ANDER MAIS

Capítulo 10

Llámalo

Cuando entré en la habitación, como suponía, Natalia ya dormía bajo las sábanas. Me cambié y me metí en la cama, incapaz de acercarme a ella, incapaz de dormir, incapaz de calmar el batiburrillo de pensamientos que me asaltaban sin cesar.

El regreso de Víctor había sido un completo desastre. Sus palabras, la foto y el vídeo enviado y, sobre todo, su forma de tratarme a mí y a Natalia, me habían jodido sobre manera. No comprendía como habíamos llegado hasta allí y, ni mucho menos, como salir de esa situación. Demasiados interrogantes, demasiadas dudas, demasiados secretos y, sobre todo, demasiada gente involucrada.

Y yo estaba demasiado solo. No sabía en quien podía confiar, si es que podía hacerlo en alguien. La única, Marta, y estaba lejos, fuera de la ecuación, demasiado ajena a todo lo que ocurría y poco podía hacer, salvo escucharme y aconsejarme. Y la otra opción, Alicia. Pero no tenía demasiadas esperanzas puestas en ella. Su amistad con Natalia, su pacto de no agresión, dificultaba que pudiera ser de alguna ayuda.

Pero era la única posibilidad que tenía delante, remota pero la única plausible. Así que, aferrándome a aquel único clavo ardiendo al que poder asirme, decidí recurrir a ella. Me levanté de la cama, encendí el teléfono y le mandé un mensaje a pesar de la hora que era.

—Necesito hablar contigo… —le escribí—. Tenemos que quedar, a solas, tú y yo…

Le di a enviar y regresé a la cama. Supuse que, siendo tan tarde, a esas horas ya no recibiría contestación por su parte. Me metí en la cama y, al hacerlo, noté como se movía Natalia a mi lado.

—¿Aún estás despierto? —me susurró ella dándose la vuelta y quedando frente a mí—. ¿Qué pasa, no puedes dormir?

Qué decirle. ¿Qué verla enseñándole las tetas a Víctor, que verla casi dejándose follar el culo y luego prometiéndole dárselo la siguiente vez que se vieran, que verla actuar de aquella manera con Tomás hacía que no pudiera conciliar el sueño? Negué con la cabeza, con rostro apesadumbrado y Natalia, suponiendo lo que no era, sonrió con ternura.

—Pobrecito mío… —dijo con tono meloso y bajando su mano hacia mi entrepierna—. Si quieres, puedo echarte una mano para que te relajes…

—No creo que sea buena idea… —la rechacé apartando su mano—. Además, estás cansada… Lo siento si te he despertado…

—¿Qué te pasa, cielo? —insistió sentándose en la cama y con expresión triste—. Y no me digas que nada, porque no te creo…

—En serio, Natalia… no me pasa nada… Es tarde… Vamos a dormir…

—Y un cuerno, Luis… —dijo molesta—. ¿Ya no te gusto? ¿Es eso? Porque no es la primera vez que me rechazas… Antes nunca lo habías hecho… Pero desde el verano pasado… has cambiado, Luis… no eres el mismo…

—¿Pero qué dices, cielo? ¿Cómo no me vas a gustar? —dije inmediatamente—. Eres la chica perfecta y no me imagino estar con otra que no seas tú… Te quiero con locura, Natalia… ¿Lo sabes, no?

—Sí pero… no sé… es que, después de un tiempo algo raros, hemos pasado por esta temporada tan idílica y hoy… pues eso… que me rechaces, me ha hecho recordar aquellos días en que incluso pensé que me querías dejar… —dijo todavía con gesto apenado—. A veces creo que no soy suficiente para ti… que no te merezco…

—¿Pero de dónde has sacado esa absurda idea? —dije atónito—. Mira, Natalia… si hay alguien en esta relación que no está a la altura, está claro que ese soy yo… Mírate… preciosa, simpática, lista y con las mejores tetas que he visto nunca… eres perfecta y yo, pues algo normal, del montón… No hay día que no dé gracias por tenerte a mi lado…

—¿Lo dices en serio? —preguntó esbozando una sonrisa, pero con alguna lágrima escapando de sus ojos—. Y tú no eres así… eres maravilloso, el mejor novio que he tenido nunca… comprensible, cariñoso, buen amante… no todos me hubieran perdonado lo que hice…

—Joder, Natalia… ¿es eso? ¿Aún sigues con eso? —le contesté algo hastiado ya de aquel asunto—. ¿Cuántas veces voy a tener que decírtelo? No te culpo de aquello, son cosas que pasan… lo único que puedo reprocharte es que me lo ocultaras durante tanto tiempo… Joder, sabes cómo soy… si querías follártelo, solo tenías que habérmelo dicho y nos habríamos ido los tres al hotel, cielo… O los cuatro, si también hubieras querido que Víctor se uniera a la fiesta…

—Mira que eres tonto… —dijo con una sonrisa más abierta, más sincera—. Pero sabes que yo no quiero eso… Creía que ya habíamos dejado claro ese tema…

—Sí y lo respeto… —aseveré—. Ya ves que, desde entonces, no he sacado el tema ni vuelto a insistir en ello… Pero el punto es que no puedes seguir echándote en cara aquello, cielo… Es algo que pasó y punto… está olvidado, agua pasada…

—Ya, pero es que no puedo evitar culparme de ello… sentir que te he fallado… y que lo sigo haciendo… —dijo de nuevo con rictus serio.

—¿Qué quieres decir? —pregunté algo ansioso—. ¿Tienes algo que contarme, Natalia?

—Sí… puede… pero, a ver, no es algo malo en sí… —contestó nerviosa.

—Vamos a ver, Natalia… tranquilízate y dime lo que sea… te prometo que no voy a enfadarme… —proseguí, tratando de calmarla un poco, para que me contara aquello que tuviera en mente.

—Es sobre Tomás… —dijo haciendo que se me parara el corazón.

“Por dios, que no se haya acostado con él, con ese no; eso sí que no lo podría soportar”, fue el único pensamiento que se me pasó por la cabeza en ese momento.

—¿Lo que me dijisteis era todo mentira, verdad? Se las ha tirado a todas… a Alicia también, ¿no? —dije queriendo creer que era eso y no algo peor, mucho peor.

—¡No! —negó con rotundidad Natalia—. Ya oíste a Alicia… ella nunca se ha acostado con él ni piensa hacerlo… y está casi segura que las otras tampoco… Por dios, Luis… ¿por qué me iba a inventar algo así?

—¿Para qué no siguiera preocupándome tal vez? —dije recordándole el origen de la disputa.

—Ya… pero no, no es eso… —volvió a negar Natalia—. Aunque sí tiene algo que ver… ya te dije que él suele venir muy continuo al bar, dos o tres veces al día… pasa mucho tiempo allí y, claro, la confianza…

—¿Qué es lo que me quieres decir, Natalia? —dije algo seco.

—Nada malo, no te vayas a hacer ideas raras… —respondió enseguida mi chica—. Tomás es un tío muy majo, pero que se toma muchas confianzas… Es de esos que, a la mínima, te coge de la cintura o te pasa el brazo por detrás de los hombros… sin mala intención, no pasa de ahí, pero después de cómo te pusiste la otra vez… pues no te quise decir nada para no preocuparte, pero me hace sentir mal… Es como estar engañándote o así… y no me siento cómoda con ello…

—¿Y ya está? —dije algo decepcionado con su revelación.

—Sí, ¿qué más quieres? —dijo ella extrañada—. No quería ocultártelo, pero después de lo que le oíste decir borracho, tampoco quería que montaras un circo por algo que no tiene mayor importancia…

No contesté. La verdad es que para mí sí la tenía. No me gustaba un pelo aquel tío y que se tomara semejantes confianzas con mi novia, no me tranquilizaba para nada y más sabiendo lo que pretendía, por más que Alicia y Natalia lo negaran. Pero casi que lo que más me molestaba era esa velada acusación de dejarme llevar por mis celos, actuando de forma irracional por cosas sin importancia.

—¿Estás enfadado? —preguntó con temor—. Lo siento… debería…

—Claro que lo estoy… —la corté levantándome de la cama y empezando a andar de un lado a otro de la habitación—. Pero no por lo que te piensas… Joder, Natalia… es que nunca aprendes…

—Pero… pero… —Fueron las únicas palabras que consiguieron salir de una asustada Natalia que me observaba sin saber qué hacer.

—Nunca escuchas. Nunca haces caso de lo que te digo… —seguí con mi perorata—. ¿En serio, Natalia? ¿Crees que a estas alturas me voy a poner celoso porque un tío te ponga la mano en la cintura o te pase la mano por los hombros? ¿Después de todo por lo que hemos pasado? ¿Después de verte chupando la polla de Pedro y casi dejándote follar por él? Que poco me conoces si piensas eso…

—Yo no quería… —dijo balbuceando Natalia.

—Eso es lo que de verdad me jode… —dije interrumpiéndola—. Que me mientas, que no confíes en mí, que me acuses de ser lo que no soy…

—Perdóname… —dijo Natalia ahora sí, llorando—. Perdóname… no quería decir eso…

—Pero lo has dicho y no es la primera vez… Yo no soy Kike, Natalia… Nunca lo he sido ni nunca lo seré… Pero como te empeñes en seguir equiparándome a él y actuando como hacías con él, acabaras con esto, con nuestra relación… y tú tendrás la culpa de ello…

—¡No! ¡Yo no quiero eso! ¡No quiero perderte! —dijo saliendo de la cama y abrazándose a mis piernas, arrodillada en el suelo—. Perdóname, Luis… No sé qué me pasa… Yo sí que he cambiado… desde el verano no soy la misma… Hay veces que hasta me doy miedo a mí misma…

—No pasa nada, cielo… —dije acariciando su cabeza—. Los dos hemos cambiado, Natalia… Es normal, se llama madurar… Pero debes confiar en mí, contarme tus cosas, lo que te preocupa y no guardarlas como haces, reconcomiéndote por algo a lo que yo, seguramente, no le daré mayor importancia…

—Lo haré, Luis… te prometo que lo haré… pero no me dejes… —me suplicó.

Verla así, tan vulnerable, tan entregada, me provocó una ternura infinita y un deseo de consolarla, de confortarla. Dejé de lado mi malestar por la foto enviada a Víctor, por haberle prometido volver a verse con él y entregarle su culo en ese encuentro, por dejarse tocar por Tomás al no que no podía ver ni en pintura y por tantos engaños y secretos como llevaba tras ella mi chica. Solo quería apaciguarla, que supiera que estaba allí con ella y que eso era lo único que importaba.

—Levántate… —le dije con tono imperioso.

Natalia me miró compungida, creyendo que aún seguía enfadado y no reaccionó. La así con algo de vehemencia, alzándola y quedando ambos frente a frente. De un solo tirón, abrí la chaqueta de su pijama, haciendo que los botones saltaran por doquier y dejando al descubierto sus dos grandes tetas, que en ese momento se agitaban fruto del brusco movimiento al que acababan de ser sometidas.

Un ligero gemido se escapó de la boca de Natalia debido a lo inesperado de la situación, pero al que enseguida se unieron más cuando sintió mis besos y lamidas recorriendo ambas tetas, sin dejar un centímetro por recorrer. Mis manos, mientras tanto, toqueteaban su culo por encima de la ropa a la vez que la hacían bajar toda, desnudándola también de cintura para abajo.

Con sus ropas en sus tobillos y sin dejar de devorar sus senos, mi mano se perdió entre los pliegues de su vulva, jugando con sus labios que se abrían a mi paso, demostrando la calentura que empezaba a asolar el cuerpo de mi chica. Natalia, incapaz de articular palabra, solo aferraba mi cabeza contra sus tetas como si no quisiera que se separase de ellas, exhalando leves gemidos entre sollozos incontrolados.

Y es que la situación era algo extraña. Mientras notaba la humedad que impregnaba la zona de su sexo y que embadurnaba mis dedos, en mi rostro, hundido en su torso desnudo, sentía sus lágrimas caer sobre mí. No sabía si su lloro era de alivio, de deseo o de vergüenza por lo mucho que me ocultaba, pero en ese momento me daba igual, solo quería demostrarle que estaba allí, con ella y que mi idea era que siguiera siendo así, a pesar de las muchas veces que ya me había fallado.

La empujé sobre la cama de forma sorpresiva y, antes que pudiera reaccionar, le estaba acabando de quitar sus prendas y colándome entre sus piernas para alcanzar su coño. Natalia, completamente entregada, las abrió de par en par, ofreciéndoseme, y yo aceptando encantado su invitación.

—Sí, mi amor… comételo… comételo entero… —me animó Natalia al sentir mi lengua lamer su raja.

Con mi rostro hundido en su entrepierna, lamiendo y chupando sus labios, mis dedos surcando su interior de forma frenética, sintiendo sus piernas enroscadas sobre mis hombros y viendo medio de reojo su cara descompuesta por el placer, mientras sus dos manos estrujaban de forma casi compulsiva sus tetazas, supe que se iba a correr y que lo iba a hacer ya.

Su espalda se arqueó y un gemido agónico escapó de su garganta. Sentí un mar de fluidos resbalar del interior de su vagina, llenando con ellos mis dedos y cara, sin importarme ni impidiendo que dejara de hacer lo que estaba haciendo. No sé cuánto tiempo seguí allí, devorando su coño mientras el cuerpo de mi chica, casi inerte, reposaba sobre la cama aun recuperándose del explosivo orgasmo recién alcanzado.

No tardó en empezar a reaccionar, a notar como la excitación crecía de nuevo, como sus manos buscaban mi cabeza para acariciarla con cariño y deseo a la vez. Entonces, supe que era el momento de ir más allá, de dar un paso más y demostrarle de una vez por todas que no era así, que no era como su ex, que yo estaba dispuesto a que ambos disfrutásemos nuestra sexualidad de un modo diferente.

Me levanté, me desnudé por completo ante la mirada libidinosa de Natalia, me coloqué entre sus piernas abiertas y apunté mi miembro hacia su entrada. Sin muchos miramientos, empujé y mi polla se adentró en ella, invadiendo su cálida gruta hasta enterrarla por completo en su interior.

—Joder, sí… fóllame, Luis… —gimió Natalia moviendo sus caderas para que empezara a moverme.

Y vaya si lo hice. Desde el principio, empecé a penetrarla a un ritmo fuerte, constante, intenso. Con mis brazos apoyados sobre el colchón junto a su cuerpo, inclinado sobre el suyo, empujando sin cesar mientras nuestras caras quedaban casi a punto de tocarse.

—Sí, sí, sí… hazme tuya, Luis… —decía entre suspiros Natalia—. No dejes de follarme, amor…

—¿Sí? ¿No quieres que deje de follarte? —le contesté—. ¿No preferirías que fuera otro quien lo hiciera? Ya sabes a qué a mí no me importaría y así, quizás, verías lo celoso que soy…

—No… Luis… Tú, solo tú… Nadie más y lo sabes…

—¿Segura? —insistí bajando un poco el ritmo—. Lo dejaría a tu elección… podrías elegir a quién quisieras…

—No, no, no… y no pares, por dios… no pares ahora… —me rogó.

Pero eso fue lo que hice. Me quedé quieto, sin moverme y mirándola fijamente. Ella intentó moverse pero no la dejé, apresándola bajo mi cuerpo.

—Escoge a quién quieras, Natalia… queda con quién quieras y fóllatelo… —le dije casi en un susurro.

—No… ya te dije que no quería eso, Luis… —siguió negándose—. No quiero a terceros… solo a ti…

—Si no llego a estar delante o si Marta no hubiera entrado… ¿te habrías follado a Pedro? ¿Hubieras dejado que te la clavara? —dije retirando mi polla hasta casi sacarla y enterrándosela de un solo golpe.

—Ahhhhhhh…. Síííí… —gimió ella—. Puede… no sé…

—Ya veo que sigues sin confiar en mí… —dije empezando a sacar mi polla de su interior.

—¡Sí! ¡Le habría dejado que me la metiera! ¡Estás contento! —gritó casi con desesperación.

Volví a metérsela hasta el fondo dos o tres veces, provocando sendos gemidos por su parte antes de volver a detenerme.

—Así me gusta… que seas sincera… que confíes en mí… —le dije, otra vez hablando casi en un murmullo cerca de su rostro obnubilado por el placer.

—Fóllame… por favor, fóllame… —volvió a pedirme.

—Aún no, cielo… no me has dicho con quién… a quién quieres follarte…

—Por favor… —suplicó—. Déjalo ya… ¡Fóllame, Luis…!

—Es la única manera, Natalia… Si no es por la buenas, tendrá que ser por las malas… —dije moviendo en círculos mi polla en el interior de su vagina—. Dime con quién… ¿Riqui? ¿Pedro? ¿Alberto? ¿Tomás? ¿O Víctor? ¿Cuál es el elegido? ¿A cuál de ellos te follarías?

Vi las dudas reflejadas en su rostro, como debatiéndose entre ceder o seguir negándose a lo evidente; si sincerarse o seguir viviendo en la mentira.

—A Víctor… —casi susurró.

—¿Sí? ¿Te follarías a Víctor? —dije empezando a moverme. Aunque intuía su respuesta, no podía negar que hubiera deseado escuchar otro nombre en ese momento.

—Sí… Qué bien, amor… ahora no pares… —dijo reanudando los gemidos.

—No lo haré… seguiré follándote pero con una condición… —dije volviendo a parar—. Llámalo… dile que quieres hacerlo, que quieres follártelo…

—¡No! ¡No pienso hacer eso! —negó con vehemencia.

—Lo harás… Si te mueres de ganas, cielo… Quieres sentir ese pollón dentro de ti, entrando y saliendo, partiéndote en dos… —fui diciendo mientras la penetraba con clavadas profundas e intensas—. ¿Te gustaría? Contesta sin miedo ¿Te gustaría sentir como te abre hasta las entrañas con ese pollón?

—¡Sí! ¡Sí!… —gritó Natalia—. ¿Eso es lo que querías sentir? ¿Qué deseo esa polla desde el día que la vi?

—Eso es, Natalia… Ábrete, cielo… dime lo que quieres, lo que sientes… —dije empezando a moverme de nuevo, aumentando el ritmo.

—¡Quiero probar ese pollón, sentir como me llena!… ¡Dios, qué polla!… ¡Quiero que me folle, quiero que me folle Víctor!… —gritaba Natalia mientras no dejaba de embestirla.

—Llámalo, Natalia… Llámalo y díselo… Dile que venga y te folle… —la animé.

—No… no puede… está fuera… lejos… —se excusó entre gemidos.

—Llámalo… Vendrá… estoy seguro… ¿Quién en su sano juicio dejaría pasar la oportunidad de follarse a una mujer como tú, con estas tetazas? —le dije besando con voracidad sus pechos—. Llámalo… queda con él mañana…

—No… —se resistía ella—. No puedo… no puedo hacerte eso…

—Yo quiero que lo hagas… —insistí—. Quedamos los cuatro… como en el hotel… y que pase lo que tenga que pasar… sin reproches, sin miedos, sin prejuicios…

—No… —seguía negándose Natalia—. No está bien…

—¿Por qué no? —le pregunté—. Mira lo bien que les va a Marta y a Álvaro… Solo una vez… para probar… Si lo estás deseando…

Alargué mi mano y cogí el teléfono de Natalia, acercándoselo. Ella lo cogió indecisa, sin saber qué hacer, casi temblando bajo mi cuerpo quieto sobre el suyo.

—Llámalo… —volví a repetir.

Vi como ella, reticente pero con la mirada encendida, desbloqueaba el teléfono y buscaba en la agenda su número. Volvió a mirarme, sin acabar de tomar la decisión definitiva.

—Hazlo… ¡Llámalo…!

Vi cómo le daba al botón de llamada y supe que, a pesar de todo, era lo más lógico, lo más razonable. Lo que ella deseaba. Lo que ella quería. Y, para qué negarlo, yo también. A pesar de su traición, a pesar de cómo me había tratado. Era el único posible. Con él había empezado todo y, para bien o para mal, era el elegido, el que había de adentrarnos en aquel nuevo mundo de forma definitiva.

Un comentario sobre “Mi Natalia 3 (10)

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