ROCÍO PRIETO VALDIVIA

Sólo  quisiera cerrar los párpados y no recordar su rostro. Su piel amarillenta, su rictus de dolor, el aroma a formol saliendo del pequeño cuartito mortuorio. La hipocresía de la vendedora de paquetes funerarios y los brazos fuertes del encargado de arreglar  los cuerpos. Sin lugar a dudas han hecho en mi mente un laberinto sin retorno, cada noche me es difícil dormir.

Y la última vez que lo vi sonreía,  su boca deshabitada, sus ojos entre claros se veían velados, sus arrugas, su chamarra llena de grasa, en sus pies las pantuflas mal puestas el rechinar de la andadera siguen taladrando mis sienes. Pienso en que debí decirle ¿porque me robaste mi inocencia?  Zarandearlo  un poco y luego llorar o correr.

En lugar de eso me senté a su lado. Lo observé,  intercambie un par de oraciones y me levanté minutos después para no volver a verlo más con vida. Muchas veces tuve que mantener una historia feliz para no hacerme nuevas heridas pues las que ya tenía, seguían supurando, mi piel algunas veces hedía  tanto que me  tuve que envolver entre sábanas fantasmas y dormir en esa fría tumba imaginaria y al igual que Jesucristo resucitaba al tercer día.  Fueron. Muchas veces las cuáles estuve frente al espejo  y esa silueta  me gritaba

—¿hasta cuando vas a soportar esto?

 Otras veces gusanos me corrían por debajo de mi piel apiñonada. Mi infierno era insoportable.

Así pasaron los años, el día que la muerte se enfrentó a su frágil cuerpo  yo tuve que soportar 72 horas más de lenta agonía supe disfrazar bien la pose de reina. Siempre con la cabeza en alto.  Una voz dentro de mi me gritaba y yo trataba de apagarla. Pero no podía el parásito me había dejado sin fuerzas.

—¿Qué más podía hacer?

 Nunca pensé que la muerte lo arrebataría con un dolor agudo. Lacerando su garganta, quemando su instrumento del mal como dirían las beatas de la iglesia donde fue la ceremonia para entregar sus restos mortuorios.

Habían sido mas de 30 años desde  aquel día. Casi siempre uno quiere olvidar el pasado sepultar bajo una pesada lápida esos malditos recuerdos, pero ellos resurgen hieden  y trasgreden.  Vi como caían las paladas de tierra y crujía aquella caja de latón pintada de blanco.  Por fin el parasito del dolor y la  conmiseración  estaba a punto de morir  y palada tras palada yo al fin era libre, feliz y dentro de mí corazón algo se volvía  acomodar, y  pero en  mí mente aquel bicho dejo un mecanismo  y  antes de cerrar aquella  fría tumba saltó para clavarse en mi cerebro.

 ¡Ahora no sé si el muerto es él  o soy yo!

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