ROCÍO PRIETO VALDIVIA

“Cuántas veces sostuvimos una platica en ese restaurante al qué nunca nos atrevimos a entrar y hoy es una de las cifras de los cientos de negocios que han cerrado debido a la pandemia” tecleaba Carlos en su ordenador como un contexto para su columna semanal y aunque no le daba ni $ 7 centavos lo hacía sentir vivo en su confinamiento.

 El departamento lujoso en el cuál antes habitaba se encontraba a pocas calles de su nueva morada. Él  a su vez se había convertido en una de las cifras del desempleo por la nueva normalidad en la cuál los hombres de más de 50 años ya no eran indispensables para los empleadores.

En su nuevo departamento de 4x 4 solo cabían él y su gato powi; Esa bolita color caramelo y ojos azules como un mar inmenso. Los maullidos del gatito lo despabilaron, de esas intenciones de abandonar el mundo, aquella noche de invierno en la cual no podía dormir recién se habría instalado tras recibir su liquidación y la venta de su propiedad. Por ende su antigua vida de chavo ruco o Daddy Sugar se le vino al lastre. Pasaba las noches tragándose sus fantasías de antaño. Y en particular la noche en qué Powi llegó  a su vida. Estaba resuelto a levantar una copa llenarla de cianuro y acabar con  su vida.  Las paredes descarapeladas, el rechinido de la ventana y ese encierro mental estaban por volverlo loco. El pequeño powi  con las pocas fuerzas qué aún  tenía maulló y en la oscuridad del callejón  he hizo de salvoconducto para Carlos en cuanto se encontraron supieron que todo estaría bien, o al menos powi ya tenia asegurado un lugar para pasar las frías noches de invierno. Los días fueron pasando uno tras otro y de vez en cuando Carlos compraba un pedazo de bistec para compartirlo con su romié. Alguna vez se repitió que ahorrar para su vejez era uno de sus objetivos no primordiales y si no fuera porque heredó de sus padres el lujoso departamento ahora estaría viviendo debajo de un puente. Claro junto a powi, su powito. Al qué acariciaba mientras las lentas horas pasaban en ese confinamiento auto impuesto por el mismo.

Pues en su mente el virus sars covid-19 del 2020 había hecho estragos irreversibles.

Y Aunque estaba vivo, Paula su mujer extrañaba sus palabras hirientes. Lo supo ese día cuándo el médico salió del área de covid-19 para darle la noticia tan esperada durante días de angustia y carreras en busca de medicamentos para sacar el virus del cuerpo de su marido.

  • ¡Familiares del señor Carlos Hugarte!

Paula se levantó apresurada y se acercó a la puerta.

  • ¿Usted es familiar del paciente?
  • Sí yo soy su pareja. Las palabras resonaron en su mente. – Lo entiendo doctor y muchas gracias.

Los días siguientes todo cambio para el paciente #045  o Carlos quién pasaba los días en su habitación en un mutismo eminente, con su gato ronroneando en sus pies.

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