GABRIEL B

Capítulo 6

Sábado 31 de marzo del 2021

                Estoy en la habitación de huéspedes de la casa de mi hermana Graciela. No sé por qué le sigo el juego a este pendejo, supongo que me da morbo. La cuestión es que acá estoy, en plena media noche, empezando este diario.

                Si bien soy una persona muy joven, debido a mi trabajo poco convencional, pasé por experiencias que muchos solo alcanzan a ver en alguna película, o, en el mejor de los casos, las descubren de la boca de algún conocido que les cuenta lo que le ocurrió al amigo de su primo, o al sobrino de su vecino. Todas esas historias, reducidas a mitos urbanos, me pasaron a mí, y quedaron, de alguna manera, grabadas tanto en mi cuerpo como en mi alma.

                Ya perdí la cuenta de con cuántos hombres me acosté, y de a cuántas perversiones accedí. Desde un gangbang con ocho tipos hasta dejar que me meen encima, pasando por lesbianismo y voyerismo. Y ahora la cereza de la torta: el incesto.

                De solo pensarlo me estremezco. Sí, yo, Laura, la puta, me siento superada al recordar la salvaje cogida que me dio mi sobrino  Luis.

El incesto nunca estuvo entre mis planes, eso se lo aseguro. Al principio, cuando le di cierta cabida al pendejo, pensé que podríamos ser buenos amigos. Cuando encontré a mi hermana Graciela, una necesidad que creí sepultada apareció con más intensidad que nunca: la necesidad de pertenecer a una familia.

No puedo decir nada malo sobre Graciela. Y para ser justa, sobre Luis tampoco. Al final, es casi un chico. Si bien tiene diecinueve años, vivió siempre en una burbuja, y recién ahora está empezando a madurar. Creo que debí mantener cierta distancia, apenas noté que me miraba de una forma en que un sobrino no debería mirar a su tía. ¿Y qué esperaba? Si lo hubiese conocido desde chico quizás —sólo quizás—, no se hubiese despertado la lujuria en él. Pero supongo que habernos encontrado recién ahora nos jugaba en contra, y ese morbo insano que tenemos —sí, lo confieso, yo también tengo morbo—, se hubiese sofocado. Definitivamente, dejar que me viera en bikini, jugar con él, permitir que se apoyara en mí de manera impúdica, no fueron buenas decisiones.

Tal vez el hecho de haber experimentado tantas cosas fue lo que, desde algún lugar de mi oscura consciencia, me instaron a permitir que sucediera lo que sucedió.

Graciela me invitó a cenar, y a pesar de que pensaba esquivar a Luis por un buen tiempo, ante la insistencia de mi hermana, no pude decir que no. Es increíble que no se dé cuenta de que sus dos hombres me devoran todo el tiempo con la mirada.

Rubén, el papá de Luis, es igual de libidinoso que su hijo. Sólo que no sé si es tan bueno como él. La amabilidad de Luis parece haber venido de su madre, mientras que el salvajismo con el que me había cogido bien podría venir del padre. Si Rubén se enteraba de mi verdadero trabajo, o mejor dicho, si lo confirmaba —ya que estoy segura de que lo sospecha—, me podría meter en un lío en el que nunca imaginé. Ya me veía siendo la esclava sexual de padre e hijo.

Volviendo a la cena, esta vez Luis supo mostrarse más discreto. Ya no revoleaba los ojos a mis tetas cada cinco segundos, como suele hacer, ni sentí su mirada caliente a mi espalda, cuando me puse de pie para ayudar a poner la mesa. Si bien iba vestida de manera discreta: con un pantalón de jean y una remera negra, sé que casi cualquier cosa que me ponga me hace ver exuberante —las desventajas de tener un cuerpo escultural, qué le vamos a hacer—.

— Y cómo va el trabajo —preguntó Rubén en un momento, con sus ojillos maliciosos yendo de mis tetas a mis ojos.

                Se supone que soy profesora de Zumba. De hecho tengo en mis redes sociales publicidad en relación a esto. Pero cada vez que llama alguien para anotarse, les digo que ya no hay cupo, o invento cualquier excusa.

— Bien, con muchos alumnos por suerte —contesté.

                De repente sentí que unos dedos se frotaban en mi pierna. La mesa era grande para los cuatro. Graciela y Rubén se sentaban en las cabeceras, y tenía a Luis enfrente de mí. Me miró con disimulo y desvió la mirada, mientras seguía frotando los dedos de sus pies en mis muslos, acercándose peligrosamente a la entrepierna. 

                Cuando un macho está totalmente alzado es capaz de hacer muchas estupideces. Así que puse un alto en ese mismo momento. Cerré las piernas antes de que sus dedos traviesos llegaran a su destino.

                Me las ingenié para estar todo el tiempo cerca de Graciela. Si Luis se quedaba a solas conmigo, aunque sea un segundo, se me tiraría encima, o, como mínimo, intentaría hacer lo de la última vez, me metería tanta mano como pudiera.

                Afuera se había largado la lluvia, un hecho en apariencia insignificante, pero que tendría mucha influencia en lo que ocurriría unas horas después.

Nos quedamos un rato en la sobremesa y después tomamos un té en la sala de estar.

— Quería agradecerte por tratar tan bien a Luisito —me dijo mi hermana, cuando nos quedamos solas—. Me gusta que tenga a alguien joven e inteligente que lo pueda aconsejar. Mirá, yo para él soy una vieja que no sabe nada, así que tener una tía joven con la cabeza en su lugar le puede servir de mucho.

— Claro, cuenten conmigo para lo que sea, Luis es divino —dije, recordando cómo me había cogido mientras mi cliente me metía la pija por la boca.

                De repente la lluvia se convirtió en una salvaje tormenta que no daba señales de mermar.

— Quedate a dormir acá esta noche, nena —ofreció Graciela.

— No —dije, sabiendo a lo que debería atenerme si lo hacía—. Apenas pare me voy, no te preocupes.

— Pero no seas tonta, si tantas veces nos recibiste en tu casa y no te vas a quedar una noche acá. Dejate de joder. ¿O acaso no te sentís cómoda acá?

— Para nada, no seas tontis —le dije—. Bueno, si de acá a una hora no para la tormenta, me quedo a dormir.

                El viento y los truenos disminuyeron durante unos momentos, pero volvían con más fuerza que nunca. Creo que hacía años no había llovido tanto, y con tanta potencia. Y justo pasaba en ese momento. Qué suerte la mía.

                Pasada una hora, cuando ya eran más de las diez de la noche, no había señales de que la cosa fuera a terminar. Me tuve que resignar.

                Luis ya se había metido en su cuarto y no había salido de ahí. Pero me envió un mensaje “¿Te quedás a dormir?”, me preguntó. “Sí, pero no quiero visitas nocturnas”, le respondí. Él me envió un emoticón de una carita llorando. Que se curta el pendejo, pensé.

                Traté de alargar la conversación con Graciela todo lo que pude. Pero para la una de la madrugada ella ya se encontraba exhausta.

— Me encantan estas charlas interminables —me dijo la pobre—, ojalá se repitan más seguido.

— Cuando quieras —le prometí.

                Me mostró mi cuarto. Una pequeña habitación que hasta hacía poco funcionaba para guardar objetos que la familia ya no usaba. Graciela no me lo dijo, pero yo estaba segura de que habían acondicionado el cuarto por si sucedía algo como lo de esta noche, y yo me tuviera que quedar a dormir.

                La actitud maternal de Graciela me enternecía, y me hacía sentir terrible por el hecho de haberme cogido a su hijo.

                Habíamos hecho el ruido suficiente como para que Luis se diera cuenta de que yo ya me encontraba en la habitación. Busqué la llave de la puerta, pero no la encontré. Me levanté para tapar la entrada con algo. Lo único que había era una mesita de luz. No serviría para evitar que alguien entrara, pero si Luis empujaba la puerta se iba a ver obligado a hacer mucho ruido, por lo que se vería disuadido.

                Pero tal como debí imaginarlo desde el principio, esa noche no era la mía. Todas las fuerzas del universo parecían conjuradas en favor del degenerado de mi sobrino. Apenas me dispuse a levantar la mesita, Luis apareció, sigiloso, en medio de la oscuridad. Me encontró vestida únicamente con ropa interior.

                Era el momento de poner un punto final a esta locura. Le diría que lo de la otra noche había sido un error, que me dejé llevar por el autoritarismo del cliente, y en parte también por la droga que había consumido unas horas antes —esto último era cierto—. Le diría que ni en sueños volveríamos a estar juntos, y mucho menos bajo el techo de su madre, quien casualmente también era mi hermana.

                Agarré la sábana de la cama, y me cubrí el cuerpo con ella.

— Luis, yo creo que … —dije, susurrando.

                Pero Luis se abalanzó sobre mí, me quitó la sábana y la tiró al piso. Me agarró de la cintura y me atrajo hacia él. Su sexo ya estaba duro.

— No, acá no, pendejo, en serio, me voy a enoj…

                Impidió que termine la frase, tapándome la boca con sus propios labios. La lengua dulzona y mentolada invadió mi territorio, mientras sus manos voraces no tardaron en encontrarse con mis nalgas.

— Nos pueden escuchar —le susurré el oído cuando dejó de besar mi boca para aventurarse más abajo, en mi cuello, y después en mis pechos.

— Entonces no hagamos ruido —dijo.

                De un empujoncito, me hizo sentar en el borde de la cama. Había sido una tontería quedarme a dormir ahí. Debí esperar un rato más y marcharme, aun con los peligros que implicaba viajar con un clima tan intempestivo como ese.

                Lo que más me molestaba no era el hecho de que Luis invadiera mi privacidad como si nada, sino la certeza de que yo misma deseaba que lo hiciera. Mi sobrino se bajó el pantalón y su gruesa verga saltó como resorte.

                Había visto penes más grandes que ese —mucho más grandes—, pero el del pendejo no estaba nada mal. Era voluminoso, pero no de forma exagerada. Mis cavidades lo recibirían sin problemas, y podría disfrutar mucho cuando lo tuviera adentro mío.

                De solo pensar en eso, sentí cómo mi tanguita se humedecía. Luis arrimó la verga a mi boca.

— Sos un pendejo caprichoso. Siempre querés que las cosas salgan como a vos se te ocurre. Y siempre te salís con la tuya —dije.

                Él rió, acarició mi rostro con ternura, y corrió un mechón de mi cabello detrás de la oreja.

                Me metí la verga en la boca. Apenas Luis sintió mis labios cerrarse en ella, gimió y empujó mi cabeza para que me la metiera más adentro.

                Escupí sobre el glande, y se la chupé, sintiendo la respiración agitada de mi sobrino, silenciada por la tormenta que, otra vez, se desataba afuera.

                Mi vida también va a ser una tormenta si este pendejo piensa que me puede coger cuando quiera, pensé para mí, mientras seguía mamando de esa gruesa mamadera.

— A ver, mírame —dijo Luis.

                Lo miré a los ojos mientras se la seguía chupando. Su cara reflejaba que no podría contenerse mucho tiempo más. Con total malicia, empecé a lamer con intensidad el glande, para hacerlo acabar rápido, no sin dejar de mirarlo, cosa que parecía enloquecerlo.

                La leche calentita, ácida y un poco dulzona, saltó, cayendo adentro de mi boca.

No podía ir al baño porque para eso debía salir al pasillo, y no podía correr el riesgo de que Graciela o Rubén me vieran, así que me tragué todo el semen.

— ¿Por qué te ponés tan cómodo? —pregunté a Luis, cuando lo vi recostarse con su cuerpo desnudo en la cama.

— No seas boluda, vení, acurruquémonos un rato, que esta lluvia invita a hacerlo.

— Está bien, pero solo un rato.

                Nos acostamos en cucharita. Tengo que reconocer que el ruido de la lluvia y las caricias que me hacía mi sobrino en el pelo, eran una combinación no muy original, pero sí muy efectiva. Como una perrita que se rinde ante la primera caricia de su dueño, una vez en su regazo, yo estaba completamente a merced de Luis en ese momento. Más aún cuando empezó a pasar las yemas de sus dedos por mis piernas, al tiempo que me hacía sentir en mis glúteos, cómo su sexo empezaba a perder su flaccidez lentamente.

— Me gusta mucho esto —dijo Luis.

— Sabrina me preguntó por vos el otro día —le dije, para cortar con lo que supuse que venía: un momento romántico, o al menos un intento de ello.

— ¿Está trabajando con vos? —pregunté.

— Sí, pero no creo que dure mucho. Sólo trabaja porque sus papis no le dan dinero suficiente para comprarse ropa nueva todos los meses. Pero en cualquier momento encuentra un novio con plata que la mantenga y no la veo más. Una lástima, a los clientes les gustan así, jóvenes y sumisas.

— Yo no podría ser su novio —dijo Luis, un poco tristón—. Además a mí me gustás vos.

— Te podemos gustar las dos —dije yo.

— Supongo que sí —dijo—. Sabés, te quiero contar un secreto.

— Decime.

                Ahora Luis acariciaba mis senos.

— Desde que te conocí estoy escribiendo un diario —dijo.

— ¿Un diario? —pregunté intrigada— ¿Hablás de mí?

— Prácticamente es sobre lo único que escribo —contestó.

— Mas vale que lo tengas bien guardado. Si lo llega a ver tu mamá me va a matar. Si querés estar conmigo tiene que ser en completo secreto.

— No soy boludo —respondió, medio irritado—. No es un diario físico. Es uno virtual. Bah, en realidad lo publico en una página. Con seudónimos, obvio.

— Que chico raro —dije. Luis pellizcó uno de mis pezones.

— Deberías hacer el tuyo. Tu propio diario, contando tu perspectiva de la historia —sugirió.

— Quizás lo haga —dije, solo por decir.

— ¿Y vas a contar lo de esta noche?

— Claro, es una experiencia digna de ser contada. “El día que me cogí a mi sobrino mientras mi hermana dormía”.

                Luis soltó una carcajada.

— No levantes la voz, tontito —lo reprendí.

— ¿Y vas a contar que te estoy acariciando las tetas mientras hablamos de esto?

— Sí, aunque no es algo muy memorable que digamos.

— Entonces escribí que te di un beso en el cuello —dijo, dándome el dichoso beso— Y que te measajeé el culo con desesperación, y que te metí el dedo adentro.

                Cuando dijo eso, un dedo húmedo se enterró en mi ano.

— Despacio, no quiero gritar —dije.

— Pero te gusta que te metan cosas en el culo ¿No? —preguntó.

— Sí, pero ahora no es el momento. Te prometo que otro día voy a dejar que me hagas el culo, pero hoy no. Imposible.

— Pero es solo un dedo —dijo, y lo enterró más.

— No, ya los conozco a los hombres. Empiezan con el dedo, y después quieren meter todo lo que tienen.

                Luis me agarró del pelo y tironeó de él. Arrimó sus labios a mi oreja.

— Si sentís ganas de gritar, mordé la almohada —dijo.

                Me agarró de las caderas y me hizo girar, hasta quedar boca abajo. Era en vano discutir con un nene caprichoso que en ese momento tenía en sus manos a su juguete favorito. No había manera de convencerlo de que no me hiciera el culo.

                Escupió sobre mi ano, y sin preámbulos enterró dos dedos. Yo sentía cómo mi ano se dilataba de a poco, mientras esas extremidades se introducían insistentemente en mí.

                No tardé en sentir el glande, reptando en mis glúteos, para luego apuntar a la pequeña cueva que tanto obsesionaba a mi sobrino.

—  No te preocupes, primero te la meto despacito.

                Cumplió su palabra, y enterró la cabeza de su verga, muy lentamente, haciéndome sentir centímetro a centímetro cómo invadía mi cuerpo. Sus manos rodearon mi torso y fueron a apoderarse de mis tetas.

                Mientras su instrumento cavaba con suma paciencia, yo sentí cómo mi sexo se empapaba. Me mojé la mano con mi propia saliva, y con cierta dificultad, la metí entre mis piernas para acariciar mi clítoris.

                No era una posición muy cómoda que digamos, ya que parecíamos enredados y encimados. Pero la linda verga de Luis se sentía muy rica —más de lo que imaginé—, metiéndose en mi culo.

                Me imaginaba a mi hermana entrando a la habitación furtivamente, viendo semejante escena. La pobre quedaría totalmente destrozada. No podría tolerarlo. En cambio, si el que entrara fuese Rubén, me resultaba difícil saber cómo reaccionaría. En una fantasía morbosa, lo imaginé uniéndose a su hijo, para cogerme ahora entre los dos. Por extraño que ahora me parezca, la idea no parecía para nada desagradable.

                Cuando la verga de mi sobrinito se había metido ya bastante, al punto tal de que los peludos testículos acariciaban mis nalgas, yo tenía los dientes mordiendo la almohada, así como me lo había aconsejado él, pues era imposible contener los gemidos de placer que me generaba esa hermosa cosa en mi culo. De todas formas, de mi garganta salía un sonido gutural que, confiaba, era amortiguado por la incesante lluvia que caía sobre las tejas.

                Luis descargó su hombría en mi culo. Me limpió con papel de cocina, con la misma ternura con la que una madre limpia el trasero de su hijo. 

— Me gusta mucho estar con vos —dijo después, acariciando mi cabeza.

— A mí me está empezando a gustar —reconocí.

                No estaba segura de si era porque Luis era prácticamente el único hombre por el que sentía cariño sincero, o porque, al igual que él, me daba demasiado morbo la relación supuestamente prohibida entre nosotros. Pero estar con él era algo totalmente diferente a acostarme con otros hombres, de eso estaba segura.

— Andá a tu cuarto. Mañana hablamos —le dije.

                Me dio un beso en los labios. Abrió la puerta con mucho sigilo, vio que no hubiera moros en la costa, y se perdió en el pasillo oscuro.  

                A la madrugada me desperté con muchas ganas de orinar. Sin pensarlo mucho, me fui al baño así como estaba, en ropa interior.

                Cuando iba a llegar, noté que la luz estaba encendida, y enseguida escuché el ruido de la cadena y del agua corriendo en el inodoro. Mierda, pensé, este pendejo me va a ver así y me va a querer coger de nuevo.

                Pero ya era tarde para volver a mi cuarto, además, necesitaba orinar. La puerta se abrió, pero de ella no salió Luis, sino Rubén, su papá.

                Estaba medio dormido. Se frotó los ojos con la mano, y me miró arriba abajo, con total descaro.

— Hola, perdón, no pensé que iba a haber alguien levantado, sino, me ponía algo —dije.  

— Por mí no importa, no te preocupes —dijo, regodeándose viendo mis tetas—, pero si nos ve mi mujer así, puede pensar cualquier cosa.

                Solté una risa nerviosa.

— Lindo tatuaje —agregó cuando le di la espalda para meterme en el baño. Era obvio que no me estaba mirando el tatuaje.

— Gracias —dije, sintiendo escalofríos.

                Una especie de premonición se me metió en la cabeza, y hasta el momento no me la puedo sacar de encima. Rubén me iba a traer problemas.

                Espero que sea sólo paranoia mía.

Continuará

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