LUIS5ACONT

Amanece que no es poco.

Julián se encontraba tumbado en la cama, viendo cómo se disipaba la última voluta de humo procedente del cigarrillo que acababa de fumar junto a la ventana, abierta para ventilar.

Tenía ya cogida la hora y a pesar de que anoche se acostaron tarde, el primer rayo de sol ya lo desveló. Pensaba en Laura. Ojalá hubiera podido despertar a su lado, en vez de en la planta baja de aquella casa que habían alquilado sus suegros, solo y sin poder aplacar cierto remordimiento ¿Qué había sido de aquel Julián de hierro, insensible y voraz, que iba haciendo muescas en la culata de su revólver con cada chica que pasaba por su cama? O más bien la pregunta es: ¿lo echaba de menos?

En cierta forma sí. La vida es más sencilla y más fácil cuando solo tienes que pensar en ti. Todo se simplifica bastante. Lo que pasa, es que el Julián de toda la vida era incompatible con Laura y todo lo que ella prometía. Él, que siempre se había reído de las parejas que se decían enamoradas. Y ahora mira: renunciando a todo lo que hubiera que renunciar para no perder a esa chica que se le había metido en la cabeza y en el corazón ¿Era eso el amor?

Ahora empezaba a entender muchas cosas. Las tonterías que hace la gente cuando dice que se quiere. Sabes que vas a en contra incluso de ti mismo, pero no puedes renunciar. Por primera vez había encontrado una chica que no era simplemente un reto, sino algo más. No acababa todavía de entenderlo muy bien, pero estaba dispuesto a hacer cualquier cosa para estar con ella, aunque fuera tirar por la borda un buen futuro. Un futuro que hasta entonces pasaba por seguir con Leonor, disfrutar de ella, garantizarse un puesto de trabajo cómodo y bien renumerado y formar familia para afianzar su posición. Con hijos de por medio, el suegro tendría que tragar todo. Y cuando llegara la rutina (que seguramente llegaría), ya se buscaría la vida por su cuenta para echar alguna canita al aire. Todo muy de manual y muy sencillo hasta que se le cruzó Laura por el camino. Un cambio nefasto que suponía el disgusto del siglo para su novia, crearse un enemigo para toda la vida en su suegro, poner en peligro el trabajo de sus hermanos y lanzarlo a él, a la incertidumbre de tener que buscarse la vida.

¿De verdad estaba dispuesto a tirarlo todo por la ventana y a dar el paso? Palabras mayores que le provocaron un estremecimiento. Mierda de amor o de lo que quiera que fuera aquello. Lo peor de todo es que sabía que no podía elegir. Cada vez que respiraba, cada vez que cerraba los ojos, como una imagen obsesiva, se le aparecía Laura. En fin, tiempo: necesitaba tiempo para terminar de aclararse y para que todo fuera conectando.

¿Y cómo encajaba todo aquello con el polvo que habían echado anoche? Recordó a Leonor enseñándole la casa, entusiasmada por pasar todo un fin de semana con él. Sobre todo, cuando la enseño su cuarto, arriba, con su propio baño.

– Mira: tiene bidé – Afirmó sonriente, sin que Julián captara el sentido.

– Pues no sabes lo que me alegro ¿qué pasa, que en tu casa no hay?

– Idiota – dijo ella poniendo ojos de gata – Es para quitarme la tierra del conejito esta noche cuando volvamos – le susurró al oído llevando la mano a su paquete.

¡Qué Leonor más distinta a aquella chiquilla que había conocido con dieciséis años, cuando empezaron a tontear! Un año más hasta que formalizaron la relación. Tuvo que robarle los primeros besos y arrancarle casi en contra de su voluntad las primeras caricias. Conseguir que se liberara de la vergüenza y disfrutara, fue labor de meses. Hasta que por fin lo acabaron haciendo. Recordó que la primera vez ella lloró. No por dolor, si no por una mezcla de remordimiento, culpabilidad y emociones a flor de piel. Pronto, aquello dejó de tener importancia y ella se fue soltando.

Pero estos últimos cuatro meses, algo parecía haber cambiado. Como si la chica hubiera madurado más en este tiempo que en todo lo que llevaban de relación.

Fue ella la que tomo la iniciativa de separarse de sus padres, después de cenar, para dar un paseo; la que ya tenía bicheado el sitio a dónde dirigirse; la que se sacó las bragas con prisas y casi le arranca los pantalones para apresar su miembro, que chupo y lamió haciéndole una garganta profunda que lo dejó pasmado y que tuvo que interrumpir para no irse demasiado pronto.

Tuvo la sensación de que era su novia la que lo follaba, a pesar de estar Julián encima bombeando. Así llegó su primer orgasmo, normalmente se conformaba con uno. Pero luego, sin solución de continuidad, ella se subió encima y continuó apenas él se pudo recuperar. Tuvo que insistir en ponerse el condón, porque la chica se la metía a pelo: quería sentirlo al natural, decía totalmente desbocada. Como si nada le importara y no hubiera nada más en el mundo que aquella duna y ellos dos.

Se masturbó furiosamente mientras lo cabalgaba, consiguiendo un orgasmo todavía más fuerte que la anterior, vaciándose esta vez sí, de todos sus flujos sobre su pubis. Tuvo que reconocer que, aunque su mente iba por otro lado, en dirección sureste, al final lo puso cachondo. No he pudo ignorar tanta pasión y entrega. Tanto deseo desbocado en aquella chica que ahora parecía distinta. Más zorra, más vulgar, pero mucho más apasionada y por lo tanto, más interesante.

La que se conformaba con un solo orgasmo, todavía lo obligo a introducirse entre sus piernas y hacerla llegar con su lengua.

– Lo haces tan bien y lo he echado tanto de menospor favor – le ordenó más que le suplicó.

Joder con leo…Julián no sabía qué pensar ni cómo reaccionar. Al menos, refugiándose entre sus muslos, no tendría que mirarla a la cara y demostrar con su expresión de pasmo que lo tenía descolocado.

Cuando llegaron a la casa ella le preguntó:

– ¿Tienes arena en los huevos?

– Una poca – respondió. Aunque se había sacudido, los granitos se pegaban con el sudor a la piel.

– ¿Ves lo que te decía? pues yo tengo bidet en mi habitación – dijo sonriente.

Él se tuvo que reír.

– Un repaso y mañana estará otra vez listo para volver a la duna… O quién sabe, igual damos un paseo por el pinar. O a lo mejor mis padres nos dejan solos en casa.

– No creo que caiga esa breva.

– Pues ya buscaremos nosotros la higuera – dijo ella decidida, asombrando una vez más a Julián.

El chico se desperezó. Era temprano para hacer ruido. Se giró en la cama y trató de conciliar otra vez el sueño.


Laura se despertó sudando, a pesar de la brisa fresca que entraba por la ventana. Estaba en la cama, franqueada a cada uno de sus lados por uno de los chicos. Pedro roncaba suavemente y Antonio se pegaba a su culo en duermevela, buscando el contacto de forma instintiva. Los tres cuerpos tan juntos, desprendían un calor tibio y húmedo.

Tenía la boca seca, el estómago revuelto y la cabeza era como un tambor que estuviera golpeando un mono loco. Deseó poder refugiarse de nuevo en el sueño, a ver si era posible desconectar de todo y volver a sumirse en aquel vacío oscuro, donde no sentía ni padecía. Pero su vejiga se lo hacía imposible: la habían despertado unas ganas de mear imposibles de contener (demasiada bebida y demasiado ajetreo anoche para tu chichi, Laurita), así que se incorporó, permaneciendo sentada unos instantes, hasta que se le asentó el estómago y la cabeza dejo de darle vueltas. Luego, se escurrió hasta los pies de la cama y se dirigió al cuarto de baño tambaleándose.

Mientras orinaba sentada en el váter, el espejo le devolvía un rostro cansado y confuso, como el resto de su cuerpo. No quiso verse. No estaba preparada para digerir todo lo que había sucedido. Anoche, el alcohol, las drogas y el sexo habían contenido el desastre, pero ahora ya no había euforia, cabreo, ni deseo. Solo un gran vacío ¿Qué es lo que le esperaba? ¿En qué consistía su vida? Al parecer, en ir de decepción en decepción ¿Es que no había ningún hombre ahí fuera que no estuviera dispuesto a joderla de una forma u otra?

Después de una larga meada, se secó con algo de papel higiénico y se levantó dirigiéndose al dormitorio. Se apoyó en el marco de la puerta lanzando un vistazo hacia el interior, donde los dos chicos dormían aún.

Su cama llena pero su vida vacía, pensó con tristeza. Fue hacia la cocina y se sirvió un vaso de agua, rellenándolo en dos ocasiones más hasta calmar su sed. Luego, puso café en la hornilla y mientras se hacía, recorrió el salón encontrando sus bragas y una camiseta que se puso sin darle demasiadas vueltas. No había traído ninguna muda, llegó con lo puesto.

La cafetera comienza a silbar y un aroma intenso invade el estudio. Toma un vaso de cristal que se le escurre de entre los dedos y cae al suelo, haciéndose mil añicos que se esparcen por todos sitios. Exactamente igual que su corazón ayer por la tarde, cuando le confirmaron que su Julián le ponía los cuernos con otra, o que le ponía los cuernos a la otra con ella, qué más da.

Todavía está mareada y torpe ¿qué te pasa Laura? le estás exigiendo demasiado a tu cuerpo que todavía no está en este mundo. Respira un par de veces profundamente y luego toma la escoba y recogedor, barriendo los pedazos lentamente, con parsimonia, como si fuera un ritual.

– Hostia ¿qué ha pasado?

El Malaguita aparece en la entrada del pasillo. Se pasa la mano por la cara llena de lagañas. Está desnudo, la polla le cuelga como un péndulo, morcillona, gorda, con el glande rosado. A Laura le pone verlo así, tiene su atractivo, incluso en medio de la resaca. Ni su cuerpo ni su alma están para fiestas, pero su chichi se rebela y el muy hijoputa insiste en mojarse, como si no hubiera tenido bastante trabajo la noche anterior. No es capaz de recordar cómo llegaron del sofá a la cama, ni cuantas veces folló con quien.

“¿Qué me pasa? ¿Por qué me pongo así cada vez que le veo el nabo a éste?” – se pregunta Laura – “en medio de toda la me está cayendo y yo, poniéndome tontorrona”.

– Nada, solo es un vaso roto – responde.

– Huele a café…

– Sí, anda siéntate, que te pongo uno – ofrece Laura. El chico no tiene la culpa de su desorden interno, así que ¿qué le cuesta ser un poco amable?

– Solo una gota de leche, por favor.

Antonio mira desconcertado el revuelto salón, donde los restos de la juerga de anoche se desparraman desordenados.

– Busca: yo al final he conseguido encontrar mis bragas.

-Pues tiene su mérito, no creas.

Unos minutos después, el de Málaga ya ha conseguido enfundarse una camiseta y ponerse unos calzoncillos, y se sienta frente a una de las dos tazas humeantes que ha servido Laura.No puede dejar de observarla: la chica hace un mohín y se sopla un mechón rizado que cae sobre su cara.

– ¿Qué miras? vaya ruina de estoy hecha.

– Estás guapísima, más que nunca.

Ella le sonríe cansada. Reconoce la tentativa del Malaguita de aplicar bálsamo en su herida, no deja de doler, pero agradece el intento.

– ¿Hay café?

El gallego se acerca. Es más rápido y por el camino recoge su ropa interior y se la pone, como si supiera exactamente dónde la había dejado la noche anterior.

– Sí Pedro ¿te preparo uno?

– Tú estate quieta que ya me lo hago yo.

Se respetan los silencios y esperan hasta que el gallego se sienta. Lita empuja el paquete de magdalenas de chocolate al centro de la mesa y Pedro coge una.

– Dice Laura que está muy fea esta mañana – comenta Antonio, mientras moja a su vez otra magdalena.

– ¡Ni de coña! ojalá viera una cara así al despertar todos los días en vez de la vuestra, qué parecéis cabras estreñidas.

Laura se ríe con todo el dolor de su corazón. Es lo último que le apetece hacer ahora, pero el humor serio (a lo Eugenio) del gallego, le ha tocado la fibra.

– Vaya dos que estáis hechos…

Pedro y Antonio se miran con una sonrisa de circunstancias. Aquella chica tiene la virtud de hacer desaparecer el mal rollo, y la competencia entre ambos queda una vez más aplazada. A ninguno le disgustaría repetir, esta vez si es posible, como plato único, pero no al precio de su amistad y mucho menos de hacerle daño a Laura. Con un Madriles es suficiente.

– Y ahora ¿qué? – aventura Pedro.

– ¿Qué de qué? – devuelve Laura la pregunta.

– Pues ¿qué vas a hacer?

Laura, se toma unos segundos. La verdad es que no hay mucho que pensar, pero le duele la respuesta.

– Coger mis cosas e irme a Algeciras, gallego. Aquí ya no pinto nada.

De nuevo el silencio. El Malaguita le echa valor y es el primero en romperlo.

– Nosotros estamos contigo – Lo dice en plural, asumiendo ser el portavoz y lentamente, para que el gallego lo pueda corregir si no está de acuerdo.

El otro asiente, despacito,

– Estamos contigo Lita. Eduardo y el Cordobita también ¡Me cago en la ostia, carallo! hasta a la Mora la caes bien, que me lo ha dicho Juan Antonio.

Ella sonríe y agradece sin hablar, pero todos saben que no tiene sentido darle más vueltas al asunto.

– ¿Y qué vamos a hacer? ¿Repetir la orgía todos los fines de semana? No, que les den por culo a San Fernando y a toda la Marina.

– No lo decía por eso.

– Lo sé, lo siento, no me refería vosotros con lo de la Marina, me refería a… Joder, perdonadme: no sé lo que digo, ni lo que hago.

– No tienes que disculparte: nosotros pensamos igual que tú – dijo el gallego levantando el vaso de café y proponiendo un brindis:

– ¡Que le den por culo a San Fernando y la Marina!

– ¡Que le den! – se suma el Malaguita haciendo chocar su vaso.

– ¡Que le den! – se une Laura mientras dos lágrimas corren por sus mejillas


Virginia se estira apática sobre la toalla. Luce un sol de justicia en la playa de la Barrosa, apenas contenido por sus gafas oscuras que también ocultan sus ojeras. Desde la pelea con Julián le cuesta dormir. Apenas ha remitido su enfado, que ahora dirige contra ella misma, por inocente e inexperta que diría su madre. Por imbécil y tonta que dice Alejandra, que mira que te lo advirtió. No juegues con militares de reemplazo. Y con tipos como ese menos aún. Su familia tiene una casa cerca, de la que su padre se siente muy orgulloso. Es muy de aparentar y ahora lo más entre la oficialidad, es tener segunda residencia en la costa Chiclanera. De modo que aquí se ha venido, para no tener que ver (al menos en unos días) la mirada de “ya te lo dije” de su amiga. Y a poner distancia y tiempo entre San Fernando y sus sentimientos, a ver si se calman las aguas revueltas que aún le siguen descomponiendo el vientre y su corazón. De pequeña se le soltaba la barriga cuando se llevaba un berrinche o sufría estrés, lo que en más de una ocasión la ponía en situaciones muy incomodas. Pensaba que lo había superado, pero desde el otro día no para de ir al baño.

– Uffff que calor…niña ¿no te bañas?

– No me apetece mamá – contesta con la mirada perdida más allá de la línea donde rompen las olas.  “Y no me llames niña, que ya no soy virgen”, piensa para sí.

Eso es lo que más le jode de todo, que su virgo se lo haya llevado un indeseable. Todo lo bien que se lo pasó, todo el placer de su estreno sexual, quedará ahora como un recuerdo emborronado y sucio por culpa de ese aprovechado.

– Hay camarones, oiga, hayyyyyyyyyyy camaronessss – grita un vendedor que recorre la orilla cesta al hombro, con la camisa blanca inmaculada y el rosto negro de pasarse el verano pateando arena, playa arriba y abajo.

– Virginia ¿me traes un cartuchito?

Ella parece pensárselo, pero al final, se levanta y toma las monedas que le ofrece la madre.

– Tráete otro para ti.

– No me gustan los camarones mamá – ¿por qué se empeña en que coma marisco si sabe que no le cae bien?

– Tu tráelos que yo me los como si no… – interviene su padre sin levantar la vista del periódico.

– Corre que se va el hombre.

¿Que corra? Sí claro, como que el vendedor se va a salir de la playa. Que tonterías dice su madre, parece que le habla a una Virginia de diez años. Sin prisa, sigue al vendedor. Sabe que se parará unos cincuenta metros más adelante para descansar y vocear de nuevo su mercancía. Lo tiene medido, es ya la cuarta vez que ronda hoy por allí. Y también ayer, y antes de ayer. En realidad, no ha hecho otra cosa que mirar y dejar pasar el tiempo en los días que lleva en La Barrosa. Todo transcurre como a cámara lenta y se siente agotada a pesar de no hacer nada. Pero parece que eso la ayuda a sobrellevar el desengaño, que ahora sabe que tardará en curar ¿Dejará cicatriz? ¿Será ésta muy fea? Todavía le queda mucho que aprender de la vida. Ojalá no todas las lecciones sean tan dolorosas.

Una pareja viene en dirección contraria. El chico le resulta vagamente familiar. Achina los ojos para tratar de ver mejor ¡No puede ser!  Como si hubiese invocado al diablo con sus pensamientos, este se materializa sobre la arena ¡Julián! ¿Pero qué coño hace ése aquí?

Camina distraídamente de la mano de una muchacha ¿La misma que vio Alejandra? No parece, según su amiga era alta, morena y con el pelo rizado. Esta es más bien bajita y con el pelo claro y lacio. Que cabrón ¿otra? ¿Pero cuantas novias tiene este tío?

Se gira para que no la vean y camina de vuelta a su sombrilla. Siente un súbito calor en las mejillas. Los pies le arden en la arena tostada por el sol a pesar de las chanclas, pero no menos que su pecho, que se va inflando del enojo y la irritación que tanto le había costado soltar en estos días ¿De qué huye? ¿Por qué tiene ella que sentir vergüenza? Su madre la trata como a una niña todavía, pero es que a lo mejor se lo merece ¿Qué haría una mujer en su lugar? Se detiene y aprieta los puños. Sé una mujer, Virginia, plántale cara y jódele el día igual que él te jodió a ti la vida y la virginidad.

Luego se vuelve y camina a su encuentro, tensa pero decidida. Esa es su playa, de allí no la echa nadie. A diez metros, el Madriles la reconoce y ella disfruta viendo como le cambia la cara a medida que se acerca.

– Hombre, Julián, que sorpresa.


El Madriles duda frente a la chica, que cruzada de brazos y con la mirada fija y desafiante que se intuye tras los cristales ahumados, se acaba de plantar frente a ellos: tiene que optar por el enfrentamiento directo o la contención de daños. Lo más práctico y fácil hubiera sido negar que se conocían, pero Julián intuye que Virginia no se va a retirar sin más. Si en un primer enfrentamiento con el enemigo te retiras a la carrera, este se envalentona y hace una escabechina contigo. Si te pillan por sorpresa, a veces, la mejor opción es atrincherarse lo mejor que puedas y hacerle frente, asumiendo que te va a hacer alguna baja pero que podrás salvar al grueso del pelotón si mantienes la calma. Así pues, decidió no hacer como que no la conocía. Eso solo la hubiera cabreado aún más y la situación se hubiera podido volver inmanejable. La saludaría simplemente como una amiga y se ocuparía luego de convencer a su novia, de que la chica mentía por despecho, en el caso de que viniera buscando pelea.

– Hola Virginia.

– Que casualidad encontrarnos aquí ¿Me presentas?

Julián titubea.

– Mira Virginia, tenemos un poco de prisa.

– Pues no lo parece ¿No estabais paseando? – contesta cerrándoles el camino.

Bien, no se lo va a poner fácil, pero ¿Hasta dónde está dispuesta a llegar? se pregunta.

– Virginia, esto no es necesario.

– No te preocupes que ya me presento yo solita: hola guapa, soy Virginia, Julián y yo estuvimos saliendo hasta hace unos días.

–  Pero ¿qué dice está loca? – interroga Leonor a su novio.

– Ah ¿Pero no te lo ha contado? ¿Y lo de la morena con el pelo rizado tampoco?

– Déjanos pasar Virginia – advierte con mirada torva el Madriles – no quiero discutir contigo. Vamos – le dice a Leo tomándola por el brazo y forzándola a andar.

– Pero… – su novia no encuentra las palabras – ¿Qué está pasando aquí?

– No le eches cuentas. Yo te explico luego.

– Eso, explícaselo todo muy bien. Sin mentiras, si no es mucho pedir – grita una Virginia ya lanzada, deseosa de soltar toda la hiel acumulada, mientras camina a su lado.

– ¡No nos sigas! – amenaza Julián deteniéndose de nuevo y levantando el brazo en un gesto instintivo. La chica se aleja un paso, prevenida pero no asustada. Ya no se va a echar atrás. Un chute de ira la mantiene con la cara roja y los ojos escupiendo veneno hacia él. Los dos se mantienen la mirada, tensos y desafiantes.

– Julián, vámonos – pide Leo nerviosa y asustada, sin saber a qué atenerse con la vista fija en el rostro desencajado de aquella chica. Ya le pedirá luego explicaciones a su novio, pero ahora, no ve el momento de poner arena de por medio para evitar la vergüenza y el mal rato que está pasando.

– Eso, llévatelo, cuanto más lejos de Cádiz mejor. No te arriendo las ganancias, chica, te llevas un buen prenda.

– ¿Pasa algo aquí, hija?

Éramos pocos y parió la prima de Alaska y los Pegamoides, mira por donde ya apareció el que faltaba, masca el Madriles al ver al comandante plantado con los brazos en jarras a menos de un metro. Incluso en bañador (en un ridículo bañador estampado a lo Alfredo Landa), mantiene el aire de hijoputa cuartelero deseando comerse un soldado crudo para desayunar. Un silencio tirante se establece entre el grupo, que finalmente rompe Virginia.

– Nada papá, solo es un quinto deseando acabar la mili para largarse de aquí.

Julián le lanza una mirada de advertencia que pierde fuelle a medida que Virginia se la sostiene sin pestañear. Es su último farol: “no nos interesa a ninguno de los dos que ciertas cosas se sepan, guapa”…envite que la chica le levanta con un nuevo desafío:

– ¿Hay algo que quieras contarnos Julián? ¿O damos por terminada la conversación?

El Madriles rechina los dientes y guarda silencio. Mantiene la pose pero la procesión va por dentro: la mocosa aquella le está dando jarabe de ricino a cucharadas soperas y no puede hacer nada por evitarlo.

El comandante observa a Julián fijamente, no mejor de lo que hubiera mirado a un escarabajo pelotero que corriera por la arenilla.

– Nombre, rango y cuerpo al que perteneces.

– Julián Álvarez Seseña, soldado de primera especialista en el Tercio del Sur, compañía de plana mayor.

– Mi comandante – advierte arrastrando las silabas el cabronazo, dando a entender que más le vale no apear el tratamiento, ni olvidar que aunque este fuera de servicio y en bañador, una estrella de ocho puntas en cada hombro le puede amargar la existencia a un soldado de mierda como él.

– Mi comandante – repite el de Madrid, tratando de que el asco que siente no sea demasiado evidente y pase por un respeto a la autoridad que está muy lejos de sentir.

– ¿Cuánto te queda de servicio?

– Un mes… mi comandante.

– Y ¿qué pasa? ¿Que no estás contento de servir a la patria?

“Pues sí, estoy muy contento, especialmente de servir a hijos de puta como tú, tan estirados que no le caben un alfiler por el culo”, piensa, pero guardándose muy bien de dar esa contestación. La refriega no está para heroísmos: meterse en la trinchera y agachar la cabeza es lo que procede, no vaya a ser que se lleve un balazo perdido, de esos que te joden el día y quién sabe si la vida.

– Estoy muy orgulloso de servir en Infantería de Marina, mi comandante, pero me necesitan en casa: tengo pendiente un puesto de trabajo y debo volver pronto si no quiero perderlo.

Virginia asiente, poniendo una expresión de burla.

– Ah, ahora tienes trabajo: pues nada, me alegro que te vaya bien, aunque dudo que si el ejército no ha podido hacer de ti un hombre, el trabajo lo consiga.

Fue el momento más delicado de todos. Julián podía soportar muchas cosas, pero que pusiera en duda su hombría, era de las pocas que podían sacarlo de sus casillas. Se mordió la lengua consciente de lo que se jugaba con el comandante allí presente: un paso en falso y se le podía poner todo muy cuesta arriba. El esfuerzo por contenerse le hizo desaparecer la sangre de la cara, quedándose blanco. Ahora, la cuestión es lo que iba a hacer Virginia, si lo delataría también frente a su padre, o se contentaría con haber montado el espectáculo delante de su novia. Ella pareció sopesarlo durante unos segundos interminables. Finalmente, se dio la vuelta y dijo:

– Vámonos papá, que la parejita está de paseo y no quiero molestar. Adiós, Julián, que te vaya bien y encantada de haberte conocido.

El comandante dudó un momento. Se veía que se quedaba con las ganas de enterarse bien de qué coño estaba pasando allí: si aquello era un rebote, una chiquillada de su hija o algo más serio, pero finalmente, se dio la vuelta y la siguió sin dejar de volverse un par de veces, lanzando miradas de advertencia, como queriendo indicar que igual la cosa no quedaba aquí. Conocía al coronel de plana mayor del Tercio del Sur. Quizás le hiciera una visita el lunes y le preguntara por ese Julián Álvarez, para informarse a ver de qué tipo de elemento estábamos hablando.

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