LUIS5ACONT

Regreso.

Pedro miraba la fachada, un parpadeo. Luego otro. Movió la cabeza incrédulo, siguiendo con la mirada a la lagartija que cruzó uno de los desconchones en la pared de cal, para ir a meterse tras el cuadro metálico que soportaba el antiguo letrero luminoso, ahora apenas un rectángulo oxidado con restos de cables, al extremo de los cuáles colgaba la base ennegrecida de algún cebador. Ni rastro del cartel con la cara de Popeye, ni del rótulo con su nombre.

– ¿Aquí es? – Preguntó de nuevo Vicky, impaciente por estar a pleno sol con el calor que hacía – ¿Estás seguro?

– Bastante seguro – respondió Pedro con tono molesto. No soportaba que su novia le metiera prisas cuando aún estaba asimilando que el local donde pretendían comer, llevaba probablemente un par de años o más cerrado.

El Popeye ya no existía, así que adiós a la posibilidad de recordar viejos tiempos comiéndose un buen bocata de lomo con ali oli y una jarra de cerveza con limón. Todo estaba tan cambiado. Un rato antes habían estado en la puerta del cuartel de plana mayor, que permanecía igual. Igual pero diferente. La garita estaba abandonada y la barrera cerrada con un candado. Unas cámaras de seguridad sustituían al soldado de guardia y todo presentaba un aspecto más silencioso, descuidado y sucio. Se veía poca actividad y su novia, tras un rato respetando a un Pedro que miraba hacia la fachada rumiando recuerdos ahora más vívidos, le sugirió:

– Tengo hambre ¿Comemos por aquí? 

– Conozco un sitio – repuso el gallego saliendo de su ensimismamiento.

El paseo hasta el Popeye le confirmó que el fin del servicio militar obligatorio, se había dejado notar en la Isla en forma de un reguero de bares, cantinas y negocios cerrados que iban jalonando el camino. La economía de San Fernando se había resentido sin duda, aunque en un extremo de la zona militar, allí donde estaba el polvorín, los montículos ahora abandonados limitaban con una extensa obra, en lo que se anunciaba como un centro comercial. Bahía Sur, pudo leer en un gran letrero, cuando asomaron a la costa para que Vicky pudiera ver desde lejos la gran lámina de agua con el puente Carranza al fondo.

Lo que no había imaginado es que su bar favorito, bien situado junto a la calle Real, también hubiese echado el cierre. Aquel San Fernando era desconocido para él, que apenas podía encontrar fantasmas del pasado rondando por sus calles.

– ¿Qué hacemos? – preguntó su novia un tanto impaciente. No acababa de entender que pintaban allí, ni por qué su chico se había emperrado en visitar algunos sitios que a ella se le antojaban decrépitos y sórdidos. Ella se había cruzado España de punta a punta para disfrutar de las playas de Cádiz, degustar pescaíto frito, beber fino y visitar pueblos blancos.

– Habrá que buscar otro lugar para comer – reaccionó por fin Pedro – Vamos – indicó tomándola de la mano y volviendo sobre sus pasos. No tenía sentido seguir dando vueltas y su chica tenía razón, se hacía tarde para almorzar. Unos metros más allá, se cruzaron con un abuelo que sacaba unas llaves del bolsillo, frente a una casa con la fachada blanca de cal y ventana con reja, en la que asomaban algunas macetas.

– Buenas tardes ¿Hace mucho que cerraron el Popeye?

– Buenas. Hace tres años. Esto estaba de capa caída desde que quitaron la mili: se fueron los quintos y se fue el negocio.

– Sí, me hago cargo. Yo comí muchas veces ahí ¿No sabrá usted si lo han trasladado a otro sitio?

– No, este lo cerraron definitivamente, conozco a los dueños. Se jubilaron.

– ¿Y para almorzar por aquí?

– Ahí abajo, girando en la esquina a la derecha tienes un bar que es barato y guisan bien. Tienen menú del día. Es el único que hay en la calle, no tiene perdida.

– Gracias.

– No hay de qué.

La pareja continuó camino en la dirección que le habían indicado. Apenas unos minutos después, llegaban a un pequeño restaurante, más bien una tasca, no muy amplio pero aparentemente con aspecto limpio, donde flotaba un olor a guiso de choco con papas que se escapaba por la puerta. La pareja intercambió una mirada, dando su aprobación al lugar. No pintaba mal. Cuando se disponían a pasar, la figura alta y delgada de una camarera, surgió detrás de la barra con una bandeja y se dispuso a tomar la comanda a unos obreros que ocupaban la mesa más cercana.

Había algo en ella que… algo muy familiar, pensó Pedro.

– ¡No puede ser!

– ¿Qué pasa cari?

Como siguiendo una súbita corazonada, el gallego se separó un par de metros y levantó la vista al rotulo que anunciaba el nombre del bar:

–  Taberna de la Mora… – murmuró esbozando una sonrisa.

– ¿La conoces? – pregunta Vicky.

– Sí, creo que sí.

Cuando entran, ella les da las buenas tardes y señala una mesa vacía al fondo del local. La pareja se acerca pero no llega a sentarse, Pedro está con la vista fija en Fátima: ya no tiene ninguna duda. La chica se les aproxima, libreta y boli en mano, percatándose de la extraña mirada del muchacho. De repente, él le sonríe, parece que le cuesta un poco (cada vez menos desde que esta con Vicky), no es que sea un tío serio, solo reservado… la Mora cambia el gesto hosco (no es que sea seca, solo un poco prevenida), por una cara de alegre sorpresa, porque lo acaba de reconocer.

– ¡Pedro! – Grita dándole un abrazo – pero ¿Qué haces tú por aquí? ¿Te has vuelto a alistar?

– No, ni de coña. Estamos de viaje, le enseño a mi novia Cádiz y decidimos pasar por San Fernando – hace las presentaciones y toman asiento mientras la Mora mueve la cabeza todavía incrédula.

– Espérate que le va a dar un ataque cuando te veasiempre está hablando de vosotros – dice, y volviéndose, grita hacia la cocina:

– ¡Juan Antonio! ¡Mira quién está aquí!

A Pedro le cambia la cara, no está seguro de haber oído bien ¿Sera posible? “Maldito hijo de perra”, piensa sin poder contener la alegría cuando el Cordobita asoma con un delantal.

– ¿Qué? – Echa un vistazo en su dirección y exclama – ¡Coño! ¡Gallego! ¿Eres tú?

Los dos amigos se funden en un abrazo mientras se palmean la espalda y giran emocionados, sin poder articular palabra. Demasiada sorpresa y demasiado inesperada.

Cuando por fin se separan, las preguntas se les amontonan, pero Juan Antonio debe regresar a la cocina, tiene el fuego puesto para los segundos, en este caso, la especialidad de la casa, el cochifrito. Les anima a pedir el menú del día.

– Las papas con choco también me salen genial y tenéis que probar las tortitas de camarones. Poneros cómodos y luego echamos un rato juntos cuando terminemos el servicio ¿No tenéis prisa verdad? – Continúa sin dejar hablar a nadie, ni darles opción a negarse – Fati, gloria bendita para nuestros amigos, que invita la casa.

Una hora después, la taberna está lo suficientemente solitaria para que los cuatro puedan compartir unos cafés y unos chupitos.

– ¿Es vuestro el bar? – Pregunta Pedro mirando con admiración alrededor – lo tenéis cojonudo y la comida es genial.

– Juan Antonio guisa muy bien, fue una de las muchas sorpresas que me llevé con él – contesta la mora – y en cuanto al local…

– Alquilado – interrumpe ansioso por hablar el Cordobita- no había presupuesto para comprar. Pero nos va bien, tenemos ya clientela fija y nosotros nos conformamos con poco. En cuanto terminemos de pagar el apartamento, la siguiente trampa será meternos en algo en propiedad. Por cierto, le compramos el piso a Carmen.

– ¿Carmen?

– Si hombre, la amiga de la de Algeciras. Estuvimos en ese apartamento varias veces…

– Ah, sí, sí… – de repente recuerdos muy subidos de tono embargan a Pedro, que se siente un poco incómodo, quizás por tener a Vicky a su lado, así que da un golpe de timón a la conversación – ¿Y cómo fue lo de venirte?

– No me veía ya en el pueblo. No quería estar allí. Se me metieron los nervios y me ahogaba – los demás asentían. A su modo, Juan Antonio estaba describiendo una crisis de ansiedad en toda regla – Discutía a diario con mi viejo y mis hermanos. Antes lo dejaba pasar todo, pero ahora, me revolvía hasta por la más pequeña tontería. Hubo un día que supe que tenía que irme, que aquel no era mi lugar. No quería pasar mi vida en el pueblo. Se me vinieron cosas raras a la cabeza y me asusté – hizo una parada, sombrío, tratando de espantar malos pensamientos – Así que como solo se me ocurría un sitio donde ir y una persona con la que estar, hice de nuevo el petate y cogí el autobús.

– No tardo ni un mes en volver – intervino Fátima – aquí el caballero se me declaró en el puente Zuazo.

– No veas la que se formó allí, con todas las lumis alteradas aplaudiendo. Si hasta se presentó la policía municipal porque se pensaban que había gresca.

– Sí, jajajaaa… ¿Te acuerdas?…vaya sorpresa que me diste. Nos pusimos todas histéricas.

– Pues tú no te querías venir al principio, te creías que me estaba quedando contigo.

– Es que fue muy fuerte…- dijo la chica cogiéndole la mano y dejando que aquel recuerdo le alegrara el día.

Todavía no se acostumbraba a tener buenos recuerdos y los degustaba una y otra vez.  El gallego y Vicky se tomaron también de la mano en un gesto reflejo, sonriendo mientras imaginaban la escena del Cordobita, rodilla en tierra en el solar y rodeado de prostitutas, pidiéndole a la Mora que se retirara para él.

– Y luego montasteis esto.

– Estuvimos un par de años viviendo de mis chapuzas, ya sabes, algo de mecánica, herrería, pequeños trabajos de electricista… pero eso no daba mucho y cuando vi que el Popeye cerraba, intentamos que nos lo traspasaran. Pedían mucha pasta, así que no pudimos, pero la idea era buena y vimos este localito, más pequeño pero también muy barato.

– Y aquí estamos – remachó Fátima.

– No sabes lo que me alegro, Juan Antonio. Oye, y de los demás ¿Sabes algo? El primer año me llamó Eduardo y me dijo que le iba bien, pero no sé nada de los otros.

– Pues no soy el único que se mudó por la zona.

– ¡No jodas! – exclamó el gallego sorprendido – ¿pero quién?

Juan Antonio no lo dejo acabar

– Espera, espera…

Cruzó el local y se metió detrás de la barra.  Aupándose, descolgó uno de los varios cuadros con fotografías que adornaban la pared y volviendo la mesa, se lo dio al gallego.

– ¡Mira quiénes estamos aquí juntos!

– Pero si es Laura – Exclamó sorprendido – y este es…

– ¡Vaya que sí! Al final volvió a por ella.

– Joder, no me lo puedo creer.

– Viven en Algeciras y ya tienen un hijo.

– ¡Carallo! pues no veas lo que me alegro – susurró en voz baja el gallego, más para sí mismo que para los demás, mientras fijaba la vista en la imagen dónde el Cordobita, Fátima, Laura y un sonriente Malaguita, aparecían juntos en una de las mesas del local.

FIN

Un comentario sobre “Historias de la mili (26)

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