GAMBITO DANÉS

Sobreviviendo al morbo veraniego

1

Tumbado en la toalla sobre el césped maldije mi vida. Mis amigos en Ibiza y yo pasando calor en una urbanización cutre de Barcelona. ¿Cómo se podía ser pobre y tener piscina? Supongo que ese es el estado del bienestar del que hablan. Para eclipsarme la tarde, de manera casi literal, llegó la señora Martínez y se acomodó cerca de mí, saludándome primero con la mirada. Ciento diez kilos de humanidad, de vida, sostenida por solo dos estresadas piernas. A su paso patizambo, tardó casi cinco minutos en recorrer cincuenta metros hasta tumbarse, cual ballena que busca una orilla donde perecer, a mi lado.

—Buenas tardes, niño —saludó con la poca dignidad que le quedaba.

No me extrañaba que, en todas las juntas de vecinos, su marido y ella batallaran para colocar ascensores en los bloques, y eso que vivían en un primero.

—Buenas tardes —respondí sin ánimo de entablar una conversación.

Fue inútil.

—Qué, niño, ¿tas bañao? ¿Estás fresquito?

—Como un gazpacho.

No pareció entender la respuesta y a mí no me apeteció explicarle el paralelismo entre la típica comida veraniega refrescante y mi estado. Para colmo, por si el diálogo de cenutrios no fuera suficiente, fui salpicado por un par de seres pertenecientes a ese subgénero humano que sufre enanismo transitorio, más comúnmente llamados niños. Pensé en abandonar el lugar y retirarme a mi piso, no antes de subir a pie los cuatro pisos, claro. Ascensores no, piscina sí. ¿Quién querría un artilugio que te ayudaría cada día pudiendo tener una balsa artificial de agua utilizable dos meses al año?

A punto de recoger, angustiado por la fauna que me rodeaba, llegó una de las personas que podían mejorar mi tarde y me preparé para ver una de mis escenas favoritas. Pizpireta, hizo acto de presencia la señora Cabarrocas, una de las pocas que subían el nivel de aquella decadente y mal terminada urbanización en las afueras de Barcelona, una comunidad que era la perfecta definición de “quiero y no puedo”.

Llegó vestida con la parte de arriba del bikini y un pareo, unas gafas de sol desproporcionadas a lo socialité y armada con una toalla, pero lo interesante era su compañía. María, la señora Cabarrocas, era una MILF de catálogo, cuarenta y dos años de exuberante busto, tersas piernas y piel cuidada a base de cócteles secretos de mejunjes y cremas, e iba siempre acompañada de su inseparable Yazd. El perro en cuestión lejos de ser un bichón maltés o cualquier raza de los denominados “lame chuminos” se parecía más a un caballo que a un can, era un galgo afgano, esbelto, pletórico y orgulloso que, aun tener una apariencia de lo más afeminada, no perdía la ocasión de demostrar su varonilidad. 

 —Ya llegó la “Marquesita” y su perrito —anunció envidiosa la especialista de escenas de acción de Jabba el Hutt.

No le hice caso, relamiéndose pensando en lo que estaba a punto de suceder. No se hizo esperar, María extendió suavemente la toalla sobre el césped y, a la que su acompañante la vio en posición de semi-pompa, Se alzó sobre sus patas traseras y le aprisionó la cintura con las delanteras, moviendo las caderas a lo Nacho Vidal en un enésimo intento de montarla.

—¡Yazd! —exclamó ella intentando apartarlo con el brazo a la vez que se incorporaba, pero el repeinado perro no se dio por vencido, siguiendo con sus acometidas pélvicas acercándose poco a poco a su delicioso trasero.

—¡¡Yazd!! —insistió ella liberándose al fin de un manotazo.

—Qué bochorno —dijo entre dientes el jabalí de mi lado.

Era casi una rutina, no había semana en la que no pudiese ver al contrahecho cánido intentándose correr una juerga particular con su dueña, imaginándome qué podría pasar dentro de las cuatro paredes de su piso noté que incluso me empezaba a calentar y, disimuladamente, me recoloqué el miembro por encima del bañador.

La señora Cabarrocas se deshizo del pareo, pero antes de que pudiese tumbarse sobre la toalla, el perro lo intentó de nuevo esta vez con un ataque lateral, agarrándose en espalda y vientre y restregándose contra su muslo, habría dado lo que fuese por ser, por unos instantes, el dichoso animal. Ella volvió a forcejear, liberándose al fin del bicho que incluso gimió de frustración. Vi entonces que tenía la braga del bikini mal puesta por la lucha, mostrando más aún una de sus deliciosas nalgas y supe que el bulto de mi pantalón era inminente, así que decidí darme la vuelta para aplastarlo contra el suelo.

—Menuda bestia —insistió la ballena en un intento de terminar con mi libido.

Había sido, probablemente, el segundo mejor momento del día. El primero sería por la noche, cuando en la intimidad de mi habitación le dedicara una lenta, húmeda y tántrica paja a la susodicha.

—Primo —oí una voz femenina acercándose.

Era literal, Marta era mi prima. Un año menor que yo era la hija de la hermana gemela de mi madre. Deduje que habían pasado de visita. La pobre no había heredado ninguno de los rasgos ni físicos ni intelectuales de la familia, o lo que es lo mismo, era gorda y justita. No es que fuera un cachalote como la señora Martínez, pero con dieciséis años apuntaba maneras.

—Hola —fue lo único que dije sin darme ni siquiera la vuelta para mantener contacto visual con ella.

—Hemos pasado a veros y como llevaba el bikini me he bajado un rato —aclaró ella concisa, directa al grano, sin poesía de por medio.

Se colocó con su toalla a mi lado, con tan mala suerte que eligió justo el lado en el que mi cabeza apuntaba, obsequiándome con un improvisado desfile de sus rotundas formas. En un momento foca y minifoca me habían rodeado, pero ni siquiera con ese grotesco entorno fui capaz de calmar mi excitación, siguiendo boca abajo y con el falo apretujado. El efecto Cabarrocas me solía durar un rato. Me fijé en ella, creyendo que sería el antídoto a mi calentura, pero el verano era traicionero.

Tenía la cara redonda, las caderas anchas y las piernas gruesas aunque juveniles, y su vientre parecía un bongo agujereado, entiéndase el agujero como metáfora de su profundo ombligo. Eso sí, sus enormes pechos le daban cierta proporción al conjunto, siendo estos impropios de una chica de dieciséis años. A la ya de por sí dantesca escena se le sumó unos repentinos gruñidos provenientes del otro lado, ronquidos de la vecina para amenizar la tarde. Me sentí en un safari, rodeado de animales y hormonas.

—¿Qué te cuentas? Tu madre me ha dicho que tus amigos se han ido todos.

—Pues ya sabes lo que pasa en mi triste y efímera existencia.

—Bueno, podría ser peor —dijo ella en un intento por consolarme—. Yo lo he dejado con mi novio.

Me los encontré en el cine, Jordi era un Hobbit salido que no dudó en morrearla ya en los créditos de inicio, baboseándola el resto de la película como si fuera un helado de cucurucho.

—Vaya, lo siento —mentí.

—Es mejor así —respondió colocándose bien la parte inferior del bikini, como sufriendo por si se asomaba algo indebido.

Debía estar peor de lo que pensaba, pero sentí palpitar de nuevo mi falo.

—Sí que hace calor aún, ¿no? —dijo ella por hablar de algo.

—Pues sí —asentí tragando saliva.

Por un momento no le veía ni la tripa, ni las caderas, ni la cara de mazapán, tan solo sus enormes tetas luchando contra la gravedad para no desparramarse hacia los lados. Con un par de niños bañándose despistados, la señora Martínez dormida y la frustra-perros lejos, me envalentoné, sintiéndome algo travieso y dándome la vuelta para tumbarme boca arriba. Mi bañador era un espectáculo, un monte, un volcán a punto de entrar en erupción. Ella, al principio no se dio cuenta, pero una vez que sus ojos se toparon con el bulto la expresión de su cara cambió.

—Y … ¿tú? ¿Tienes novia?

—Nada serio, un poco de aquí y un poco de allí —respondí rozando maliciosamente mi erección.

—Hace calor —expresó claramente disimulando, sobrepasada por la situación.

—Si quieres nos bañamos —dije.

Ya en el agua conseguí esquivar a los pequeños demonios y jugamos a hacernos aguadillas en un intento de volver a la normalidad, pero yo no estaba dispuesto a consentirlo, aprovechando el juego para frotarme con ella, restregarle mi porra por las generosas nalgas y las piernas e incluso frotarle disimuladamente aquellos enormes melones. En una de estas, en la que ella se incorporaba después de que la hubiese sumergido, hábilmente le agarré la goma del bikini y, al salir, uno de sus pechos quedó libre y desprotegido.

—¡Idiota! —me dijo dándome un manotazo y adecentándose la ropa, más frustrada por la zambullida que sospechando sobre mi alevoso plan.

Fueron solo unas décimas de segundo, pero suficientes para que pudiera ver su pecho en todo su esplendor, decorado por un empinado pezón y una gran areola. Luchamos un poco más hasta que logré llevarla hasta el borde de la piscina, atrapándola entre la pared y mi propio cuerpo. Por encima de su hombro, veía como María tomaba el sol de espaldas, con su cuerpo perfecto y el calenturiento perro al lado.

Se detuvieron los forcejeos, pero no separé mi cuerpo de ella, buscando algo, un pequeño y barato alivio. Tenía su delantera contra mi pecho y el bulto del bañador presionando, descaradamente, contra su entrepierna. Ella se me abrazó como un koala, por instinto, y yo agradecí la complicidad del agua a la hora de no tener que soportar todo su peso. Sus piernas me rodeaban y me agarraba la cabeza con ambas manos, casi con romanticismo, era imposible que no notase mi pedazo de carne empujando contra su bikini.

—Pues tu novio es un poco gilipollas, si te ha dejado.

—Le he dejado yo —respondió sin ofenderse.

Me cercioré de que los niños siguieran a lo suyo y colé mis manos entre sus glúteos y la pared, manoseándolos por encima de la ropa y acercándolos más a mí en pequeños golpes, sintiendo mi sable chocar contra su sexo. No sé cómo había llegado a esa situación, y menos tan rápidamente, pero a un adolescente de diecisiete años tampoco se le puede pedir demasiada cordura. A ella, claramente, le pudo más el sentirse deseada por una persona atlética como yo que nuestra relación familiar, o quizás lo de ser primos le daba aún más morbo.

Liberé mi culebra dentro del agua y la presioné sobre su braga, mostrándole el efecto que había tenido en mí. Ella pareció dar un pequeño gemido y su mirada cambió. Es cierto que mi estado había empezado con el perro y la vecina, pero siendo sinceros las tetas de Marta habían hecho el resto, consiguiendo que olvidara incluso los siete kilos que le deberían sobrar. Estuve a punto de bajarle la parte inferior del traje de baño y penetrarla allí mismo, embistiéndola contra la pared de la piscina, pero una voz femenina y familiar me detuvo:

—¡Marta! ¡Nos vamos! ¡Hola Christian!

Reconocí la voz de mi tía, pero vi que estaba lo suficientemente lejos como para no haber podido interpretar la situación de ninguna manera que no fuera de lo más inocente. Ella se separó de mí dando un respingo y yo aproveché para colocarme bien el bañador.

—¿Puedo pajearme pensando en ti? —le susurré a mi prima antes de que se fuera sin dejar de saludar a su madre con la mano.

No contestó, pero sus ojos lo dijeron todo.

2

La mañana siguiente fui víctima de una de las peores emboscadas. Mi madre irrumpió en mi habitación anunciando la condena:

­­­—Chris, arriba, que nos vamos a la playa.

—¿A la playa? ¿Yo? —interrogué con voz narcotizada.

—Sí, tú. Va, espabila, que te irá bien un poco de aire fresco.

—Eso no existe, mamá.

—¡Va! Que vienen también tu tía y tu prima.

—¿Otra vez por aquí?

—Calla, idiota, que están ya en el salón.

—Vale, vale, ya voy…

Aceptando la sentencia me desperecé, aseé un poco y comencé a desayunar. Frente a mí las tres féminas-verdugo, ordenadas, al parecer, al estilo “Hermanos Dalton”. De izquierda a derecha mi madre, mi tía Gloria y mi prima Marta, mostrando una de sus mejores caras de paciencia mientras yo degustaba la última tostada. Era curioso jugar a las siete diferencias con mi madre y su hermana. Gemelas, pero distintas con los años. Muy parecidas de cara, pero Gloria, por complejos factores ambientales, o simplemente alimentación, era más…curvilínea. Tenía la tripa algo menos plana, pero también las tetas y el culo más desarrollados. Casi parecía una versión picarona de mi madre.

Emprendimos el infernal viaje a la playa, con aquel coche destartalado que conducía mi tía, el calor y el poco espacio. Optamos por acercarnos a las del Maresme, huyendo de las infectas playas Barcelonesas, plagadas de extranjeros y gente de mal vivir. Ya instalados en la arena la fauna era de lo más diversa, con algún que otro topless interesante, garrulos preparados con sus sombrillas y los filetes empanados y abundantes seres gritones de baja estatura. Me disponía a darme mi primer chapuzón cuando me dijo mi madre:

­—Hijo, ponme un poco de crema en la espalda anda, que no llego.

De nuevo la familia Dalton respetando el orden, con las tres tumbadas de espaldas en idénticas posturas.

­—Valeee —respondí con paciencia.

Con patosería y desgana, extendí la crema por la espalda de mi madre, intentando ir lo más rápido posible y perderlas de vista un rato.

—Ale, ya está.

­­—Ponme a mí también una poca —pidió mi tía en un alarde lingüístico espero que más en broma que real.

Hastiado, cambié de sitio y me puse de rodillas entre ella y mi prima, dispuesto a terminar la ronda embadurnadora. Al notar los primeros goterones de crema en su espalda, y antes de que empezara a extenderla, mi tía se llevó las manos a la espalda con cierta dificultad y se desabrochó la parte superior del bikini. Comencé a esparcirla por la espalda, con un poco más de mimo y consideración que con mi madre. Desde mi perspectiva podía ver uno de sus generosos pechos apretujado contra la toalla, apenas tapado por el sujetador desabrochado. Me di cuenta entonces de lo mal que estaba ese verano, incrementándose el calor que sentía y no por los efectos del sol.

Le masajeé la espalda, protegiéndola entera, desde el cuello a las lumbares. Mis dedos incluso se aventuraban de manera casi imperceptible por el lateral del cuerpo, buscando el fugaz contacto con sus mamas.

­—Ya está, gracias —dijo ella al notar mis manos pasar por enésima vez sobre el mismo punto, ajena por completo a mi lascivia.

De espaldas, sin verle la cara, me deleitaba con su apetitoso cuerpo. Cuarenta y tres años de mujerona bien formada. Pensé que era una lástima que su hija hubiese salido al marido, un tipo tosco y rebosante de grasa. Pensé también como alguien tan grotesco podía haber terminado con ella, pero agradecí que la dieta familiar hubiera acentuado sus curvas.

—Te pongo también un poco en las piernas —dije poniéndole dos pegotes de crema en cada nalga, intentando olvidar que si se daba la vuelta su cara sería la misma que la de mi madre.

Dispersé la crema por sus cachetes, animado, moviendo los glúteos que eran rotundos pero firmes, con apenas un poco de casi imperceptible celulitis.  Para cuando bajé por sus piernas tenía ya la polla tiesa como un bate de béisbol. Me recreé entonces en sus muslos y pantorrillas, estaba vergonzosamente excitado. Le movía un poco las piernas con intención de ver bailar su culo, era director ahora de un improvisado twerking.

—Gracias niño, ya está, que me vas a acabar pelando como a una patata —dijo ella algo incómoda, pero sin sospechar mi estado.

—Tu turno —dije salpicando la espalda de mi prima con la crema.

No esperé ni su consentimiento y fui yo mismo quien le desabroché el sostén. Viendo que nadie se fijaba en mí, y que ella no me paraba los pies, seguí embadurnándola de crema, ansioso, nervioso, desasosegado. Apenas recorrían mis manos su espalda que se desviaban a sus pechos, igual que con su madre, pero de manera mucho más obvia, manoseándole las grandes mamas por los lados.

Repitiendo mis pasos, pero en su versión más burda, desparramé crema también en su gran culo y lo magreé a placer, moviendo con descaro su carne, joven pero excesiva. Mis dedos, juguetones, se colaron entre sus muslos para acariciarle el sexo por encima del bikini. Ella tuvo un espasmo, pero tampoco se opuso de ninguna manera. De nuevo, igual que había pasado en la piscina, intentaba aplacar mi lujuria en el cuerpo de Marta, sabiendo perfectamente que no era más que un sucedáneo, un tosco alivio. Le sobaba el culo y el lateral de los pechos, sin dejar de hurgar en su entrepierna por encima de la ropa, me excitaba ver cómo se tensaba su cuerpo con los tocamientos. Estaba a punto de explotar. Le propuse:

­—¿Nos vamos a bañar?

Ella asintió, se abrochó de nuevo el bikini y fuimos entonces hasta la orilla en un bochornoso paseo, en el cuál difícilmente pude disimular el descomunal bulto de mi bañador. Nos zambullimos enseguida, intentando yo que ningún bañista tuviera tiempo a reírse de mi circunstancia. Esta vez no hubo ni ahogadillas, cuando el agua nos cubrió lo suficiente la acerqué a mí y clavé mi bayoneta en sus partes, separados solo por la tela.

­—Mira cómo me has puesto —le dije, obviando la impagable participación involuntaria de su madre.

­Ella no dijo nada, evitando mirarme, ruborizada, pero mordisqueándose el labio.

—Eres una cerda, esta noche ya me he tenido que masturbar pensando en ti.

Sus enormes melones reposaban sobre mi pectoral y su mano, traviesa, me agarró el falo por encima del bañador.

­—Lo ves, ¿no? Me tienes cachondo perdido, joder.

­—Y tú a mí, ¿qué? —dijo ella al fin.

Mientras su mano jugaba con mi miembro decidí ser agradecido y hacer lo mismo, atacando de nuevo su sexo con mis dedos.

—¡Mm! —no pude evitar gemir cuando se coló por dentro de la ropa y comenzó a bajarme la piel sin impedimentos.

Aquel principio de paja prometía, y aunque conocía mis dificultades a la hora de correrme sumergido en agua, pensé que estaba tan caliente que nada lo podría evitar. Algunos bañistas revoloteaban no muy lejos de nosotros, pero me daba absolutamente igual. Imitando su estrategia, adentré mis dedos también por dentro de su ropa, buscando estimular su clítoris. Con ella pajeándome y notando yo su vello púbico entre mis yemas, sentí un morbo casi incontrolable.

­—¡Mm! ¡Mm!

Gemimos ambos, intentando no perder la concentración con el vaivén de las olas.

—¡Mm! Marta… ¡Marta! ¡Qué bien lo haces! —exclamé entre dientes, intentando no subir la voz demasiado.

—¡Oh! ¡Ah! ¡Ah! —maulló ella como una gata en celo mientras yo aprovechaba mi mano libre y le manoseaba una de sus tetazas por encima del sujetador.

—Me encanta, sigue, sigue… —supliqué.

Pensé incluso en llegar a algo más. En bajarle la braga y penetrarla, imitando los numerosos vídeos que había visto por internet de amantes en la playa. Estaba excitadísimo, pero entonces la voz de la censura llegó:

­­—Hola chicos, sí que habéis ido lejos —dijo mi madre.

Por el tono tuvimos claro que no había llegado a ver nada, pero ambos nos separamos prudencialmente. Me quería morir, y la cara de frustración de mi prima era un auténtico poema. Al darme la vuelta vi a mi madre y a mi tía. La última, por lo visto, no había llegado a ponerse la parte de arriba del bikini y lucía sus carnosas carnes descubiertas, grandes, jugosas. De nuevo, con mi madre perfectamente arreglada y ella en topless, se acentuaba mi pensamiento mañanero, era como una versión porno y desinhibida de su hermana.

Del resto de la mañana playera solo recuerdo chasco y dolor. El chasco de no haber llegado hasta el final con mi prima y el dolor de mis pelotas, que si seguía con interrupciones como esa terminarían hinchándose como sandías.

3

Algo me despertó muy temprano, y siendo sábado me fastidió aún más. Era como una vibración, un golpeteo. Revolviéndome en mi cama maldije a los vecinos, pero luego oí que los ruiditos iban acompañados de pequeños y secos gemidos, gemidos de mujer. Y lo peor, eran demasiado cercanos como para tratarse de los vecinos. Entendí entonces que se trataba de mi madre, y de uno de los turbadores polvos mañaneros de mis padres. Las paredes parecían ser de papel de fumar, y supongo que ellos nunca sospecharon que pudiera oírlos, sintiéndose a salvo a esas tempranas horas.

Los gemidos seguían, solo los de ella. Con cada golpe, reprimidos, lacónicos, pero audibles.

—¡Oh! ¡Oh! ¡Oh! ¡Oh! ¡Oh!

La pared resonaba como si alguien estuviera dándose cabezazos en ella.

—¡Pum! ¡Pum! ¡Pum! ¡Pum! ¡Pum!

—¡Au! ¡Au! ¡Au! ¡Au! ¡Au!

—¡Clap! ¡Clap! ¡Clap! ¡Clap! ¡Clap!

Podría seguir reproduciendo las onomatopeyas que sacudían mi dormitorio, pero no es lo importante. Lo interesante del tema fue mi cambio de protocolo. Normalmente, cuando eso pasaba, me tapaba los oídos avergonzado o incluso me ponía los cascos con música alta para amortiguar el sonido de la cópula, pero esa mañana no lo hice. Escuché atento cada uno de los golpes, de las vibraciones y de los gemidos.

Sentí calor, y eso que aún no había salido el sol. Me imaginé a mi madre a cuatro patas, en pompa como una perra, y a mi padre embistiéndola agarrándole fuertemente de las caderas. Pensé que, a lo mejor, a varios kilómetros, mi tía estaba recibiendo también las acometidas de su marido gordo y sudoroso. Las dos en pompa, siendo utilizadas por los maridos como receptáculo de placer, con una botándole más los pechos que a la otra por el volumen de los mismos.

—¡Pum! ¡Pum! ¡Pum! ¡Pum! ¡Pum!

—¡Ah! ¡Ah! ¡Ah! ¡Ahhh! ¡Mm! Mmm.

No sé qué estaría pasando con mi tía, pero desde luego mi madre acababa de alcanzar el agónico orgasmo. Mi pantalón del pijama volvía a ser una tienda de campaña y me invadió la vergüenza. Aquel caluroso verano, alejado de mis amigos, las líneas rojas que dictan nuestra convivencia parecían cada vez más borrosas.

Masturbarme después de oír a mis padres follar me pareció demasiado grotesco incluso tratándose de mí, así que conseguí relajarme y seguir durmiendo. Unas horas después fue mi padre quién me despertó:

—Bribón, necesito que me ayudes.

­—¿A qué? —me quejé yo perezoso.

—Vienen tus tíos a comer, y no cabemos. Vamos a tener que redecorar un poco. Luego necesito que te acerques al restaurante ese de las paellas y encargues para seis, que al teléfono no me contestan.

—Claro que no papá, es demasiado pronto. ¿Y si pedimos para seis qué comerá el tío Paco? —ironicé yo.

—Bueno, ya está dicho eh, no me jodas luego.

—Que síiiii.

El resto de la mañana me lo pasé ayudando en los quehaceres del hogar y preparando el banquete. Esta vez estaba motivado a no “jugar” con mi prima, al final solo me producía frustración. De camino a buscar la paella me encontré con la señora Cabarrocas adecentándose el vestido veraniego y deduje que el perro acababa de intentar violarla, lástima no haber llegado unos minutos antes.

La comida transcurrió con normalidad, con todos acomodados en la mesa desplegable y mi madre sirviendo el arroz. La mirada de mi prima Marta era casi inquisitiva, pero la intentaba esquivar para no darle falsas ilusiones. Mi padre tenía sus ojos fijos en un punto desde hacía rato, más tarde comprendí que era el escote de su cuñada. ¿Por qué no? ¿Se podría considerar infidelidad? Al final, y sin ánimo de repetirme, sería como montárselo con la versión sucia de su mujer. Mi tío Paco, sin embargo, solo tenía ojos para la comida.

Ahora el canalillo de Gloria estaba vigilado por cuatro ojos libidinosos, los de mi padre y los míos. Ya me había fijado en su vaporoso y corto vestido antes de sentarnos, y ahora desde mi nueva perspectiva, aun habiendo perdido la interesante vista de sus piernas, seguía teniendo una visión deliciosa de parte de su anatomía. Su marido contaba algunos chistes casposos, desagradables y sin gracia mientras yo seguía hipnotizado con sus tetas, grandes y saltarinas con cada movimiento. Marta intentaba hablar conmigo de cualquier cosa, pero le contestaba con simples monosílabos. Para cuando terminó la comida mi bañador volvía a ser un volcán.

Con disimulo intenté ir al baño con la esperanza de que al orinar se me pasara la erección, pero fui interceptado en el pasillo por mi madre:

—Anda, ayuda a tu tía, que la muy tozuda le ha dado por fregar los platos.

Al entrar en la cocina la vi de espaldas, con los guantes de látex puestos y armada con la esponja, agarrando los primeros cacharros y enjabonándolos.

—¿Te ayudo? —le pregunté acercándome.

—No hace falta Rey, termino en un segundo. Luego si quieres te encargas de la paellera, que supongo que habrá que devolverla.

Fregando, su imponente culo se movía graciosamente, con el vestido que no le llegaba ni a mitad del muslo.

Maldito verano…

Me acerqué un poco más hasta pegar mi cuerpo al suyo, con disimulo, rozándola con mi bulto, pero sin que fuera obvio.

—¿Seguro? No me importa —insistí.

—Termino en un segundo —contestó ella concentrada en la tarea.

Haciendo ver que me fijaba en la pila le rozaba con mi mano el trasero, con mi erección la cadera y me fijaba de nuevo en su formidable escote. Me apretujé un poco más y ella giró la cabeza algo extrañada.

—¿Christian? —preguntó.

—¿Sí? —dije yo haciéndome el tonto.

—Te aviso cuando termine, ¿vale?

Mi cabeza se había amoldado a la situación de manera ya inequívoca, con mi cuello contorsionado, aprovechando la diferencia de altura para inspeccionar minuciosamente sus glándulas mamarias que parecían dispuestas a escapar de su sujetador negro. Tan evidente fue que ella, observándome de nuevo e invadida en su espacio personal, se separó un poco y se subió el escote del vestido con la enguantada y húmeda mano.

—¿Te vas o qué? —me dijo incómoda.

Yo, como poseído y aun consciente de que no era lo mismo jugar con mi prima que acosar a mi tía, volví a pegar mi cuerpo al de ella diciendo algo absurdo y ya repetitivo:

—¿Seguro que no te ayudo?

—Que no —reiteró empujándome con el codo—. Anda, vete ya.

En una especie de todo o nada le agarré el vestido y se lo subí lentamente diciéndole:

—Es que no puedo, tita.

Ella me dio un manotazo, incluso antes de conseguir ver las braguitas negras que transparentaban debajo del vestido, se dio definitivamente la vuelta y quitándose los guantes indignada me dijo:

—¿Se puede saber qué te pasa hoy, jomío?

De frente aún me impactó más la escena, con la cara de mi madre, pero jaquetona de cuerpo, una porno-ama-de-casa en toda regla.

—Nada…yo… —titubeé incluso tembloroso—. Es que hoy estás radiante.

Ante tal cursilada ella me miró con incredulidad, me dio una pequeña y casi cariñosa bofetada y me dijo con una disimulada medio sonrisa:

—Anda, anda, vete ya que creo que te ha pillao una insolación.

En ese preciso instante entró mi madre y yo salí de la cocina al momento, abochornado, con taquicardia, pero erecto. Pensé en arreglármelas para quedarme con Marta a solas, pero me pareció cruel incluso viniendo de mí.

4

Al día siguiente me desvelé a las seis de la mañana y salí a correr. Vestido solo con las zapatillas deportivas, el bañador y una camiseta, noté incluso frío hasta que empecé a coger ritmo. Daba vueltas por mi urbanización y las colindantes, todas eran del mismo estilo. Decenas de vecinos apilados alrededor de una piscina, emulando una vida que solo podían tener a base de unirse y alejarse de la ciudad, una especie de decadencia organizada e inadmitida. Mientras corría pensaba en todo lo sucedido: en mi prima, en mi tía, en los ahogados gemidos de mi madre. Lejos de llegar a una conclusión que aliviara mi agitación, conseguí que me volviera la calentura.

Volviendo ya a la entrada de la zona ajardinada me encontré con María Cabarrocas intentando abrir la puerta de entrada a la urbanización, acosada, como no, por su inseparable galgo afgano. Bendecí que esas bestias peludas tuvieran necesidad de un paseo matutino temprano y decidí disfrutar de la escena desde una distancia prudencial.

—¡Yazd! —exclamó ella intentando parar al espigado bicho.

La vecina intentaba atinar en la cerradura mientras el perro le abrazaba la cintura con las patas delanteras y movía la pelvis como un taladro sobre sus glúteos, esta vez entablando incluso contacto con la ropa. Ella, vestida con una rebequita y una falda de tela ligera, movía la cintura como si sostuviera un hula-hoop intentando librarse de la mascota, incapaz de abrir la puerta.

—¡Estate quieto!

La escena era deliciosa, tanto que mi anaconda comenzó a reaccionar de manera acelerada. En la soledad de las primeras horas de agosto en una zona residencial, me envalentoné. Me acerqué con carácter amistoso, pero toda la malicia del mundo.

­­—Ya le ayudo —dije acercándome a la escena.

—Ay, gracias, gracias Cristian. Hoy Yazd está insoportable.

—Son perros muy cariñosos —comenté mientras me ponía la mano en el bolsillo simulando buscar mis llaves y acercándome un poco más.

—Este es joven aún, me sigue a todas partes.

—Sí, me he fijado señora Cabarrocas.

—Llámame María.

La conversación podría ser de lo más inocente si no fuera porque el perro seguía intentando poseerla por la fuerza.

—¡Yazd!

—Lo siento, no encuentro las llaves, espere que le ayudo con el perro para que pueda abrir.

Simulé en forcejear con el animal, pero no tenía ninguna intención de separarlo de su presa. Lo agarraba del cuello como si intentara que se bajase, pero a la vez le empujaba el culo para acercarlo más a su dueña que, agotada, ya ni intentaba abrir la puerta y se aguantaba con sus dos manos sobre la reja metálica. La señora Cabarrocas era una MILF de revista y yo lo estaba pasando en grande. Aproveché la lucha para acercarme yo también, consiguiendo frotar el bulto del bañador en sus perfectas caderas, beneficiándome de la confusión.

—Yazd no seas travieso —dije mientras ambos nos restregábamos.

El cuerpo de la vecina se movía como unas maracas, con su perro golpeándole el trasero, mi erección pegada a su cadera y mi mano rozándole un pecho por encima de la fina rebeca. Discretamente le subí incluso la faldita, descubriéndole incluso una de las nalgas. Fue en ese preciso instante cuando la señora Cabarrocas se dio la vuelta casi con violencia, apartando al perro de un empujón e invitándome a apartarme.

­­—¡Vale! ¡Ya está bien!

El perro emitió un gemido y, sollozando, se tumbó en el suelo. Se me quedó mirando. Primero a los ojos y luego bajó la vista para fijarse en mi bochornosa erección.

—¿No has encontrado las llaves y vas en bañador? —preguntó inquisitiva.

—Sí… bueno… supongo que me las habré dejado.

Ella siguió estudiándome.

—¿Y por dónde has salido?

—Suelo salir por un sitio donde la valla está baja —mentí.

Puso cara de incredulidad, se dio la vuelta y volvió a meter la llave en el cerrojo.

­­—¡Yazd! —exclamó al ver de reojo que la mascota hacía un amago de levantarse.

Su voz sonó mucho más autoritaria de lo normal, y ni el cánido ni yo tuvimos agallas de acercarnos. Una vez abierto sostuvo la puerta para que pudiéramos entrar los dos.

—Buenos días señora Cabarrocas —dije sin mirarla, acelerando el paso hasta mi bloque.

Antes de subir los tres pisos a pie que me separaban del piso, cambié de opinión y me fui a darme un baño a la piscina. Estaba agotado de dormir poco y del running, pero pensé que nadar un poco bajaría definitivamente mi calentura. Me enrollé después con la toalla y me tumbé en el césped, aunque aún hacía frío me quede incluso dormido hasta que la desagradable voz de la señora Martínez me despertó.

—Qué niño, ¿descansando?

—Lo intentaba, sí —contesté malhumorado.

—Si que has bajao pronto, ¿no?

Quise responderle que me había desvelado fruto de la calentura que sentía pensando en varios familiares de primer grado, y que luego me había entretenido manoseando disimuladamente a una vecina varias decenas de kilos más delgada que ella, pero no lo hice.

—Pues sí, muy pronto, por eso me voy ya.

5

Me levanté tarde, entre frustración y frustración conseguí dormir hasta las once y recuperar un poco las energías. Vestido solo con el pantaloncito del pijama me encontré con mi tía sentada en el sofá. Mi madre y ella ya estaban muy unidas desde siempre, pero en verano la relación se asemejaba a la de dos siamesas.

—Buenos días —dije desperezándome— ¿No ha venido Marta?

—No, me dijo ella, ha quedado con unas amigas.

—¿Y mi madre? —pregunté sentándome a su lado.

—Está en su habitación arreglándose, nos vamos al centro comercial de tiendas.

Daba igual qué llevara puesto, había entrado en una espiral de lo más peligrosa, incluso un simple top blanco y unos shorts vaqueros me parecían de lo más impúdicos. Un par de miraditas a su explosivo busto y un fugaz repaso a sus piernas eran suficientes para hacer reaccionar a mi entrepierna. Noté como se endurecía y me arrepentí de no haberme puesto una camiseta antes de salir de la habitación con la que poder disimular. Ella estaba concentrada en su móvil, ajena a mis libidinosas miradas.

Quizás no estaba a la altura de la exquisita señora Cabarrocas, pero desde luego era una mujer absolutamente deseable.

Tita, ¿tú crees en Dios? —le pregunté poniéndole la mano en su muslo, simulando que era un acto cariñoso.

—¿Y esa pregunta tan profunda a estas horas? —dijo ella extrañada sin separar los ojos de la pantalla.

—No sé —dije yo acariciándole la pierna.

—Estás rarito últimamente, eh. Será la edad.

—Será…

Movió la pierna que le estaba manoseando con disimulo, descruzándola para poner ambas en paralelo, pero no impidió que siguiera con el contacto.

—A ver… —comenzó al fin—. Pues no mucho no, la verdad, no somos en esta familia muy devotos, ay si me oyera tu bisabuela. En el pueblo nos habrían lapidao.

—Pues no lo entiendo —añadí incrementando el manoseo, recorriendo el muslo hasta acercarme un poco a su entrepierna.

Ella, que no era una mujer de gran cultura, pero no tenía un pelo de tonta, quitó la atención de su móvil y me observó frunciendo el ceño, fijándose enseguida en la tienda de campaña de mi entrepierna, algo que comenzaba a ser una costumbre entre las féminas que me rodeaban.

—¿Qué no entiendes? —preguntó desconcertada y algo mosqueada.

—No sé… —dije yo sobándole la extremidad y acariciándome con la otra mano el muslo—. Que alguien como tú pueda estar toda la vida con el tío Paco.

—¿Pero qué dices atontao?

—Es buena gente, pero es un gordo que no merece tener una mujer como tú. Y si te casaste por amor lo que no entiendo es que le seas fiel toda la vida, manipulada por una moral impuesta por la Iglesia en la que ni siquiera crees.

Aquella era una afirmación no solo arriesgada, sino carente de fundamento, ya que no tenía ni idea de si mi tía le era fiel o no a mi tío, ni de qué es lo que le gustaba de semejante jabalí.

—¡¿Pero tú estás gilipollas o qué?! —exclamó apartándome la zarpa de un barrido con su antebrazo.

Me lo merecía, sobre todo por lo débil y precario de los argumentos, pero no era yo el que hablaba, sino mi calentón sostenido en el tiempo.

—Ay tita —respondí yo abalanzándome sobre ella, agarrándole uno de sus grandes pechos con la mano por encima del top e intentando besarla. Ella puso cara de asco y me empujó, pero yo volví como si fuera un imán incapaz de separarme, sobándole de nuevo las tetas e intentando atacar su cuello con mis labios.

—Por favor… —supliqué mientras forcejeábamos.

­­—¡Quita coño! —me dijo propinándome un empellón que me dejaría sentado en el suelo—. ¿Quieres que hable con tu madre o qué?

Con la rabadilla aún dolorida miré hacia arriba, esperando que siguiera el rapapolvo, pero ella se adecentó un poco, volvió a cruzar las piernas tal y como la había encontrado en un primer momento y estudió de nuevo su móvil. Pensé que dadas las circunstancias no me podía quejar, que se lo había tomado como una estupidez adolescente y poco más. Apareció entonces mi madre en el salón y yo conseguí, en un tiempo récord, sentarme de nuevo en el sofá y alcanzar un cojín con el que taparme la erección.

—¿Nos vamos? —dijo mi madre abriendo ya la puerta de la entrada.

—Sí —respondió su hermana guardando el móvil en el bolso y poniéndose en pie.

—Hijo, ¿has desayunado? —me preguntó antes de partir.

—Ahora voy mamá —contesté intentando aparentar la mayor normalidad posible.

—Vale. Luego comeremos aquí los cuatro, tu prima llegará antes supongo, ¿estarás aquí para abrirle?

—Sí, mamá, como mucho bajaré un rato a la piscina, que me busque allí.

Durante el transcurso de la mañana un mensaje al móvil me informó del cambio de planes, avisándome de que Marta se había unido con ellas a las compras y que llegarían juntas sobre las tres. Asqueado, me encerré en mi cuarto hasta la hora de comer. Salí cuando los ruidos en la casa ya eran evidentes, añadiendo a mi look mañanero tan solo una camiseta. Me encontré con mi prima en el sofá mirando la tele.

—Hola —dije yo.

—Buenas.

—¿Ya habéis vuelto?

La pregunta era tan absurda y obvia que cualquiera se habría burlado, pero Marta no lo hizo.

—Pues sí.

Estaba rara y cabizbaja desde que, el día de la paella, decidiera unilateralmente acabar con nuestros juegos.

—¿Y las otras? —pregunté.

—Tu madre me parece que ha ido a comprar algo y la mía está en la cocina.

—Vale.

Embrujado de excitación contenida, fui directo a la cocina y la encontré de espaldas cortando algo en una tabla para el sofrito. Ni siquiera lo medité, me acerqué a ella y pegué mi polla contra su culo mientras le agarraba ambos pechos desde detrás.

—¡¿Qué pasa?! —gritó ella cayéndosele incluso el cuchillo con cierto peligro —. ¿¿Pero qué haces??

Me di cuenta entonces del gravísimo error. Aquella mujer que preparaba la comida no era Gloria, sino mi madre, pero mi mente derretida por la calentura no se había percatado ni de que sus formas eran menos generosas ni de que su top no era blanco sino azul clarito. Mi progenitora me miraba horrorizada, intentando atar cabos. No era para menos, le acababa de meter mano su propio hijo. Había tenido, por un instante, sus senos entre mis dedos, apretujados por encima de la ropa. Y eso sin contar mi comienzo de erección clavada en su culo.

—Joder mamá, de verdad, casi me matas eh. Te quería dar un susto, no es para tanto —disimulé yo queriéndome morir.

—¿Pero tú estás loco? ¡Te podría haber clavado el cuchillo eh! Anda, poned la mesa tu prima y tú, que ahora viene la tía con el segundo.

Por su manera de reaccionar pensé que se había creído la explicación a pies juntillas. Al fin y al cabo, todo había sucedido muy rápido y la explicación real era demasiado siniestra. Me había salvado por los pelos, eso si mi corazón no sucumbía al susto y decidía pararse.

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