GAMBITO DANÉS

Blanca Y Jorge

Blanca lo tuvo difícil desde el principio, desde que solo al nacer la diagnosticaran con albinismo. OCA1B para ser más exactos, el segundo grado más severo. Como en los afectados por OCA1A, nació con el pelo, las cejas y las pestañas blancas, sin embargo, sus ojos siempre fueron de color azul claro, y sus problemas visuales menos graves, corrigiéndose con el tiempo casi por completo.

Con los años, su pelo blanco, igual que sus pestañas y cejas, fueron pigmentándose lentamente hasta llegar a un color parecido al dorado claro, pero su piel siguió siempre tan clara como el primer día. Esto no evitó que sufriera las burlas y el bullying desde temprana edad, sucesos repugnantes que Jorge, su hermano, aun yendo al mismo colegio y siendo un año mayor, pudo frenar, pero nunca erradicar por completo. A sus dieciséis años ya era toda una mujer, y sus cambios físicos pasando de niña a mujer, acompañados de sus peculiaridades estéticas, desconcertaban a algunas personas. Probablemente más de un abusón se arrepintió de haberle hecho la vida imposible años atrás, incluso se sintió atraído por ella en secreto, incapaz de confesarlo ni al más cercano de sus amigos.

Su nombre, Blanca, tampoco le ayudó nunca. Una “gracia” de los padres que pensaron que le daría fuerza y personalidad, pero que terminó siendo objeto de bromas y burlas, como era de esperar.

Esta es la historia de Blanca, una mujer bella y valiente y su protector hermano Jorge.

Jorge

1

Como todos los días esperé a mi hermana a la salida del colegio, no me gustaba que volviera sola. Siempre me tocaba esperar por lo menos diez minutos, era, probablemente, la chica más rezagada de su clase. Cuando llegó nos saludamos con una simple sonrisa y emprendimos el camino de vuelta a casa. Uno al lado del otro, ambos con el ridículo y obligatorio uniforme que imponía el colegio y que, según decían, nos ayudaría a alcanzar la excelencia en nuestras vidas.

Durante años el escaso trayecto había sido siempre accidentado. Pálida, engendro, abuela, Blanca Nieves, Caminante Blanco, fantasma, eran solo algunas de las lindezas que podían decirle por la calle. Ella ignoraba esos comentarios completamente, pero yo incluso había llegado a las manos en alguna ocasión, harto de tanta injusticia. Ese año era distinto. Los insultos habían cogido unas derivadas…diferentes. Supongo que atribuible a la combinación de su cuerpo desarrollado combinado con el maldito uniforme, compuesto de una blusa blanca, un jersey azul y una faldita azul a cuadros. Ya no se conformaban con insultarla, sino que siempre había una connotación sexual.

—¿Quieres un poco de moreno en tu boca? —dijo Matías, el chulo del último curso, al pasar por nuestro lado.

Apreté el puño y aceleré el paso, mirando de reojo como mi hermana clavaba, avergonzada, su vista sobre el suelo sin dejar de andar.

—¡Ey! ¡Eh tú! Si te la meto podemos convertirnos en el Yin y el Yang, jajajajaja —gritó un chico negro de unos quince años que se sentaba en las escaleras de un edificio cerca de nuestra casa, chocando la palma de las manos con sus amigos celebrando la ocurrencia.

Estuve a punto de ir en su búsqueda, pero Blanca puso su mano en mi hombro para relajarme, evitando que hiciera alguna estupidez. Ya en casa nos sentimos salvados. Había pasado un día más, uno sin más incidentes de los habituales. Fui directamente al ordenador y me puse a jugar a un juego de rol que me tenía enganchado desde hacía semanas cuando mi hermana entró en mi habitación y se tumbó sobre mi cama.

—¿Ya estás jugando? —me preguntó aburrida.

—Sí…

—¿Uno de esos de Elfos y Enanos?

—Sí, bueno, más o menos.

—Aburrido —me increpó para pincharme un poco.

—¿No tienes deberes o algo responsable que hacer? —le pregunté yo devolviéndole el reproche, medio en broma medio en serio.

—Pues sí, la verdad, pero hoy estoy agotada. ¿Y tú? ¿No vas a quedar con Noe?

Noe era mi novia o, mejor dicho, mi ex novia. La primera relación adulta que había tenido. Iba a otro colegio y hacía tres semanas que lo habíamos dejado, pero no me apetecía contarlo en casa.

—No, hoy no.

El tiempo pasó entre las monótonas preguntas de mi hermana y el asalto a la fortaleza de los Trolls del bosque, para cuando me di cuenta mi hermana ya estaba completamente dormida sobre el colchón.  Me di la vuelta ayudado de la silla giratoria y la observé. Realmente tenía una figura envidiable. Delgada, con pechos no muy grandes pero largas piernas y firme trasero. Su piel era pálida, pero a mí eso nunca me había importado, y a su ondulado y dorado pelo le acompañaba, desde hacía un par de semanas, varios mechones tintados de azul. Parecía uno de los Elfos de mi videojuego, una especie de Diosa Silvana.

Estuve a punto de reñirle cuando vi que no se había quitado las bailarinas antes de tumbarse en mi cama, pero me quedé embobado mirándole las piernas. Con los calcetines algo por debajo de las rodillas y la falda ligeramente mal puesta, mostrando gran parte de sus muslos. Sentí una extraña e inexplicable sensación, nueva e imprevisible, que me hizo incapaz de separar la mirada.

Casi sin planearlo, me sorprendí a mí mismo agarrando un bolígrafo BIC, lo manipulé ligeramente y conseguí que su tapón hiciera la función de improvisado gancho. Con sumo cuidado, extendí el brazo y agarré su falda, atrapando la tela entre el tapón y el mismo bolígrafo, y la terminé de subir despacio, muy despacio, como un ladrón de guante experimentado en el más delicado de sus encargos. Aunque sabía que mi hermana era de sueño pesado, no pude evitar que se me acelerara el corazón con la maniobra. Conseguí levantar la parte delantera de la falda hasta descubrir sus braguitas. Blancas, lisas, comunes, sin nada que destacar. Pero mi curiosidad no buscaba saber la forma de su ropa interior. Realmente quería ver un poquito más de su anatomía, de sus partes secretas que habían sido inaccesibles para cualquier persona hasta ese día.

Noté calor, mucho calor, y luego vergüenza. Cuando hizo un pequeño movimiento, solté enseguida la falda y en el mismo movimiento me di la vuelta con la silla y volví con mi videojuego, disimulando. Agarré el móvil y, con la cámara configurada para hacerme un selfie, logré espiarla disimuladamente. Allí estaba, dormida aún, con su falda mal puesta, manipulada y mostrando, ligeramente, parte de su ropa interior. Estaba seguro que al despertarse no se daría cuenta de nada de lo sucedido, pero no por ello me sentí menos culpable.

2

La confusión no se me pasó en días, incluso la curiosidad por el nuevo cuerpo de mi hermana fue a más. No ayudó en nada el comentario de mi mejor amigo, Sergio, un auténtico friki inadaptado que me dijo: “Ostras con tu hermana, ha pasado de bicho raro a follablemente exótica”. Por supuesto, una colleja fue lo más flojo que le di, pero el mal ya estaba hecho. La frase, como en la película Origen, ya había arraigado en mi interior como un tumor, pequeño, pero potencialmente peligroso.

Como todas las tardes fuimos juntos a casa. Fue un buen día, solo un simple “te quiero comer lo único que tienes negro”, proveniente de un niñato que se dio a la fuga al momento, perturbó nuestro camino. Ya en casa me encerré en mi cuarto frente al ordenador como era habitual en mí, pero era incapaz de concentrarme. Pensaba en Blanca continuamente, aun viviendo juntos, y sentía unas ridículas sensaciones parecidas a la primera vez que un niño se tropieza con una revista porno, una mezcla de curiosidad, morbo y desconcierto.

Andando por el pasillo sin rumbo oí que mi hermana se estaba duchando y me quedé pegado a la puerta del baño, como la típica vieja cotilla de la escalera. No podía evitar imaginarme la escena, con mi hermana enjabonando su cuerpo desnudo. De nuevo sentía el corazón desbocado en el pecho, pero esta vez vino acompañado de la congoja de mi entrepierna. Pronto tuve una evidente erección e incluso me mareé, fruto, supongo, de la culpa. Pero allí seguía, pegado a la puerta como un espía de tebeo.

Oí como el agua dejó de correr, y entre el silencio intuí pequeños ruidos, deduciendo que se trataba de la toalla secando su anatomía. Recordé entonces que no solía poner el pestillo en la puerta y, sin meditarlo demasiado, entré con decisión. La vi completamente desnuda delante de mí, con su cuerpo de lado, la pierna apoyada sobre el borde de la bañera y ella secándola con esmero. Fue solo un segundo, pero suficiente para verle una nalga y un pecho de refilón, incluso me pareció verle el pezón erecto.

—¡Jorge! —exclamó ella del susto mientras yo enseguida ponía cara turbada y salía del baño con el mismo ímpetu con el que había entrado.

Ya de nuevo en el pasillo mentí desde el otro lado de la puerta:

—¡Perdona! ¡Que no sabía que estabas en el baño!

Aquello quedó en una simple anécdota, en algo inocente que no valía la pena ni comentar después, pero yo tenía claro que no era más que otro escalón en aquella escalera de peldaños peligrosos e inciertos.

Blanca

3

Cuando desperté por la mañana maldije que fueran solo las siete siendo sábado. Me solía pasar, cuando se acercaban los exámenes los nervios terminaban por desordenar todos mis horarios. Luego me tiraría el día entero muerta de sueño, vagabundeando por la casa como una imbécil. El viernes había sido un día duro, demasiados comentarios ofensivos incluso para alguien tan acostumbrada como yo. ¿Qué demonios les había hecho yo? Suerte que mi hermano estaba más pendiente de mí de lo habitual, de lo contrario habría sido aún peor.

Aburrida, decidí ir a la habitación de Jorge a molestar, aun a sabiendas de la bronca que me esperaba. Entré a hurtadillas y me metí en su cama, no tardó en increparme al despertarse:

—Joder tía, búscate una vida.

Reí.

—¿Pero qué hora es?

—Si te lo digo… ¿prometes no matarme? —pregunté con voz queda.

—Estás muerta sí o sí, así que desembucha.

—Las siete.

—¡¿Las siete?! En serio Blanca, vete a la mierda.

—Jolín, es que me aburría —me defendí yo.

—Es sábado, chica, ya te llevaré luego al cine, pero déjame descansar.

Pensé un poco y, aunque sabía de sobras que odiaba que bromease sobre mi condición, le dije:

—¿Qué peli? ¿Powder o El código da Vinci?

—Ja, ja, ja —dijo con ironía.

—Va hermanito, no seas muermo.

—Pero, ¿qué quieres?

—No sé, que me cuentes algo, que te espabiles, lo que sea.

—Lárgate, anda —sentenció sin darse la vuelta ni un momento.

Frustrada, decidí tensar aún más la cuerda y contraatacar con otro de sus peores terrores: las cosquillas.

—Tú lo has querido —anuncié antes de atacar con ambas manos, castigando sus zonas más sensibles como las axilas o la tripa.

Él se defendió como pudo, pero no cesé en mis ataques, ni siquiera oyendo sus risas mezcladas con súplicas y amenazas. Forcejeamos un par de minutos hasta que terminé encima, inmovilizándolo con mis piernas mientras seguía acometiendo contra sus desvalidos sobacos. En ese momento pasó algo, en el fragor de la batalla me había acomodado sobre él, con mi entrepierna justo sobre la suya mientras juntaba mis muslos para sujetarlo, ambos llevando sendos pantaloncitos cortos de pijama. Fue entonces cuando noté el bulto de su pantalón presionando sobre mi sexo, empujándome con fuerza a través de la tela. Sin poder disimular paré en seco, abochornada, y volví a tumbarme a su lado. Él supo lo que había pasado, y yo también, había sido más que obvio.

—Joder Blanca, ¡ya te vale! —me dijo visiblemente molesto.

—Perdón —titubeé yo algo confundida.

—Es que no puedes venir aquí y hacer lo que te da la gana, ¿vale? Ya está bien.

—Perdón, ¿perdón vale? —repetí—. No te pongas así.

Ambos callamos y hubo el silencio más incómodo de mi vida. Posiblemente no duró ni diez minutos, pero para mí fue toda una vida.

—Jorge… dije al fin.

—¿Qué? —preguntó él asqueado y con voz de paciencia.

—Que no pasa nada, ¿vale? Que no soy estúpida, ya sé lo que os pasa a los chicos por las mañanas.

Otro interminable silencio. Insistí de nuevo:

—¿Jorge?

—¿Quéee?

—Nada, pues eso. Que es normal, algo natural, ¿vale?

—Tía, cuando más hablas más asco me da el tema, mejor te vas.

—Jolín, es que no me quiero ir así, ¿yo qué sabía?

—Que sí Blanca, que sí. Que no pasa nada, venga, vamos, déjame descansar.

Odiaba estar a malas con mi hermano, y menos por una estupidez así. Sabía que lo mejor era irme, pero me veía incapaz.

—Pero si es que no sé por qué te pones así, que no soy tonta, ya sé que los tíos os levantáis siempre…alegres.

—¿Pero quieres parar? ¿Te vas ya o qué? Al final me voy a cortar las venas, coño.

Conocía a Jorge, ese comentario no era más que el principio del fin del enfado. Me sentí aliviada, pero incapaz de darle su espacio.

—Entonces, ¿todo bien?

—Que síiiii pesadaaaaa.

—Vale —sentencié, pero sin irme de su cama.

Pasó otro rato en el que mi hermano siguió inmóvil. Yo no paraba de darle vueltas al tema y no pude evitar preguntar:

—¿Jorge? ¿Y qué hacéis?

—¿Qué hacemos de qué? —repreguntó él manteniendo el tono de paciencia.

—Cuando…os pasa esto.

—Pero, ¿qué dices ahora? ¿Qué preguntas?

—Pues eso…no sé…para que se os pase.

—No hacemos nada, ¿vale? Hacemos pis y ya está. ¿Te vas o qué?

—No, espera, que estoy aprendiendo mucho. Cuenta, cuenta —molesté yo para picarle un poco—. ¿Por qué me quieres echar? ¿Te da vergüenza?

Blanche, te lo juro, al final me voy a cabrear.

La escena había cambiado completamente para mí. De la confusión al arrepentimiento, y de la preocupación a que ahora me lo estaba pasando en grande poniendo en apuros a mi hermano.

—¿Que si me da vergüenza? ¿Tú que crees?

—Pero si es algo natural, ¿no? ¿No te pasa siempre? Va, no seas rancio, explícale secretos masculinos a esta pobre albina a la que nadie quiere.

—Sí, ya, hazte la víctima ahora.

—Pero si es verdad y tú lo sabes —argumenté.

—Va, no me hagas hablar.

—¿Cómo que no te haga hablar?

Mi hermano se giró al fin. Aunque la habitación seguía bastante oscura, incluso mis defectuosos ojos se habían acostumbrado y veían a través de las sombras.

—Quererte de amarte, no sé, pero no hay día que no te digan alguna guarrada por la calle.

—Ah, bueno, te refieres a eso. Sí, se creen muy hombres, pero lo hacen para vacilar con sus amigos.

—Sí, sí…pero te lo dicen.

—Son unos cretinos.

—Cretinos que antes te decían gilipolleces y ahora obscenidades.

—Eh, oye —dije —. No cambies de tema, que no hablamos de los infelices que fantasean por metérsela a una albina, sino de tus erecciones matutinas.

En cuanto terminé la frase creí que me había pasado, pero una carcajada suya me tranquilizó.

—Estás fatal, chica.

Estuvimos un par de minutos en silencio, una sonrisa algo maligna decoraba mi cara. Por un rato, olvidé los exámenes y todas mis responsabilidades.

4

La mañana del domingo me la pasé estudiando, solo la irrupción de Jorge en mi cuarto me distrajo momentáneamente de los libros.

—¿Aún estás estudiando? Que no es para tanto, mujer. Que a mí me tocó el año pasado y al final eran más fáciles de lo que aparentan.

—Sí, ya, tú porque tienes esa facilidad innata, pero a mí me cuestan mucho las mates, tengo la cabeza hecha un bombo, sé que me dolerá el resto del día.

—Bueno, bueno, no dramaticemos —dijo poniéndome sus manos fuertes sobre mis clavículas y comenzando a masajearlas.

Me alegré mucho de que estuviéramos tan bien, y de que un hecho que había empezado en bronca la mañana anterior se hubiera resuelto con un par de bromas.

—Mmm, eso, eso… —dije disfrutando del masaje.

—Uff, qué tensa estás, no me extraña que te duela luego la cabeza o la espalda.

—Es una mierda, no lo puedo evitar.

Siguió trabajándome la zona. Para más comodidad, retiró los tirantes de mi top, deslizándose estos por mi brazo. Por un momento me asusté pensando que este iba a ceder, ya que no llevaba sujetador, pero se mantuvo en su sitio. Me masajeaba los hombros, el cuello y la espalda, era maravilloso.

—Mm.

Deleitándome con sus manos noté como los tocamientos cambiaban ligeramente, algo casi imperceptible. Parecían ahora como más pausados, como si se recreara en mi cuerpo. Me pregunté si desde su posición tenía una buena perspectiva de mi escote, si incluso podía verme los pechos.

—Mm, sí, hermanito, eso es —dije con una voz sorprendentemente obscena.

Él siguió acariciándome, aunque casi parecían ahora magreos, bajando incluso sus manos por debajo del cuello y rozándome el inicio de los pechos, parecía como si estuviera testeando sus límites. Sentí calor y creo que incluso sudé un poco. Me vino a la cabeza sus abdominales, siempre cuidados y marcados, y empecé a preocuparme.

—¡Oh! ¡Sí! —dije claramente para provocarle.

Jorge siguió manoseándome y cuando mi top finalmente cedió lo suficiente como para descubrir uno de mis pechos, lejos de asustarse, lo acarició hasta el punto de rozarme el pezón. Perpleja, junté mis muslos, pero instintivamente me adecenté la ropa y volví a poner los tirantes en su sitio. Sabiéndose descubierto volvió a masajearme el cuello disimuladamente diciendo:

—Bueno, esto ya está, la próxima vez te toca hacerme tú a mí el masaje.

Aquello me dejó bastante trastornada, tanto por sus caricias como por lo que había sentido. Me pregunté si había sido culpa mía, si tendría que haber dejado claros los límites, o incluso si toda esa comida de cabeza no era más que una paranoia. Otra duda asaltó mi cabeza: La mañana anterior, ¿estaba erecto ya cuando llegué o le pasó por culpa de las cosquillas?

Jorge

5

Cuando mi hermana me vino a buscar yo daba vueltas tumbado en uno de esos columpios del parque, esos que son como una rueda gigante giratoria. Era un parque de al lado del colegio, la solía esperar allí los días que tenía gimnasia, conocedor de que era aún más lenta. Al llegar consiguió subirse a la rueda gigante y se sentó a poca distancia de mi cabeza.

—¿Ya estás aquí? —pregunté.

—Oye, que la cegata soy yo —bromeó.

—Hoy has tardado menos.

—Es que ni me he cambiado, total, ni he sudado.

Me fijé entonces en su ropa, iba aún con las zapatillas de deporte, la camiseta de tirantes blanca y el pantaloncito azul. Allí sentada junto a mí, tan cerca, podía verle las bragas y parte de la nalga, y lo hice sin disimular.

—¿Y eso de que ni has sudado?

—Me he escaqueado. Sinceramente, estoy harta de que me digan cosas. Cuando hago deporte es aún peor, y el puto guarro de Jimeno en vez de parar el tema me mira con esos ojos de viejo verde repugnantes. Siempre me encarga cosas raras como, no sé, como para que me ponga en pompa, ¿sabes? Te lo juro, no es una paranoia, este tío tiene un problema.

—Ay hermanita, te lo dije, ¿recuerdas? Ya no eres la freak, ahora eres la Kardashian.

—Sí, pues si me la quieren meter primero que me inviten a cenar, no te jode.

—Jajajaja —no pude evitar reír.

No solo había hecho un cambio espectacular en un año, sino que parecía incluso más picarona, menos tímida e introvertida que antes. Acomodándose mejor, se espatarró frente a mí, dejándome una visión perfecta de sus largos y lechosos muslos y de sus braguitas, pensé que habría sido genial que llevase la faldita del uniforme.

—Bueno, y hablando de otro tema —dijo—. ¿Me contarás ya qué pasa con Noe?

—Lo hemos dejado.

Hubo un silencio.

—Jolín, perdona. Pensé que os habríais enfadado, pero nada más.

—Lo empiezo a superar, no te preocupes.

—¿Y puedo saber qué ha pasado?

—Nada original, nos hemos aburrido uno del otro. Oye, ¿y tú? ¿Algún novio?

—Vete a la mierda, sabes perfectamente que no.

—Joder, que lo preguntaba en serio.

Ella me miró con desaprobación. Insistí:

—Tú misma me has dicho que no puedes hacer ni clase de gimnasia tranquila.

—Sigo siendo una freak, un bicho raro, esa es la realidad. Quizás algún pajillero del colegio se fije en mí, pero ninguno tendría la valentía de salir conmigo. Se sienten más hombres diciéndome guarradas por los pasillos.

No le faltaba razón. Eran demasiados años de burlas para ahora hacer borrón y cuenta nueva. Desde mi posición, seguía disfrutando de la perspectiva, con sus muslos firmes y las braguitas escapándose por la apertura del pantaloncito.

—Nos vamos, ¿o qué? —preguntó ella.

Nos pusimos en marcha. Esta vez elegí una ruta segura, un camino donde fuera difícil cruzarnos con alguno de sus cobardes acosadores. En casa, con nuestros padres aún en el trabajo, nos acomodamos en el sofá para ver un poco la tele. Yo me puse ropa cómoda y ella se quedó con la de deporte. No pude evitar seguir mirándole las piernas. Largas, torneadas, apoyadas encima de la mesa, con sus pies descalzos y pálidos.

—Entonces… ¿eres virgen? —pregunté sorprendiéndome a mí mismo, dándome cuenta de lo poco atento que estaba a la caja tonta.

—¿Eres tonto? —respondió ella entre divertida y a la defensiva.

—Tengo curiosidad —insistí haciéndome el inocente.

Pensé que seguiría con evasivas, pero se giró, puso su cara a escasos centímetros de la mía y me susurró:

—Soy una nerd a la que nunca han besado.

Hubo uno de esos habituales silencios que rompió ella con un simple:

—¿Y tú? ¿Con cuántas?

—Noe ha sido la primera y la única, de momento.

—Vaya, te hacía más seductor —me pinchó guiñándome un ojo.

Seguía con su cara muy cerca de mí, y su voz, murmurante pero segura, siguió con aquel interrogatorio que realmente había comenzado yo:

—Pero besarte si te has besado con muchas.

—Besarme y más cosas —contesté tragando saliva.

—¿Qué cosas? —insistió con voz queda.

—Con catorce años Xenia me hizo una paja, por ejemplo.

—¿Xenia? ¡Serás bribón! —se burló ella alzando la voz, pero sin moverse ni un milímetro.

Nuestras narices casi se tocaban, y yo volví a sentir como se revolucionaba mi entrepierna.

—¿No sabes lo que es un orgasmo? —contraataqué.

—Soy una nerd, albina y algo miope, pero se usar los dedos —respondió con una sonrisa maliciosa.

—Se me hace curioso que sepas lo que es correrte, pero no que te besen —dije.

Ella me miró aún más penetrantemente, parpadeó varias veces y simplemente dijo:

—Ya.

Entonces, instintivamente, le di un pico. Rocé primero sus labios como buscando su aprobación y la besé de manera sensual pero casi infantil. Blanca, lejos de retirarme o quedarse perpleja, me respondió con otro algo más largo. Correspondí también, añadiendo varios besos y metiéndole, lentamente casi como enseñándole, la lengua dentro de la boca. Nuestras lenguas se enredaron y jugaron, todo de la manera más pausada hasta que finalmente nos separamos, quizás no era una experta en besos, pero había sido incapaz de notarlo. Pude ver un pequeño resto de mi saliva en sus labios, y la limpió relamiéndose.

—Bueno, ahora ya sé lo que es que te besen —dijo bajando su mirada y viendo el descomunal bulto de mi pantalón—. Y parece que no ha ido tan mal.

—Es una reacción biológica —me defendí algo abochornado.

—Sí, sobre todo entre Cleopatra y Ptolomeo.

—Tú siempre tan cerebrito —la increpé sintiendo un enorme calor dentro de mí.

Ella puso su mano en mi bragadura, me agarró el miembro por encima del pantalón y me dijo:

—Pues nada, ya sabes lo que toca.

Me dio un último pico y se fue, dejándome con la calentura y bastante estupefacto por lo que acababa de suceder. Obediente, incapaz de irme a mi habitación en busca de privacidad, me masturbé allí mismo alcanzando el orgasmo más surrealista de mi vida.

6

Los días siguientes fueron algo raros. No me quitaba la escena de la cabeza, pero ella no parecía dispuesta a seguir con el juego. Sin embargo, todo había cambiado, incluso nuestras miradas. Hubo algunos momentos en que intenté subir la temperatura de nuestras conversaciones, pero ella se libró siempre con hábiles respuestas. Pensé entonces que quizás se arrepentía de lo ocurrido en el sofá.

Una tarde estaba con Sergio, mi mejor amigo, enseñándole un nuevo juego de estrategia en mi habitación cuando apareció Blanca por la puerta. Vestía con un bikini de color azul clarito, una prenda que nunca le había visto.

—¿Qué os parece? ¿Me queda bien? —preguntó haciéndonos un improvisado pase de modelos.

A Sergio se le salieron los ojos de las órbitas, ya había manifestado en alguna ocasión su atracción por mi hermana y aquella actitud era completamente desconocida para él.

—¿Y esto? —pregunté extrañado.

—¿Un bikini? —respondió con otra pregunta poniendo voz mongoloide.

—Joder, eso ya lo sé, pero… perdona eh… ¿para qué lo quieres? ¿Si no puedes tomar el sol?

—No es para ir a la playa, memo, es para la piscina. Llevan tiempo que me dicen que tengo que nadar, por lo visto tengo la espalda desviada.

Un poco pasmado, me quedé en silencio. Al ver que no respondía insistió:

—A ver, Sergio, ¿qué te parece a ti? ¿Me queda bien?

El anormal de mi amigo, titubeando como en una mala comedia adolescente, respondió:

—T..t… te queda genial la verdad.

Blanca, sonriendo consciente del efecto que provocaba en él, puso una cara entre pícara y de aprobación. Se dio de nuevo la vuelta y, sacando el culo para fuera, volvió:

—¿Por atrás me queda bien?

La verdad es que estaba espectacular, el color quedaba perfecto sobre su blanca piel, y el bikini resaltaba su esbelta y espectacular figura.

—P…perfecto —dijo mi amigo recientemente convertido en tartamudo.

Mi hermana era perfectamente consciente de sus provocaciones, pero no tenía claro si iban dirigidas a Sergio o a mí. Fueran las que fueran sus intenciones, lo cierto es que había conseguido acalorarme.

—Estás muy buena Blanca —afirmó Sergio en un arrebato.

Ambos lo miramos extrañado, yo reprendiéndole y mi hermana con aires teatrales.

—Q…quiero decir que, que eres muy guapa, a mí me da igual si eres…si… si…. —se excusó él metiendo aún más la pata.

—¿Si soy albina? —terminó ella la frase.

Al verlo abatido y abochornado, se acercó a él y, agarrándole la mano, le dijo:

—Tranquilo, es lo que soy y no me molesta, y sé que lo que intentas es decirme un piropo.

Se tumbó entonces en la cama, y no contenta con su provocador desfile, siguió:

—Entonces a ti te gusto, ¿no, Sergio? A pesar de ser un poco transparente.

—Mucho, m…mucho, Jorge lo sabe.

Volví a mirarlo, esta vez con odio.

—Vaya, así que habláis de mí.

—No… bueno…

Le interrumpí con una colleja, increpándole:

—¿Te quieres callar ya, retrasado?

Mi hermana se acomodó aún más en la cama, levantó una de sus rodillas y se acarició lentamente la pierna mientras emitía un casi inapreciable gemido, recorriendo su muslo, pasando por encima de la braga del bikini, siguiendo con la yema de sus dedos por el vientre hasta detenerse en uno de sus pechos.

—¿Sabes, Sergio, que hasta hace poco nunca me habían besado?

—A mí tampoco, solo un verano con una prima mía, pero no sé si cuenta —respondió mi amigo poseído por un endogámico redneck de los Apalaches.

Blanca no pudo evitar reírse. Con la mano le hizo un gesto golpeando a modo de invitación el colchón y siguió:

—Eso sí que no me lo esperaba, ya veo que te gustan las relaciones filiales. ¿Vienes o qué?

Sergio se levantó torpemente y se sentó en el borde de la cama defendiéndose:

—Bueno, es una prima lejana.

Mi hermana lo tumbó a su lado con delicadeza, se acercó seductora hacia él y le besó mientras le susurraba:

—¿Fue así? ¿Así te besaste con tu primita lejana?

Mi amigo jamás se había visto en algo así, y yo seguí como un convidado de piedra, expectante, también con mi miembro petrificado desde hacía unos minutos. Ella siguió dándole pequeños besos en la comisura de la boca, los labios y la cara hasta que terminaron morreándose. Sergio se amorró a ella como si fuera un elixir de vida, disfrutando del momento sin buscarle demasiadas explicaciones. Vi como Blanca me miraba de reojo, buscando respuesta a sus provocaciones.

—¿Te hacía esto mientras os besabais? —preguntó separando momentáneamente su boca y agarrándole el paquete por encima del pantalón—. Parece que sí es cierto que te gusto.

Siguieron dándose el lote, mi hermana solo se separaba para darle “permisos”.

—Puedes tocarme las tetas si quieres.

Obedeció al instante, manoseándole tímidamente los pechos por encima del sujetador.

—También el culo.

Mientras mi suertudo amigo seguía metiéndole mano, ella bajó la cremallera de su pantalón, retiró como pudo el calzoncillo y liberó una sorprendentemente grande erección, parecía un volcán a punto de estallar. Yo me acariciaba también por encima de la ropa, disfrutando del show en vivo y a la vez celoso. Comenzó entonces a hacerle una paja, según ella la primera de su vida, aunque no parecía ni nerviosa ni poco hábil.

—¡Oh! ¡Oh! ¡Mm!

Mi amigo empezó a gemir enseguida, tan dominado por el placer que apenas podía seguir con los tocamientos.

—¿Te gusta así? Es que soy nueva en esto, estoy aprendiendo. ¿Tu prima también te hizo esto?

El pobre friki no podía ni responder, disfrutando de los tocamientos que para él también eran una novedad en su insulsa vida.

—¿Te gusto? ¿Sí? Pequeño puerco, ya veo que a ti también te ponen las cosas raras, ¿Verdad?

—Mm, ¡mm! ¡¡Mm!!

Sergio temblaba como una hoja al viento, ahora su mano atacaba de nuevo los pechos de mi hermana, con tanto ímpetu que le había bajado incluso el sujetador y descubierto uno de sus pezones. Aprovechó ella para subir el ritmo de la paja y el pobre diablo se corrió, salpicando con su fluido el muslo de mi hermana y gimiendo como un cerdo en el matadero. Blanca lo miró entre satisfecha y asqueada, se limpió los dedos en su jersey y luego lo agarró y estiró para limpiarse también la pierna, se levantó de la cama y, adecentándose el bikini, dijo antes de salir:

—Sí, bueno, creo que no me queda mal del todo.

Blanca

7

Me di cuenta de mi error los días siguientes de mi fortuito encuentro con Sergio. Lo que pretendía ser un peldaño más en ese peligroso juego se había convertido en mi hermano convertido en un muro infranqueable. Seguíamos volviendo juntos del colegio, hablando, pero todo había cambiado. Estuvo días respondiéndome con monosílabos, como ofendido por mi actitud. Esa tarde, antes de salir a la calle después de clase en busca de Jorge, me metí en el baño del colegio y decidí “tunear” mi vestimenta. Me abrí varios botones de la blusa del uniforme hasta dejar ver el sujetador y doblé la ya no muy larga falda hasta convertirla en una mini. Así, disfrazada de colegiala cachonda, salí al encuentro de mi hermano.

—Ya sé por qué estás tan blanca, eres tan zorra que vas siempre llena de semen —me susurro un imbécil dos años mayor que yo antes de que alcanzara la salida del colegio.

En cuanto me reuní con Jorge supe por la expresión de su mirada que se había fijado en mi “autocosificación”, si es que existe esta palabra. Le pedí que fuéramos por el trayecto corto, que era a su vez el más fácil de encontrarme con conocidos e indeseables, dispuesta a coleccionar obscenidades.

—Avísame cuando tomes un poco más el sol, puta.

—¿Por qué no vas directamente en pelotas, tía cerda?

—Vente pá mi casa que ya verás cómo coges colorillo.

Vi de reojo a Jorge consumido por la vergüenza y el odio, sin que cesaran aún las lindezas.

—Tía, si no se lo cuentas a nadie te echo un polvo.

—¡Tápate pringada!

—¿El coño lo tienes blanco, rosa o negro?

Ya en casa, miré a mi hermano y le dije:

—Hoy el camino ha sido largo.

Él me contestó enfurecido:

—¿Y qué esperabas? ¡¿Eh?! ¿Tú has visto cómo vas? Si ya te decían cosas antes, joder.

—¡¡Eh!! —exclamé con autoridad—. Que yo puedo vestirme como me dé la gana y nadie tiene derecho a decirme nada, ¿te enteras? ¿Ahora qué eres? ¿Uno de esos machistas que justifican una violación porque “ella se lo había buscado”?

—Vale, sí, lo que tú digas, tía.

Encerrada en mi habitación tuve sentimientos encontrados. Por un lado, me parecía injustificable su reacción y por otro sentía que se me había ido el juego de las manos, y que cada paso que daba solo servía para alejarme un poco más de él. Ni yo misma sabía, en realidad, que es lo que quería. Me quedé en bragas y sujetador, dispuesta a ponerme ropa cómoda de ir por casa, cuando mi hermano irrumpió en mi cuarto.

—Perdona —oí que decía una voz detrás de mí.

—No pasa nada —dije bastante seria mientras doblaba el uniforme con la intención de guardarlo.

—Has cambiado, es normal, tengo que aceptar que se fijen en ti, pero odio las cosas que te dicen.

—Olvídalo —dije—. Estoy acostumbrada.

Noté entonces que algo duro se pegaba contra mis nalgas desde detrás, con decisión, pero cautela, supe que se trataba de la erección de mi hermano y de reojo pude ver que él también iba en ropa interior. Quise sentirme incómoda, pero no pasó.

—¿Por qué hiciste lo que hiciste con Sergio? —me preguntó con voz dolida.

Hubo un pequeño silencio, incómodo y sin que en ningún momento se separara de mí. Yo seguí en pompa, había terminado ya de doblar la ropa, pero no me veía capaz de reaccionar.

—Todo el mundo merece que alguien le regale alguna vez un orgasmo.

Su miembro viril se arrimó aún más a mi anatomía y sentí su mano acariciar mi espalda semidesnuda. Pensé en darme la vuelta, pero no lo hice. Ambas manos me acariciaban ahora los muslos, muy cerca de las ingles.

—Deberías haberle pedido lo mismo a cambio —me dijo sin dejar de frotarse contra mi trasero, separados solo por la ropa interior.

—Soy una chica generosa, y además no es mi tipo —dije sintiendo sus dedos subir por todo mi cuerpo hasta agarrarme los pechos por encima del sujetador.

Estaba excitada, más que en ninguna fantasía o mirando algún poco imaginativo vídeo porno, más que en toda mi vida. Seguí con las manos apoyadas en la cama, ofreciéndome, disfrutando de las caricias sin poder verle. Una de sus manos se había colado por dentro de mi sostén, manoseándome mi pequeño pecho, mientras la otra me acariciaba el sexo por encima de las braguitas, todo sin dejar de notar su falo contra mi culo. Sin previo aviso adentró sus dedos por dentro de la ropa interior y comenzó a acariciarme mis partes, recreándose en el clítoris y frotándolo con movimientos circulares y pausados.

—Mmm.

Me temblaron las piernas, pero aguanté como pude dispuesta a disfrutar de aquellos impúdicos y prohibidos tocamientos. Mis bragas estaban ya completamente fuera de su lugar mientras él seguía masturbándome, jugando con mi clítoris y penetrándome ligeramente con uno de sus dedos.

—¡Mm! ¡Mm!

Continuó toqueteándome, el sexo y los pechos, sintiendo su falo en la raja de mi culo, ansioso por salir de su bóxer. Mis piernas cedieron, del placer, de la pose, y terminé sobre la cama. Me tumbé, expectante, cachonda. Él me quitó las bragas por los tobillos y se deshizo de ellas, me abrió las piernas y colocó su cabeza entre mis muslos. En el primer contacto de su lengua contra mi vagina estuve ya casi a punto de correrme.

—¡Mm! ¡Oh! ¡¡Oh!!

Trabajó entonces mis partes, lamiéndome, penetrándome e incluso mordisqueándome mientras que yo, instintivamente, le agarré con fuerza el pelo.

—¡Ah! ¡Ah! ¡¡Ah!! ¡Mm!

Enseguida noté como se apretaban mis muslos y se contraía mi vientre, alcanzando un tipo de orgasmo increíble que ni siquiera sabía que era capaz de tener. Se levantó de la cama y se quedó de pie mirándome, con el pronunciadísimo bulto de su calzoncillo como si me apuntara.

—Estoy exhausta —contesté sincera contorsionándome aún por el placer.

Él, con rostro comprensivo, liberó su erección y comenzó a masturbarse si dejar de mirarme, escudriñando mi cuerpo.

—Tócame y hazme lo que quieras, pero te juro que no me puedo ni mover.

Él prosiguió con la paja mientras alargaba un brazo para toquetearme de nuevo el pecho, yo apenas podía sentir ya el contacto, mi cuerpo era todo placer. Aumentó el ritmo de los tocamientos y vi como su cara parecía desesperada, anhelando llegar al clímax sin que dejase de sobarme las tetas en busca de inspiración. En el último momento, me incorporé como en un arrebato y me llevé su trozo de carne a la boca. No me dio tiempo a hacer más, en cuanto el glande se sintió resguardado por mis labios se corrió, llenándome de leche hasta la campanilla y gimiendo sin disimulo. No me gustó nada la sensación, pero sentí que se lo debía dada su generosidad. Agotado él también, volvió a ponerse el bóxer y, no después de sonreírme, se fue de mi habitación.

8

Llevaba meses sintiéndome un poco un objeto. Quizás algo exótico, o grotesco, pero claramente me había convertido en una especie de fetiche inconfesable para algunas personas. No sentía lo mismo cuando estaba con Jorge. Sentía que le gustaba por quién era, no por mis peculiaridades. Me hacía sentir guapa, deseada.

 Aquella mañana de sábado me encerré en el baño dispuesta a cambiar mi imagen. Primero embadurné todo mi pelo dispuesto a teñirlo de azul índigo, según la descripción del propio tinte. Esta vez todo mi cabello, y no unos discretos mechones. Mientras el color actuaba, decidí hacer lo mismo con mis cejas, e incluso con mis pestañas con un producto especial, despidiéndome así del blanco y el dorado de todo mi pelo. Llena de adrenalina por aquel radical cambio de imagen, me animé también a tintar del mismo color mi vello púbico, recortado previamente en una forma triangular.

Una hora y una ducha después observé emocionada el cambio, parecía salida de un dibujo anime, o de alguno de los videojuegos de rol que tanto gustaban a mi hermano. Con cierto miedo a salir del baño, decidí también pintarme las uñas, tanto las de las manos como las de los pies, eligiendo esta vez un color morado. Desnuda, con algodoncillos entre mis dedos de los pies esperando a que se secara el esmalte, me observé en el espejo. Nunca me había sentido tan guapa, tan especial. Me gustaba mi cuerpo, solo habría pedido tener una talla más de sujetador, pero el conjunto debo reconocer que me satisfacía.

Aprovechando que ese fin de semana mis padres estaban de viaje, elegí muy bien mi look. Tan sencillo como sugerente, un simple peto corto vaquero. Debajo, nada. Sin sujetador, sin bragas. De nuevo me observé en el espejo, de lado, por detrás. Se veía escotado, sexy. Por el lado se asomaban mis pequeños senos, incluso el pezón depende de mi postura y resaltaba también mi culo, convirtiéndolo en una especie de apetecible cereza. Pensé que si iba así vestida al colegio terminaría, casi seguro, violada, pero lejos de indignarme me excité.

Salí finalmente del cuarto de baño y me fui al comedor, pero allí no había nadie. Con cierta inseguridad, casi a hurtadillas, decidí irrumpir en la habitación de mi hermano. Al entrar lo vi tumbado en la cama, con los ojos cerrados y tapado solo con una sábana, debajo de la misma un movimiento rítmico y sospechoso no dejaba lugar a dudas, se estaba masturbando.

­­­—¡¿Jorge?! ­—exclamé entre sorprendida y disculpándome.

Él abrió enseguida los ojos y paró en seco, dando un respingo por el susto.

­­—Jolín perdona —me excusé tapándome a boca y mirando hacia el suelo—. Ya me voy.

­—Espera —dijo justo cuando estaba a punto de salir por la puerta.

Me di la vuelta y nos miramos, descalza solo con aquel peto me sentí casi tan desnuda como si no llevara nada. Él no dijo nada, siguió repasándome con su mirada hasta que decidió liberarse de la sábana y mostrarme su cuerpo marcado, desnudo, con el miembro completamente erecto.

­—Ya veo que… estabas…

—Sí, haciéndome una paja ­­—respondió mi hermano.

—Sí… eso…

Tenía el pene enorme, o eso me pareció. Creo que incluso más grande de lo que me había parecido días antes. Me hizo un gesto invitándome a sentarme en la cama, me sentí como el pobre Sergio la tarde que decidí “aliviarlo”. Sentada a su lado me di cuenta de que no podía retirar la vista de sus genitales ni sus abdominales, casi hipnotizada. Jorge me agarró la mano y me la puso sobre su falo, invitándome a que continuara con el trabajo que había empezado él previamente.

Instintivamente comencé a subir y bajar su piel, lentamente, casi de manera mecánica. Él agarraba a su vez mi mano, acompañando los movimientos y gimiendo. Seguí con los movimientos cuando noté que su mano libre se colaba por dentro del peto, agarrándome el pecho y manoseándolo a placer. Mi cuerpo estaba caliente, a punto de explotar, tan excitada me sentía que me costaba incluso seguir pajeándole.

­­­—Mm, ¡mm!

Aumenté ligeramente el ritmo, con movimientos más largos y profundos mientras él magreaba mi pecho a voluntad.

­—¡Mm! ¡¡Mm!!

Paró entonces, separando mi mano de su vigoroso miembro. Me giré para entender que pretendía, su cara era de pura lujuria. Me agarró de mi pelo azul y acercó mi cara a la suya, quedándome tumbada sobre él. Nos morreamos, nuestras lenguas se entrelazaron y compartimos las babas hasta que mi hermano decidió que ya era suficiente. Hábilmente, volvió a agarrarme de la caballera con cuidado y llevó mi cabeza de nuevo hasta su polla. Había quedado claro qué es lo que buscaba y yo estaba dispuesta a complacerlo, sin pensármelo me metí su pedazo de carne a la boca y comencé la que era, realmente, la primera felación de mi vida, no pudiendo contar mi último y fugaz intento con él.

Con tan solo la información obtenida del porno, subí y bajé mis labios por aquel tronco macizo, evitando hacerle daño con los dientes y jugueteando mi lengua con su glande. Seguramente era inexperta, pero sus gemidos delataban su placer.

­­—¡Mmm! ¡Mm! ¡Mm! ¡Ohh!

Mientras seguía con la maniobra me agarré el escote del peto y lo di de sí, enseñándole lo que pensé que sería una buena y sugerente perspectiva de mi canalillo.

­­­—¡Ohh! ¡¡Ohh!! ¡Mmm! Qué bien lo haces, ¡qué bien lo haces!

De nuevo sus manos sobaron mis pechos, intentando yo no desconcentrarme y subiendo la intensidad de la mamada, sintiendo también mi entrepierna completamente húmeda.

­—¡Oh! ¡Oh! ¡¡Ohh!!

­—Avísame. Avísame, ¡eh! —le advertí separándome de sus genitales un momento, recordando la desagradable sensación de recibir su simiente en mi boca.

Él siguió magreándome y yo succionando, agarrándole también la base del tronco para acompañar la felación de una paja.

­—¡Oh! ¡Oh! ¡Ohh! ¡¡Oh!! ¡¡Oh!! ¡¡Ohhh!!

En su último gemido eyaculó, obviando mis órdenes de avisarme y descargando sus dos primeros chorros dentro de mi boca y, el resto, impactando sobre mi cara al intentar retirarme.

­—Ostras tete, ya te vale ­—me quejé escupiendo sobre su moqueta—. Que puto asco, tío.

—Perdona, perdóname Blanche ­­—se excusó él—. Te juro que no me ha dado tiempo a retirarme.

Seguí escupiendo, asqueada, pero eso no evitó que se me pasara la calentura. Esforzándome por poner cara seductora, retiré los tirantes del peto de mis hombros descubriendo mis pechos y me los agarré, masajeándolos y relamiéndome sin dejar de mirarle, pero él parecía incapaz de reaccionar.

­—Lo siento, los tíos somos así, una vez disparamos nos quedamos sin monición por un rato.

Puse cara de profunda decepción, sintiéndome incluso ridícula.

—No me hagas esto, estoy caliente como nunca.

­—Joder hermanita, lo siento, si quieres te toco un poco, pero estoy agotado.

Completamente insatisfecha, terminé quitándome el peto y volví a tumbarme sobre él, desnuda esta vez, como buscando un milagro. Restregué entonces mi sexo contra sus partes, sintiendo su cada vez más flácido miembro frotándose, sin vida, contra mí.

—Mm, mmm, vamos hermanito cuéntame, que le gustaba a Noe que le hicieras.

Seguí restregándome como una gata en celo, obteniendo placer de él como si se tratara de un defectuoso, pero aún efectivo, vibrador.

—No seas guarra —me dijo él casi en un susurro, completamente relajado.

—Jolín va, cuéntame, cuéntame cómo era follártela. ¿Te la chupaba? ¿Lo hacía mejor que yo? Mmm, ¡mm!

Mis tetas también friccionaban contra su pectoral, estimulándose así mis pezones.

­­—¡Mm! Vamos, vamos dímelo, me lo debes…

Finalmente contestó como en un arrebato:

­—Por mi cumpleaños me dejó darle por el culo, era mi sueño. No te puedo decir si le hizo daño o no, estaba tan cachondo que con solo meterle la puntita me corrí como un gilipollas.

La historia me puso aún más cachonda, me deslizaba cada vez más rápido sobre su definido cuerpo, incluso me pareció notar como su falo se endurecía ligeramente debajo de mis muslos.

­­—¡¡Mm!! ¡Mm!! ¿Y a mí? ¿Me dolerá a mí cuando me folles?

La última palabra fue ya casi ininteligible, me corrí con la fuerza de un río desbocado, alcanzando un fortísimo orgasmo que me dejó abatida sobre él, casi inerte pero colmada de placer. Supe entonces que nuestro juego difícilmente tenía marcha atrás.

Jorge y Blanca

El domingo siguiente ambos jóvenes se levantaron calientes, como si hubiera el acuerdo tácito de terminar lo que llevaban semanas buscando, fue mayor la frustración cuando vieron que sus padres habían regresado ya, madrugadores y mucho antes de lo esperado. Ni siquiera quisieron saber los motivos de su temprana vuelta, no estaban de humor. Jorge vio a su hermana por el pasillo rumbo a su habitación, vestida solo con un diminuto pantalón del pijama y un top, y decidió colarse con ella en el dormitorio, arrinconándola contra la pared y metiendo su mano directamente entre sus piernas diciéndole:

—Joder cómo me pones.

Ella apretó los muslos con fuerza, excitada al instante, pero intentando poner cordura a la situación.

—Shh, tranquilo tete, no te vuelvas loco.

—Es que no me puedo aguantar —replicó él sobándole el sexo y los pechos por encima de la ropa.

Blanca hizo una mueca de placer contenido.

—No puede ser, hoy no, si nos ven nos matan.

Él siguió metiéndole mano unos instantes hasta que oyó la voz de su madre buscándole en el pasillo. Se detuvo entonces, disimuló su erección antes de salir de la habitación y le susurró a su hermana al oído:

—Ponte algo sexy, nos vamos.

Veinte minutos después se encontraron en el vestíbulo, Jorge vestido con un chándal y llevando una mochila y ella, obediente, con una minúscula falda, unos calcetines largos hasta las rodillas y un top. Al verlos su madre les preguntó:

—¿Dónde vais, señorito deportista y señorita azul?

Jorge, que lo tenía todo previsto, respondió:

—He quedado con Sergio para echar unas partidas y me llevo a esta para que se airee un poco, que se pasa el día con los libros.

—Vale, pero venís a comer, ¿no?

—Sí mamá.

Blanca ni siquiera preguntó cuál era el plan, tan solo miraba a su hermano con lascivia. Se montaron en un autobús con la única intención de alejarse del barrio, evitando las miradas conocidas. Durante el trayecto Jorge se notó de nuevo a punto de explotar, viendo las largas y desprotegidas piernas de su hermana en el asiento de al lado, colocando sus libidinosos dedos en su muslo y acariciándolo impúdicamente.

—Estate quieto —le ordenó la hermana un poco ruborizada al ver cómo se acercaba cada vez más a su entrepierna.

—Tranquila, no nos ve nadie, y menos alguien conocido —insistió él sin dejar de manosearle la cara interna de la pierna.

Finalmente se bajaron del transporte y el hermano le agarró la mano, guiándola hasta un enorme parque que parecía estar lleno de rincones discretos. Eligieron uno entre los pinos y Jorge se abalanzó sobre ella empotrándola contra un árbol, clavándole el bulto del chándal sobre sus partes y besándola apasionadamente.

—Joder Blanche, qué ganas te tengo.

Su mano se había metido ya por dentro del top y le magreaba los pechos, su bayoneta presionaba contra su sexo y la mano libre se colaba entre su trasero y el árbol para sobárselo también.

—Tranquilo vaquero, tranquilo… —dijo ella algo superada.

Él, a pesar de estar excitadísimo, bajó un poco la intensidad de las caricias y subió la temperatura del morreo, buscando que se sintiera cómoda.

—No te preocupes, aquí nadie nos verá.

Más tranquila, decidió corresponderle, agarrándole la erección por encima del pantalón de deporte y frotándosela con movimientos verticales.

—Mm, ¡mm!

Se metieron mano mutuamente, con él colando los dedos dentro de la ropa interior para jugar con su clítoris y ella imitando la técnica, con la mano dentro del pantalón y comenzando una dificultosa paja. Se dio cuenta Jorge entonces de que estaba demasiado excitado y decidió separarse un poco, agarró la mochila que esperaba en el suelo y de ella extrajo una toalla que extendió sobre el césped. Blanca se tumbó sobre ella, abriendo las piernas y levantando las rodillas como una parturienta y subiéndose la falda, mostrándole la ropa interior. El hermano le retiró lentamente las bragas y se colocó entre sus piernas, tumbándose encima y con su falo presionando sobre el sexo desnudo, con solo su ropa de separación. Volvieron los besos, interrumpidos solo por la hermana:

—Recuerda que soy virgen.

Él le mordisqueaba el cuello y los labios, respondiéndole:

—Tranquila, seré muy cuidadoso.

Se bajó entonces el pantalón y el bóxer hasta las rodillas, colocó el glande en la entrada de su cueva y, al notarla lubricada, empujó con cuidado.

—¡Mm! ¡Mm! —gimió ella con expresión de incomodidad.

Con solo la punta del pene entrando le preguntó:

—¿Estás bien?

—Sí, sí…tranquilo… sigue.

Empujó de nuevo hasta meter la mitad de su herramienta y, a pesar de sus gemidos de dolor, decidió penetrarla hasta el fondo pensando que sería lo mejor.

—Ah, ¡ah! ¡Ah! Au, ¡au!

El hermano estaba demasiado excitado, esa dificultosa penetración, haciéndose camino dentro del estrecho, aunque húmedo túnel, le tenían ya casi a punto de estallar. Preguntó:

—¿Cómo vas? ¡Mm! ¿Te duele mucho? ¿Paro?

—¡Ah! Sí, ¡sí! Digo no, no pares, no pares, no te preocupes.

Realmente sentía un dolor fuerte, pero estaba demasiado excitada como para darse por vencida. El hermano comenzó entonces a moverse ligeramente, acomodándose mejor y comenzando una discreta maniobra de mete-saca lo más delicada posible.

—¡¡Ah!! ¡¡Ahh!! ¡¡Ahhh!! —se mezclaron los gemidos de placer y dolor.

—¡¡Oh!! ¡¡Ohh!! ¡¡Mmm!! ¿Seguro que estás bien eh? ¡¡Ah!!

Fueron aumentando las embestidas.

—Sí, síi, tranquilo, ¡tranquilo! ¡¡Au!!

A pesar de la dificultad Jorge estaba disfrutando como nunca, inundado del morbo de la situación, con su propia hermana, desvirgándola, al aire libre, con su falo prisionero en ese placentero y ansiado túnel. Ella estaba sufriendo dolor, pero este cada vez era menor, dejando paso al placer.

—¡Ahh! ¡¡Ahh!! ¡¡Ahhh!! ¿Cómo vas? ¡¿Cómo vas?! —no dejaba de preguntarle mientras seguía penetrándola.

—Bien, joder, ¡bien! ¡Deja de preocuparte y fóllame!

Después de oír eso el hermano, excitadísimo, aumento la potencia de las acometidas, sintiendo ahora las ingles de ambos chocar, con el culo del a hermana rebotando contra la toalla.

—Oh, sí. ¡Oh! ¡¡Síi!! ¡¡Ohh!!

—Eso es tete, ¡eso es! Ahora sí, ¡sí! ¡¡Mmm!! ¡¡Mmmm!!

—Blanca, Blanquita, ¡¡mm!! Joder tía me estoy a punto de correr, estás tan buena, eres tan estrechita, ¡¡ahh!!

La embestía ahora con fuerza, sintiendo como los muslos de ella se enroscaban en su cuerpo y como levantaba incluso la pelvis, moviéndose ahora también al son de las penetraciones.

—¡Ah! ¡Ahhh! Sal antes de correrte eh, ¡sal eh!

—¡Ah! Sí, sí, tranquila, tranquila, yo controlo, ¡ohhh mmm!

No pasó ni un minuto cuando Jorge se corrió, penetrándola hasta lo más profundo y descargando toda su leche templada en su interior, obteniendo un descomunal orgasmo entre potentes espasmos. Blanca se dio cuenta, pero cuando sintió contraerse su miembro en su interior no tuvo voluntad para evitarlo, llegando también al orgasmo entre lágrimas de puro placer. Él se quedó momentáneamente tumbado sobre ella, ensartándola aún con su instrumento y dándole un par de cariñosos besos en la mejilla.

—Perdona Blanche, no he sido capaz de salir.

Al retirarse con cuidado, pudo ver un hilo de sangre deslizarse en el muslo de su hermana, se puso bien la ropa y volvió a su mochila para lanzarle otra toalla, esta vez más pequeña para que pudiera limpiarse.

—No te preocupes —contestó ella consciente de que en realidad no quería que saliera en el momento del clímax.

Descansaron un poco, recuperando el aliento e intentando bajar las pulsaciones, limpiándose ella para después ponerse la ropa interior y adecentarse la ropa.

—¿Estás bien? —volvió a preguntar el hermano realmente interesado.

—Ha sido horrible…y a la vez maravilloso.

Ambos sonrieron.

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