GABRIEL B

Domingo 11 de marzo del 2018 (madrugada)

— Antes quería decirte algo —le había dicho a tía Laura. Pero enseguida me puse nervioso y no me salieron las palabras.

— Qué me querés decir. No hace falta que des vueltas —dijo ella—. Además, ya me imagino lo que me vas a decir.

Vestía completamente de negro, con esa calza ajustadísima y una remera musculosa. La tela no solo se metía entre sus nalgas, sino que marcaba su vagina depilada.

— Y qué pensás que te voy a decir —dije.

Tía Laura soltó una risa. Por primera vez parecía molesta.

— Puedo tolerar muchas cosas, pero detesto a los cobardes —sentenció.

— Sos una puta —afirmé después de un largo silencio—. Te vi de casualidad en una página de escorts.

— ¿Tu mamá lo sabe? —preguntó ella, inquieta.

— No, pero no tiene por qué saberlo. Ni ella ni nadie —dije.

Pensé que Sabrina y Agostina me habían sacado toda la leche. Pero apenas dije esas palabras, noté que todavía podía aguantar otro polvo. Agarré de la cintura a tía Laura, y la atraje hacia mí. Sus caderas se frotaron en mi pelvis.

— ¡Qué hacés pendejo! —dijo ella, y con la fuerza que tenía, producto de incansables horas en el gimnasio, se separó de mí. De repente, soltó una carcajada nerviosa—. ¿De verdad pensás cogerte a la hermana de tu mamá? ¡¿Estás loco?!

Dicho de esa manera sí que parecía una locura. ¡Pero ella estaba demasiado buena, diario!

— De verdad, no le voy a decir a nadie —repetí.

— ¿Y te pensás que me voy a dejar coger a cambio de tu silencio? —replicó ella—. Creo que viste demasiadas películas. Si esa era tu idea, andá olvidándote de mí.

Me quedé sin saber qué decir.

— Es todo culpa mía —dijo ella, después de meditarlo un rato—. Ya me había dado cuenta de que te pasaba algo conmigo. Tendría que haber puesto un punto final a esta relación desde el primer momento en que noté que no podías dejar de mirarme el culo. Y pensar que te traje a estas dos pendejas para que te desahogaras… Pero por lo visto no fue suficiente.

— Me encantaron tus amigas, y te voy a agradecer toda la vida lo que hiciste, pero a mí me gustás vos —dije yo. Ya que no tenía argumentos sólidos, lo único que me quedaba era ser sincero.

— Es que lo nuestro no puede ser. Es imposible.

— Yo no le veo lo imposible. Y no te estoy diciendo que estoy enamorado de vos, ni que quiero ser tu novio. Lo que quiero es cogerte —dije.

Por el gesto en su rostro, noté que sintió cierto respeto por la manera franca en que le hablaba.

— Pero yo no quiero cogerme al hijo de mi hermana. Lo entendés ¿No? —sentenció ella.

— Sí, supongo que sí —reconocí.

— Ahora andate a tu casa. Ya veo que si te quedás un rato más, serías capaz de violarme —comentó, señalando con su mirada al bulto que se había formado en mi entrepierna—. Y saludos a tu mami.

Volví a casa con demasiados sentimientos encontrados. Por un lado, estaba contento por haberme desvirgado con dos putitas tan lindas como Agostina y Sabrina. También me sentía con veinte quilos menos encima, ahora que había contado la verdad a mi tía. El sólo hecho de expresar las terribles ganas que tenía de cogerla, me hacían sentir más hombre que nunca. Pero la rotunda negativa de Laura me deprimía mucho. Me preguntaba si realmente nunca podría cogérmela. ¡Pero si era una puta! ¿Qué le importaba a ella quién era el que le pagaba por sus servicios? Si yo juntaba la plata, debía desnudarse y abrirse de piernas como lo hacía con todos.

Intentaré conciliar el sueño, Diario. Espero pronto tener algo interesante que contar, aunque me temo que esta historia llegó a su fin.

Viernes 23 de marzo del 2018

Luego de días de silencio, tía Laura había aparecido en casa a comer. Esto fue el lunes. Vestía un short de jean que dejaba ver la totalidad de sus piernas desnudas, y una remera que me sorprendió por lo holgada que era. Al viejo se le iba la mirada hacia ella, cuando mamá se daba la vuelta para ir a buscar algo en la cocina. Me pregunté qué haría si se enteraba de que su cuñada era una puta. La respuesta era obvia: contrataría sus servicios. Luego me pregunté qué haría tía Laura. Después de todo, no había lazos sanguíneos entre papá y ella, como sí ocurría conmigo. Pero supuse que ella guardaría cierta lealtad hacia mamá. A lo mejor la cosa no era tan simple como yo había imaginado. Las putas también tenían sus códigos.

La idea de un chantaje se había esfumado aquella última noche. No la amedrentaría tan fácilmente, y además, yo mismo no me animaría a llevar a cabo esa estrategia.

Durante el almuerzo Laura pareció actuar con normalidad. Se mostraba cordial conmigo, y hablábamos de algunos de los encuentros que habíamos tenido, sin contar, obviamente, de las dos chicas que me entregó mi tía, ni las erecciones que había tenido al estar con ella en la pileta, ni mucho menos la última conversación, esa en donde yo le confesaba que conocía su secreto.

Cuando terminamos de almorzar, tía Laura se ofreció a lavar los platos. Tras el obligado rechazo de mamá, ella la convenció de que era lo que correspondía.

— Bueno, pero te ayudo —dijo mamá.

— Pero dejá que la ayude Lucho, que se la pasa rascándose todo el día —bromeó papá, aunque en parte lo decía en serio.

— No hay problema, vos lavás y yo seco —dije.

La seguí a la cocina.

— ¿Todo bien? —pregunté.

— Sí, no te preocupes, está todo bien —dijo, y acarició mi mejilla con ternura, como si fuese un niño—. Ya estoy acostumbrada a vivir situaciones bizarras, tanto debido a mi trabajo como a mi físico.

Mamá entraba y salía de la cocina a cada rato, llevando vasos y cubiertos que habían quedado en la mesa, cosa que me ponía los nervios de punta, ya que yo quería un rato de intimidad con mi querida tía. Pero en un momento escuché que estaba teniendo una conversación con papá en el comedor.

— Ese silencio tuyo es de temer —dijo Laura, entregándome un plato que acababa de enjuagar.

Estaba al lado suyo, apenas separado por unos centímetros. Ella se paraba en una forma sensual, con una pierna flexionada, sacando culo. Yo la miraba de arriba abajo, desnudándola con la mirada.

— ¿Podés dejar de mirarme el culo? —dijo ella.

— ¿Y para qué te venís vestida así? —retruqué yo—. Siempre calentando pijas vos. Además, no te estoy mirando solamente el culo.

Laura me miró con los ojos abiertos como platos, sorprendida por mi cinismo.

— No te tenía tan machirulo —dijo.

— No es de machista, pero yo no soy de madera, y vos sabés lo que generás en los hombres andando así por la vida. ¿No te diste cuenta de que hasta papá no puede dejar de mirarte?

— Sí, claro que me di cuenta. Pero no es mi culpa si ustedes son unos pajeros.

Y entonces, sin siquiera meditarlo, lo hice. Estiré mi mano los pocos centímetros que faltaban para llegar a ella, y palpé su hermoso culo. Cerré mis dedos en su glúteo, sintiendo por primera vez la firmeza que se notaba que tenía.

Ella dio un respingo, y me miró sorprendida. Yo apreté más fuerte. Sentí cómo mi pija se endurecía. Si no estuvieran mis viejos, me la hubiese cogido ahí mismo.

De repente escuché el ruido de una silla moverse. Solté a la tía. En mi mano derecha tenía la sensación de haber tocado el cielo. Mi pija, ya dura como roca, se apoyaba en la mesada.

Por un momento tuve miedo de que tía Laura le dijera algo a mamá, cuando ella apareció de nuevo, en la cocina.

— Y cómo va el ayudante —dijo mamá, ufanándose del hecho de que, por una vez, estuviera ayudando en las tareas domésticas.

— Digamos que bien —dijo Laura, para mi alivio.

La noté un poco incómoda en los siguientes minutos, pero no parecía indignada. Al rato inventó una excusa y volvió a su casa.

El hecho de que no se haya mostrado molesta y que no le haya dicho a mamá que la había manoseado en la cocina, me daban nuevas esperanzas. No alcanzaba a imaginar por cuáles situaciones bizarras había pasado una prostituta tan cotizada como ella, pero estaba claro que el hecho de que su sobrino la quisiera coger, si bien le resultaba extraño, no le parecía lo suficientemente escandaloso.

Le mandé un mensaje, preguntándole cuándo podía ir a visitarla de nuevo. Pero no me contestó, y encima me clavó el visto. De todas formas, me prometí que iría a verla el fin de semana.

Durante el par de días que pasaron, me maté a pajas, recordando lo delicioso que se sentía el pulposo orto de mi tía en mi mano. Fantaseaba con lo que hubiera ocurrido si estábamos solos. Ella se negaría, pero yo no podría aguantar la calentura. Le arrancaría el short y la tanga a tirones, y me la cogería sobre el piso de la cocina. Creo que en mi imaginación me la cogí en cincuenta posiciones diferentes.

Pero cada segundo que pasaba sin verla, y sin que ella respondiera mis mensajes, me sentía cada vez más lejos de cumplir aquellas fantasías. ¿Por qué tenía que ser tan difícil cogerse a una puta? Me prometí que cuando al siguiente mes, papá me diera mi mesada, iría hasta su departamento privado a contratar sus servicios.

Sin embargo, como de costumbre, lo que sucede en mi imaginación suele distar mucho de lo que ocurre en la realidad. Ayer jueves recibí un extraño mensaje de tía Laura. “¿Querés ganarte cien dólares?”, me escribió.

Mil especulaciones vinieron a mi cabeza. ¿Tía Laura me quería prostituir con uno de sus clientes viejos y ricos?, fue la hipótesis que más me hacía ruido. Le pregunté que qué debía hacer. “Te llamo”, me escribió. La sola idea de escuchar su voz a través del celular me iba a poner la pija dura como el hierro.

— ¿Sabías que a algunos hombres sólo les gusta mirar mientras otros cogen, sin que ellos hagan nada? —preguntó apenas la atendí.

Empezar una conversación así era por demás extraño. Pero lo bueno era que no me estaba haciendo ninguna escena por la manoseada que le pegué en la cocina.

— Sí —respondí.

— Y también hay hombres a los que les gusta ser visto mientras se cogen a alguien.

— ¿Ah, sí? —pregunté, pues esto último me pareció más sorprendente que lo primero.

— Tengo un cliente, que tiene mucha guita, y le gusta que lleve a un acompañante mientras me coge.

— ¿En serio?

— A veces hacemos tríos con una amiga, otras veces ella se queda mirando. También le gusta que lleve a tipos que sólo se queden mirando, sin siquiera pajearse, mientras él me coge. Eso es importante, el otro tipo no tiene que hacer nada, ni tocarse, y mucho menos tocarme a mí.

— ¿Y me contás esto porque…? —pregunté yo, medio lerdo.

— Porque hoy me llamó el cliente en cuestión, y no tengo quien vaya conmigo. ¿Querés hacer esa changa o no? Cien dólares por mirar cómo me cogen.

Me quedé aturdido por tanta información, toda junta. Mi tía quería que vea cómo la cogían, pero yo no podía tocarla. Y después decía que el que estaba loco era yo.

— Claro, de una —dije—. Pasame la dirección y la hora.

No podía dejar de pensar que todo podía ser una broma pesada de tía Laura. Una especie de venganza por lo que le hice en la cocina de casa. De hecho, cuando fui a la dirección donde me había citado, mientras más cerca estaba de ella, más crecía la duda en mi interior. A lo mejor me había pasado de la raya, me decía. Las putas suelen relacionarse con gente turbia. Seguramente me esperaba con un par de matones para que me dieran una paliza.

Con un miedo de la putísima madre, toqué el timbre del departamento. La enorme puerta de la entrada se abrió. Subí por el ascensor los diecisiete pisos hasta llegar a mi destino. Ese trayecto se me hizo larguísimo. Tenía las manos transpiradas, y ni siquiera tuve una erección de los nervios que tenía.

— Vení pendejo —me dijo tía Laura, desde el umbral de una puerta semi abierta, una vez que llegué al piso.

Me acerqué a ella, ya totalmente jugado. Que sea lo que tenga que ser, me dije.

El departamento era hermoso, tal como me lo había contado Cufa. Pero en ese momento no presté mucha atención a eso.

Tía Laura vestía una minifalda ceñida y una camisa blanca. El cabello estaba recogido en un rodete, y usaba anteojos. Llevaba medias negras y zapatos de tacón alto.

— ¿Te gusta mi vestimenta de secretaria ejecutiva? —dijo.

— Estás perfecta.

— Además, tengo portaligas —comentó. Levantó la pollera y me las mostró—. Tranquilo —agregó cuando vio mi cara de hambre—. En diez minutos llega el cliente. Vení.

Me llevó a su cuarto. Había una enorme cama con un acolchado blanco, una mesa de luz y un ropero. En una esquina, una silla solitaria.

— Lo único que tenés que hacer es sentarte ahí —dijo, señalándola—. No te masturbes, por más caliente que estés. Ni se te ocurra querer participar. Y no me vayas a tocar como el otro día. Si lo hacés, no vas a poder controlarte, y no quiero tener que echarte y perder la guita que nos va a pagar el pelotudo este por coger conmigo mientras vos lo mirás.

— Okey —alcancé a decir, todavía sin poder asimilar lo que estaba sucediendo.

Al rato sonó el timbre, y después de unos segundos apareció un tipo de unos treinta años, vestido con un traje de diseñador. Se notaba que el hombre estaba hecho de oro. Sus zapatos y su reloj valían más de lo que la mayoría de las personas ganaba en varios meses de trabajo. Lo que me sorprendió fue que se trataba de un tipo muy fachero: alto, delgado, musculoso. No sabía que gente como él pagaba por sexo.

— ¿Este es tu sobrino? —dijo el tipo.

— Sí —respondió tía Laura.

Me sorprendió que supiera ese detalle. Miré a mi tía como esperando una respuesta. Pero el que respondió fue él.

— ¿Por qué te pensás que le voy a pagar tanto por este polvo? —dijo—. Acá Jade me mostró las fotos de una cena de navidad donde salían juntos. Aunque no me parece prueba suficiente para confirmar que seas su sobrino. Así que decime vos pendejo ¿De verdad sos el sobrino?

— Soy el hijo de su hermana. Si no lo creés, me chupa un huevo —contesté.

El tipo soltó una carcajada.

— Bueno, hubiese preferido que seas el novio, o al menos el hermano menor. Pero, en fin, me conformo con este morbo. ¿Te pone celoso que me coja a tu tía? —preguntó. Yo no contesté— Te gustaría cogértela vos, ¿no? —agregó, alternando la mirada entre Laura y yo. De repente pareció darse cuenta de que sus sospechas eran ciertas. Yo estaba recontracaliente con mi tía y él se daba cuenta de ello—. Bueno, al menos hoy vas a ver cómo se la coge un hombre –agregó.

Empezaba a odiar al hijo de puta.

Se quitó el saco y la corbata, y luego los costosísimos zapatos.

— No te desvistas –le ordenó a ella—. Vení mamita —la llamó con el dedo índice.

Tía Laura se subió a la cama y gateó hacia donde estaba su petulante cliente.  Yo tenía una visión perfecta del macizo orto de mi tía que se movía debajo de la apretada pollera. El tipo acarició su cabeza como quien mima a una mascota. Me dio mucha envidia ver a Laura tan sumisa. Quisiera tenerla así algún día, pensé.

Ella masajeó su verga por encima del pantalón. El sexo del tipo parecía grande. Cuando empezó a endurecerse ella le dio un mordisco. Él soltó un grito débil

Luego tía Laura le bajó la bragueta, muy lentamente. El hombre le susurró algo al oído, y ella inmediatamente giró su cuerpo cuarenta y cinco grados. Ahora tenía una vista más amplia de la escena. Laura me miró, al tiempo que liberaba la verga del tipo. Era una pija larga, aunque no demasiado gruesa considerando su extensión. Y estaba casi completamente erecta.

— Mirá pendejo —dijo él, dirigiéndose a mí—. Mirá cómo la puta de tu tía se come mi verga.

El falo estaba a unos milímetros del hermoso rostro de ella, ese mismo rostro que yo tantas veces anhelé con violar con mi verga. Laura, sin dejar de mirarme, abrió la boca y empezó a chupar. El tipo del que no conocía el nombre gimió cuando la lengua trabajaba en su glande.

— Escupila —dijo.

Al instante, un hilo de saliva salía de la boca de tía Laura e iba a parar a la cabeza de aquella chota, para luego deslizarse por su extenso tronco.

Yo, quieto como una estatua, no me perdía el mínimo detalle de esa escena. Si bien no me gustaba la manera de bardearme del tipo ese, no podía negar que me estaba regalando un espectáculo único. Eso era lo más cercano a cogerme a mi tía que probablemente alcanzaría a experimentar. Ver en primer plano cómo la boquita de Laura se movía para tragarse esa pija, mientras el tipo estiraba la mano para masajear el tremendo ojete, era lo más excitante que había vivido hasta ese momento.

En un punto él levantó la pollera de Laura, dejando a la vista el portaligas, los muslos desnudos y la diminuta tanguita negra. Me pija estaba totalmente al palo, y aunque no me estaba tocando, sentía la fricción generada por el movimiento que hacía mi verga, cada vez que daba un salto como de resorte, y se frotaba con la tela del ajustado bóxer.

— Qué decís pendejo ¿Le acabo en la cara? —gritó el tipo.

— Obvio — dije , contento de tener esa mínima participación.

El cliente empezó a agitar su verga de víbora en la cara de tía Laura. Después, dos chorros abundantes de semen salieron disparados e impactaron en ella.

El tipo le susurró algo al oído. Tía Laura se puso de pie y se acercó a mí.

— Arrodillate, para que te vea mejor —dijo él.

Laura se arrodilló. Vi su cara, llena del semen de su cliente, que se deslizaba lentamente por su piel.

— Estás hermosa —le dije.

Y era cierto. Había visto pocas cosas tan lindas como la cara de tía Laura llena de semen.

— ¿Me la cojo en cuatro o boca arriba? —me preguntó.

— Que se ponga en cuatro esta puta —dije.

— Ya escuchaste al chico —dijo él.

— ¿Me desvisto? —preguntó Laura.

— No, todavía no.

Laura se puso en cuatro sobre la cama. El cliente levantó la pollera y corrió la diminuta tela de la tanga a un lado. La vagina quedó a la vista. Él se inclinó y la lamió.

— Que deliciosa concha que tiene tu tía —se ufanó, y siguió metiendo lengua.

Cuando empezó a frotarse con vehemencia en el clítoris, Laura empezó a largar gemidos de placer. Quien la oyera no podría adivinar que le habían pagado por coger, pues parecía disfrutarlo tanto como su cliente. Me pregunté si le calentaba ser vista por su sobrino.

Cuando dejó bien calentita a la puta, el tipo se quitó la ropa, se calzó el preservativo, y empezó a cogérsela.

Fue una montada salvaje. Le estrujaba el orto y le daba nalgadas, mientras su verga entraba por completo en la concha de la tía. Ella cerraba los puños en las sábanas, mientras el tipo la cabalgaba como la yegua que era. Tenía que reconocer que la performance del hombre era fenomenal. Pensé que quizás había tomado viagra, porque después de veinte minutos de puro meterla y sacarla, la pija no parecía querer venirse abajo. Incluso la tía acabó antes que él. Dudo de que haya sido un orgasmo fingido, porque gritó como una desquiciada, y se retorció en su lugar, mientras el tipo no dejaba de penetrarla.

Al fin él acabó, largando el semen dentro del preservativo.

Ella quedó boca abajo, exhausta. De su sexo vi que manaba fluido vaginal.

— Dale, cogetela, dale maza a tu tía —dijo el tipo, haciéndose a un lado.

— ¡No! —dijo ella, reaccionando—. No me voy a coger a mi sobrino.

El cliente agarró el pantalón que estaba en el piso, sacó de su bolsillo unos cuantos billetes y los tiró sobre la cama, al lado de tía Laura. Eran dólares.

— Cogete a la puta de tu tía, pendejo —dijo.

Ella me miró, indecisa. Yo me puse de pie. Me saqué la remera y después las zapatillas y el pantalón. Cuando me quité el bóxer me di cuenta de que estaba manchado con mi propio semen. En algún momento había acabado. Pero mi pija toda pegoteada ya estaba al palo de nuevo.

Mientras me acercaba a mi tía, ella no me quitaba los ojos de encima. Se notaba que no había previsto este cambio de parte de su cliente. Había asumido que yo mismo intentaría cogérmela, y seguramente estaba decidida a negarse, pero no se le había cruzado por la cabeza que el propio cliente ofrecería muchos billetes verdes para ver cómo su sobrino se la cogía.

— No, Luis, pará, eso no lo podemos hacer…

Mientras ella decía esas palabras, yo me inclinaba y empezaba a chupar sus nalgas con desesperación. Enseguida mi lengua se desvió hacia la raya del culo, y empecé a lamer el delicioso ano de mi tía.

— Bien pendejo, chupala toda.

Con el dedo índice le penetré la vagina. Era amplia, tal como me lo había informado el bueno de Cufa, y estaba totalmente lubricada por sus flujos. Le metía también el dedo del medio, aún así, ambos entraban con mucha facilidad. Mientras, con la otra mano, no dejaba de masajearle el culo.

Como vi que ella ya no se iba a negar, dejé de chupar. Me puse de pie, y fui hasta la mesita de luz. En ella había unas toallas húmedas con las que limpié mi verga. También había una caja de preservativos. Me coloqué uno, y volví al encuentro de Laura.

Ella seguía en cuatro, con la pollera levantada y el sexo empapado expuesto. Me subí a la cama y me puse detrás de ella. La agarré del pelo, tirando de su rodete, y la hice voltear su rostro hacia mí.

— Mirame mientras te cojo —le dije a la puta.

El cliente festejó mi comentario. Los ojos marrones de Laura quedaron clavados en los míos, mientras yo apuntaba a su holgada vagina.

— Mirá qué verga tiene el pendejo —comentó el cliente.

Entonces hice un movimiento y se la metí. Pude ver el rostro de Laura cambiar a medida que mi pija se metía más y más adentro suyo. Sus ojos se abrieron, sus labios se separaron, sentí sus glúteos en mis muslos cuando la verga entró más. Rodeé su cuerpo y estrujé sus tetas. Pellizqué los pezones por encima de la tela de la camisa que empezaba a verse muy desprolija. Se sentía delicioso, sin embargo, no podía penetrarla con fuerza de esa manera. Así que mejor la agarré de las caderas, y empecé a metérsela con toda.

Ahora dejó de mirarme y apoyó su torso en el colchón. Yo veía cómo su espalda se arqueaba mientras le daba maza. Era hermoso ver el cuerpo de mi tía estremecerse mientras yo no dejaba de metérsela.

Cuando iba a acabar, me quité el preservativo y largué la leche en el ano de mi tía.

Quedé completamente agitado, todavía sin caer en lo que acababa de pasar. Por fin me había cogido a la puta de Laura. Ere increíble.

Cuando ella fue al baño a limpiarse, vi el semen resbalándose por su carnoso culo. Esa tarde me estaba regalando imágenes que nunca podría olvidar, y esa era una de ellas.

Cuando volvió, estaba totalmente en pelotas, y con el pelo suelto. Se había depilado por completo, tal como había imaginado.

— Vení bebé, yo te voy a mostrar cómo te vamos a coger ahora —dijo el cliente—. Acostate boca arriba.

Ella así lo hizo. El tipo se sentó en la cabecera de la cama. Agarró las piernas de Laura y las llevó hasta sus propios hombros. La tía quedó doblada en dos.

— Ahora se las vas a poder meter hasta el fondo, pendejo —dijo él.

Yo ya estaba listo de nuevo. Me le fui al humo a la puta de Laura. La agarré de las tetas, y así como dijo el degenerado de su cliente, mi verga gruesa entró hasta el fondo.

Laura ya no se molestaba en fingir la calentura que tenía mientras yo le daba maza. Me moraba con sus ojos de trola viciosa mientras se la metía una y otra vez.

Entonces el cliente peló la verga y se la metió en la boca. Laura, como pudo, se la chupó mientras yo le daba más y más matraca.

Por fin tenía ese escultural cuerpo bronceado a mi merced, y además podía ver desde cerca cómo esa verga larga violaba su boca. Después de un largo rato de agitación, sudor, saliva y fluidos, vi cómo de adentro de su boca, con la verga del cliente todavía adentro, salía un montón de semen mezclado con baba, que le caía por la barbilla.

Al ver eso ya no pude aguantar más, y mi chota explotó por tercera vez, largando un montón de semen, como si fuese la primera vez que eyaculaba después de mucho tiempo.

— Excelente experiencia chicos —dijo el hombre que a esas alturas ya no me caía tan mal.

Se vistió y nos dejó solos. Tía Laura estaba todavía totalmente desnuda, tirada sobre la cama. Me acosté a su lado y apoyé la cabeza en sus tetas.

— Esto no tendría que haber pasado —dijo.

— Pero ya pasó, y estuvo genial —le respondí— Acaricié su pelo, y le di un beso en la frente.

Continuará

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