para mucho más, tomamos algo de beber y charlamos de todo un poco. Bea se encargó de calentarme como una estufa, desde el incidente de la playa y aunque según Ana todo estaba bien, no me dejaba tocarla un pelo, seguía enfadada conmigo. Quedamos para el viernes siguiente que saldríamos por la tarde aunque, por lo que pudiese ocurrir, cada pareja fue en su coche.

No me hacia una idea de lo clarificador que ese viaje seria para mí. En ningún momento me sentí incómodo y todo fue más o menos divertido. Ana parecía más relajada y por primera vez en más de un mes hicimos el amor como cuando nos conocimos.

El domingo por la mañana, todos menos Ana nos levantamos temprano. Desayunamos y Carlos y Bea me dijeron que ellos se iban a pasar la mañana a unas piscinas naturales que había cerca de allí. Yo me quedé en casa esperando a que Ana se levantase, pero cuando fui a llamarla me dijo que la dejase dormir y le comenté que me iba a dar una vuelta.

Desde luego el sitio era idílico, frondoso, con mucho verde y tranquilo, no había masificación se estaba realmente bien. Me puse a andar sin rumbo fijo, solo pensando en mis cosas pero sin pensar en llegar a ningún destino. Solo cuando me encontré ligeramente perdido, supe que tenía que regresar. Mas o menos desandé lo andado y por lógica no era el mismo camino, bueno, llevaba mi móvil y si realmente me perdía me ayudaría a llegar.

Pasados unos kilómetros oí de fondo un murmullo y me dirigí hacía donde provenía. Según me acercaba ese murmullo se empezaba a convertir en jadeos y frases entrecortadas por la excitación, la curiosidad me picó y llegué cerca, muy cerca de donde dos personas Carlos y Bea totalmente desnudos follaban sobre una gran toalla en medio de la naturaleza. Por primera vez vi el cuerpo desnudo de Bea con la polla de su novio metida en su depilado coñito entrando y saliendo con parsimonia. Mi polla se puso en pie de guerra enseguida viendo semejante espectáculo. Sin pensármelo saqué mi teléfono y me puse a grabar.

—Joder cariño como me pone oírtelo decir, decía Carlos excitado, repítelo.

—Quiero…quiero la… la polla de Luis en mi coñoooo.

Las manos de Carlos agarraban el perfecto culo de Bea, haciendo que sus caderas bailasen sobre su polla. Sus tetas, colgaban y se mecían con el movimiento de ella, mientras la boca de su chico alternaba entre sus pezones, mimándolos, mordiéndolos, chupándolos sacando de la garganta de Bea auténticos gemidos de placer.

—¿Y tú mi amor? ¿Te gustaría follarte a Ana? Preguntaba jadeando Bea.

—Diooooos, me encantaría. El día de la playa aunque me costó rompí sus defensas, porque se metió Luis, si no ese día terminamos follando.

Siguieron follando mientras en mi cabeza lo repetía una y otra vez, “cabrones, sois unos cabrones” Aunque no estaban follando con dureza imagino que tener la polla metida dentro del coñito de esa mujer explosiva no debía de ser fácil. En esos momentos Bea sacó de su interior la verga de Carlos y me decepcionó, pensé que tendría un pollón descomunal, pero era normalita, digamos dentro de la media nacional. Bea se puso en cuatro ofreciéndose a Carlos provocativamente, desde donde estaba lo que veía me tenía encendido, me bajé el bañador que llevaba y mi polla saltó furiosa ante esa visión.

—¡¡VAMOS FOLLAME!! Exigía Bea moviendo su culo. ¿Sabes lo que me ha contado Ana?

Carlos no decía nada, estaba comiéndole el coño a Bea, solo se oían los chupetones y el chapoteo de su lengua dentro de su coño.

—Me ha contado que Luis…aahhh mi amor sigueeee…tie…tiene un pollón enorme. Confesaba Bea gimiendo.

Carlos se puso tras ella y apuntó su polla al coñito de Bea que lo esperaba impaciente. Mi polla estaba como una piedra viendo y escuchando todo eso, mientras me hacia una paja mirando ese coño y ese culo perfectos que me estaba llevando al orgasmo.

—¿Te gustaría tener ahora mismo a Luis detrás de ti? Pregunto Carlos apuntando su polla.

—Diooooos…siiiiiiiiii.

—Pues piensa que es su polla quien te folla.

De un violento movimiento de caderas se la clavó hasta que no había más polla que meter. Bea levantó su cara cogiendo aire y empezó a gritar de placer mientras se oían los choques de pelvis y Carlos tapaba la boca de esa mujer que gritaba de placer para que no fuese tan escandalosa. Mi paja ya me tenía al borde del orgasmo viendo a Bea llena de sudor mientras sus tetas se mecían al son de las embestidas de su novio. Se oían sus gritos ahogados por la mano que tapaba su boca cuando vi como ponía sus ojos en blanco y su cuerpo se convulsionaba

—Diooooos Beaaaa…me vas a arrancar la pollaaaaa…me corroooooo.

Su orgasmo fue violento e hizo que yo me corriese también como si estuviésemos sincronizados. Creo que nunca había soltado tanta leche viendo a dos personas follar. Cuando los tres nos tranquilizamos miré hacia abajo y las hojas del arbusto que me protegía de no ser descubierto estaban llenas de mi corrida que formaba hilos y caían hacia el suelo.

Vi como los dos amantes se separaban y caían agotados sobre la toalla, la polla de Carlos se había reducido a la mínima expresión, Bea permanecía abierta de piernas mostrando su precioso coño mientras de su vagina rezumaba la corrida de su novio.

—¿Sabes? Empezó a decir Bea. Ana es muy pardilla, muy inocente y bastante influenciable, creo que va a ser más fácil que tú te la folles a que yo me folle a Luis. Además no me costó sonsacarle su deseo más oculto, quiere que la follen dos tíos a la vez y quien mejor que tú y Luis.

—Yo quiero ver cómo te folla y quiero que veas como Anita se derrite con mi polla dentro.

—¿Pero te diste cuenta cómo iba vestida el otro día cuando fuimos a su casa? Iba enseñando prácticamente todo, solo faltaba grabarme en la frente “FÓLLAME” y el tío ni se inmutó.

—Seguro que te llega a ver ese profesor de baile tuyo y no te hubieses escapado. Dijo algo molesto Carlos.

—No empieces otra vez con eso, ya te he dicho que entre él y yo no ha ocurrido, ni ocurrirá nada. Dijo Bea incómoda.

Ya no me quise quedar más, paré la grabación del móvil, me subí el bañador y me fui hacia la casa, esperando encontrar el camino. Eché una última mirada a esa diosa que se mostraba lujuriosa y desnuda y deseando recibir una buena follada. En esos momentos creo que si salgo de mi escondite la habría follado hasta dejarla el coño totalmente abierto, lleno de leche y escocido.

Pero no, me podéis llamar de todo, pero mi amor, la persona que amaba y que me hacía respirar, estaba en una casa esperando a que llegase, yo nunca haría nada a sus espaldas. No me costó encontrar el camino de vuelta, al poco oí de nuevo gemidos e imaginé que esos dos volvían a follar.

Cuando llegué a esa casa rural donde nos alojábamos, vi a Ana en la piscina dándose un baño. Yo me desnudé completamente y me lancé al agua emergiendo a su lado. La abracé conta mí y nos besamos con pasión, juntando nuestras lenguas. Sus piernas enseguida rodearon mi cintura mientras mis manos se aferraban a su perfecto culo.

—¿Estas desnudo, con lo que eres?, ¿No temes que aparezcan estos? Preguntó Ana susurrando en mi oído.

—Bueno, si aparecen que miren y aprendan como se hace el amor a la persona que más quieres.

—¿Y si quieren participar y se meten desnudos en la piscina? Preguntó Ana.

—¿Te gustaría ver cómo me follo a otra mujer delante de ti? ¿Eso te gustaría?

—Dios no, creo que me moriría. ¿Y tú? ¿te gustaría verm…? Cortó enseguida Ana. Perdona cariño, dijo abrazándose a mí y recordando mi mala experiencia.

—Luego quiero enseñarte algo que he presenciado esta mañana.

—¿Me va a gustar?

—Creo que más que gustarte te va a aclarar muchas cosas.

—Andaaaa, enséñamelo. Dijo Ana poniendo morritos.

—No mi amor, primero quiero hacer el amor con mi mujer. La he echado mucho de menos.

Fue Ana la que se desnudó para mi dentro de la piscina y la que sentándose en el borde con las piernas bien abiertas me lo dijo con carita de traviesa.

—Cómeme el coño mi amor.

Nunca me cansaría de su aroma y su sabor y nunca me cansaría de ese coñito fino, cerradito y precioso que tenía mi chica y que me lo ofrecía para que la llevase al orgasmo que me pedía. Mi lengua conocía bien por donde moverse en ese lugar y no le costó nada llegar a su orgasmo, mientras apresaba mi cabeza entre sus piernas para que no dejase de lamer. Se metió en el agua conmigo y abrazándome con sus piernas, mi polla abrió su coñito hasta que solo los huevos quedaron fuera.

—Mi amoooor…nunca me cansare de sentir como tu verga me abre totalmente…follameeeee, follameeeeeeeeee.

Y eso hice, me folle a mi diosa, a la mujer que más amaba y la única que ocupaba mi corazón. Mentiría si no dijese que en algún momento Bea se metió en mi cabeza y pensé que era a ella a quien estaba abriendo ese coñito que tenía, pero era oír los gemidos de mi chica y mi mundo se abría ante ella.

—Fuerteeee mi amoooor…clavamelaaaa fuerteeee…asiiiiiiii.

El contraste del agua fría con la calidez del coñito de Ana era brutal. Pensé que después de la paja que me había hecho mirando como esos dos follaban, aguantaría mucho más, pero era tal la entrega de Ana, su pasión y su cariño que empecé a notar como mi orgasmo crecía dentro de mi imparable.

—Anaaaaa…me voy a correeeer…

—Y yooooo mi amoooor…y yooooo…diooooos siiiiiiiiiiiiiiiii.

Ana se abrazó con una fuerza brutal a mí y note sus convulsiones y como su vagina exprimía mi polla sacándole hasta la última gota de esperma. Estuvimos abrazados un buen rato mimándonos y acariciándonos, no me había salido de su interior y permanecíamos unidos en un vínculo increíble. Empezamos a oír voces que se acercaban, nos miramos complicemente y echándonos a reír salimos de la piscina y nos pusimos los trajes de baño rápidamente. Para cuando llegaron Carlos y Bea, Ana y yo retozábamos en la piscina como niños y ellos tardaron poco en unirse a nosotros. No pude dejar de admirar el cuerpazo de Bea mínimamente cubierto por su bikini y pensando que hacía un rato estaba totalmente desnuda.

El día transcurrió con normalidad, Bea se mostró seductora frente a mí, pero lo que me molestaba es que Ana la miraba embelesada y no reaccionaba ante sus provocaciones, es que hasta sirviendo el café me ponía el culo frente a mi cara solo cubierto por la leve tirita del tanga.

Solo por la noche tuvimos la suficiente intimidad para que Ana pudiese ver el video que había grabado. Lo vio por dos veces y estaba muy seria cuando me entregó mi teléfono móvil.

—Vaya no me esperaba esto de verdad. Dijo Ana molesta.

—Ana ese es tu problema estos quieren hacer un intercambio de parejas, pero tú parece que no quieres verlo.

—Yo he hablado con Bea, al igual que vosotros habláis de chicas, nosotras hablamos de vosotros y me pregunto que como la tenías.

—Joder…¿En serio? ¿Y se lo dijiste?

—Cariño yo estoy muy orgullosa de ti, de cómo eres y de lo que me haces sentir con tu pollón. Claro que si se lo dije y babeó cuando le conté lo que te medía y como era de gruesa. Me dijo «Un día me lo follo» pero pensé que no lo decía en serio.

—Pues creo que lo desea, los dos lo desean y no me gusta nada el juego que se traen entre manos.

Nos quedamos callados los dos, Ana no decía nada pero en mi cabeza todavía estaba el comentario de Bea sobre el deseo oculto de Ana.

—Y ahora me gustaría hablar de tu deseo oculto, ese que no me has contado.

—Ya, imaginaba que me lo preguntarías. A ver Luis, ¿Qué me gustaría que ocurriese?, no te lo niego, pero no lo ando buscando. Es como la lotería, ¿Qué me gustaría que me tocase?, por supuesto, pero si no compro ni el décimo es prácticamente imposible que me toque. Además, ¿has visto la pollita de Carlos? De acuerdo que está muy bueno, pero yo estoy acostumbrada a tus calibres, ¿Y los tres? Ana ya se echó a reír. No, te aseguro que no. Sentenció.

No es que su respuesta me dejase más tranquilo, pero por lo menos lo habíamos hablado. Seguro que se podría matizar más, aunque ni por asomo me gustaría ver percutida a Ana por otro tío. Yo ya tuve suficiente con eso y no he logrado superarlo aún.

Esa última noche, sé que fui un poco cabrón. Me comporté con Ana como un empotrador, tuvimos sexo del bueno y no nos cortamos. Ana disfrutó como hacía tiempo que no lo hacía y la veía sumisa y entregada a mis deseos. Gemimos, gritamos, nos corrimos escandalosamente, quería que nos escuchasen y vaya que lo hicieron. Casi amaneciendo, oímos los suspiros y el rítmico rechinar de los muelles de un colchón y luego el silencio. Yo solo esbocé una sonrisa maliciosa y abrazándome a mi diosa pensé «JODEROS»

Al día siguiente domingo, me desperté extrañamente temprano y aunque había dado lo mejor de mí con Ana estaba fresco como una lechuga. Quise dejar dormir a Ana un poco más, me duché y bajé a desayunar pensando que estaría solo, pero Bea estaba en la cocina más sugerente y sexy que nunca. Confieso que me dejó fuera de juego y me puse algo nervioso, estaba guapísima.

—Buenos días Luis.

—Hola Bea, buenos días.

—Vaya nochecita…¡¡¡EHHHH!!! Sonrió Bea con picardía.

—Siento que hayamos hecho mucho ruido.

—No te disculpes, a mí me encantó oíros.

Vi la mirada de deseo de Bea, cualquier mortal en su sano juicio hubiese aprovechado esa situación a su favor para follarse a semejante hembra. Sus pezones iban a traspasar la tela de su camiseta. Sin yo decirle nada me sirvió un café y dejándolo frente a mí, apoyó sus tetas en mi brazo de forma descarada.

—No lo pude evitar, me dijo sensualmente, me hice un dedito oyendo como empotrabas a Ana una y otra vez, gracias a ti me corrí dos veces pensando que era a mí a quien follabas.

Una mano de Bea se posó en mi muslo muy cerca de mí ya crecida polla. De acuerdo que no quería nada con ella pero esa mujer era una golosina imposible de dejar pasar, pero era incapaz de hacer eso a Ana, nunca, nunca la engañaría. Esa es la lucha que tenía en mi cabeza, se lo que conllevaría que yo me follase a Bea y por nada del mundo iba a consentir eso, solo el pensamiento de que pudiese ocurrir ya me atenazaba el estómago en una sensación ya conocida por mi cuando vi a Blanca follando con Marc.

—Bea, no nos andemos por las ramas, es difícil no darse cuenta de que tú quieres follar conmigo, y Carlos esta como loco por meterse entre las piernas de Ana, pero te aseguro que eso no va a ocurrir.

—Hoy en día es lo más normal entre parejas, se excusaba Bea, es para que la monotonía no se instale en una relación.

Esa mujer no era transparente, escondía mucho más, sabía que cuando se quedaba sola recibía la visita de un hombre y muchas veces incluso dos aparte de sus amigas. Creo que eso su novio lo desconocía. No, algo en mi me decía que tuviese mucho cuidado con esa mujer.

—Bea, será normal para ti y para Carlos. Para nosotros no. Somos solo vecinos, que os quede claro, nunca llegaremos a más.

—¿Y si Ana opina lo contrario? Preguntó Bea molesta. ¿Y si Ana si quiere follar con otros? Dijo sembrando la duda.

—Bea, vas por mal camino, Ana me conoce, yo conozco bien a Ana. Metete esto en tu cabeza, nosotros no vamos a seguir vuestro juego.

—Ningún hombre me ha rechazado, dijo enfadada Bea, y tú no vas a ser menos, de una manera u otra conseguiré joderte.

Sali de esa cocina muy molesto con Bea, subí a nuestra habitación y muy a mi pesar desperté a Ana de su magnífico sueño. Ella lejos de molestarse se acurrucó conta mí y me pidió que la hiciese mimitos. Al poco rato buscó mi boca y nos besamos con cariño, Ana me miró a los ojos y supo enseguida que algo pasaba.

—Cariño, tienes mala cara, ¿Qué ha ocurrido?

Le conté todo lo que había pasado en esa cocina con Bea y lo que habíamos hablado. Le hice partícipe de mis dudas y mis miedos sobre si ella deseaba follar con otros, aparte de su deseo oculto, ¿Qué más le habría contado a Bea?

—Mi vida mírame, decía Ana, mírame y escúchame bien. Tú y yo nos pertenecemos, no hay terceras personas ni quiero que las haya. Me asusta que Bea quiera estar contigo, ella es más guapa y tiene mejor cuerpo que yo…y me da pánico que me dejes. Se por lo que has pasado y creo adivinar tu miedo si me vieses en brazos de otro hombre, nunca, me oyes, nunca te haré eso.

Nos abrazamos con amor y así estuvimos por un buen rato. Cuando nos separamos Ana me besó con ternura y me lo dijo.

—Vámonos a casa, no quiero seguir aquí.

Ana se fue a la ducha y cuando entró a la habitación se quitó la toalla y pude admirar su perfecto cuerpo desnudo. Ella me miró con coquetería mientras se secaba con mi atención puesta en cada movimiento que hacía. Era perfecta y la amaba con cada molécula de mi ser. Quise dejar bien claro a esos dos que Ana solo me follaba a mí y yo solo me follaba a Ana. Antes de irnos volvimos a follar como animales y Ana por pura provocación no se cortó en exteriorizar sus orgasmos con fuertes gemidos.

Cuando bajamos con las maletas hechas, sé que Carlos se sorprendió, pero Bea puso una cara de pocos amigos que me llegó a preocupar.

—¿Os vais ya? preguntó Carlos.

—Si, me ha surgido algo que debo de solucionar en Málaga.

—¿En serio, no es por algo que haya ocurrido? ¿Algo os ha molestado?

—No Carlos en serio, no ha ocurrido nada. Dije mirando a Bea con enfado.

—Bueno, que le vamos a hacer, esta noche nos veremos. Dijo Carlos animosamente.

«No, si puedo evitarlo» pensé para mí. Estaba seguro que Bea no le había contado nada de lo ocurrido en esa cocina. Para mi esa mujer guardaba bastantes más secretos de los que debiera ante su novio y casi podía asegurar que ya le había puesto los cuernos en muchas ocasiones. Definitivamente no, no me gustaba esa gente, no me gustaba esa mujer y después de lo escuchado en el bosque, temía por Ana y que se dejase liar por esa zorra.

Creo que por primera vez pasó por mi cabeza el cambiarnos de casa y alejarnos de esa gente para mí, poco sana. Aunque Ana y Bea tenías sus respectivos teléfonos móviles y se llamaban a menudo, una cosa es tener a tu “amiga” a una hora en coche y otra muy diferente en la puerta de enfrente. Deseaba confiar en Ana, pero el poder que tenía Bea sobre ella era evidente.

Desde que llegamos a casa y en la siguiente semana no ocurrió nada reseñable, nada que supusiese una preocupación. Cierto es que cuando me iba a trabajar, Ana se quedaba en la cama y estaba hasta la hora de comer sola, ¿Qué hacía? No me quedaba más remedio que fiarme de ella y confiar en su buen criterio.

Al final de esa semana Ana me comentó que Bea estaba muy arrepentida de lo que había pasado en esa casa rural. Se sentía culpable de haber forzado la situación y haber hecho que nos fuésemos antes y que nuestra amistad se hubiese visto resentida. No la creí, ya pensaba que esa chica era puro veneno y esas disculpas eran parte de algún otro plan que rondaba en su retorcida cabeza. Ana como siempre volvió a su amistad con ella, sin importarle que una semana antes esa zorra me dijo claramente que quería follar conmigo, no lo podía evitar, esa situación me disgustaba.

En la siguiente semana tuve que irme de viaje el jueves, aunque sería un viaje breve, el viernes a mediodía estaría en casa de nuevo, pero las dudas se volvieron a instalar en mi cabeza y ya empezaba a no estar seguro de nada. Me estaba obsesionando y empezaba a perder la confianza en Ana. Los fantasmas del pasado volvieron a mí, era como cuando Marc venía a follarse a Blanca y yo desaparecía para no ver lo evidente, en mi cabeza empezaba a ver imágenes de Ana siendo follada por otro hombre y eso me desesperaba.

Ese viernes cuando llegué a casa y abrí la puerta del ascensor Ana y Bea charlaban en el rellano. Las dos me miraron sonrientes y me saludaron como si fuese un vecino más, un desconocido. Cuando pasé al lado de Ana, que siempre me recibía efusivamente con besos y abrazos, ni siquiera se dignó a darme un beso de bienvenida. A esos pequeños detalles mínimos, es a lo que me refería con los sutiles cambios. Pasé algo molesto a mi habitación y quitándome el traje me fui a la ducha. Cuando salí, Ana y Bea seguían todavía de cháchara y pasó un rato hasta que oí como se cerraba la puerta y entraba Ana al salón muy contenta.

—Cariño, como sé que vienes cansado, he pensado que esta tarde me marcho con Bea a la peluquería. Luego me ha dicho que me va a llevar a su escuela de baile para presentarme a la gente con la que baila y a su profesor.

—¿Y no preferirías quedarte conmigo y luego irnos a tomar algo?

—Cariño, siempre te quedas dormido después de comer, dijo Ana con pena, prefiero dejarte descansar. Así por la noche me dejas bien satisfecha, dijo mi chica con picardía.

Ella lo tenía ya decidido y me lo quiso vender con una promesa velada de un polvo salvaje por la noche. Tenía ganas de llegar a casa para estar con Ana, amarnos, que me provocase con algún conjuntito mínimo de esos que sabía que me gustaban y me ponían cardiaco hasta que la follaba como un animal y ella quedaba agotada con sus orgasmos. Pero esta vez ni siquiera me dio un beso, y lo peor, es que ni reparó en ello.

Me limité a sonreírle pero mi cabreo subía como la espuma. Hizo una mierda de comida, y perdón por la expresión, para eso yo mismo podía haber hecho algo mejor para los dos, pero tenía prisa, se arregló y salió casi a la carrera de nuevo sin darme un misero beso.

—Nos vemos dentro de un rato, dijo saliendo por la puerta.

Ni me dormí después de comer y para colmo no me podía quitar de la cabeza esa actitud de la mujer que me saco del pozo de desesperación en el que me sumí en su momento con Blanca. Estuve a punto de llamarla media docena de veces para juntarme con ella, pero creo que si hacia eso parecería un controlador y tampoco quería dar esa imagen de mí.

Me limité a esperar a que regresase, masticando mi enfado, tragándomelo y volviendo a vomitarlo de nuevo. Eran las once de la noche todavía no había llegado y fue cuando la llamé por primera vez, pero su teléfono o estaba apagado o fuera de cobertura, le mandé dos wasap creo que bastante correctos pero haciéndola notar lo molesto que estaba y no recibí respuesta.

Cuando eran las doce y media de la noche estaba asustado y la primera idea que se me pasó por la cabeza no me gustó nada. Me fui directo al piso de Bea y toque el timbre insistentemente rezando porque nadie me abriese la puerta. Creo que si en ese momento aparece Bea con cara de interrogación me hubiese echado a llorar como un niño. Pero no, ni se oía nada, ni apareció nadie abriendo la puerta, todo estaba en silencio y yo cada vez más asustado y nervioso.

Cerca de las dos de la mañana, oí como una llave intentaba abrir la puerta de nuestra casa, fui rápidamente a la puerta de entrada y me encontré a Ana que me miraba sorprendida.

—Ho…holaaa…cari…jajajajaja…cariññoooo.

Su estado de embriaguez era evidente, cuando cayó sobre mi intentando abrazarme, una mezcla a colonia masculina y alcohol impregnó mis fosas nasales. Su estado de embriaguez era evidente, no pude esconder mi disgusto y mi enfado y se lo dije con sorpresa.

—Por dios Ana, estas borracha. Afirme dolido.

—Sho…sholooo un piquitin mi…ammm…jajjajaja…mi ammooorrr.

Temía que en ese estado no hubiese sido consciente de sus actos y ese olor a colonia masculina fuese de un hombre que se hubiese aprovechado de ella. La llevé a la habitación y la desnudé rápidamente, quería saber si llevaba toda su ropa interior puesta. Por fortuna si la tenía, según la tumbé, se quedó dormida la quité el sujetador y vi que sus tetas no tenían ninguna marca, y aunque sé que no debía, aparté su tanga a un lado y aspiré su aroma, me asustaba poder encontrar el inconfundible olor a su excitación o a semen. Solo el típico olor a pis se desprendía de su sexo lampiño.

No os puedo describir la relajación que invadió mi cuerpo, ese malestar en la boca del estómago debido a la horrible punzada de celos desapareció de inmediato para dar paso a un enfado monumental. Ana me debía una explicación, éramos pareja y creo que nos debíamos un respeto. Ella nunca se había comportado así y por supuesto nunca, nunca la vi consumir alcohol hasta el punto de emborracharse. El inconfundible sonido de la arcada seguido del vómito llego a mis oídos desde nuestra habitación. Puse cara de resignación y fui a la cocina a por un barreño, agua, limpiasuelos y una fregona. Cuando entre al dormitorio Ana volvía a devolver poniendo todo perdido.

No fue una noche fácil, me quede a su lado despierto, ayudándola en el momento que oía como su cuerpo intentaba expulsar todo el alcohol ingerido. Dormí a ratos, y cerca de las siete de la mañana parece ser que Ana se durmió profundamente. A las ocho, el ruido del ascensor parando en nuestra planta me indicó que Bea llegaba a su casa. Como una vulgar cotilla, mi ojo la observó por la mirilla. Llevaba unos pantalones vaqueros ajustadísimos, zapatos de tacón y una cazadora de cuero negra, ella parecía actuar normal, venia sola, cerró la puerta de su casa pero antes de entrar miró hacia nuestra puerta y sonrió con malicia.

Cerca de las dos de la tarde oí la ducha de nuestra habitación. Ahora se me venía encima el momento de las explicaciones y todo tipo de excusas para poder justificar su comportamiento, pero lo siento, no había nada que argumentase esa conducta, no para mí.

—Bu…buenos días cariño. Saludó Ana tímidamente.

—Hola. Saludé secamente.

Estaba en la mesa, con el ordenador portátil terminando unos informes. No levanté la vista, ni siquiera la miré, eso sé que le dolió. Se fue hacia la cocina y vino al poco rato sentándose frente a mí.

—Creo que te debo una explicación. Dijo Ana muy seria.

Intentaba dominar la ira que sentía en esos momentos. La mujer que me había sorprendido y enamorado, que me había demostrado su grado de inteligencia y su capacidad de amar se había comportado conmigo de la manera más absurda. No quería una explicación, todo lo que me contase seria palabrería.

—Antes de que intentes siquiera explicarme nada. Ayer cuando llegué de viaje estaba deseando ver a la persona que más amo y estar con ella porque cuando viajo la echo muchísimo de menos.

Vi como los ojos de Ana empezaban a humedecerse e imagino la resaca que tendría después de la noche que había pasado, pero no iba a ser clemente con ella.

—Pero mi sorpresa cuando llego a nuestra casa es que mi mujer me recibe sin ni siquiera darme un beso, sin hablar conmigo, solo para decirme que se va a la peluquería con su amiguita la vecina y luego a conocer a no sé qué gente de una academia de baile. No atiende mis llamadas ni mis mensajes por que tiene el teléfono desconectado. Aparece de madrugada, borracha y oliendo a colonia de otro hombre después de haber estado esperándola toda la tarde y parte de la noche. Eso, por mucho que lo intentes, no tiene explicación posible, así que no quiero escucharte.

Ana ya estaba llorando en silencio, mientras me miraba desesperada. Pero era tal mi enfado que aunque intentó hablarme no la dejé.

—Ayer por primera vez en mucho tiempo, hiciste que los fantasmas de mi pasado se apoderasen de mí. Sabes por lo que pasé y como lo pasé y te aseguro que por nada del mundo voy a volver a pasar por esa situación. Te puedo querer mucho pero hazme algo de esto otra vez y te aseguro que hago tu maleta, te mando a Madrid a trabajar en tú empresa y tú por tú camino y yo por el mío, ¿Queda claro?

—No…no hice nada malo. Decía Ana llorando.

—¿Como lo sabes si estabas borracha? Además, ¿Cómo se supone que llegaste a casa? Tenías tal ciego que ni podías abrir la puerta de casa.

—Joder, decía Ana llorando con desesperación, no recuerdo nada.

Se levantó y se fue a nuestra habitación. Al poco la oí hablar por teléfono, imagino con su “amiguita” del alma Bea. Intentó maquillar esa escapada, me contó cosas que no tenían ni pies ni cabeza y ella misma se estaba dando cuenta que la estaba pifiando cada vez que abría la boca y al final estallé.

—Mira Ana, parece ser que solo yo me doy cuenta de lo mala persona que es esa zorra de Bea. Te está utilizando para hacerme daño, para sembrar la duda entre nosotros. Te tengo por una mujer inteligente, pero Bea te anula totalmente, esta situación no la voy a soportar por mucho tiempo, así que decide, ¿Qué vas a hacer?

A esta última pregunta una persona que esté segura de sus sentimientos y sepa lo que quiere, no hubiese dudado en contestar inmediatamente. Ana abrió la boca pero no dijo nada, intentaba responder pero de sus labios no salía ninguna respuesta y eso me desesperó aún más.

—Bien, se supone que esta pregunta se debe de responder sin dudar, dije muy molesto. Si dudas, si no sabes que responder, creo que queda muy clara tu postura. Genial Ana, genial.

Ese día fuimos dos auténticos extraños. Ella parecía enfadada conmigo, ¡¡encima!! Y eso me exasperaba mucho más. No cruzamos una palabra ni para desearnos buenas noches, ni un beso, ni un te quiero, ni un qué descanses. No hubo abrazo, ni mimos ni nada que se pareciese a un arrepentimiento por parte de ella. No podía dormir, me desvelé muchas veces, pero ella estaba extrañamente dormida, parecía que su conciencia estaba tranquila y nada la perturbaba. Esa persona que dormía a mi lado ya no la conocía.

Se que es duro, pero siempre he pensado que el tiempo es quien pone a todo el mundo en su sitio. Sabía que era cuestión de tiempo que Ana, o entrase en razón, o rompiese nuestra relación de cuatro años por vaya usted a saber qué motivo. Empezaba a prepararme mentalmente para esa ruptura. Intentaba ser frio con lo que se me avecinaba, lo mejor, no había críos de por medio gracias a Dios, los dos teníamos unas sólidas carreras y a ella no le costaría retomar su vida y a mí tampoco, además mis superiores estaban muy contentos con mi trabajo y me dejaron caer que en Estados Unidos tenía un sitio de privilegio reservado para mí y aunque en principio rechacé la idea, creo que terminaría aceptándola para poder olvidar todo.

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