LUIS5ACONT

Consecuencias.

– Oye ¿hay noticias del Majara? ¿El Tiritas no ha dado el parte médico?

– Me ha comentado que lo tienen sedado y atado la cama. El otro día cuando se despertó de la primera operación, por lo visto, intentó quitarse las vías y salir al pasillo.

– Debe estar con el mono.

– Sí, una vez que se le ha pasado la anestesia se le ha debido venir todo encima.

– Por lo que dice Ramiro, le quedan por lo menos otras dos o tres operaciones, pero parece que esas ya se las van a hacer en Cádiz, en el hospital de la seguridad social, que tiene mejores especialistas. Lo más seguro es que lo tengan en el San Carlos hasta que pase lo más gordo y se tranquilice.

– Hasta que no pase el síndrome de abstinencia no se arriesgarán a moverlo de allí.

– Pasará el mono, pero el plomillazo no se lo quita nadie: mal que estaba y peor que habrá quedado después de todo esto.

– Este tiene el porvenir muy cuesta arriba.

–  Y del Madriles ¿sabéis algo?

– No lo hemos visto en todo el día. No ha asomado la gaita fuera de la oficina del coronel ni para desayunar.

– Hablando del rey de Roma…

En ese momento, el Madriles entra al comedor y se pone en la línea. Esta vez pasa rápido, sin apenas prestar atención al menú que le sirven en la bandeja. Se ha hecho un silencio embarazoso en el grupo. Todos parecen concentrarse en su comida, como si fueran unos chef degustando un plato de alta cocina, al contrario que Julián que cuando se sienta, ignora la sopa de picadillo y pincha con desgana una de las patatas que le han servido alrededor de un muslo de pollo reseco. La comida se le hace bola.

– ¿Qué tal? ¿Has podido hablar con Laura? – pregunta Eduardo.

El otro asiente desganado, parece que el tema no le agrada. Pero ha conseguido atraer la atención de los chicos que ahora lo miran expectantes.

– ¿Y?

– Pues que la cosa está jodida: no quiere saber nada de mí – comenta mientras intenta hacer pasar las patatas por la garganta.

– Normal – sentencia el Cordobita que chupa con delectación un hueso al que ya no le queda ni una brizna de carne.

El de Madrid le lanza una mirada torva pero no contesta. No tiene respuesta: sabe que ha metido la pata.

– Entonces ¿habéis cortado? – aventura Antonio.

– Yo ahora mismo no estoy para tonterías, se me ha puesto muy subidita y en ese plan, mejor que lo dejemos – trata de justificarse.

– ¿Cómo quieres que se ponga? – Responde el gallego – para el genio que tiene suerte has tenido, que todavía es capaz de presentarse aquí otra vez y liarte un expolio.

El otro vuelve a refugiarse en un tenso mutismo: quizás no ha sido buena idea ir a cenar.  No está cómodo con el tema, por otro lado, inevitable.

– Lo malo es que no va a querer volver. Me hubiera gustado que nos despidiéramos de ella antes de irnos licenciados – dice Pedro con un leve tono de reproche.

– ¡Queréis dejarlo ya! – Exclama Julián. Esta vez se ahorra el puñetazo en la mesa, que no está el horno para bollos. Hoy tiene guardia el sargento Chacón, uno de los de colmillo retorcido, de esos que no te dan un primer aviso antes de meterte un puro de los que te dejan baldado. –No estáis ni la mitad de jodidos que yo – Concluye.

– A ver, yo no es por malmeter – aventura Juan Antonio – pero…

– ¡Pero ya está! – vuelve a interrumpir un Julián que trata a duras penas de contenerse, después de un día entero de estar cociéndose a fuego lento.

– Tío, no la pagues con nosotros que bastante tenemos ya con aguantarte.

– Pues ya os queda poco que soportarme, no os preocupéis.

– Pues se nos va a hacer eterno…

– Oye – reacciona de repente el Madriles recordando algo – ¿qué os dijo Laura?

– ¿A nosotros?

– Si, a ti y el Malaguita. Me comentó algo de que teníais la última palabra o no sé qué…

Los chicos intercambian entre sí miradas, consultándose con los ojos. El gallego se muerde el labio, mira hacia la comida, suelta el tenedor y fija la vista en el Madriles. Le echa una mirada bastante transparente, en la que se le adivina todo lo que le pasa por la cabeza en ese momento, cosa insólita para él, que habitualmente suele ser indescifrable.

Parece dudar un instante, pero una sombra de determinación le cruza la cara y justo cuando despega los labios para hablar, se le adelanta el Malaguita, que es el único que parece capaz de reaccionar para evitar la catástrofe.

– Nada, nos dijo simplemente que eso, que no quería volver a verte.  Bueno no lo dijo así de fino, claro, utilizó unos epítetos poco cariñosos que no es conveniente declamar en voz alta.

El Madriles lo mira y contesta:

 – Tío ¿por qué tienes que hablar tan raro? ¿No puedes usar palabras que entendamos todos o es que te crees que porque has leído una morterada de libros eres mejor que los demás?

– Bueno, eso lo he entendido hasta yo – responde el Cordobita – lo que Antonio quiere decir, es que lo más suave que dijo refiriéndose a ti, fue de cabrón para arriba.

– Mentiroso, hijoputa…- añade Eduardo.

– Creído del copón… – continúa el gallego.

– Está despechada ¿qué iba a decir? – Corta el Madriles, que ya ve que se están entusiasmando sus colegas.

De repente, el rencor y el orgullo le gana la partida y el Madriles pronuncia la frase que debería haberse callado, porque calladito está más guapo, pero no, como tiene que quedar por encima y su reputación es lo más importante, suelta algo así como:

– Es solo una tía más que está loca del coño, como todas. Se acabó y punto.

El gallego es ahora el que lo mira malamente.

– Y ¿por qué se supone que es una loca del coño? ¿Porque le ha sentado mal que le pongas los cuernos? A ver si va a resultar que eres tú el tonto del nabo.

– Corta, gallego – advierte Julián.

Pero el otro no echa el freno. Es de todos, el que más ganas le tiene al Madriles. Son muchos meses de aguantar a ese idiota engreído, de reírle las gracias, de dejarlo pavonearse. Quizás hubiera dejado pasar el asunto como tantas otras veces, pero que para hacerse el gallito insulte a Laura, la única chica con la que ha desarrollado una amistad y complicidad en todo el año que he estado fuera de casa, lo subleva. Como si le hubiera mentado a la madre.

– A lo mejor te mereces que te ponga ella los cuernos, así sabes lo que se siente, para variar.

– Que haga lo que quiera – responde el otro retador y despectivo – si quiere zorrear, adelante, le viene bien el papel.

– Eres un barallocas, te voy a escarallar esa cara de mamón ¡A Lita ni la mientes carallo!

Pedro se levanta y dando la vuelta a la mesa empuja a Julián, que sigue sentado. Le derrama el vaso de cerveza en la comida, que apenas ha probado y se pega a él desafiante. Todos se ponen en pie. Que el joven empiece a meter palabras en galego, es mal síntoma, muy, muy malo. Solo lo hace cuando está ofuscado. Si la frase ya sale entera en su lengua, mejor apartarse.

Entonces, el Madriles comete su segundo error esa noche y le iguala la apuesta. No está la cosa para faroles, debería haberse dado cuenta, pero no anda muy fino de entendederas desde que habló con Laura. Está digiriendo fatal la ruptura y el ver expuesto su orgullo no ayuda. El mundo se derrumba a su alrededor y encima viene éste a tocarle los huevos. Así que se levanta, chulo y envarado, a defender lo único que le queda: la fachada.

De un empujón en el pecho, manda al gallego dos metros hacia atrás, golpeándose con los que están sentados en la mesa contigua. El de Madrid le saca casi dos cuartas y es más fuerte, pero Pedro se lanza de nuevo contra él, como si hubiese rebotado en un muelle. Le embiste y se llevan la mesa por delante, cayendo al suelo abrazados y tratando de repartirse todas las ostias posibles, cosa complicada porque apenas hay espacio para meter los puños.

– La virgen – exclama el Cordobita con admiración, viendo como el gallego a pesar de su desventaja ataca con más intensidad, insensible a los golpes que recibe – parece un mapache cabreao…

Nadie sabe de dónde saca la comparación, porque en teoría, en la sierra de Córdoba no hay mapaches. En fin, cosas del Juan Antonio. El caso es que tras unos momentos de pasmo, es el Malaguita el primero en reaccionar:

– ¡Vamos! – grita y se lanza en medio, tratando de separarlos. El resto lo siguen sin pensar, tirando cada uno de donde pueden para poner distancia entre esos dos, que se siguen racionando puñetazos y hasta bocados por parte del gallego, que le muerde la mano al Madriles.

– Ayyyyy… ¡cabrón!

– ¡Dejadme, carallo, dejadme que le voy a dar la del pulpo!

Como cabía esperar, el resto de la tropa rompe a jalear la pelea (demasiado pedir que se mantuviera el silencio estupefacto de los primeros instantes), y forma corro alrededor del grupo. Para cuando llega el sargento de guardia, aquello es una melé de brazos y piernas, donde no está claro quien se está pegando y quien intentando separar.

Chacón (un bruto con la cara y el celebro cuadrados, metro ochenta de alto y noventa y ochenta kilos de mala leche), se mete dando patadas entre ambos y señala con el dedo al Madriles, el que ve menos agresivo. De hecho, está más sorprendido que cabreado por lo que ha sucedido, no parece creérselo.

– Tú, al cuerpo de guardia ahora mismo.

El otro duda, moviendo el cuerpo para dirigirle una mirada asesina a Pedro, oculto detrás del suboficial y agarrado por el Malaguita y el de Córdoba, que apenas pueden sujetarlo. Ahora es el sargento el que levanta la mano con el puño cerrado. No es de los que se imponen señalando la raspa dorada en las hombreras, ni tampoco a voces. Es una mula que prefiere hacer las cosas al estilo tradicional, como cuando empezó él mismo de recluta. Nada de mandar flexiones u órdenes impartidas con cierta psicología. Un puñetazo en la cara y la nariz rota para que no se te olvide a ti, ni a ninguno de los que miran, quien lleva allí los galones. Que más vale cortar de raíz las tontunas… y si de paso se puede prevenir, pues mejor, así matamos dos pájaros de un tiro. Para qué vamos a dar dos viajes.

Julián, ya puestos, se aviene a razones, y aunque con los ojos inyectados en sangre y la cara roja del sofocón, obedece y se abre paso hacia la salida, dándose un aire que pretende digno, pero que finalmente resulta un poco patético. El traje manchado, varios botones que han desaparecido de la pechera de la sahariana y un ojo morado no dan para un buen desfile.

El gallego le grita, insensible a las amenazas y a que puede estar labrándose una ruina para lo que le queda de mili.

– Capullo, gilipollas…

– ¡Gilipollas tu padre! – contesta Julián desde la puerta.

Pedro intenta zafarse, pero no lo consigue. Además, Chacón se encara ahora con él cerrándole el paso. Es su turno de calmarse o de buscarse un parte grave, si no es que lo tiene ya. Pero no lo hace. Ya que no puede llegar hasta el Madriles, ataca con la única arma que le queda, la peor de todas:

– Que sepas que se lo ha montado con nosotros. Que nos pidió que te lo dijéramos y no lo hemos hecho por no avergonzarte. Pero no te la mereces, es más mujer de lo que tú nunca serás hombre. En una sola de sus uñas tiene más clase que tú entero, payaso, que no eres más que un uniforme relleno de mierda. Y ahora atrévete a llamarla puta o zorra, que te espero en la puerta y te mato, desgraciado.

El Madriles se queda petrificado y el silencio se vuelve a hacer en el atestado comedor.

– Pero ¿Qué dices majadero?

– Lo que oyes y que lo escuche también todo el mundo. No solo eres tú el que pone los cuernos, te han dado tu misma medicina.

La cosa amenaza con volver a complicarse, porque Julián se vuelve, sin saber muy bien con que intenciones, pero el sargento considera ya que el espectáculo ha durado demasiado y que no va a permitir ningún bis. Hace una seña al cabo primero que acaba de llegar a la carrera, avisado de la bronca que se ha montado.

– Éste para la compañía, y si no se calma en quince minutos llamas a la policía naval. Al penal y que mañana le explique al juez militar eso de los cuernos. Del otro me encargo yo – afirma encaminándose hacia Julián, que se ha quedado clavado con una expresión de pasmo, incapaz de reaccionar, mientras su celebro se resiste a procesar la información que le acaba de llegar – tira para el cuerpo de guardia – le escupe en la cara.

El de Madrid reacciona por fin, y dándose la vuelta, toma el camino seguido del sargento que sin detenerse, le dice a otro cabo de reemplazo que ve entre los presentes:

– Pon orden aquí: si vuelvo y veo que se mueve una hoja, me follo a toda la compañía.

– Atención, señores – grita inmediatamente el aludido para hacerse valer antes que la presencia intimidante del sargento se desvanezca, no está muy seguro de poder imponerse por sí mismo – se acabó la fiesta, todos a sus mesas y el que haya acabado de cenar a darse un paseo ¡Y en silencio!

Mientras el gallego y Julián van en direcciones opuestas, el jaleo y los gritos se convierten en un murmullo conforme la gente se vuelve a sentar en sus sillas.


Los dos soldados están en la oficina del capitán Pardeiro, firmes y vista al frente, evitando cruzar sus miradas. Llevan un buen rato aguantando chorreo, hasta que Pardeiro, decide entrar en materia y dictar sentencia.

– Parece mentira que seáis veteranos ¡A menos de un mes del licenciamiento y la que habéis liado! Que sepáis que Chacón me ha pedido que os corte los huevos para hacerse un llavero – hace una pausa para dejar que el mensaje cale antes de continuar – En fin, esto es lo que hay: Oubiño, te quedas arrestado lo que queda de mes y sin pase de salida. Date con un canto en los dientes, porque he conseguido convencer al coronel de que, hasta anoche, has sido un soldado modelo y no has dado problemas. Álvarez, lo mismo, arrestado y sin pase. Tú has tenido también suerte de ser el chofer del Sheriff, que no ha querido hacer sangre.

– Pero mi capitán, yo tengo que salir, mi novia ha venido de Madrid y…

– No me toques los cojones, Álvarez, te acabas de librar por el pelo del bigote de una gamba y tú pensando en enterrar la nutria.

– No, no es eso mi capitán, es que no tiene teléfono aquí y no tengo forma de avisarla, han venido de vacaciones solo para verme y…

– Pues ya te llamará ella cuando vea que no apareces.

El Madriles va a hacer otro intento pero Pardeiro levanta la mano en un gesto definitivo. “Ni se te ocurra chaval, que tengo fama de buenazo pero todo tiene un límite”, le indica con la mirada, de forma que Julián se mete la lengua en el culo y traga saliva. Ya intentará más adelante ver cómo se busca la vida.

– Pues eso es todo. No la volváis a cagar que la próxima no me molestaré en salvaros el trasero ¿entendido? Sea lo que sea, firmad el armisticio y cuando os den la blanca, ya os matáis en la calle, si eso.

– Sí, mi capitán – contestan ambos al unísono.

– Largo de aquí los dos.

El mando los mira salir uno detrás de otro. Bien, espera que no haya más problemas entre esos. Algo muy gordo tenía que haber pasado porque, si bien desconfiaba del Madriles, que Pedro hubiera participado en una trifulca de ese tipo se le hacía extraño y menos aún, que la hubiera iniciado él.

Aquello olía mal, así que consideró apropiado que los dos recibieran el mismo castigo. En general, esa no había sido una mala promoción, por el contrario: era un buen grupo de chavales que, quitando alguno un poco especialito como el de Madrid, en general se habían portado bastante bien. Salvando el caso del Majara, claro. Pardeiro tuvo un estremecimiento al recordarlo: que fuera militar de carrera no le impedía reconocer que lo de la mili no era muy buen invento. Al menos para tiempos de paz. Otra cosa es si estaban ante una emergencia, pero en condiciones normales, meter en un cuartel a chicos que ni de lejos estaban en condiciones de asumir aquello, era pero que muy mala idea.

Luego les tocaba a los mandos bregar con las consecuencias. Accidentes, peleas, adicciones e intentos de suicidio. Y algunos superiores tampoco colaboraban precisamente, aunque él era de los que intentaba no estirar la cuerda.

En fin estos dos no eran de los especialmente problemáticos: de hecho se habían comportado razonablemente bien, ya que el gallego se había negado a contar el porqué de la pelea y conociendo al Madriles, seguramente tendría un porqué.  El capitán estaba seguro que para que Pedro hubiera perdido los papeles, habría un motivo importante, sin embargo (como buen camarada), se negó a denunciarle. Y, por otro lado, el Madriles a pesar de que no le caía en absoluto simpático, también había mantenido la compostura y en ningún momento hizo referencia a que Pedro fue el primero en atacar, aunque eso ya lo sabía el capitán.

En fin, pudiera ser que tuvieran la fiesta en paz, esperó.

Los dos soldados salen de la oficina y giran cada uno para un sitio, evitando cualquier contacto. El gallego sale por la puerta para su destino en comunicaciones y Julián se dispone a subir al dormitorio a recoger las cosas para asearse, pero el cuartelero le hace una seña para que se acerque.

– Oye, que han venido a buscarte de donde el coronel. Que vayas inmediatamente en cuanto acabes con el capitán.

– Estoy sin afeitar y con traje de faena, anoche dormí en el cuerpo de guardia.

– Pues tú verás – indica el soldado de guardia, como dando a entender que a él se la refanfinfla – eso se lo cuentas luego al brigada, que es el que ha venido a dar el aviso.

Julián resopla cabreado pero toma el camino de la oficina del coronel. Cuando entra, se cuadra y se presenta:

– A sus órdenes mi brigada, disculpe el aspecto pero es que…

– Sí, ya sé que la liaste anoche, ahórrate las explicaciones.

– Mi brigada yo no lie nada, me atacaron.

– Con bastante mal resultado por lo que veo, porque estás entero – añade el brigada con tono irónico – bueno, corta el discurso que no te llamo por eso. Te vas para la compañía, te pegas un buen fregado, coges el traje de bonito y tiras para la segunda de fusiles. Te presentas allí al comandante Valdivia. Necesita un chófer para unos días.

La cara le cambia el Madriles cuando oye ese nombre. Comandante y Valdivia, demasiadas pistas que le llevan a la imagen de un capullo con bañador estampado en la playa ¡Maldita sea la hora que se ocurrió acercarse a Virginia! Esa chica llevaba un rótulo luminoso avisando del peligro, pero no, él tenía que dárselas de chulito delante de sus amigos.

– Pero mi brigada, el coronel…

– El coronel puede tirar de Pérez: total, te iba a sustituir en unos días, así que solo se trata de adelantar un poco la cosa. Le vendrá bien para ir soltándose en el puesto. Además, no tengo ni puta idea de por qué, pero el comandante Valdivia ha pedido que seas tú. A lo mejor tú puedes iluminarme, Álvarez…

– No tengo ni idea mi brigada.

– Ya ¿Que casualidades tiene la vida, verdad? – el brigada le pega un repaso visual de arriba abajo: por la cara que está poniendo y lo tenso, esta no parece ser una buena noticia para el Madriles. “Sabe Dios en qué lío se ha metido éste”, piensa sin arrendarle las ganancias (él sí que conoce bien al comandante Valdivia por haber coincidido en un par de destinos). Va listo como le haya hecho alguna putada, que tratándose de Julián, solo puede consistir en haberla metido en el agujero equivocado.

– Eso es todo Álvarez. A partir de ahora y hasta nueva orden, te presentas allí todas las mañanas.

El de Madrid saluda con la misma desgana que si fuera un enfermo terminal y sale al patio.

Se detiene un momento a tomar aire. A pesar de la brisa fresca de la mañana, no consigue despejar su abotargada cabeza.

“Maldita sea mi estampa”, piensa. La de veces que ha cruzado el patio suponiendo como serían sus últimos días el ejército, como veterano en un puesto cómodo, haciendo balance de las conquistas de ese año, con la alegría de saber que ya no le quedan meses, sino días, con un buen futuro por delante. Esta mierda no se parece nada a eso que se había imaginado. Los días que le faltan para acabar se le van a hacer eternos. “Vaya puta miseria”, masculla entre dientes, mientras se pone de nuevo en marcha hacia la compañía. Tendrá que concentrarse en lo último, en salvar su futuro. A ver cómo se las ingenia para contactar de alguna manera con Leonor. Menos mal que ayer por la tarde pudo estar con ella. Si hoy no lo ve aparecer se extrañará, pero si mañana tampoco, seguro que lo llama y entonces podrá explicarle todo.

– ¿Qué ha pasado? – le pregunta el cuartelero al verlo llegar.

– Lo que a ti no te importa – contesta desabrido sin pararse.

El otro lo mira desaparecer por las escaleras. No sabe lo que ha sucedido pero está claro que gracia no la he hecho al de Madrid.

– Anda y que te den – responde mientras vuelve a apoyar la espalda en la pared, adoptando una postura más relajada que le permita pasar tranquilo la hora que le falta para el relevo.


– Hola.

Virginia abre los ojos y parpadea, molesta por el sol. Le cuesta enfocar la mirada ante tanta claridad para saber quién se dirige a ella. Hasta hace un segundo permanecía amorrada, concentrada en escuchar como rompen las olas en la playa e intentando conseguir alargar ese momento de paz para su mente.

Sus padres se han ido a dar un paseo. Todos los días andan una hora por la orilla, su madre dice que es bueno para los pies. Y ella aprovecha para encerrarse en su mundo todavía más, tratando de recomponerse por dentro.

Por fin consigue ver a la persona que tiene delante: una chica joven como ella. La reconoce. Es la que iba con Julián el otro día ¡A tomar por culo la tranquilidad! ella intentando apagar las ascuas y de repente, alguien echa un chorreón de gasolina encima. Se levanta las gafas de sol, se incorpora sobre los codos en la toalla y contesta con otro “hola”, poniéndose a la defensiva ¿Qué narices querrá ésta ahora?

– Dice Julián que estás loca – le suelta a bote pronto, con la barbilla levantada y las manos cruzadas delante de su regazo. La postura es por un lado, desafiante, pero por otro, parece invitarla a entablar conversación, lanzando un mensaje confuso que Virginia no termina de descifrar.

– Y entonces ¿qué haces tú aquí hablando con una loca?

La joven se lo piensa y finalmente, baja un poco la cabeza y deja caer los hombros. Los brazos cuelgan a los lados y en una actitud mucho menos hostil (Virginia diría que casi entregada), le responde:

– Necesito saber.

– ¿Qué pasa? ¿No te creces lo que te cuenta tu novio?

– Quiero oír tu versión.

Virginia se lo piensa un momento. ¿Merece la pena? Se fija en la chica que la mira, ojos almendrados con un fondo de triste desesperación.

Puede ver que la duda la corroe: sea lo que sea lo que le haya contado Julián, no se lo acaba de creer. Se ve a ella misma hace unos días, cuando Alejandra le narró lo que se había encontrado en la puerta del Popeye. Le jodió mucho enterarse, pero más le hubiera fastidiado no haberlo sabido.

Hace un gesto y asiente, señalando la silla de playa vacía. Ella ocupa la otra.

– No sé por dónde empezar.

– Hablaste de ti y de mi novio, y también de una morena con el pelo rizado.

– No sé si esto va a servir para algo. Si ya has decidido no creerme y cerrar los ojos a todo lo demás, va a ser inútil.

– Tú cuéntame que yo decidiré luego lo que me creo y lo que no.

– Bien, en ese caso empezaremos por mí…

Media hora después, Leonor camina sola por la playa. Se resiste a volver al sitio donde están sus padres. Todavía no: no quiere que la vean llorar.

Ha tratado durante estos días de aferrarse desesperadamente a la versión que le contó Julián, después del encuentro del sábado. Salía con sus amigos y conocidos y esta chica le había tirado los tejos en un pub que se llamaba el Cuatro Rosas. Cada vez que iban allí, ella intentaba ligar con él. Definitivamente, Julián, la tuvo que despedir de malas maneras porque no dejaba de insistir y desde entonces, ella le guarda rencor: está despechada y por eso montó el numerito el otro día.

El corazón le pide creerle: su Julián es mucho Julián y es normal que siempre haya alguna pelandusca revoloteando alrededor. Lleva tres días diciéndose eso, con él calmándola e insistiendo en su versión. Pero el lunes solamente estuvo un rato por la tarde y el martes no volvió del cuartel, así que ha tenido mucho tiempo para pensar, para ver crecer la duda y para darle vueltas al tema. La inquietud ha conseguido anidar en su pecho y de una pequeña pelotita, se ha formado algo mucho más pesado, que la oprime y le impide a veces respirar. Julián también está extraño, lo nota, lo siente…Más triste, más irritable y menos atento. Algo ha cambiado, aunque todavía no sabe el qué ni por qué, pero la intuición le dice que sin duda, está relacionado con ese encuentro tan desagradable.

Así que ese día ya no puede más: deja a sus padres en la playa y camina decidida en busca de esa chica. La encontró no muy lejos del lugar dónde sufrieron el encontronazo anterior. Está con sus padres, de forma que Leo da un rodeo y continúa, sin atreverse a entablar conversación. A la vuelta, cruza de nuevo y esta vez, la ve sola. Se retuerce las manos, cambia de dirección un par de veces, inquieta, y finalmente se decide. No sabe cómo va a reaccionar ni lo que se va a encontrar, pero necesita respuestas.

Y ahí está ahora, sabiendo que es mentira lo que su novio le ha contado. Todavía se resiste a creerlo, pero esta vez su corazón ha vuelto a inclinar la balanza. No sabe si todo lo que le ha contado es verdad, pero sí lo suficiente. Lo esencial. Demasiado difusas las explicaciones de su novio, demasiado concretas las de la chica. La ha mirado a la cara y ha visto el mismo dolor y el mismo despecho que ahora siente ella. Solo una mujer puede entenderlo. No es solo una rabieta por no haber conseguido lo que pretendía, es mucho más, algo mucho más profundo y doloroso: es la marca que dejan el engaño y los sueños rotos.

Igual que están ahora los suyos.

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