QWERQ

¡¡DING DONG!! ¡¡DING DONG!!

—¿Quién es? —miro hacia la puerta completamente desorientado— ¿Esperas a alguien mamá?

—No, para nada, no tengo ni idea de quién es. ¿Puedes ir a abrir tú?, estoy demasiado ocupada para hacerlo… Seguramente será alguien intentando vendernos algo, si necesitas que vaya, me lo dices cariño.

—No sé quién será… —me giro hacia la puerta, alejándome cada vez más de mi madre.

Me encamino por el pasillo hasta la puerta de casa. «Quién podrá ser… ¿visitas a esta hora del día?»y sin pararme a mirar por la mirilla, abro directamente la puerta y la imagen que aparece ante mí me deja horrorizado. Aparece ante mí una apariencia espantosa. Tanto que retrocedo un paso inconscientemente al ver cómo le sobresale la inmensa barriga al hombre que está de pie frente a nuestra casa, formando una imagen doblemente grotesca por lo alto que es y las canas que coronan su cabeza sudorosa. Un hombre viejo, gordo, que su prominente barriga hace que sea aún más grande de lo que parece, y que rondará los 70 años. Su pelo entre blanco y gris envejecen aún más si cabe esas marcas faciales que denotan los años de vida. Su camiseta blanca, se pega casi sudorosamente a su piel y se observan diferentes manchas de grasa por todos lados. Su pobre look se completa con unos pantalones cortos que llegan casi hasta las rodillas. Es Don Fernando, nuestro vecino del tercero. Vive justo debajo nuestro. Hace años que vive solo, se divorció y no ha vuelto a juntarse con nadie. Todo el vecindario pensamos que su personalidad y su forma de ser es incompatible con la convivencia con él. Discute bastante con todos los vecinos y en la última reunión de vecinos tuvo un par de discusiones fuertes con mi padre. Todos lo odiamos, pero lo peor es que parece que él disfruta con ello…

—Hola joven, ¿están tus padres por casa?

Su mirada imponente me hace titubear levemente, solo consigo decir… —eh.. un.. un momento por favor..

Me giro hacia el  pasillo y me encamino hacia la cocina, dejándolo plantado en la entrada de casa.

—Mamá… —le digo a mi madre cuando aparezco por el contorno de la puerta de la cocina, visiblemente preocupado.

—¿Qué pasa hijo? —Mi cara hace que mi madre deje lo que está haciendo para prestarme atención. Se encamina hacia a mi limpiándose las manos en el delantal mientras me pregunta. —¿Ha pasado algo? ¿Quién era?

—Es… Don Fernando…

—¿Qué? ¿Don Fernando? Qué narices querrá ese ahora. —dice mi madre lavándose las manos y soltándose el pelo para no aparentar tan “maruja”.

Mi cara refleja un poco la preocupación después de lo que pasó en la última reunión de vecinos. Me quedo en el contorno de la puerta mientras la veo. Pasa a mi lado con paso firme y con cara de pocos amigos se encamina por el pasillo en dirección a la puerta de casa.

—Buenos días Don Fernando, ¿en qué puedo ayudarle? —La voz de mi madre suena muy firme, mostrando la poca gracia que le hace ese señor.

—Buenos días Alejandra, ¿Está tu marido por casa? —Su voz suena sorprendentemente educada..

—¿Mi marido? No, no está, me temo que tendrá que conformarse conmigo, ¿qué quiere? —dice ella tajantemente. Debido al trabajo que desempeña mi madre, unas de las cosas que más le han molestado a lo largo de todos sus años trabajando como abogada son los comentarios machistas. Comentarios que pongan en duda su capacidad tanto de afrontar problemas como de solucionarlos.

—Vaya, espero que tú puedas solucionar el problema.

—Pues me temo que no le queda otra opción que decírmelo a mí, ¿Acaso dudas que no pueda solucionarlo? —su tono cada vez muestra más su enfado.

—Jajaja, bien, es un asunto importante. —El viejo mira hacia atrás, hacia el rellano mientras dice —¿Podemos entrar y hablarlo? No creo que deba enterarse todo el vecindario, ¿no?

—¿Entrar? ¿dónde? ¿en mi casa? —dice sorprendida. —¿Cómo va a entrar en mi casa? ¿desde cuando tenemos esa confianza? —mi madre está visiblemente enfadada y a la defensiva. Sin embargo, eso no afecta a Don Fernando, que muy serenamente le dice que no va a gustarle que los vecinos nos vean en el rellano discutiendo estas cosas.

Eso deja pensativa a mi madre. Por un lado sabe que tiene razón, a nadie la importa las cosas que tengan que discutir. Pero por otro lado, lo que realmente le molestaría es que el vecindario la viera hablando con él, simplemente que le puedan relacionar con un tipo así hace que se atormente.

—Esta bien, pase… Espero que sea importante, tengo muchas cosas que hacer.— Le dice muy a su pesar.

—Claro.— Dice sonriente.

Al pasar detrás de mi madre veo como una sonrisa se dibuja en su cara. Me fijo en qué esta mirando y veo como se fija en la figura y el culo de mi madre sin que ella se dé cuenta. No me esperaría que hiciera algo así, tan sorprendido me encuentro que no me atrevo a decir nada..

Veo como llegan al final del pasillo y entran al salón…

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