LUIS5ACONT

Que se joda el mar.

Hoy corre una ligera brisa de poniente en el rompeolas que refresca el ambiente y no molesta, como el levante cuando sopla bien. Paqui y Laura evitan mirarse, pareciera que estuvieran cada una en su mundo y con sus cosas, pero no es así. Solo hay un tema. El de siempre: ¡que cabrones son los tíos! Laura la ha puesto al día de lo que pasó ese fin de semana que aún no acaba de morir. Tarde de domingo deprimente que no se termina, con el tiempo en suspenso y el corazón hecho trizas.

– Lo siento – murmura mientras le pasa el brazo por los hombros a su amiga y la achucha contra sí – otro más para tu colección de gilipollas.

Ella asiente.

– Pero ¿Qué les pasa a los tíos? Al final me voy a tener que hacer lesbiana. Entre mujeres nos entendemos, no hay falsedad y jamás nos daríamos estas puñaladas traperas por la espalda.

– Bueno, las tías también podemos ser muy cabronas entre nosotras…

– Pero, fíjate, que siempre es cuando hay un tío por medio. En serio, Paqui, no sé si podré volver a confiar jamás en un hombre.

Su amiga la mira a la cara, ahora sí, y le dice muy seria:

– Yo me casaba contigo pero es que no me gusta comer coños. 

Por primera vez desde el viernes, Lita se ríe.

– Además, cocinas fatal.

Laura da un trago largo a la litrona.

– Mira, que se joda Julián, que se jodan todos.

– No, Paqui, aquí la única que se jode soy yo. Él tiene un braguetazo por delante, curro fijo y otro coñito donde meterla, esa tontaina de Madrid. Ella conserva a su novio y acabará casándose. Sus hermanos siguen en el trabajo… ¿Qué tengo yo aparte de unos cuernos como una catedral?

– Esos no tienen nada, Laura. Tú eres ahora libre: jodida, cabreada y herida pero libre, pero la de Madrid se ha llevado un regalito envenenado ¿Cuánto tardará en serle infiel? A esa chica le espera un matrimonio de mierda si es que llegan a casarse. Tarde o temprano la acabará cagando y ella sufrirá, más que tú. Como si lo viera. Le va a hacer una barriga en menos de lo que tarda en persignarse un cura loco. Es su billete para que no lo puedan largar. Créeme, esa pava no lo va a pasar bien con alguien así a su lado.

Laura se encoge de hombros. Mal de muchos, consuelo de tontos, piensa. Que Paqui tenga razón no la hace sentirme mucho mejor.

– Además, ellos en Madrid y nosotras aquí ¿Vas a comparar? Mejor que en Cai, en ningún sitio – Paqui señala el atardecer, una bola naranja inmensa que se va hundiendo en el horizonte, allí donde se unen agua y cielo – Nosotras tenemos el mar – concluye mientras da un trago y le pasa la botella de nuevo a su amiga.

– Qué se joda el mar que solo echa sal en las heridas – responde Laura tomando la litrona.


Julián llega por fin al cuartel. Estaba deseando dejar la casa de los suegros. El padre de su novia es un capullo integral y cada día le cuesta más soportarlo. Se promete a sí mismo no pasar una noche más bajo el mismo techo. Esta semana solo irá por las tardes, aunque le quedan algunos días de permiso que podría coger. Si quisiera, podría hablar con el coronel y seguro que le daba la semana libre, pero esa baza se la guarda para disfrutarla con Lita.

Por cierto, que prometió llamarla todos los días y este fin de semana le ha resultado imposible ¿Será muy tarde ya para darle un toque a casa?

La verdad es que se ha acordado pero no ha encontrado ocasión. Después del encuentro con Virginia, ha tenido que volcar toda la atención en Leonor. “También es mala suerte”, piensa. Como no había playa, ha tenido que ir a encontrarse con la pirada esa. Se mete en un campo con una sola mina, y seguro que la pisa, maldita sea su estampa. Después de todo el episodio, recordó que la chica le había comentado que tenían una casa o un apartamento en Chiclana. Lo había olvidado y no se le ocurrió pensar en ello cuando Leonor lo invitó, si no, habría procurado pasearse lo menos posible.

Vaya movida desagradable. Y podía haber acabado peor aún. Afortunadamente, cree que ha podido convencer a Leonor de que se trataba de una loca, molesta porque él no había querido salir con ella.

– ¿Y la morena con el pelo rizado?

– Habladurías: una chica del pueblo, que me vio la amiga hablando con ella y se inventó cosas para malmeter.

Las excusas están cogidas con pinzas, pero Leonor está colada por él y eso pesa lo suficiente para desequilibrar la balanza a su favor, piensa convencido el Madriles.

Su novia ha estado rara desde entonces. La noche del sábado volvieron a follar y fue un polvo bastante descafeinado, si lo comparaba con el del viernes. Pero no lo ha rechazado ni le ha presentado ningún nuevo reproche. Si se avecinara tormenta habría señales, concluye persuadido de que la cosa no ira a más. Es normal que tenga mal cuerpo por el incidente, pero tiene toda la semana para conseguir que se le pase.

Julián saluda al centinela con un movimiento de la cabeza, suficiente para un novato, no es necesario parar a darle las buenas noches. El otro le devuelve el saludo con la mano, con una sonrisa estúpida pintada en la cara.

“¿De qué va este?” Piensa Julián, extrañado.

Al pasar por el cuerpo de guardia una voz se dirige a él.

– Hombre, mira quién tenemos aquí ¿Qué tal don Juan? ¿Se ha dado bien el fin de semana con tu novia madrileña?

– Buenas noches mi primero: sí, se ha dado bien – responde el Madriles un poco mosca por la confianza y el tono de guasa.

– Pues yo me alegro, chaval, de que hayas podido desatrancar las cañerías, porque lo que es con la de aquí, me parece que vas a tardar un poco.

– ¿La de aquí, mi primero?

– La morena con el pelo rizado

– No entiendo que…

– Ya entenderás cuando te coja: ¡menuda Jaca! no veas la que lío aquí el viernes, por poco tenemos que traer a la caballería para echarla. Menos mal que tus cursos se la llevaron.

El Madriles empieza a comprender. De repente, nota un vacío en la boca del estómago y las piernas le tiemblan. “No por favor, Laura no”. Puede aguantar todo lo que venga: el padre de Virginia, el de Leonor, la mirada enfadada de sus hermanos, la ruptura con su novia de toda la vida, pero no soportaría perder a la de Algeciras.

– ¿Qué pasa? tienes mala cara Madriles… no me extraña, viendo el carácter de esa chica no me quiero imaginar cuando te pille por banda: se va a hacer unos pendientes con tus cojones.

El Madriles no contesta, se le acaba de descomponer el estómago y la vida parece que se le ha ido del rostro. El primero lo mira de arriba abajo y considera que ya es suficiente.

– Hala, tira para la compañía que estarás cansado, campeón ¡Ah, y otra cosa! – le dice cuando Julián ya se dirige hacia el acuartelamiento. Éste se gira y se pone firme – No quiero más follones aquí en el cuartel. Lo que hagas fuera es cosa tuya, pero si me vuelven a montar un pollo aquí por tu culpa y me joden estando yo de guardia, te juro que te pasas los días que te quedan de mili arrastrándote por el fango de los caños con una mochila de piedras a la espalda.

– Sí, mi primero.

– Pues hala, agila.

El Madriles tiene un primer impulso de correr a la cabina para llamar a Lita, pero ¿qué le va a decir? Finalmente, entra a la compañía y corre a las letrinas. Un retorcijón avisa, haciéndole doblarse sobre sí mismo. Un sudor frío le cae por la espalda mientras da de cuerpo en el aseo. Trata de calmarse, de controlarse. Es tarde para llamar a Algeciras, mejor hablar con los chicos y enterarse bien de qué es lo que ha pasado antes de hacer nada. Cuando llame a Laura tiene que saber muy bien a qué atenerse.

Tras acabar, se lava las manos y se echa agua en la cara. A él, que le agrada mirarse tanto en el espejo, no le gusta nada la imagen que éste le devuelve. Trata de componer una expresión digna y segura, pero el trasfondo de incertidumbre y de algo más, se sigue reflejando. Y ese algo más, es una sensación nueva para él: miedo.

Su vida está yéndose a la mierda a marchas forzadas. Él, que siempre ha salido de todos los líos airoso, se pregunta si por primera vez le va a tocar pagar. Ha ido subiendo la apuesta, hasta poner todo lo que tiene encima de la mesa y ya no puede echarse atrás. El problema es que lo fía todo a un farol, porque esta vez sus cartas no son nada buenas. Y lo peor de todo, es que está perdiendo su seguridad en sí mismo y su crédito, y las demás no están por la labor de creérselo. Le han igualado la apuesta y puede pasar cualquier cosa.

Sube las escaleras saltando de dos en dos los peldaños y se dirige al fondo del dormitorio, donde están las literas de sus reemplazos.

Por el camino oye algún comentario jocoso y sabe que le dirigen miradas, con una carga de profundidad rellena de cachondeo, que van detonando a su paso y resuenan en su mente como las ondas de las explosiones en las películas de submarinos. Pero no tiene tiempo para poner a la gente en su sitio, ahora hay otras urgencias que atender.

– ¿Qué coño ha pasado? – casi le escupe al gallego al llegar a su litera.

El otro lo mira y pega un salto en la cama, sentándose con los pies colgando.

– ¿A qué te refieres? – pregunta prevenido.

– El viernes estuvo aquí Laura me acaban de decir.

El gallego traga bola y se aclara la garganta: podría ser peor, concluye antes de contestar.

– Sí, se presentó en el cuartel.

– Ostia Pedro ¿quién cipote se ha chivado?

– No se ha chivado nadie, fue una puta casualidad.

– ¿Una casualidad?

– ¿Te acuerdas el día que llamó Lita y nos pilló a los dos desayunando?

– Sí.

– Javier cogió la llamada: fue el que te anunció por teléfono. Ella le comentó lo de las maniobras y como él no sabía nada, le dijo que no tenía noticia de eso. Ella sospechó y se plantó aquí.

– Voy a partirle la cara a ese novato imbécil – grita Julián. El gallego salta al suelo y le coge del brazo.

– Ese novato es tonto del culo pero no tiene la culpa: déjalo en paz ¿Que carallo sabía él?

Aparecen el Malaguita y Eduardo. El Cordobita está en su litera observándolos desde unos metros de distancia, mientras escucha la radio con unos auriculares. Al parecer no considera necesario meterse en ese gallinero. El primero intercambia una mirada con Pedro y este, le hace un gesto con las cejas que parece indicar que mejor callarse su secreto.

– Le estaba contando a Julián la movida del viernes.

– Sí, la verdad es que se lio parda.

El Madriles va atando cabos: ahora entiende porque estaba tan seria Lita en su última conversación.

– Se presentó aquí al poco de irte tú y como te vieron en la puerta con “tu familia” de Madrid… – El paréntesis resultaba un poco incómodo, Eduardo no sabía muy bien cómo seguir porque resultaba evidente para todos que de familia, nada – Bueno, el chaval de la puerta tampoco sabía de qué iba el tema, así que le dijo que te habías ido con tu novia.

– ¡Me cago en todo lo que se menea! – el Madriles empieza a entender la magnitud del desastre.

– Mira – interviene Antonio – da igual lo que nadie diga: Lita no es tonta y sabe atar cabos por su cuenta. Cuando se presentó aquí es que ya lo tenía claro.

El Madriles se deja caer sobre una cama y mete la cabeza entre las manos. Se masajea el pelo nervioso. Luego, pregunta con voz casi inaudible.

– ¿Qué dijo Laura?

– Te puedes imaginar. No quiere ni verte.

– Tengo que hablar con ella…

– No es buena idea – comenta el gallego – mejor dejar enfriarse la cosa.

El Madriles no hace caso del consejo, se levanta y se dirige a la escalera rápidamente. Los demás lo ven marcharse serios y callados. El primero en romper el silencio es Eduardo.

– Oye ¿qué pasó la otra noche en el apartamento?

El gallego y el Malaguita se miran y dudan. Tardan tanto en articular una respuesta que no los comprometa, que el de Sevilla se adelanta: ya le ha quedado claro que allí hubo tomate.

– Fiuuuuu… verás cuando se entere éste.

– A éste que le den – dice el gallego – Ya es historia para Laura y pronto también lo será para nosotros.

– Tengamos la fiesta en paz los días que nos quedan, no ganamos nada metiendo el dedo en la herida, así que mejor callarnos la boca – tercia el Malaguita.

Los tres asienten y se va a cada uno a su litera. Quedan pocos minutos para el toque de silencio.

El Cordobita se quita los cascos y se prepara para dormir. Antes, echa un vistazo por la ventana. Abajo, en el patio, el Madriles fuma en una esquina mirando hacia ninguna parte. Laura no le ha cogido el teléfono.

“Ese no pega ojo hoy”, concluye antes de meterse él mismo en el catre.


Varios timbrazos suenan a lo lejos. Laura los vuelve a ignorar cómo ha hecho con las llamadas anteriores. Sabe que es él, así que se niega a atender el teléfono.

– Laura, hija, no podemos estar así toda la tarde – dice su madre asomando la cabeza por la puerta y echándole una mirada de reprobación.

Ella está tirada en la cama mirando al techo. Ya se conoce cada desconchón y cada grieta, pero por si acaso, las vuelve a repasar milímetro a milímetro, como si estuviese estudiando el mapamundi para un examen de Geografía.

– UF con la niña – dice la madre – vamos a tener que desconectar el teléfono.

Al quinto intento, es su hermana la que asoma:

-Tía lo coges tú o lo cojo yo y me cago en sus muertos. Tengo ya la cabeza loca.

Lita mira su hermana y ella le hace un gesto imperativo. Como no se mueve, se gira diciendo:

– Muy bien… Vamos a terminar con esto.

– Isabel… – La hermana se detiene – Ya voy yo – acepta por fin la chica, levantándose con desgana del colchón y dirigiéndose al salón. Al fin y al cabo es su problema y su familia no tiene por qué pagar por ello.

– Dale caña a ese – gruñe Isabel volviéndose a su cuarto.

– Dígame…

– Hola Lita soy yo – Anuncia una voz al otro lado de la línea con un deje de alivio que rápidamente se transforma en incertidumbre –¿Cómo estás? – aventura tanteando el terreno.

– ¿Que como estoy? Pues asqueada con el mundo en general y contigo en particular.

– Tienes que dejarme que te explique – se dispara atropelladamente Julián – yo te juro por lo que más quiero que…

– No jures y menos por lo que más quieres, si es que realmente tú eres capaz de querer a alguien.

– Estoy enamorado de ti y lo sabes.

– Sí, lo que pasa es que es un enamoramiento un poco raro ¿no? Estás enamorado de mí pero te follas a otras.

– Desde que estoy contigo, no.

– Haz el favor de no mentirme más, que me aburres ¿con quién estabas este fin de semana entonces?

– ¿No te lo he explicado Pedro? Leonor era mi novia, pero la voy a dejar por ti. En cuanto vuelva a Madrid. Te lo juro.

– ¡Que no jures cabrón!

– Me lo juego todo, por eso quería hacerlo bien, buscar el momento adecuado, pero si tú quieres no espero más y mañana mismo corto con ella. Lita, no sé si te ha explicado Pedro lo que pasa con mis hermanos.

– Eso es lo malo, Julián, que me lo ha tenido que explicar otro. Que no se puede confiar en ti, que eres un tío mierda ¿Así va a ser nuestra vida juntos? ¿Teniendo que enterarme por los demás de todo? ¿Y qué pasa con la hija del comandante?

– La dejé cuando empezamos a salir.

– Tienes la cara como el cemento armado, tío. Ni siquiera lo niegas ¿verdad?

– Te he dicho que la dejé.

– La dejaste la semana pasada, mentiroso.

– Laura, tienes que creerme, tú eres la única chica que quiero y me lo voy a jugar todo por ti. ¿Quieres que vaya a buscarte a Algeciras y te lo pida de rodillas? Jamás le he dicho esto a ninguna mujer, pero por favor: no me dejes. Soy un torpe y un gilipollas pero te amo.

– Si ese es tu último cartucho, soldado, creo que la acabas de cagar.

Se hace el silencio. Julián es consciente que solo puede prometer y apelar a su confianza. Si ella lo ama también, le dará una oportunidad. Pero ese es un fino hilo del que Laura no está dispuesta a colgarse. No después de haberse visto traicionada y engañada ¿Por qué iba a confiar? ¿Por qué creerse una vaga promesa de alguien que miente más que habla?

Ella si está segura de sus sentimientos y puede que incluso de los de Julián. Lo nota angustiado al otro lado de la línea, esperando una respuesta. Sí, es posible que esté enamorado, pero también es más que posible que si la ha engañado una, dos ¿cuántas veces? lo volverá a hacer tarde o temprano. Es su condición. Ya lo ha visto demasiadas veces. Una chica siempre se ata a un hombre esperando que cambie, pero nunca cambian. Por muchas promesas que hagan, tarde o temprano, sale a reducir su ser. Y Laura solo necesita una puñalada para abrir los ojos. Con una es suficiente.

– Julián: no me llames más. No te voy a coger el teléfono. Y por aquí ni se te ocurra aparecer o encontraré a alguien que te quite las ganas para siempre de volver.

– Lita, sé que me quieres. No juegues a engañarte, puedes tratar de negarlo pero lo sabes tan bien como yo. Te quiero. Olvídate de todos, olvidémonos y vámonos juntos: estoy dispuesto a empezar una vida nueva contigo. Si dejamos pasar esta oportunidad los dos nos arrepentiremos, este tren solo pasa una vez en la vida.

– Sí y tú lo acabas de perder. Mira, mejor vuélvete con tu amiguita madrileña ¿quieres hacer algo bueno para tu vida? cásate con ella, pega un buen pichazo y soluciónate la vida para ti y tu familia. Tus hermanos conservan el trabajo, tú te buscas un buen puesto y haces feliz a esa niña, al menos por algún tiempo – esto último lo deja caer con toda la mala baba que puede.

– ¿Y tú? – contesta desabrido Julián, tratando de devolverle el golpe – no me hagas creer que te vas a ir de rositas como si nada de esto importara. Estás enamorada de mí, te pongas cómo te pongas.

– Y yo ¿qué de qué? ¿Te crees que no voy a ser capaz de salir de esta? – ¿Es que el muy cabrón tiene que irse haciendo daño?– Yo estaré bien, pero gracias por tu preocupación, aunque llega un poco tarde.

– No lo vas a estar, ninguno de los dos lo vamos a estar.

– Ya estoy cansada de esta discusión que ni siquiera tenía que haber empezado: está todo muy claro, Julián.

– ¿Es tu última palabra? – pregunta él, más con tono exigente que suplicante en esta ocasión.

Laura lo piensa dos segundos y luego contesta:

– No, mi última palabra la tienen Pedro y el Malaguita: pregúntale a ellos.

Y luego cuelga el teléfono

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