ISA HDEZ

Permanecía muda desde aquella tarde lluviosa de otoño,

con las puertas y ventanas cerradas a cal y canto,

la casa blanca de puertas de tea y ventanas cuadriculadas,

erguida, vistosa y fuerte como una dama lejana en el tiempo.

Al llegar a la puerta sintió todo su cuerpo erizado,

dos lágrimas corrían sin parar por sus mejillas pálidas

que emborronaban aquellas imágenes vividas antaño,

de su abuela con sombrera barriendo los patios al amanecer.

Los árboles mecían las hojas que se reflejaban en los ventanales,

los mirlos volaban en derredor de los nidos en las moreras,

el aroma a hortelana, jazmín y romero salpicaba el aire

e impregnaban su alma de emotivos y gratos recuerdos.

Las tuneras de los aledaños brillaban rellenas de tunos floridos,

la hierba mojada cubría los muros que bordeaba los senderos, 

las arreboladas nubes adornaban el distante horizonte

y su mirada gris se perdía entre las gotas que resbalaban en los cristales.

En otro tiempo fue lugar de encuentro, gozo y libre albedrío.

ahora solo resuena el silencio, el viento y el sonido de la lluvia,

a veces se oyen ecos del ayer como voces conocidas, antiguas, perdidas,

pero al rebuscar por las esquinas se tropieza el lamento con el silencio y el vacío.

Un comentario sobre “La casa vacía

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