HELEN ÁLVAREZ

Al amanecer, entre el sonar de una urbe que va de prisa, caminando hacía la facultad que nutrió mi intelecto por años, me encontré una coral de flores erguidas como trompetas, pintaban mi corazón de violeta casi todas las mañanas, su melodía conectaba a la vida.

La unión de sus tesituras armonizaron una sinfonía de alegría a quién podía observarlas ¡Tan seguras! ¡Tan vivas! La brisa soplaba fuerte, pero ellas seguían ahí combatiendo el resplandor intenso de una lumbrera incesante.

Perturbada ante las demandas de un estudiante advenedizo, lejos de mi comunidad, lidiando con una estrafalaria cultura, veía una luz cada vez que las observaba, insignificantes ramitos de flores.

 El cielo suele dejarnos mensajes en cada esquina de su creación, detenernos a ver, a gustar, a oler, detenernos a sentir la naturaleza en pleno, oxigenaría nuestra sensibilidad a la vida.

Ellas cantan de la bondad infinita del cielo cuando de pronto las miras

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