QWERQ

Prólogo

Todo empezó en el mes de abril de hace 1 año. Por aquel entonces, ella se había consolidado como una potente abogada dentro de uno de los bufetes de abogados que había en la ciudad. Vivía felizmente junto a su familia en una zona acomodada, que disponía de todas las comodidades que cualquier familia desearía. Su nombre es Alejandra, una mujer elegante donde las haya.

Fue una de las mujeres con mejor expediente académico dentro de su facultad, eso le permitió disfrutar de una de las escasas y prestigiosas becas en Harvard justo el último año de carrera.

Años después se lanzó a la aventura y, junto a dos socios más, fundó un bufete de abogados. Los primeros años fueron duros, como cualquier empresa que está en pañales, pero año tras año iban incrementando su popularidad y su valía, llevando cada vez mejores casos y viendo como poco a poco el bufete iba dando sus frutos.

Fue en los últimos años de carrera cuando Alejandra conoció a quién sería su futuro marido, Iván. Se podría decir que hubo esa conexión especial que se ven en las películas de amor. Él estudiaba la titulación de ingeniería industrial y durante aquellos duros años de estudios se apoyaron mutuamente hasta que mi padre empezó su carrera profesional dentro del sector eléctrico. Todo ese compromiso y ayuda mutua hicieron que su relación se afianzara mucho más. Confiaban el uno en el otro, se apoyaban en los momentos duros, y todo ello empezó a dar sus frutos dentro de la pareja. A los pocos años de terminar la carrera, Alejandra se quedó embarazada del que sería su primer y único hijo. 

Con la ayuda inestimable de Iván, compaginaba como podía su vida laboral con mi cuidado y, tengo que decir que lo supo hacer a las mil maravillas.

En la actualidad tiene 46 años; morena, aunque tirando a castaña, media melena. La longitud necesaria para ir siempre cómoda y a la vez elegante, algo necesario para el día a día dentro de su trabajo. Su tez morena, la cual conserva durante todo el año (y cuando llega el verano acentúa hasta límites que rozan lo exagerado), hacía que los conjuntos le quedaran muy bien. Nunca lucía un escote demasiado pronunciado, ni una falda demasiado corta. Sin embargo eso no significaba que aunque llevara ropa más recatada, no llamase la atención por su porte, elegancia y belleza. Su silueta es la de una mujer que se cuida y lo consigue a base de un mantenimiento constante con rutinas de gimnasio y una dieta muy equilibrada. Todo ello le permite ponerse todo tipo de prendas que no le quedan bien a todo el mundo, pero a ella sí. Desde faldas de tubo con camisas, americanas, pantalones vaqueros ceñidos, blusas y un largo etcétera que siempre va acompañado con los mejores pendientes, collares y zapatos, que sabía conjuntar a la perfección.

Siempre han sido una familia modélica de las que todo nos ha salido siempre bien y hemos conseguido lo que mis padres se han propuesto. Pero todo cambió cuando decidimos comprarnos un nuevo piso en uno de los barrios de la ciudad.

Mi padre siempre ha querido comprarse un ático y poder disfrutar de todas las comodidades que una vivienda así aporta. Durante mucho tiempo tuvo la idea rondándole por la cabeza y acabó convenciendo a mi madre de mirarnos uno que satisficiera sus demandas. Tardó en llegar, pero al final mis padres encontraron uno que reunía todo lo que querían y acabamos mudándonos. Terraza amplísima, muchas habitaciones, un salón acogedor, y todo un largo de comodidades que haría nuestra familia una de las más felices de toda la ciudad. Pero eso fue uno de los mayores errores que podíamos haber hecho y nos iba a salir caro. 

Capítulo 1

Aún recuerdo aquel fatídico día como si fuera ayer. 

Volvía a casa después de una mañana muy dura de clases, de las que te hacen cuestionarte si realmente merecía la pena terminarla y, sobre todo, si sería capaz de hacerlo. El viaje en el autobús me abstraía con los mil y un trabajos que debía entregar, exposiciones, problemas y sobre todo los temidos exámenes. Estaba tan ensimismado que no me di cuenta de que había llegado a casa hasta que escuché mis propias llaves abriendo la cerradura. Desde la entrada se podía oír el ajetreo de la cocina, señal de que mi madre estaba en casa. Escuchar los sonidos metálicos de las ollas y los cubiertos, la televisión de fondo, todo esos ruidos particulares que, en su conjunto, me hacían sentir de nuevo en calma.

Seguí el rastro de esos sonidos y pude ver a mi madre sin parar de andar de un lado a otro de la cocina, el repiqueteo agitado de sus tacones revelaban que tenía prisa. El sol entraba nítidamente por la puerta de cristal y revelaba parcialmente su silueta. 

—Hola mamá, buenos días. —dejé la mochila en una de las sillas de la cocina. —¿qué tal estás?

Fue al girarme hacia ella cuando pude ver lo perfectamente conjuntada que iba, incluso para estar por casa. El delantal cubría toda la parte delantera, que sorprendentemente iba a juego con unos vaqueros algo ajustados azules que se ceñían a lo largo de su figura,  y una blusa beige holgada. Tenía el pelo recogido, aunque se notaba que lo había hecho muy rápidamente, debido a un mechón rebelde se le escapaba y le molestaba constantemente.

—¡Hola cariño! bien, preparando algo para comer, ¿y tú qué tal? ¿qué tal las clases? —no para de un lado a otro de la cocina, mirándome escasas dos veces. Notaba su voz suena cariñosa y una sonrisa dibujada en su cara.

Me acerqué hasta la olla que estaba en ebullición para oler lo que estaba cocinando.

—Bien, aunque muy cansado… Los exámenes del cuatrimestre están al caer y tenemos que terminar un montón de trabajos —levanto la tapa, curioso de ver qué es lo que está preparando.

—Ánimo cielo, ya verás cómo tú puedes con lo que te echen —Se acerca dándome un besito en la mejilla para animarme. 

—¡Qué bien huele!

—¿Sí? —un brillo cruzó sus ojos —Es una de tus comidas favoritas. Ya no sé el tiempo que llevo preparándolo… —me contesta mientras cierra la olla para que no pierda calor.

—Gracias mamá, esta carrera de industriales me está llevando al límite…

Se me queda mirando para decirme. —Vamos Juan, tienes que poder con todo, tu padre no tuvo problemas en sacarse la carrera año a año. Piensa que cuando termines, seguramente papá pueda hacer algo para que puedas hacer carrera profesional en la misma empresa. Siendo jefe de ventas no creo que vean con malos ojos que te incorpores tú también.

—Ya mamá, ¡pero no es lo mismo! Cuando papá estaba sacándose la carrera te tenía a ti, tú le ayudabas, ¡yo estoy solo! 

—Bueno, eso se puede solucionar cariño. —me contesta sonriendo.

—¿Cómo? —la miro sin entender.

—Sacándote una novia, ¿no? —Dice acariciándome levemente la cabeza. —Además un chico tan guapo como tú, no creo que le cueste nada encontrar alguna chica. 

—¡¿Pero qué dices mamá?! —me pongo un poco nervioso. —¡Yo-yo no quiero novias!—No puedo evitar mirar hacia abajo y apartar la vista.

—Tranquilo cariño, encuéntrala cuando a ti realmente te apetezca —Y me da un leve beso en la frente, queriendo tener complicidad conmigo.

Eso hace darme la vuelta y volver a la silla donde tenía la mochila. Estoy acostumbrado a que mi madre sea cariñosa conmigo, sobre todo de puertas para dentro. Ella siempre ha sido muy cercana conmigo, lo que se ha dado cuenta es que estos últimos años, a mi no me gusta tanto que lo haga por la calle y ha aprendido a hacerlo solo por casa.

—¿No trabajas hoy?

—¿Te parece poco este trabajo? —Esa frase me pilla a contrapié, pensando que he metido la pata hasta el fondo. Pero al darme la vuelta y mirarla, ella me mira sonriendo. —Tengo bastante papeleo y cosas que preparar para la semana que viene, pero aprovecharé y las haré aquí en casa, hoy no iré al despacho.

—Cla-claro mamá… lo-lo siento, no quería que sonara así de mal… me… me refería a eso… a que si no vas al despacho…

—No cariño, hoy trabajo aquí. Cuando acabemos de comer, me daré una ducha y me pondré de madre abogada. —me replica segura de sí misma, mientras no para de hacer cosas por la cocina.

—Vale mamá, sé que trabajas mucho, no quería menospreciar lo que haces. —intento que suene a disculpas. —¿Papá vendrá a comer?

—Ya lo sé mi niño. —me coge la cara con las dos manos, manchándome un poco mientras me da un beso en la frente. —No, ya sabes que está de visita a unos clientes y no vendrá hasta mañana, recuerda que vendrá justo para ir el cumpleaños del tío Luis.

—¡Es verdad! Aunque para un día que podíamos comer los tres juntos… Pero bueno, no pasa nada…

La calma reina en la casa, todo avanza como un día cualquiera, hasta que de pronto, el estruendo repetido del timbre se hizo oír en su conjunto. 

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