LUISACONT

– Lo siento – dice el gallero apurando el culillo de un vaso de vino.

Acaba de largar toda la historia con pelos y señales. No le importa nada en qué lugar queda el Madriles, ya le pueden ir dando mucho por el culo, solo intenta justificarse el mismo. Cada palo que aguante su vela. No le debe nada a ese capullo estirado.

– Lo siento – vuelve a repetir – mira Laura, me juró que te lo iba a contar y que iba a tratar de arreglarlo. Que por favor le diera tiempo. Ya sabes, por lo de sus hermanos y eso, porque cree que los pueden despedir.

– Por mí como si echan a la calle a toda su puta estirpe – murmura ella entre dientes, enfadada por no poder decírselo a la cara. Ojalá lo tuviera delante en ese momento porque lo único que quiere es hacerle daño en forma de palabras y también físicamente: le daría de bofetones y de arañazos si pudiera, como una gata rabiosa.

– Ni siquiera sabemos si eso es verdad – murmura Antonio.

El gallego asiente dubitativo: era cierto, nadie les asegura que en esta ocasión el Madriles no hubiera mentido como en tantas otras.

– Bueno, igual deberíamos esperar a que se explique – aventuró Eduardo.

– El muy hijoputa me mintió en la cara ayer, cuando llamé. Y hoy otra vez. Por eso me he presentado aquí – contesta Lita.

– Es un gilipollas: no sé cómo lo hemos soportado tanto tiempo.

– Porque era curso nuestro – afirmó el Cordobita – a los compañeros de promoción no se les deja tirados.

– Pues a éste deberíamos haberlo dejado abandonado en el desierto, a ver si se lo comían las hienas.

– Si le pega un bocado una hiena lo escupe. Otra ronda tú – y ya iban por la tercera…

– Con la hija del comandante también la lío parda no hace ni dos semanas.

– ¿Con la hija de quién?

El Malaguita le echa una mirada al gallego, advirtiéndole que no es necesario hurgar más en la herida, pero este ya está desatado y no piensa darle cuartel al Madriles, que se le ha terminado ya de atragantar.

– Estuvo liado con una chica de aquí, de San Fernando, que se ligó la noche antes de conoceros. Ella se enteró que estaba contigo: una amiga suya nos vio a todos juntos la noche de la fiesta de graduación.

– ¿Quieres decir que no fui la primera con la que le puso los cuernos a su novia?

Los chicos se miran entre ellos, dudando, pero mira: ya que el gallego había abierto la puerta de los reproches, todos para dentro.

– Nosotros no sabíamos que tenía una novia formal en Madrid. Alguna vez nos había hablado de alguna chica, pero nada serio ¿quién iba a pensar que tenía suegros y todo? Pero lo que sí sabíamos, es que en Cádiz no ha parado desde que llegó.

Lita menea la cabeza:

– ¿Cómo podido estar tan ciega? Joder, si es que soy idiota. Con la de palos que me llevan dados y no aprendo. Y lo peor de todo, es que lo tenía en mis mismas narices y lo estaba oliendo. Hasta Paqui me lo advirtió, pero yo tapándome la nariz y mirando otro lado. Entonces ¿también está con una de aquí, de San Fernando?

– No, con esa ya no: le dimos un ultimátum.

– ¿Un ultimátum? – Laura está flipando.

– Sí, le dijimos que o la dejaba, o lo echábamos del grupo. Estábamos dispuestos a dejar de hablarle y de contarte lo que pasaba.

– Y eso ¿por qué lo hicisteis?

Los chicos se miran perplejos, como si la respuesta no resultara evidente para todos.

– Por ti: no queríamos que te fastidiara. Tú y Paqui sois nuestras amigas.

Laura se lleva la mano a la frente e inclina la cabeza. Le cuesta asimilar todo aquello. Pega un trago pero sus labios ya solo tocan hielo. Es la tercera copa que se toma y todas esas informaciones que le provocan sentimientos encontrados, amenazan convertirse en un dolor de cabeza, así que decide simplificar: su novio es un cabrón. Punto. Tenía una chica en Madrid y le lleva poniendo los cuernos durante toda la mili. Ha habido un momento incluso, en que ha estado con tres a la vez y Laura solo era una ellas. Él la hacía sentirse especial, pero mientras, se estaba follando a la hija de un comandante y solo la presión de sus amigos fue la que hizo que la dejara. Mucha palabrería al gallego de que Laura es la única que le gusta, pero si no llega a ser por los chicos todavía estaría con ella.

Y ahora se presenta la de Madrid y le falta tiempo para irse el fin de semana con ella a Chiclana. Dame tiempo para cortar con ella, dice el cabrón, espera que me la folle un poco más antes de cortar, piensa Lita. De hecho, seguramente esta noche lo harán. Van a pasar la noche juntos. Una arcada le revuelve el vientre sólo de pensarlo. Es un sinvergüenza lo mire por donde lo mire. Y ella su víctima. Y a Laura nada le jode más que ser una víctima. No después de lo que vivió de pequeña. A ella no la pisa ningún tío.

– Me voy a Chiclana.

– ¿Cómo?

– Me voy a Chiclana a buscarlo. Le voy a ostiar la cara delante de su novia y sus suegros. Para que se enteren quién es.

– Chiclana es muy grande, está anocheciendo… Es una locura, no lo vas a encontrar.

– Me da igual, pero por lo menos lo intentaré y si lo agarro…

– Lita, no seas loca ¿Vas a estar dando vueltas de noche por Chiclana? ¿Dónde vas a dormir?

– No tiene sentido – añade Eduardo – Si quieres pillarlo, solo tienes que esperar que vuelva el domingo por la noche.

– No puedo faltar el lunes a trabajar.

– Puedes venir cualquier tarde la semana que viene, nosotros te ayudaremos si eso es lo que quieres.

Laura se traga la bilis. El cuerpo le pide joder a su novio, pero los chicos tienen razón: no gana nada yendo a Chiclana a lo loco, sin saber cómo localizarle.

Pero quizás… Algo le pasa por la mente. Es demasiado bestia, trata de desecharlo, pero a cada trago que da de la nueva consumición, la idea parece afianzarse como única alternativa para devolverle el golpe, que es lo único que parece importarle en este momento.

– Debería hacer lo mismo – murmura casi para sí misma.

– ¿Qué dices, Laura? – pregunta Eduardo

– Digo que si Julián es un picaflor que le gusta variar de conejito de vez en cuando, yo también debería pagarle con la misma moneda.

– Creo que estás bebiendo demasiado.

– Bebo lo que me da la gana. Y también hago lo que quiero, no le debo cuentas a nadie. Ahora no.

– Deberíamos cenar algo si vamos a seguir bebiendo – interviene el Malaguita tratando de ganar tiempo para que la chica se relaje un poco.

– No tengo hambre.

– No es bueno beber con el estómago vacío…

Laura da otro trago. No parece tener intención de moverse de allí.

– Mira, si te quieres emborrachar, perfecto, tenemos toda la noche y yo me emborracho contigo también. Pero comemos algo ¿vale? Lita, por favor…

Ella asiente finalmente, se acaba la copa y se pone en pie.

– Vamos si queréis. No me va a entrar nada, pero intentaré tragar algo.


Es la primera vez que van al Popeye y nadie come con apetito. Laura solo consigue tragar medio bocadillo, a duras penas y pasando los bocados con cerveza. Ya puestos y, visto cómo está la cosa, todos se toman una copa de más. Cuanto más beben, más se les suelta la lengua y más eufóricos están.

No se cortan a la hora de contarle a la chica todas las andanzas de su novio. Las anécdotas y los roces habidos salen a relucir. A Julián le cae la del pulpo y queda como lo que es: un caradura y un aprovechado que juega con las mujeres y le importan tres pepinos sus sentimientos.

Laura, a medida que va conociendo otros detalles, acrecienta su cabreo. La algecireña no le da cuartel y el alcohol le suelta el genio y la lengua. Cada mentira, cada desplante, se le clava en el corazón y en su orgullo, sus dos motores vitales. Lita tiene carácter y no perdona. “¡Que pa chulo mi coño! ¡Que, qué se ha creído éste! ¡Que yo puedo ligarme a quien quiera y que voy a tardar 0,2 en buscarme a otro que sea un hombre de verdad y mucho mejor que él! Que ahora que lo estoy pensando, yo también le voy a poner los cuernos: me apetece darme un homenaje para quitarme este mal sabor de boca y de paso aprovecho y se lo restriego por la cara. Quién a hierro mata a hierro muere, amigo.”

Y claro, allí tiene a cuatro voluntarios que se ponen firmes y saludan al momento, dando un paso al frente para lo que haga falta. Que están por ella y que por mucho del otro sea compañero y de la misma quinta, ya le pueden ir dando por culo al muy gilipollas creído.

– Me voy al piso ¿Quién se viene?

Los chicos se miran entre sí ¿Qué supone aquella invitación? ¿Hablaba en serio Lita hacía un momento, cuando dijo lo de darse un homenaje?

– No sé si es buena idea… – aventura el gallego serio y avistando posible marejada. Es el pepito grillo del grupo.

– Es muy buena idea, tengo costo y bebida arriba, y no quiero estar sola – afirma con la voz pastosa y la lengua un tanto trabada por el alcohol – ¿Eh? ¿Qué decís?

Ahora que el envite va en serio, algunos se lo piensan mejor y se echan atrás.

– Yo tengo… – Juan Antonio no encuentra las palabras, incluso para alguien simple y directo como él, la situación se ha vuelto repentinamente embarazosa. Está en tratamiento aun y además, aunque pudiera, entiende que hay algo inadecuado en cómo puede acabar la noche. No por Julián, que se merece todo lo que pueda pasar, sino por la Mora, a la que echa de menos aunque no lo quiere reconocer, por Laura e incluso por él mismo y sus colegas. Los de verdad.

– El Cordobita no puede – trata de ayudar el Malaguita.

– ¿Y eso?

– Luego te explicamos.

– Yo me vuelvo también para el cuartel – indica también Eduardo. Esta movida no le simpatiza. Piensa en su novia y no quiere líos ni en el cuartel, ni en casa.

– Lo entiendo – dice Laura, mientras le hace una suave caricia en la frente seguida de un beso en la mejilla – tu eres un tío legal, Beatriz tiene suerte.

Así que, al final, la chica se queda acompañada de Pedro y de Antonio, que la escoltan hasta el apartamento, con una breve parada para pillar una botella de ron. Cuándo llegan al piso de Carmen se detienen en la puerta. Ella reparte guiños a uno y a otro, incapaz de decidirse. Los dos le caen, bien los dos le gustan y los dos sirven perfectamente para su propósito. Ellos recelan y se miran con incertidumbre cargada de cierta tensión. Es tan confuso… ¿Dónde acabará todo esto?

Al final decide que ya que se va a vengar, lo va a hacer a lo grande: ¿Que tú me pones los cuernos con otra? Pues yo te los voy a poner con dos de tus compañeros.

– ¿Por qué no subís los dos?

Los chicos se miran entre ellos desconfiados. Ese es un escenario que no habían planeado pero… Oye, ya puestos ¿por qué no? Un último chupito de la botella de ron que llevan los acaba de decidir: todos para arriba.

Una vez en el piso se ponen cómodos y más ron, y vamos a pegarnos unos canutitos de chocolate. Y no un chocolate cualquiera, sino polen de primera calidad de Ketama, traído de contrabando en uno de los buques de la Armada, de esos que no pasan aduana. La tensión se va suavizando entre los dos candidatos, que ya no se miran con tanto recelo. La cuestión ahora parece ser: ¿Cómo nos vamos a organizar si esto llega hasta el final? Los tres parecen coincidir en que no merece la pena anticipar problemas, si dejan que la cosa fluya, todo irá bien. Hay confianza y están desinhibidos, así que las piezas encajarán solas.

Laura, lejos de apocarse, se viene arriba. A pesar del disgusto, o quizá a causa de él, aquella situación empieza a ponerla. Ya no es solo herir la reputación del infiel y devolverle el bofetón, lo cierto es que quiere pasárselo bien: es la primera vez que se lo monta con dos chicos a la vez. Así que ella lo hace fácil, repartiendo caricias a uno y a otro y, como por algún lado hay que empezar, se quita la camisa. Luego es el turno de los pantalones de pitillo, que ofrecen algo más de dificultad, pero que acaban igualmente tirados en un rincón del salón. En bragas y sostén, se dirige a la minicadena y pone música. Suena “Frio” de Alarma. La voz rota de Manolo Tena invade el salón:

Las olas rompen el castillo de arena

La ceremonia de la desolación

Soy un extraño en el paraíso

Soy el juguete de la desilusión

Estoy ardiendo y siento

Frío…..Frío….

“¡Que apropiado!” piensa el gallego mientras Laurita baila con el porro en la mano, entre volutas de humo. Está hermosa, provocadora, enigmática. Los chicos la miran embobados mientras se pasan la botella el uno al otro. Lita se mueve como en una nube. Siente la euforia del alcohol mezclada con la visión de lo prohibido. Lo que va a hacer, lejos darle vergüenza, la empodera. El hachís afila sus sentidos, amplifica sensaciones. Se lo va a montar por primera vez con dos chicos, pero ya no es solo la venganza: es que realmente está excitada. O también es posible que la revancha la ponga cachonda. “¿Te lo estás pasando bien ahora, Julián? pues imagínate yo, a punto de follarme a tus dos colegas. Que no son tan guapos, ni tienen tanta clase, ni me arrancan esos suspiros que tú me provocabas, pero que son cien veces más hombres que tú y que se merecen mil veces más, disfrutar de mi cuerpo, ese que tú no volverás a probar.”

Se sienta en medio de los dos en el sofá. Besa primero a Antonio. El aliento sabe a humo marroquí y ron de taberna. Luego se vuelve a Pedro, y también le da sus labios, aun sin tocarse las lenguas. Poco a poco Laurita, que hay mucha noche. Nota a los chavales tensos, pero ella no está nerviosa. Parece anestesiada. Otro paso hacia el precipicio: el sostén vuela detrás del sofá. Ronda de la botella y más ropa al suelo, en este caso, las camisas de los chicos.

Unos minutos después, hay un revoltijo de brazos, mimos y besos húmedos, aunque todavía contenidos. La señal llega cuando ella se quita las bragas y queda desnuda totalmente, expuesta a caricias más íntimas. Abre por fin la puerta, consciente de que a partir de ahí, difícilmente habrá marcha atrás.

Se moja bastante, ahora sí nota la humedad entre sus piernas. Y también percibe la mano de Pedro, que se introduce entre sus ingles. Eso la pone aún más caliente. Los dedos bucean en la parte cóncava de sus muslos, acariciando los pelos de su sexo antes de decidirse. Finalmente, lo palpa, lo acaricia separando los labios mayores. Todavía no le ha tocado el clítoris, ni ha llegado a introducirle nada, pero un gemido de placer escapa de sus labios, que une a los de Antonio en un muerdo lento y profundo en el que intercambian saliva y sus lenguas se entrelazan. Sin palabras, los chicos se reparten para no obstaculizarse el uno al otro y para no entrar en conflicto. Antonio, no se conforma con su boca y sus manos acarician los pechos de Laura. Ella las coge y las pone directamente sobre sus pezones, no quiere ya rodeos.

El muchacho capta el mensaje y los acaricia, primero con la palma de la mano y luego, pellizcándola suavemente, coincidiendo con el dedo que entra en su vagina, temeroso e inseguro al principio, pero que luego se desliza intentando llegar a lo más profundo. Sus labios se despegan de los de Antonio, porque ya no suspira sino que jadea: “uff, uff”, va cantando cada vez que el dedo se introduce. Se yergue, tensa por el placer que va en aumento. Antonio aprovecha para llevar los labios a su pecho y succionarle, primero un pezón, y luego, el otro.

– ¡Joder qué bueno! ¡Joder qué bueno! – repite.

Gusto por arriba y gusto por abajo, que irradian placer a todo su cuerpo y despejan su mente de fantasmas y amarguras. O quizás, solo la llenan de niebla para que no pueda ver los monstruos escondidos en sus rincones. Sea como sea ¡qué más da! Julián ya no está, ni José, ni su padre, solo dos pares de manos que la recorren en sus intimidades y la están llevando al paraíso. Laura se retuerce y culebrea… Pero todavía no.  Es pronto y queda noche… Quiere regodearse en su libertad, en su venganza, en su independencia. Descender a los infiernos del placer sin amor, turbio y egoísta, pero por eso mismo simple y fácil.

Se levanta del sofá, deshaciendo los abrazos, tambaleante y un poco mareada. Luego se arrodilla frente al Malaguita. Viste la mirada de zorra y le desabrocha la bragueta mientras se relame, haciendo que el chico se derrita.

Ahí está por fin: la tiene frente a ella y puede recorrerla con la vista y los dedos. Tenía un vago recuerdo de ese miembro grande, pero ahora puede observarlo a placer, fijándose en todos los detalles: es más gorda por la base, pero a pesar de ello, mantiene un grosor considerable hasta el prepucio, que brilla circunciso y rosado, libre de piel.

Una gota traslúcida brota en la punta y corre por el falo cuando la aprieta con las manos, hasta detenerse en su dedo índice. Parece pensárselo un momento, pero luego acerca los labios al glande y lo besa. Una, dos, tres veces, antes de que su lengua asome y empiece a lamer como si se tratara de una golosina. Antonio estira la espalda y cierra los ojos. Sabe que el gallego está sentado a su lado, viéndolo todo y eso le corta un poco el rollo, pero es tan bueno lo que le está haciendo Lita que pronto se olvida de la compañía.

Ésta se va entusiasmando y ahora ya no lame, sino que se ha introducido el glande en la boca y comienza una mamada, lenta y suave. Tiene las dos manos en la verga y la punta en la boca, y todavía casi no la puede cubrir al completo. Se imagina cuando tenga que abrirse paso entre sus piernas, con un estremecimiento de temor al principio pero luego de placer, que hace que se moje notando la humedad entre sus muslos.

Trata de profundizar, pero llega un momento en que la punta de la verga hace tope en el paladar y le provoca un amago de arcada, así que trata de tomárselo con más calma. Extiende el brazo izquierdo y con la mano busca la bragueta de Pedro sin dejar de mamar. Tiene el zorrómetro a mil por hora. Se siente empoderada. Como que a pesar de los reveses, ahora si tiene el control de su vida y de sus actos. Mierda de amor que lo estropea todo; que te vuelve ciega; que no te deja disfrutar y que te impide ser tú misma, siempre pendiente del otro.

El chico la ayuda desvistiéndose y enseguida tiene otra verga en su poder. Es la primera vez que disfruta de dos de forma simultánea. Está también dura y aunque percibe que no es tan grande, su excitación sube un grado más. La acaricia y también los huevos que parecen duros y con la piel de gallina.

“Vaya desfase” – piensa –  “¿No me arrepentiré mañana cuando me despierte?”

Pero mañana es nunca y el mundo es aquí y ahora. Lo que te lleves en el cuerpo antes de que una mentira, una torta en la cara o una enfermedad te amarguen la existencia. Así que no esperes Lita, haz lo que te pida el cuerpo. Tú eres tu dueña y no tienes que rendir cuentas a nadie más que a ti misma.

Y de repente, algo hace clic en su interior, un súbito calor la recorre. Se gira y con brusquedad, revuelve en el bolso con la mano libre. Encuentra los condones que siempre lleva, toma uno y con la boca lo abre, colocándoselo a Antonio. Se sube luego a horcajadas sobre él, restregando su sexo mojado contra el falo y la punta, antes de meter la mano entre las piernas y dirigirlo a la entrada de su coño. Los labios mayores dejan paso y los menores se dilatan mientras su himen ofrece resistencia. Es lo más grande que se ha metido nunca por ahí, pero precisamente este pensamiento la pone cachonda y aprieta, dejando caer levemente su peso para hacer fuerza. Uno, dos, tres intentos hasta que al final consigue tenerla dentro. La incomoda pero a la vez la excita. Y poco a poco, la fiebre y el placer le van ganando la partida al dolor y a la molestia. Ha soltado a Pedro que pone algo de distancia, yéndose al rincón del sofá y quedándose a la expectativa, pero respetando su momento.

Lita lo agradece: “de uno en uno por favor”, ya es demasiado fuerte lo que está haciendo. Es mejor que su cuerpo espere a su mente porque ahora va diez kilómetros por delante.

Sigue cabalgando mientras busca una postura imposible donde solo sienta placer. Pero no puede disociar ese trozo de carne húmedo y duro que la rompe y la mata de gusto a la vez, así que se deja ir. Sus jadeos se van convirtiendo en pequeños gritos y su respiración cada vez más entrecortada y anárquica, anticipa ya el orgasmo. Con cada bote sobre los muslos de Antonio, sus tetas saltan y él intenta atraparlas con sus labios. A veces, cuando lo consigue, Laurita recibe un beso, un lametón o un arañazo de su incipiente barba…todo ello la excita por igual. El Malaguita, que hasta entonces estaba con sus manos aferradas como garfios a su culo, lo suelta y le coge los pechos apretándole los pezones. Ella se deshace en un clímax que casi le hace perder el conocimiento. Todo estalla en su interior y se afloja, desmadejada, dejándose caer y clavándose el pene hasta el interior de su útero, que no deja de contraerse entre espasmos de placer. El chico la acompaña y a pesar del condón, puede notar los latigazos que empujan hacia fuera un semen que amenaza con romper el preservativo. Ella se incorpora, dejándola salir de su interior y se vuelve a sentar sobre sus muslos, con el sexo tan dilatado que siente sus flujos salir sin ningún control. Los dos se quedan sudorosos y abrazados, boqueando como dos peces fuera del agua.

El tiempo se detiene ¿cuánto rato han pasado así? Laura no lo sabe, cuando abre los ojos ve al gallego alcanzarle un vaso con hielo y agua, que sirve de una jarra que ha traído de la cocina.

Lita lo agradece, bebe ávida y luego se deja caer en el sofá, a un lado, liberando del abrazo de sus muslos a Antonio.

Mientras éste se incorpora para servirse otro vaso de agua helada, Laura apoya su cabeza en las piernas de Pedro que ha vuelto a su rincón. Le acaricia el pelo, sus dedos se enredan en los rizos, con un suave masaje que contribuye a que su corazón se desacelere. La muchacha agradece la caricia y sobre todo la falta de prisas, porque nota la verga dura y un olor a feromonas le llega a la nariz. Sus sentidos abotargados después del orgasmo empiezan de nuevo a despertarse. Todavía no está lista, pero lo estará en breve. Mientras, acaricia el muslo de Pedro y deja que sus los dedos recorran su espalda hasta llegar a esa raja sudorosa entre los dos glúteos, que intentan separar para explorar en su interior.

Ninguno de los tres habla: no es necesario. Han alcanzado un silencioso entendimiento para no interferirse, para no estropearlo. Los chicos ponen a Laura por delante y están decididos a hacerla sentir cómoda. Y ella lo agradece. Tacto y respeto ¿es tanto pedir? ¿Por qué es tan difícil encontrarlo? se pregunta amorrada.

Minutos después (¿Han sido minutos? ¿Horas? ¿Segundos?), el Malaguita va al cuarto de baño. Necesita descargar la vejiga y asearse un poco, echarse algo de agua en la cara para bajar temperatura y no quedarse dormido. El alcohol y los canutos van pesando.

Laura queda a solas con Pedro, que baja la mano hasta su hombro y de ahí al brazo, explorando con sus caricias nuevos territorios. Ella se la toma y la lleva a su pecho. Los dedos del muchacho lo aferran con deseo y recorren su aureola con las yemas, apretando el pezón. El cuerpo de la chica reacciona y Laura siente una pequeña descarga eléctrica que la recorre. Su clítoris se hincha de nuevo y comienza a latir.

“Te has quedado con ganas ¡eh!” – piensa dirigiéndose a su coño – “pues no te preocupes que esta noche te vas a hartar”.

Gira la cabeza buscando la fuente del olor a sexo que le llega, y besa, lame, chupa, como hizo un rato antes con la de Antonio. Oye suspiros y algún que otro gemido. Y una mano que tira de ella.  Se va a ir, piensa, y entonces se retira. Con la saliva cayéndole por el labio, fija su mirada en la de Pedro. Ojos marrones, no se sabe si tristes o no, imposible traspasar la coraza de un gallego. Pero sí ve un brillante deseo.

Se echa hacia atrás y se tumba en el sofá sin romper el contacto visual. Abre sus piernas y le deja ver el sexo en una muda invitación. Pedro no mueve ni un músculo. Bueno, uno sí: su polla cabecea, imposible que entre más sangre en ella. Lita sabe que no está titubeando, la decisión está tomada hace ya tiempo, simplemente se recrea con la imagen, como si dudara si está soñando o no.

Otra vez ese vahído de deseo, ella tiene el control y eso la pone. “Cuando soy buena soy buena, pero cuando soy mala, soy mejor”… piensa.

¿En qué momento esto está dejando de convertirse en una venganza, o en un bálsamo para las heridas, y se está transformando en puro simple placer morboso? no lo sabe ni le importa. Solo se deja ir. De todas las cosas que ha hecho y de las que se puede arrepentir en los últimos meses, ésta seguro que no es una de ellas.

Pedro se coloca el condón y se sitúa entre sus muslos. Abrazos, besos, roces de piel y luego, la siente penetrar. Más delgada, se desliza suavemente dentro y fuera. El gallego es más cuidadoso, menos pasional. Se concentra en estimularla, cosa que no es muy necesaria pero qué Lita agradece, levantando el culo para presentar un ángulo mejor y que la penetración sea más a fondo.

Cuando el Malaguita vuelve, se los encuentran así, abrazados y follando, con un Pedro haciendo flexiones sobre ella que se agarra del cuello y su espalda, arañándolo, mientras pegan sus pubis buscando un contacto mejor. Pedro intenta aguantar hasta que ella se corra, pero pierde la batalla. Demasiada espera y demasiada tensión acumulada para poder controlarse. Parece que su orgasmo excita todavía más a Laura, que con la cabeza vuelta, mira con ojos turbios a Antonio, que se ha sentado en el butacón y los observa mientras lía un nuevo canuto.

Eso de joder con público le está gustando. Le da un plus de morbo y la hace más protagonista. Lleva su mano a la entrepierna, abriéndose paso entre su propio vientre y el de Pedro hasta alcanzar su clítoris, que pellizca y masajea, mientras con la otra mano se aferra al culo del chico para que no se separe. Entonces, varios jadeos y finalmente abre la boca, aunque durante unos segundos permanece sin emitir ningún sonido, cómo preparándose, hasta que al final suelta un grito ahogado y ronco mientras se retuerce y pone los ojos en blanco.

Varios espasmos hasta que se queda quieta, jadeando y buscando aire a bocanadas. Cierra los ojos mientras se relaja y la lengua relame los labios, todavía con restos de carmín, cómo sintiéndose satisfecha.

Está guapa piensa Antonio. Aun así, despeinada, sudorosa y con el carmín corrido. Mejor todavía: así es como verdaderamente está guapa. Realmente luce de esa manera, no ha conocido otra chica igual.

Se da cuenta que ella lo mira, pegada todavía al gallego.  Lo interroga con los ojos y parece vacilar, como si se cuestionara a sí misma “¿Qué es lo que estoy haciendo Antonio?” parece decir “¿Qué imagen tendréis de mí ahora?”

Si es por eso, que no se preocupe. Después de hoy están a muerte con ella. Y entonces le sonríe. De forma franca, como si lo hiciera con su alma y no con la boca. Ella asiente, una lágrima resbala por su mejilla, pero sonríe también.

Responder

Por favor, inicia sesión con uno de estos métodos para publicar tu comentario:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s