ANDER MAIS

Capítulo 11

Una De Cal Y Otra De Arena

Los tonos se seguían sucediendo, uno tras otro, sin respuesta alguna. Con cada timbrazo, los nervios aumentaban y la tensión iba in crescendo, en una espiral difícilmente soportable. A cada segundo que pasaba, ambos esperábamos escuchar la varonil voz de Víctor contestando, interesándose en por qué lo llamábamos a esas horas de la noche.

Y en mi imaginación, la voz temblorosa de mi chica le respondía que quería que se la follara, que lo había hablado conmigo y que estábamos los dos de acuerdo en ello, que queríamos montarnos un trío con él. Que deseaba tener su polla dentro, que lo deseaba desde que se la había visto en aquella playa nudista el verano pasado, casi una eternidad teniendo en cuenta por todo lo que habíamos pasado.

Pero nada de eso sucedió. Los tonos fueron interrumpidos por la activación del contestador pidiendo que dejáramos un mensaje y Natalia colgó. Y con ello, se desplomó todo lo demás. La excitación, los nervios, la tensión, habían sido tan elevadas, tan extremas que, cuando aquello no llegó a buen puerto, el bajón fue tremendo.

Tumbado encima de mi chica y con mi polla aun dentro de ella pero algo menos dura que antes, miré a Natalia y vi su rostro rojo, mezcla de vergüenza, enfado y quise creer que también algo de decepción. Nuestras miradas se encontraron brevemente hasta que fue ella la que la apartó. No supe si porque no soportaba mirarme por haberla arrastrado a hasta aquella situación o para que no me percatara del desencanto que todo aquello hubiera acabado en nada.

La situación era incómoda, embarazosa y lo único que se me ocurrió hacer era acabar con aquello y cuanto antes mejor. Empecé a moverme, penetrando el coño de Natalia, aún algo húmedo pero ni de lejos como había estado minutos antes. Era algo extraño estar entrando y saliendo de ella, con su vagina falta de lubricación y mi polla a medio gas.

No quería mirarla, ver su cara donde seguramente vería algo que aun empeoraría más la situación, así que enterré mi cabeza entre sus tetas y me dediqué a besarlas y chuparlas. Pareció funcionar. Leves gemidos provenientes de Natalia me animaron y arrecié mis movimientos, sintiendo como con el roce nuestros sexos recuperaban parte de su excitación. Pero nada que ver con antes de la llamada que había fulminado nuestra libido.

Empujé con vigor mientras notaba a mi chica algo más animada, pero sin colaborar demasiado en el polvo, cómo dejándose hacer, como si para ella todo hubiera terminado cuando colgó el teléfono. No podía permitir que aquello terminara así, de aquella forma tan triste y desilusionante. Ella no se lo merecía ni yo tampoco y, aunque me temía que aquello me iba a ocasionar algún disgusto a no mucho tardar por haber roto mi palabra de no meter a terceros, quise que aquella experiencia acabara más o menos bien. Después, ya apechugaría con las consecuencias de mis actos.

—Cierra los ojos, Natalia —le dije dejando de moverme.

Ella me miró, indecisa y con un deje de rabia y frustración en su mirada pero, finalmente, accedió y los cerró.

—Dios, ¡Qué tetazas! —dije golpeando sus pechos como le había visto hacer a Víctor y poniendo una voz lo más parecida que me salió a la suya—. Menudos pechotes te gastas, niña…

Me pareció notar que Natalia reaccionaba a mis estímulos, quizás recordando que esas palabras las había utilizado él en su encuentro.

—Me pasaría toda la vida chupando de este par de maravillas que tienes… —dije lamiendo una y luego la otra—. Menuda suerte tiene Luis de poder hacer esto siempre que quiere…

—Sigue… sigue chupando…

—¿Sí? ¿Te gusta que lo haga? ¿Te gusta que un viejo como yo te chupe las tetas? —le dije notando como, ahora sí, la lubricación en su vagina aumentaba de forma considerable—. ¿O solo lo dices porque quieras que te meta mi pollón dentro? ¿Es eso?

—No… me encanta como me las chupas… —contestó Natalia retorciéndose de placer y de nuevo entregada al placer—. Pero también quiero lo otro… tu polla…

—Me lo imaginaba… Ya vi cómo me la miraste en la playa nudista… Si aquel día no hubiera estado Riqui…

—¿Qué? —dijo Natalia moviendo sus caderas buscando sentir mi polla en su interior—. ¿Qué hubieras hecho?

—Lo sabes muy bien… Te habría follado como nunca te lo han hecho… Te habría abierto en canal con mi pollón y habrías disfrutado lo indecible… Quizás en aquel mismo aparcamiento, quizás en mi hotel… pero habríamos follado como animales hasta el amanecer… ¿Te gustaría que eso hubiera ocurrido, nena?

—Sí, sí Víctor… Dios, quiero sentirla dentro… Méteme tu pollón, Víctor… —suplicó Natalia a pesar de que ya tenía mi polla dentro.

Entendí que Natalia, entregada a su fantasía, necesitaba algo más, quería algo más. Y se lo iba a dar. Me salí de ella rápidamente, busqué en el armario el consolador que le había regalado y lo llevé a su boca, presionando levemente con él sobre sus labios que se abrieron al instante, lamiendo el glande del consolador antes de abrir su boca y empezar a introducírselo en ella. Mientras, con mi mano libre, la llevé a su coño y la penetré con tres de mis dedos, manteniendo la zona lubricada para cumplir su deseo.

—Eso es, Natalia… Chúpamela… mmmm… Qué bien lo haces, preciosa… Eres una mamadora excelente… —seguí interpretando mi papel.

—Fóllame, Víctor… La quiero dentro… —me pidió mi chica apartando levemente el consolador embadurnado de su saliva.

—¿Quieres que te folle, Natalia? Pídemelo… pídeme que te folle para que te escuche Luis…

—Quiero sentir tu polla, Víctor… Quiero que me folles de una puta vez… No puedo más… —suplicó Natalia.

Acerqué el consolador a su vulva y refregué el trozo de plástico por la zona, impregnándolo con los fluidos que emanaban con abundancia de su interior. Apoyé el glande junto a su entrada y noté como el cuerpo de Natalia se retorcía con aquel simple contacto.

—Sí, sí… métemela… quiero volver a sentirla dentro… —rogó de forma desesperada.

Mientras la hacía sufrir un poco más, retardando aquel instante, no se me pasó por alto el desliz que había cometido. Volver a sentirla dentro. Pero ella, enajenada, no parecía haberse dado cuenta y se movía intentando que aquella polla de plástico entrara dentro de ella.

—Dios, dios, dios… —exclamó cuando, por fin, empujé y aquello empezó a penetrar en su interior, llenándola como había hecho Víctor aquella noche que ahora parecía tan lejana.

—¿Te gusta? ¿Te encanta sentir mi polla? —la cuestioné mientras el consolador, centímetro a centímetro, profanaba su vagina.

—Sí… qué maravilla… nunca me cansaré de sentir algo así dentro… menudo pollón… Sigue, sigue… no pares, por dios…

Estaba claro que Natalia había perdido completamente la noción de todo y se hallaba inmersa en aquella fantasía, no siendo consciente ni de lo que decía ni hacía, entregada por completo al placer que la embargaba.

—Mmmm… Te siento tan estrecha, nena… Qué maravilla de coño, Natalia… me pasaría la vida follándote…

—Pues hazlo… fóllame… no pares de hacerlo… Quiero sentir como te mueves…

Mi mano empezó a hacerlo, a mover el consolador de forma lenta entrando y saliendo de su coño, viendo como mi chica se retorcía extasiada con aquel simple movimiento, sin demasiados aspavientos.

—Joder, qué bueno… Más, más… quiero más… más rápido, más fuerte… —imploró mi novia.

Aquello era algo sumamente erótico y mi polla estaba de nuevo erguida como antes de la llamada. Así, mientras intensificaba el vaivén del dildo, sintiéndome embargado por el sonido afrodisíaco del chapoteo que emergía de su encharcado coño, mientras miraba embelesado el rictus de placer que desfiguraba su rostro, y mientras contemplaba el cada vez más intenso bamboleo de sus tetas, empecé a pajearme de forma compulsiva con mi mano libre.

Estaba excitado como nunca y solo era una fantasía, una recreación. No quería ni pensar en cómo estaría el día en que aquello fuera real, el día en que los tres, Natalia, Víctor y yo, compartiéramos cama y placer. Estaba seguro que sería algo inolvidable, apoteósico.

Tumbada sobre la cama, Natalia se estrujaba sus pechos de forma compulsiva y notaba como sus piernas se arqueaban, indecisas, como si les faltara algo. Entendí el qué: necesitaba sentir a Víctor encima suyo, penetrándola, poder cerrar sus piernas tras su cuerpo, hacer la unión más completa, más íntima.

Dejé de masturbarme y me dispuse a complacerla. Me situé entre sus piernas abiertas, colocando el consolador justo debajo de mi polla tiesa y volví a penetrarla. La postura era algo incómoda para mí, con una mano sujetando el dildo y con la otra apoyada sobre el colchón, medio reclinado sobre mi chica y con mi verga sintiendo la rugosidad de aquel trozo de plástico y el calor de su coño, pero sin poder catarlo, sin poder disfrutarlo, solo rozándose levemente sobre la superficie de su pubis.

—Ohhhh… —exhaló Natalia al notar aquel cambio de posición—. Sí… ahora sí… bésame, bésame Víctor…

Me incliné y lo hice, la besé. Un beso guarro, lascivo, sexual a más no poder, con nuestras lenguas buscándose fuera de nuestras bocas, chupando y mordiendo nuestros labios. Mientras lo hacía, mis caderas empezaron a moverse, haciendo que el consolador se adentrara una y otra vez en el coño anhelante de mi chica que, instintivamente, hizo lo que tanto deseaba, cerrarse tras la espalda de su amante.

—Fóllame, Víctor… haz que me corra… quiero sentir tu leche… —dijo Natalia entre beso y beso, y siguiendo con sus ojos cerrados, no queriendo despertar de aquel sueño que tanto placer le estaba proporcionando.

Me moví todo lo más rápido e intenso que aquella forzada posición me permitía, casi sintiendo algo de dolor cuando la base del dildo golpeaba contra mi cuerpo, ante cada embestida furiosa que le daba. Pero era algo que valía la pena, que merecía aquel sufrimiento. Solo ver la cara de éxtasis que se reflejaba en la cara de mi chica…

—Me corro… me voy a correr… —anunció Natalia—. Lléname Víctor… quiero sentir tu leche…

Clavé de una sola estocada el consolador en lo más profundo de su vagina, provocando un alarido por parte de Natalia y que todo su cuerpo convulsionara, agitándose fruto del brutal orgasmo que recorría todo su ser.

—Síííííí…. Sííííííí…

Verla, fue el único estímulo que necesité para que, con solo un par de sacudidas, mi polla estallara en un orgasmo devastador; derramando mi semen por su vientre, su pubis e incluso alcanzado la parte baja de sus tetas que, oscilando de forma compulsiva debido a su respiración alterada, recibió parte de mi copiosa corrida.

No pude más y me dejé caer sobre la cama, extenuado, exhausto, pero feliz por haber salido de aquel embrollo y, a mi parecer, de forma más que satisfactoria. Nunca había visto a mi chica así de entregada a una fantasía, a uno de nuestros juegos y, aunque presumía que seguramente algún reproche habría tarde o temprano, me pareció que era un justo precio a pagar.

Natalia no podría negar que había disfrutado, como mucho tirarme por cara que había faltado a mi palabra, pero nunca, nunca, que no le había gustado, que no lo había gozado. Tumbado junto a ella, desnudo, sudado, respirando con dificultad, acaricié su cuerpo inerte, ausente.

Natalia ni se percató de ello, aun sumida en el orgasmo que acababa de tener. Poco a poco, fue recobrando la lucidez, descubriendo donde estaba y con quién. Como presumía, al sentir mis caricias, me miró y noté como su rostro se cubría de rubor. Apartó la mirada rápidamente y llevó sus manos a su entrepierna, extrayendo el consolador y observándolo levemente antes de dejarlo abandonado sobre la cama.

Se levantó de forma rauda y, desnuda, desapareció dentro del baño donde no tardé en escuchar el sonido del agua caer. Era algo previsible, algo con lo que ya contaba, pero que nunca dejaba de sorprenderme y, en cierto modo, de decepcionarme. Lavé con las propias sábanas el consolador y lo guardé en el armario para otra vez, que esperaba no tardase demasiado.

Cambié las sábanas, chorreantes de nuestros fluidos y sudor, y me tumbé de nuevo sobre ellas. Sabía que esa noche nada más sucedería, ni hechos ni palabras, así que me acomodé y me dispuse a dormir. Como pensaba, Natalia salió al cabo de un rato y, desnuda como estaba, se metió en la cama junto a mí. Pero no como siempre, distante, alejada, poniendo distancia sobre mí.

Supuse que los reproches, las dudas, habían empezado a hacer mella en ella y no quise que se atormentara por lo sucedido. Esta vez fui yo el que dio el paso, buscándola, pegándome a ella, abrazándola hasta sentir su piel húmeda, con olor a jabón, la calidez que de ella emanaba.

—Te quiero… —le dije—. Te quiero, Natalia…

—Yo también… —dijo casi en un susurro mientras se pegaba aún más, como si quisiera que nos convirtiéramos en uno.

Unidos de esa manera, caí en un profundo sueño al instante.

Al día siguiente, me desperté como nuevo. Hacía tiempo que no dormía tan bien y, hacerlo con una belleza desnuda al lado como era mi chica, aún hacía que el despertar fuera mejor. Natalia me miraba mientras me despertaba, pendiente de cada gesto mío y con expresión seria en su rostro. Y supe lo que iba a venir a continuación.

—Luis, tenemos que hablar… —me dijo confirmando mis temores.

—Lo sé… —dije sentándome en la cama y apoyando mi espalda contra el cabecero.

—Ha vuelto a pasar… y me lo prometiste… —me recriminó.

—Lo sé… —volví a decir—. Y solo puedo decir que lo siento pero, en mi defensa, diré que me vi forzado a ello… Quería demostrarte de una vez por todas que no soy celoso, por mucho que te empeñes en lo contrario…

—No está bien, Luis… Te lo he dicho muchas veces… —dijo algo angustiada—. ¿Qué hubiera pasado si Víctor hubiera cogido el teléfono? ¿Si hubiera contestado?

—Pues que seguramente hubiéramos quedado para hoy y esta noche ambos disfrutaríamos de un trío con él… —dije sin querer darle demasiada importancia, darle naturalidad al asunto.

—¿¿Pero tú te oyes?? —casi gritó Natalia—. ¿Lo ves normal?

—Hay mucha gente que hace este tipo de cosas, cielo… —dije tratando de apaciguar su enfado—. Tampoco veo nada de malo en ello si ambos lo queremos… lo disfrutamos.

—Pero yo no lo quiero… Ya no sé cómo decirlo, Luis… —dijo con hastío—. No quiero ese tipo de relación para nosotros… Solo tú y yo, como cualquier otra pareja normal…

—¿Pero acaso lo somos, Natalia? ¿Somos una pareja normal, como dices? ¿Con todo lo que hemos hecho? —contraataqué—. Y ahora no me vengas con que no te ha gustado nada de lo que hemos hecho…

Natalia calló, sumida en sus pensamientos, preguntándome en qué estaría pensando y con qué me iba a salir a continuación.

—No puedo negarlo… me ha gustado… quizás hasta demasiado… Y eso es lo que me da miedo, Luis… —me confesó—. Miedo a perder los papeles por completo… Ya me ocurrió con Riqui… casi me pasa con Pedro… Estamos jugando con fuego, Luis… y, tarde o temprano, nos vamos a quemar…

—No tiene por qué, cielo… siempre que estemos unidos, que lo hagamos juntos… —le dije tratando de hacerle ver que el auténtico, real y casi único problema es que ella fuera por su cuenta, a mis espaldas, sin contarme nada.

—No, Luis… —negó tajantemente—. No puedo vivir con ello… lo siento… Prefiero una vida menos excitante pero más tranquila y junto a ti… No soportaría perderte y, meternos en algo así, nos llevará a ello…

—Pero… —protesté, sintiendo por momentos lo cínica y egoísta que era diciendo aquello.

—¡No! —me acalló Natalia—. Esta historia se acaba aquí, Luis… de forma definitiva… Nunca más ¿me oyes? Esto nunca más volverá a suceder… ¿Te queda claro? Y esta vez, te aviso, habrá consecuencias si no cumples tu palabra…

—¿Consecuencias? ¿A qué te refieres? —pregunté con algo de temor.

—A que, si hace falta, me iré unos días con mis padres… A ver si así eres consciente de lo que está en juego… —me dijo de forma tajante—. Es la única manera para que aprendas, aunque me duela y me vaya a costar horrores hacerlo… Pero lo hago porque te amo, porque te quiero y no deseo que esto nuestro acabe…

—Ni yo tampoco, amor… pero… —dije sorprendido por el cariz que estaba tomando la conversación, temiendo que, si la apuraba al extremo para que confesase lo que ocultaba, lo que conseguiría es verla irse pitando de nuestra casa.

—¿Y entonces? —me preguntó buscando una respuesta por mi parte ante mi instante de silencio.

—De acuerdo… —dije claudicando—. Te prometo que nunca más volverá a pasar, que jamás volveré a hacer algo como anoche…

—¿Puedo confiar en ti? —me preguntó dubitativa.

“¿Y yo en ti?”, pensé sabiendo lo mucho que me escondía e impresionándome de nuevo su cinismo. Pero lo que estaba en juego era demasiado importante como para ir con jueguecitos e insinuaciones.

—Supongo que no tendrás más remedio que hacerlo… —dije tratando de mostrarme firme—. Pero a cambio de algo, Natalia…

—¿El qué? —preguntó con temor.

—Que dejes de acusarme de cosas que no soy Natalia… Estoy harto de luchar contra alguien a quien ni siquiera conozco y pagar por pecados que jamás he cometido… —le dije con rotundidad—. Quiero que me prometas eso, Natalia… y, te aviso, yo también sé poner precio a no cumplir tu palabra y es el mismo que has puesto tú… Yo también me iré, Natalia… unos días, no sé dónde ni con quién, pero lo haré… ¿Te queda claro?

Natalia pareció impresionada y claramente sorprendida por mi respuesta, quizás esperando que aceptara sin condiciones su petición, pero ya empezaba a estar harto de aquella especie de juego que ella practicaba por su cuenta. Harto de estar confundido; harto de aceptar sus condiciones que luego ella se saltaba cuando le convenía; harto de ser siempre el que daba el brazo a torcer… No, ya no iba a ser así. No quería perderla; aún no. Pero no podía seguir mucho más tiempo mirando para otro lado, haciendo como que no sabía nada de sus “fechorías” y esperando que por fin se dignase a confesármelo todo de verdad, sin cortapisas ni inventarse historias que lo edulcorasen. Si nuestra relación no tomaba un nuevo rumbo pronto, estaba destinada al fracaso, a la ruptura.

—De acuerdo… —dijo ella finalmente—. Supongo que es lo justo… Y tienes razón, te he estado culpando de cosas producto de mis miedos e inseguridades, cuando tú nunca me has dado pie a ello… Lo siento y trataré que nunca más vuelva a ocurrir…

—Pues entonces tenemos un trato… —dije alargando mi mano…

—Anda, no seas bobo… —sonrió ella tímidamente, apartando mi mano y tirándose sobre mí—. Bésame y hazme el amor…

Y eso hicimos. Cerramos aquel trato con un polvo mañanero; sencillo, austero pero lleno de cariño, de amor, sin ser demasiados conscientes que, con lo que estábamos haciendo, estábamos a punto de poner nuestra relación en una situación límite en la que nunca nos habíamos imaginado estar.

Un comentario sobre “Mi Natalia 3 (11)

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