ADRIANA RODRÍGUEZ

Una vela encendida, irradiando su luz tenue y el calor del fuego; encima de la mesa de madera; al lado de la ventana cerrada con sus cortinas largas; el vivor de la flama se mecía sobre la mecha; haciendo a la vez de danza entre la oscuridad de la noche. Un poco más y su esencia se extendió sobre las paredes, largos brazos de luz iban trepando sus muros; muros de pino y caoba; el humo aromático manaba por el aire.

   Una pequeña dormía; el calor se volvió abrasivo, el intenso fuego torno el ambiente sofocante; el humo, más denso; hacía casi imposible respirar;  entró en sus pulmones, una tos la despertó del sueño; el miedo se apoderó de su ser

— ¿¡Mamá!? — Se escuchaba una vocecita tierna, entre el crujir de los barrotes de la casa. La temperatura del ambiente se mantenía en ascenso; destellos anaranjados pintaban el umbral de la habitación de la pequeña. La puerta se abrió y una sombra cubierta por humo se asomo, llevando una manta que puso sobre la niña

— ¡Está mojada! — Se quejaba

— ¡Vamos a buscar a mamá! — La voz de una joven la reprendió

En medio de las llamaradas, ambas se abrían paso hasta la habitación de la madre; al llegar, la mayor resguardo a la otra y entró. Al ver una de las vigas encendidas sobre el cuerpo inerte de la madre; entendió el panorama, la desesperación llegó, pero no podía permitírselo; su hermana esperaba afuera

— ¿¡Y mamá!? —

— ¡Ya salió! —

— ¿Se fue sin nosotros? —

— ¡Tal vez nos ande buscando afuera, hay que salir!  — tragaba nudos de llanto acumulado, la voz se le quebraba, derramó una lágrima

— ¡A mí también me cala el humo en los ojos! —

— ¡Hay que apurarnos! —

Al llegar a la puerta, la hermana mayor en un intento desesperado por salir, tomó la perilla caliente, quemando su mano; miró al cielo, mordiéndose el labio; con la manta que se cubría el rostro, la dobló, giró el pulso de la puerta; jaló para abrir, provocando que una gran cantidad de oxígeno alimentará al monstruo aquél; causando un fogonazo que esparció una ola de calor; arrojando a las pequeñas; las paredes cayeron terminando con el terror de aquella noche. Los bomberos llegaron apagando el fuego; solo quedaron rastros fatuos de su existencia.

     Los rayos del sol de un nuevo día iluminaban el rostro de Clara; una joven de 15 años, que acababa de sufrir la pérdida a causa del incendio. Sus ojos marrón que observaban al cielo; se veían a contraluz dando un tono color miel; entrecerrando la vista, llevaba su mano a la frente; cubriendo un poco el fulgor diurno; llevaba el uniforme de diario, su mochila rosada, con un llavero a juego; todas las mañana como cada día; se dirigía al colegio; llegando saludaba al conserje, Don Hugo; que afanado por las tareas, le contestaba sin pensar

— ¡Buenos días, Don Hugo! —

— ¡Buenos días, niña! —

     Se escuchaba la música en el salón de Clara; ella bailaba, mientras reía; cantaba con una voz melodiosa; que llamaba la atención de todo aquel que pasaba por el lugar; hasta que en medio de su asombro, su figura transparente se iba difuminando hasta desaparecer por completo.

    Clara, acudió a clases, por los siguientes años, así fue hasta el día de su graduación; la preparatoria le otorgó un certificado póstumo, para que su alma descanse en paz.

     Cuentan quienes la vieron, que lucía igual que si estuviera viva; con la diferencia que de manera traslúcida, poco a poco, iba desapareciendo.

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