ROSA BURGADA

Miro mi vestido de novia y creo que estaré esplendida, los dejaré boquiabiertos en la entrada de la iglesia del brazo de mi padre. Y además estará llena porque mis padres han invitado a amigos y conocidos, familiares allegados y lejanos, orgullosos de casar a su única hija. Que dicho sea de paso no soy una jovencita ni puedo presumir de belleza, ni de medidas perfectas. Pero con mi futuro marido nos gustamos en la noria. Cada uno en un carrito, pero sin poder apartar la vista uno del otro. Fue distinto, sin cohetes, ni mariposas en el estómago. Ya éramos adultos y nos bastó saber que había cierta conexión entre nosotros. Mis padres estallaron de alegría cuando lo supieron. Creían qué me quedaba para vestir Santos. Me aferre a él, he sido más cariñosa y afectuosa de lo que soy, cargue las tintas para retenerlo. Me trague tardes enteras de tesis, aburridos paseos y pocos escarceos amorosos porque ambos decidimos dejarlo para la boda. En una suite, con lujo y belleza y no en el asiento trasero de un coche, en el campo o en la cama de mis padres. Seis años de arreglarme, de no tener más vida social que esos encuentros al salir del trabajo. Un empleo que he dejado porque desea que sea una esposa tradicional. No deseo, por nada del mundo, que una contrariedad frustre esté enlace. Y al fin ha llegado el día. Tengo algo usado, prestado y azul. Iremos en una calesa para poder disfrutar del tiempo que hay en estas tierras. Mi madre, cumpliendo la tradición, llevó huevos a las hermanas clarisas. El traje está frente a la cama como una promesa un reto… Y de repente me entran ganas de llorar…Pareceré un merengue ridículo… ¡En una iglesia!!! Yo que no creo en nada. Delante de tanta gente haciendo esa representación. La verdad es que no me atrae nada la idea de la noche de bodas. Nunca me ha excitado ni he sentido deseo. Más bien ha sido un amigo. Soporífero y previsible. Todo hay que decirlo. No me gustan los niños ni las labores de la casa… ¿Cómo he podido dejar mi trabajo, mi libertad? Me espera la mendicidad y la esclavitud. Y ni siquiera me gusta. Me empujó el miedo a la soltería. Mi amiga y sus ideas. Me dijo que prefería casarse y divorciarse, que ser soltera. La sociedad acepta a las divorciadas, pero rechaza a las solteras de cierta edad. Dan mal rollo. Todos piensan, nadie las quiso, por algo será… Y yo me abrazaba más a ese hombre que, si no lo evito será mañana mi marido. Mis padres me matan, no volverán a hablarme. Se han gastado lo que tenían y más. Están endeudados. Por no decir los que han venido del otro lado del océano. Tengo más miedo que ilusión… Y la cosa es que hasta ayer era feliz.
Ha sido ver el vestido, pone sin ponerlo, cadena perpetua. No lo pienso más. Me voy. Retomaré mi empleo y mi libertad. ¿Qué pasa si soy soltera y vivo con un gato? Nada. Y salí corriendo de noche sin mirar atrás.


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