GABRIEL B

Capítulo 4

Domingo 11 de marzo del 2018 (madrugada)

                Un detalle puede tirar por la borda hasta el mejor plan. Y el mío estaba lejos de serlo, por lo que resultaba muy fácil que sea frustrado. Pero así y todo Diario, no fue un mal día, ¡Ni de lejos!

— Mandale mis saludos a Laura —encomendó mamá cuando vio que me apoderaba de la llave del auto del viejo.

                Estaba muy contenta de que me lleve bien con su hermana, tanto que no me hinchaba las bolas para venir ella también. Sabía que la tía tenía una edad más cercana a la mía que a la suya, así que veía normal que tuviésemos nuestras juntadas privadas. Incluso una vez soltó en una cena, que yo parecía más bien un hermano menor de Laura.

                Pobre vieja, si supiese las cosas que pasaban por mi cabeza.

— Más que ir a visitar a su tía, pareciera que va a verse con alguna minita —dijo el viejo, quien tenía las cosas más claras.

— Callate gil ¿Cómo querés que vaya vestido? —le respondí.

                No me olvidaba que en la fiesta de noche buena pesqué al viejo, más de una vez, comiéndose con los ojos a tía Laura. Nunca supe si alguna vez le fue infiel a mamá, pero el viejo tiene una pinta de pirata terrible.

— No lo molestes Rubén —le dijo mamá, y con eso bastó para que cerrara la boca.

                Ojo, no me llevo mal con el viejo, y de hecho lo quiero todo lo que un hijo puede querer a un padre medio bruto, con una pésima capacidad de comunicación. Un padre que nunca le dio un buen consejo de hombre a su hijo.

                En fin, Diario, cerrando con esta breve escena familiar, me dirigí raudo a la casa de tía Laura.

                Eran como las tres de la tarde. Esta vez no almorzaríamos juntos, sino que pasaríamos un rato en la pileta, divirtiéndonos, y luego, cayendo el atardecer, quién sabe.

                En el trayecto, mientras mi humilde auto atravesaba la autopista, la brisa de verano refrescaba mi cara, y hacía bailar mi pelo. Me sentía toda una estrella de Hollywood, o más bien, un personaje de una película, a punto de iniciar una gran aventura. Puse música a todo volumen. El Indio Solari rugía con su voz rasposa dentro del vehículo, y yo cantaba las partes que me sabía, y tarareaba las que no.

                Llegué al barrio privado en cuestión, y me dispuse a hacer los trámites pertinentes.

— Ah vos vas a lo de Laura ¿No? —me dijo el hombre de la garita de seguridad, reconociéndome. Una sonrisa irónica apareció en su redonda cara.

— Sí —respondí, y medio movido por la curiosidad, pregunté—: ¿La conocés?

— Claro, conozco a toda la gente que vive acá —respondió el vivo.

— Pero ¿Te hablás con ella?

                El tipo se puso a la defensiva. Se ve que no sabía qué relación tenía yo con ella, así que no sabía qué decir.

— No señor, solo hablo con ella lo justo y necesario, como corresponde. Adelante por favor —dijo, y abrió la barrera para que pudiera entrar con el auto.

                Me preguntaba si Laura era una puta sólo cuando le pagaban o si en general era una chica fácil. ¿Se habría cogido a ese tipo de seguridad? No lo creía. Los tipos como ese no se cogen a minas como mi tía, salvo en sus sueños.

                Laura vestía una calza negra, de esas que son tan ajustadas que parecen una segunda capa de piel y nada más. Arriba una remera musculosa negra, que dejaba ver parte de sus grandes tetas. El pelo atado en una cola de caballo.

— ¿Llegaste bien? —preguntó.

                Esta vez no me abrazó, y por lo tanto no apretó sus tetas contra mi cuerpo. Pero como contrapartida, me dio un intenso beso en la majilla, y luego acarició con ternura, ahí donde había quedado la humedad de sus labios.

                Entramos a la casa, y como era obvio que iba a pasar, perdí mis ojos en su perfecto culo. La tela de la calza parecía ser arrastrada por un agujero negro.

— Cómo estuvo tu semana —preguntó cuando estábamos sentados en el patio trasero.

El sol de marzo reflejaba su brillo en la cristalina agua de la piscina, invitándonos a sumergirnos.

— Bien —dije —. Nada memorable —agregué con total sinceridad.

— Pero déjate de joder Luis —dijo ella, escandalizada—. Estás en tu mejor edad, creeme. Apovechá ahora y hace lo que quieras. Tendrías que vivir borracho, con mil novias, viviendo cosas que después, cuando estés lleno de responsabilidades, no vas a poder vivir.

— ¿Vos vivías así? —pregunté.

                Laura sonrió y aparecieron esos pocitos en su cara, que la hacían ver tiernamente bella.

— Sí, aunque creo que muchas veces me pasé de la raya —una carcajada—. Pero bueno, tengo la excusa de que fui una adolescente cuyo padre renegaba de su existencia, y con una madre depresiva. Podría haber terminado peor.

— Ya lo creo —comenté.

                Me daba paja hablar de cosas tristes. Quizás Laura se dio cuenta, porque cuando le pregunté, sólo por obligación, qué problema tenía su madre, me dijo que no era el mejor momento de hablar de eso.

— Y vos ¿De verdad sos tan tímido? —me preguntó.

— Sí, qué se yo —dije, medio confundido por su pregunta.

— Te recomiendo que al menos por hoy, seas lo menos tímido posible. Hacele caso a la tía. ¿Vamos a la pile? —dijo, dejándome con mil ratones dando vueltas en mi cabeza.

— Vamos. Esta vez traje mi propio traje de baño, para no tener que usar ropa de tu ex —comenté.

— Qué malo sos. ¿Y quién te dijo que es mi ex?

— Sólo adivino. Si fuese de cualquier otro, no te molestaría decirlo, pero la otra vez me dijiste que no te pregunte sobre eso, así que…

— Qué astuto el nene.

— Si tiene cuatro patas, una cola, y ladra, seguro es un perro.

— No te confíes tanto sobrinito. Las cosas no siempre son lo que parecen.

— ¿Vos lo sos?

— Uy, cómo estamos hoy.

— Dijiste que no sea tímido.

— Es cierto, mala mía —dijo, rendida—. Digamos que sí soy lo que parezco. Pero claro, hay cosas que no le muestro a todo el mundo, y no tengo por qué hacerlo.

— Quizás con tu querido sobrino deberías hacer una excepción.

— Dale, vamos a cambiarnos —dijo, esquivando el comentario.

                Yo me cambié en un santiamén, pero ella, por algún motivo se tomó sus minutos. Apareció después con un bikini rojo. La parte inferior era una pequeña tela que la cubría lo justo y necesario, con tiritas que se ataban en sus caderas.

Me acordé de que Cufa me había contado que Jade estaba absolutamente depilada. Qué suerte había tenido el hijo de puta de cogerse a mi tía. Durante la semana lo atosigué con preguntas, tratando de exprimirle todo el jugo a esa experiencia que había vivido mi amigo. Cufa, lejos de sonrojarse, parecía que le cabía eso de narrar su historia, porque cada vez que lo hacía era como revivirla. Le pregunté sobre los olores de Jade, y me dijo que olía a perfume importado y a gel lubricante. Le pregunté sobre la risa de jade, y me contestó que se reía como puta. Le pregunté sobre su voz, y me respondió que hablaba con voz aterciopelada, si es que eso existía, y que te podía poner la pija dura de solo escucharla. Le pregunté sobre el tamaño de sus cavidades, y me contó que su vagina era grande como una olla, que apenas sentía la fricción al meterle la pija, y que su culo se notaba que ya fue estrenado hacía mucho tiempo.

Me metí en el agua rápido, porque ya sentía que mi verga se iba a parar en cualquier momento.

— ¿Una carrera? Propuse.

— Dale. Ida y vuelta, a ver quién lo hace primero.

                Empezamos a nadar. Ella tenía una polenta increíble, y, además, se notaba que nadaba diariamente. Era obvio que no le iba a poder ganar. Llegué al extremo de la pileta y giré dentro del agua para ir hasta la otra punta. Laura ya me sacaba varias cabezas de distancia. Cuando estuvo a punto de llegar a la meta, sus pies estaban en línea con mi cabeza. Estiré un poco la mano, y tironeé, auqnue de todas formas ella ya había llegado. Igual no la solté, como si no me hubiese dado cuenta de que la cosa había terminado. Cuando me arrimé a ella, le di una tremenda apoyada. Mi verga se frotó sin asco con su pulposo orto. La agarré de las caderas, como pretendiendo empujarla hacia atrás, y así yo quedar primero. En la fricción sentí cómo la tela que cubría su trasero se corría un poco.

                Lo que no había notado, hasta que fue demasiado tarde, es que mi verga estaba dura. No dura al cien por cien, pero se entiende. Pero cuando sentí su carnoso culo restregarse con ella, no pude salir de ese enredo que eran nuestros cuerpos. Y mi sexo, en un santiamén, dio un salto, y se puso más duro todavía.

— Bueno, bueno, bueno —dijo Laura—. Se ve que no sabés cuándo perder.

                Hasta ese momento creí que iba a fingir que lo que había pasado no había ocurrido para nada. Pero luego preguntó:

— ¿Te pasa muy seguido eso?

— Qué cosa.

— Que se te pare el pene en los momentos en que no debería pararse.

                Traté de adivinar si estaba enojada o incómoda, pero la pregunta la hacía con total normalidad.

— Sí —dije, sonronjándome–. A veces me pasa en plena calle, o cuando estoy viajando en colectivo. Y es muy difícil ocultar la… la erección.

— Y claro, con ese tamaño… —comentó—. Bueno, pero es normal que ante determinados estímulos te pase eso. No tenés que sentirte avergonzado. Eso sí, es mejor que dejemos estos juegos infantiles.

                Cómo amé a la putita de mi tía en ese momento Diario.

                Después cambió de tema, y fue como si realmente no hubiera pasado nada, cosa que en parte lamenté.

— Qué horas serán —dijo Laura, saliendo de la pileta para agarrar el celular que había dejado sobre la mesa— Uy, ya están viniendo.

— Quién está viniendo —dije, intrigado.

— ¿Te acordás que te dije que por hoy dejaras la timidez de lado? Vos haceme caso y te va a ir bien. Vení, vamos a secarnos.

— Y a quién esparás —pregunté, receloso.

— Paciencia niño.

                A los cinco minutos Laura recibió un llamado por el intercomunicador. El vigilador de la garita le decía que tenía más visitas. Ella autorizó a que ingresaran.

                Puteé como loco para mis adentros. ¿No me digas, diosito, que la tía había organizado una fiesta justo hoy que era el día en que debía decirle que conocía su secreto?

                Sonó el timbre. Laura abrió la enorme puerta de madera. En el umbral aparecieron dos criaturas de ensueño: una morocha de pelo largo y lacio, peinada con flequillo. Tenía una linda nariz respingona y sus ojos marrones tenían una mirada inteligente. La otra, una rubiecita de lindo rostro aniñado, con apenas un poco de sobrepeso, que hacían que sus mejillas fuera un tanto hinchadas.

                Las dos chicas tenían dieciocho años, según me enteré después. Casi mi misma edad digamos.

— Te presento a Sabrina y a Agostina —dijo tía Laura.

                Sabrina era la rubia de rostro aniñado y Agostina la morocha de ojos inteligentes. Ambas vestían minishorts que dejaban ver sus espléndidas piernas, en especial las de Agostina, largas y torneadas. Sabrina en cambio le ganaba si se ponía el ojo en el trasero redondo y respingón que poseía.

— ¿Amigas tuyas? — pregunté.

— Digamos que sí —dijo Laura.

                La verdad es que ninguna de ellas parecía tener mucha confianza con mi tía, Más bien la miraban con respeto e incertidumbre.

— Esperanos acá Luis. Tenemos que hablar un rato.

                Las chicas se perdieron en el fondo de la casa, mientras yo, lleno de intriga, esperaba en el living. No pasó demasiado tiempo, pero a mí se me antojaron horas. Al rato volvieron. Mejor dicho, Agostina y Sabrina lo hicieron.

— ¿Y Laura? —pregunté.

                Sabrina miró a su compañera, como pidiendo ayuda. Se la notaba especialmente nerviosa. Era, por lo visto, tan tímida como yo, y esa timidez le daba un encanto especial.

— Tiene que hacer unas cosas en la computadora. Después vuelve —dijo Agostina. Se sentó a mi lado. Su pierna desnuda tocó la mía—. Y de dónde sos —preguntó, para iniciar una conversación según entendí yo.

— De Ramos Mejía —contesté— ¿Ustedes?

— De Palermo —contestó Agostina, cosa que no me extrañó, pues tenía ese tonito de chica bien de un barrio pudiente de capital.

— Yo de Belgrano —dijo Sabrina, apenas en un susurro.

— Vení Sabri, sentate al lado de él, no seas tímida —le dijo Agostina a su amiga, y luego dirigiéndose a mí preguntó—. No te molesta ¿No?

— Para nada —respondí yo, aunque el cuarto de estar era enorme y había lugar de sobra.

                Ahora las dos chicas estaban a cada uno de mis lados.

— Así que sos el sobrino de Laura —dijo Agostina, que parecía llevar la batuta. Sabrina se limitaba a mirarme de arriba abajo, como intentando descifrar algo —¿Tenés novia? —preguntó.

— No —respondí— ¿Ustedes?

— No, ninguna de las dos tiene novio. Pero… ¿Ya estuviste con una chica?

— Agos… —recriminó su amiga—. No tenés por qué preguntarle eso.

— No pasa nada. Es una pregunta nomás —dijo la descarada de Agostina—. Además, si no quiere, que no responda y listo.

                Miré hacia la puerta que daba a la cocina, a ver si Laura aparecía. Las pendejas eran hermosas, pero la situación se me hacía medio extraña. De repente recordé que la tía me había dicho varias veces que, por este día, no fuera tímido.

— La verdad que no, nunca estuve con una chica. ¿Se nota mucho? —pregunté, medio en broma.

— No te preocupes, es normal a tu edad —dijo Sabrina, quien ya me estaba dando mucha ternura—. La mayoría de los pibes se las dan de que tienen experiencia, pero es mentira.

                De repente sentí la mano de Agostina frotándose en mi pierna. Me di vuelta a mirarla, y en ese instante me comió la boca de un beso.

— ¿Te gustaría hacerlo ahora? —preguntó—. Con las dos —agregó después— ¿No cierto Sabri?

                Giré la cabeza hacia Sabrina. No la veía tan resuelta como a la otra.

— ¿Vos querés? —dije.

                Sabrina arrimó sus labios a mi oreja, y me susurró algo que Agostina no oyó.

— Tengo que hacerlo —dijo, y después me besó. Su lengua era dulce y se movía con torpeza dentro de mi boca.

                La mano de Agostina subía lentamente hacia mi verga. Por un momento temí que tía Laura apareciera de repente. Pero enseguida me di cuenta de que eso no iba a suceder. Mi verga ya estaba totalmente al palo, por los masajes de la morocha. Entonces me bajó el cierre del pantalón, y liberó mi miembro.

— Es muy grande —dijo. Y no estaba exagerando. Mi verga era gruesa, y las venas, que se marcaban en ella, le daban un aspecto de fuerza que me hacían sentir todo un semental.

                Agostina me masturbaba, mientras no dejaba de mirarme.

                Entonces vi cómo su cabellera negra bajaba.  Se la metió en la boca y empezó a chupar. Vi la cara de Sabrina, que miraba, indecisa, pero con cierta curiosidad. Acaricié su mejilla, mientras sentía cómo Agostina jugueteaba con su lengua, llenándome de saliva la pija.

— No hace falta que hagas nada —le dije al oído.

                La chica sonrió, agradecida. La cabellera de la morocha seguía subiendo y bajando, mientras me chupaba la verga, dispuesta a dejarla completamente seca. Estiré la mano y empecé a manosearle el culo mientras ella seguía con lo suyo.

                De repente dejó de hacerlo.

— Dale Sabri, vos también —le dijo a la tímida rubia.

— No hace falta, vos lo estás haciendo muy bien —dije yo.

— Sabri… —repitió Agostina, y no agregó nada más. Tenía la base de mi verga envuelta en su mano de dedos delgados, hizo un movimiento, como para que mi miembro apuntase a Sabrina.

                La linda chica rubia se inclinó.

— No hace falta —dije.

— Está bien, quiero hacerlo —contestó ella.

                Dio un lengüetazo al glande, como para probar su sabor. Después se lo metió en la boca. Involuntariamente me mordió. Di un saltito, no tanto por el dolor, sino por la sorpresa.

— Perdonala, ella no tiene mucha experiencia —dijo agostina.

— No pasa nada, está todo bien —contesté.

                Agostina ahora se puso de rodillas frente a mí.

— Mirá, así —le dijo a Sabrina, y le mostró cómo debía chuparse una pija. Enseguida la soltó y le convidó a su colega.

                Sabrina imitó los movimientos de agostina, esta vez lo hizo mucho mejor, su lengua se deslizaba por la cabeza de la verga, dándome una sensación demasiado intensa, pero cada tanto sus dientes se hincaban en mi carne. Como era apenas un pinchazo, yo no decía nada. Me daba una increíble ternura saber que esa chica estaba aprendiendo a hacer petes usando mi verga como instrumento.

                En un momento, la rubia y la morocha se turnaron durante cortos segundos, para lamer. Mi pija estaba llena de la saliva de esas dos pendejas hermosas. Cuando sentí que iba a acabar, me abracé a Sabrina, y le di un beso, mientras Agostina terminaba de chuparla, y luego recibía en su cara la leche que escupía mi verga.

                Su cara de piel marrón quedó manchada de blancura. Sin ningún poco de pudor, untó con sus dedos el semen, y se lo metió en la boca, para chuparlo y tragar el líquido.

                Pero le había quedado un poco en la frente. Entonces Sabrina hizo algo que todavía, mientras escribo, me sorprende. Se arrodilló al lado de Agostina, rodeó su rostro con ambas manos, acercó sus labios y le dio un tierno beso, ahí, donde aún quedaba semen. Besó y lamió, y tragó.

— ¿Le vas a decir a Laura que estuvimos bien? —preguntó Sabrina, todavía arrodillada a mis pies.

— Claro. Si me encantó lo que hicieron.

                Las chicas intercambiaron miradas de alegría.

— Igual todavía no terminamos —dijo agostina—. ¿Querés que nos desnudemos?

                Diario, es obvio que esas dos chicas eran unas putas, o futuras putas mas bien. Mi tía Laura no se dedicaba solamente a prostituirse, sino también a regentar a otras chicas recién salidas del cascarón.

                Sabrina y Agostina se pusieron en bolas. Ninguna de las dos tenía grandes pechos, pero eso a mí no me importaba, además, pronto tendrían dinero suficiente para una operación.

                Me cogí a las dos en el sofá de la casa de tía Laura. Agostina, más delgada, más experimentada y desinhibida. Sabrina, más dulce e inexperimentada, cálida y obediente.

                Me gustó sentir la tibieza del cuerpo blando de Sabrina, mientras la penetraba, ante la atenta mirada de Agostina. La rubiecita, hasta para gemir parecía tímida, pues intentaba reprimirse, mordiéndose el labio, solo para luego largar un gracioso gemido. Tenía una cara muy bonita, que me miraba con cierta melancolía mientras la montaba. Cuando iba a estallar, me paré sobre el piso, al lado del sofá donde ella estaba acostada, y eyaculé en su carita.

                Agostina, más warra que su amiga, se puso en cuatro mostrándome su prieto culo. La morocha divina gemía con exageración cuando le enterraba mi verga. Le di de nalgadas mientras se la metía. Después, le escupí toda la lechita en el culo.

— ¿Y? ¿Cómo estuvieron las chicas? —preguntó tía Laura, cuando nos terminábamos de vestir.

— Perfecto —dije.

— Bueno chicas, estaremos en contacto —las saludó, despachándolas amablemente.

                Agostina y Sabrina se fueron. Se veían satisfechas.

— ¿Te gustó mi regalo?

— Cada día me gusta más que seas mi tía. ¿Quiénes eran esas chicas?

— Unas amigas a las que les prometí que les iba a presentar un joven muy buenmozo —dijo ella, mintiendo, evidentemente—. Ahora señor, es hora de que se vaya. Y no le vayas a decir nada a tu mami.

— Tía… ¿Por qué lo hiciste? —le pregunté— ¿por qué este regalo?

— Porque de verdad lo necesitabas —dijo Laura—. Andá, otro día nos vemos.

— Antes quería decirte algo…

Continuará

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