TANATOS 12

CAPÍTULO 29
—Está bien. Yo sola —dijo María, y él reinició su paja al tiempo que ella se llevaba las manos a sus pechos, sobre su sujetador.
Carlos la miraba, queriendo mantenerse noble, pero su mirada distaba ya mucho de ser limpia. Quería mantener un estilo, una pose distinguida, en su masturbación, pero en eso no podía competir con María, la cual bajaba su sujetador, con destreza, haciendo algo de fuerza, exigiéndole a las copas de aquel encaje blanco hasta volcar sus pechos sobre dicho sujetador, haciéndolo prácticamente desaparecer. Sus pechos, allí expuestos, grandes, con sus areolas extensas, le hicieron murmurar algo ininteligible a un Carlos que aceleró su paja y entendí entonces el plan de María.
Su plan consistía en mostrar una feminidad y un poder que lo arrollara por completo. Su plan era verle masturbarse hasta el clímax, y verle eyacular sobre el suelo de su propia casa, de su propia terraza. Como si ella hubiera descartado satisfacer su cuerpo, pero al menos le quedase su juego de satisfacer su ego, y no su ego en sí, como persona, sino como mujer, una especie de ego sexual, que la reconfortaba y la satisfacía casi tanto como la satisfacción física de un sexo sublime con un amante a su altura.
María bajó entonces una de sus manos y la coló bajo su tanga. Carlos la miraba embobado, y yo, ya empalmadísimo, me abrí los pantalones, infartado, tenso, excitado, y sabedor de que nadie repararía en mí.
Yo tampoco obtendría mi premio máximo, que era el juego original, pero ver a María mostrando aquel erotismo, aquel poder, delante de aquel farsante, me excitaba muchísimo y además hacía que la reverenciase, de nuevo no solo como ella en sí, sino como ella sexual.
Ella se masturbaba, cerraba un poco los ojos y se acariciaba un pecho con la otra mano. Una mano en su coño. La otra en su teta. Haciendo que su sexo se fundiese y haciendo que aquel pezón se erizase…
—¿No me vas a dar lo que le diste a aquel chico de Madrid? —preguntó él, en un jadeo tembloroso, dando un paso hacia ella, y alternando masturbaciones más rápidas con otras más lentas.
—¿El qué? —preguntó ella, en otro jadeo, pero me parecía que ella estaba más entera que él.
—Aquello de escupirte en las tetas…
—¿Eso te pone?
—Me pone todo lo que hagas… —respiró agitadamente, y ella, mirándole, dejó brotar un hilillo de saliva de su boca, que cayó sobre la teta que acariciaba y fue discurriendo hacia aquel pezón punzante… y con su dedo pulgar extendió aquella espuma transparente por su areola, mientras Carlos parecía que iba a explotar en cualquier momento.
Los dedos de María frotaban bajo su tanga con destreza y ella seguía aferrada a su teta, que ya brillaba, y flexionaba un poco las piernas… y parecía incluso que se podría correr antes que él. Yo me masturbaba, sin apenas tocarme, con dos dedos, pues no quería ser el primero en sucumbir.
Carlos dio entonces otro paso, cosa que sulfuró a María, que esbozó un rapidísimo “no te acerques, no me toques”, y pude ver como estaban ya cerca, al alcance de poder tocarse.
—Tranquila… — sonrió—  No te toco… Cuéntame… cómo te follaron aquellos universitarios. Que el otro día te quedaste a medias…
—Échate para atrás. Hoy no me manches —replicó ella, quizás errando, demasiado entregada a su sexo, demasiado cerca de estallar.
Carlos obedeció y María dijo:
—¿Qué quieres saber? —le miraba, con ojos llorosos.
—¿Cómo te follaron?
—Me follaron muy bien…
—¿Por turnos? ¿A la vez? —jadeaba él… pajeándose ahora rápidamente.
—Por turnos… Y a la vez…
—Qué afortunados, ¿no? —sonrió en una mueca desagradable— ¿Pudiste con los dos?
—Sí… ¿Acaso lo dudas? —gemía ella, sintiendo su teta hincharse bajo su mano y moviendo eléctricamente la mano que la pajeaba. Y Carlos no perdía detalle de aquel tanga blanco, estirado, que tapaba aquel coño que tenía que tener ya sus labios totalmente separados.
—¿Y a la vez cómo es? —preguntó él.
—Imagínatelo… Y échate para atrás —exclamó ella, en un jadeo, cerrando sus ojos de golpe, y yo sentía que se corría ya.
—No… cuéntamelo tú…
—¡Ahhh…! —gimió ella, poniéndome los pelos de punta, y abriendo un poco su boca, y cerrándola, temblándole la cara. De golpe se deshacía, allí, aferrada a su teta y pajeándose entregada, con su chaleco abierto, con su sujetador bajado y con su pantalón casi en los muslos… con aquellos dedos que la traicionaban y la llevaban al clímax antes de tiempo.
—A la vez es con una polla bien metida en el coño… mientras su amigo te la metía en la boca… Deduzco… —susurró él.
—¡Mmmm…! ¡Sí…! —gimoteó, abriendo un poco los ojos… —¡Vamos… córrete…! —jadeó entonces María, rogándole a él que explotara ya, para poder venirse ella, la cual parecía ya solo poder aspirar a un empate… a correrse los dos a la vez.
Pero Carlos, de golpe, muy entero, y deteniendo su paja, le dijo:
—Vámonos dentro, mejor. Mírate, tienes la piel de gallina. Hace frío.
Aquella frase cayó hiriente y dramática sobre ella, matándola. Y María contenía su orgasmo, burlada, y yo me fijaba en sus brazos desnudos, con su piel erizada, si bien también sus pezones lucían tiesos y punzantes, así como el resto de su cuerpo se exponía alterado.
Ella detenía su mano, contenía su orgasmo, y salvaba la vergüenza máxima de correrse allí sola, con su chaleco abierto, con sus tetas enormes cubriendo su caro sujetador y con su pantalón refinado bajado hasta los muslos. Pero no salvaba el bochorno de aquel corte, de ver a Carlos yendo a por su copa, con su pollón asomando, sin prisa, dejándola semi desnuda, jadeante, ardiendo, con sus tetas hinchadas y con su coño desesperado.
Carlos bebía, fingiendo normalidad, y esperaba a que su erección bajara para poder guardar su miembro con mayor facilidad.
Miré a María y ella ya se subía el sujetador, herida en su orgullo, y se cerraba el chaleco. Yo metía mi mi miembro sin problemas en mis pantalones y entonces dijo María:
—Mejor nos vamos ya.

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