MOISÉS ESTÉVEZ

Visitó el apartamento de aquel pobre desgraciado. Su contacto en la
policía le pasó la dirección.

  • No te preocupes, nadie notará que he estado allí. – Le dijo.
  • Más te vale, porque me estoy jugando el pellejo. –
    No tuvo que forzar la puerta, sólo evitar el precinto de la científica, la
    cual se acababa de marchar hacía unos minutos mientras ella hacía plantón en
    la acera de enfrente de los apartamentos.
    Cuarenta metros cuadrados, a lo sumo. Dormitorio con baño y un
    diminuto vestidor. La cocina si era amplia e invadía un acogedor salón. Un
    sillón delante de una sugerente chimenea con una alfombra persa a sus pies,
    mesa baja con un portátil, taza con restos de café, libro y un cenicero repleto
    de colillas. En la pared de enfrente del ventanal sin cortinas que daba a la calle
    34th una estantería rebosaba libros y discos de vinilo con un gramófono en el
    suelo como acompañante, invitando a ser escuchado una vez más. Se retuvo
    para no hacerlo y siguió husmeando mientras se enfundaba unos guantes.
  • A ver que tienes por aquí, a ver que escondes, a ver que me dices… –

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