LUIS5ACONT

Eran las seis cuando una impaciente Leonor, arrastraba a su madre de la mano hasta la puerta de entrada del cuartel de plana mayor.

– Aquí es mamá, aquí – exclamaba alborozada.

– Hija, que pareces una niña pequeña y tienes ya diecinueve años, contrólate un poquito – señaló su padre en un vano intento por que se mostrara menos eufórica.

Se detuvieron junto a la barrera, con los padres cogidos del brazo y la chica echando nerviosas miradas al interior, consiguiendo llamar la atención del centinela que, sentado en la garita, leía aburrido una manoseada revista de motos. Se levantó y estirándose un poco la arrugada camisa blanca, salió a su encuentro adoptando la pose más marcial que pudo.

– ¿Deseaban algo?

– Soy la novia del soldado Julián Álvarez, había quedado con él.

– ¿En la salida de las seis?

– Si.

– En ese caso pueden esperar aquí mismo, no merece la pena que les tome los datos y les pase a la sala de espera porque ya deben estar pasando revista.

– Muchas gracias.

El soldado volvió a meterse en el habitáculo acristalado, donde hacía casi más calor qué afuera, pero al menos no le daba el sol.

– ¿Has visto qué traje más chulo mamá? me ha dicho Julián que las rayas rojas en el pantalón son porque es un cuerpo real.

– La verdad es que sí, hija, el uniforme es muy bonito.

En ese momento aparecieron los cinco soldados que tenían salida prevista a media tarde, todos de paisano y con la prisa por pisar la calle y dejar atrás el cuartel pintada en la cara.

– ¡Julián! ¡Julián! – gritó Leo nada más verlo.

El Madriles la miró con cara de pasmo, totalmente sorprendido. No se la esperaba allí en la puerta. Había quedado con ella en la estación de tren que estaba a unos doscientos metros. La chica se colgó de su cuello, abrazándolo y besándolo en la cara.

– Pero ¿qué haces aquí? ¿No habíamos quedado en el bar de la estación?

– Sí, pero es que hemos llegado muy pronto, así que nos hemos venido para acá andando: quería ver cuál era tu cuartel. Hemos preguntado a un soldado muy simpático y nos ha dicho que estaba aquí mismo.

Julián espero unos segundos antes de deshacer el abrazo. Hubiera cantado mucho que después de cuatro meses sin ver a su novia, le metiera prisa. Especialmente para su suegra, que no perdía detalle el reencuentro.

– Bueno, déjame que salude a tus padres – fue la excusa que finalmente encontró para empezar a largar amarras del cuartel.

– ¿Qué tal Elisa? – dijo dándole un par de besos en la mejilla.

– Bien ¿y tú?

– Un poco harto ya de cuartel y de mili. Deseando salir y tomarme un refresco que no hemos parado en todo el día.

– Pues entonces venga, yo también me muero por una cerveza – dijo el suegro tras estrecharle la mano en un rápido apretón de circunstancias. El desencuentro era mutuo y a duras penas mantenían la compostura por Leonor. Si bien la madre había tomado parte de la niña y superado la desconfianza que aquel chaval descarado y echado para adelante le provocaba, el padre no encontraba ningún motivo para estar contento con el partido de su hija. Su yerno no aportaba apellido, fortuna, ni buena familia. Pero al menos podría haber aportado ganas y trabajo. Y tampoco hubiera estado mal un poquito de respeto a su autoridad.

Pero nada de eso. El chico confundía amor propio con orgullo. La única vez que lo había visto agachar un poco la cabeza, fue cuando le solicitó trabajo para sus hermanos.  Y además lo hizo a través de Leonor, para no tener que pedírselo directamente. Estaba más interesado en colocarlos que me buscarse él mismo un porvenir, como si ya diera por supuesto que tenía el puesto ganado solo por casarse con su hija.

Julián, a su vez, percibía esta hostilidad interpretándola bien solo a medias. Solo se quedaba con el rechazo clasista de su suegro, al que confrontaba su orgullo transformado en chulería, consciente de que podía apostar fuerte teniendo a la madre y la hija de su parte. No se había parado ni un momento a considerar la posibilidad que debía ganarse el puesto y con él a su suegro.

– Esperad ¿nos hacemos una foto aquí delante todos juntos?

“¿Es que esto no se acaba nunca?” Rumió para sí mismo un impaciente Julián, mientras su novia hacía señas con la mano al soldado que estaba de guardia.

– Ey ¿nos podrías hacer una foto los cuatro juntos?

– Claro – dijo contento de tener algo que hacer. Era de los nuevos y apenas había chupado guardias, de ahí la ausencia de esa morriña apática que solía envolver a los más veteranos. Se situaron los cuatro juntos, dando la espalda al cuartel y desde la acera, el recluta disparó un par de instantáneas.

– Otra más, para asegurarnos. Venga: ¡patata!

“Patata te voy a dar yo a ti, peluso, cuando pueda” – pensó un irritado Julián.

– Creo que han salido bien.

– Gracias, muy amable.

Por fin se alejan de la escuela. Julián empieza relajarse un poco más: vaya espectáculo que han dado en la puerta. Afortunadamente, al final solo el centinela ha sido testigo ¿No querías evitar llamar la atención? ¡Pues toma dos tazas! Leonor se le agarra del brazo y se pega mimosa, buscándole la cara con su nariz y sus labios para frotarse.

La verdad es que no le puede reprochar a la chica su impaciencia. Cuatro meses sin verse… por un momento cavila lo que le haría él a Laura si estuviera cuatro meses sin verla. Desecha el pensamiento, es demasiado obsceno incluso para él pensar en Laura en ese momento, teniendo a Leo colgada de su brazo. 

El padre le hace preguntas sobre su experiencia militar, que no son más que excusas para tratar de largarle la suya propia en forma de anécdotas y recuerdos. Julián asiente tranquilo, como se le importara algo más que una mierda lo que le está contando. Es demasiado pronto para discutir, puede ser un fin de semana muy largo.

La chica tira del brazo provocando que la pareja se atrase un par de metros y entonces, se cuelga de su cuello y le da un beso. Él mueve la boca para recibirlo en la mejilla mientras le hace un gesto, indicando con la cabeza hacia sus padres. Ella pone ojos traviesos: está hiper excitada por el reencuentro.

En ese momento, suena una bocina. Un camión militar pasa junto a ellos sin detenerse. Entre el ruido que hace el motor y la caja metálica, Julián cree escuchar un “adiós familia”. Reconoce el vehículo, pero no al conductor. A bordo del Pegaso de tres toneladas y media, el Cordobita sonríe.

“Ahí va el Madriles con su familia, pero… qué raro” – piensa – “No sabía que estuviera tan apegado a su hermana, porque debe ser su hermana ¿no? ¿Quién si no?” – La chica más parecía una novia que una pariente.


Laura llega a la puerta del cuartel sofocada. El clima no ayuda: hace calor húmedo y pegajoso, sin una gota de brisa que mueva un poco el aire, volviendo la atmósfera todavía más sofocante y opresiva.

El viaje desde Algeciras ha sido horrible. Generalmente consigue dormir un poco, a modo de siesta, y se baja contenta y con las pilas puestas. Pero hoy no. La cabeza gira dándole vueltas hasta casi dolerle, sopesando posibilidades y escenarios ¿Estará Julián en el cuartel? Si no es así ¿de qué habrá servido el viaje? Bueno, siempre puede hablar con los chicos…Pero ¿Qué les va a decir? ¿Que le cuenten si su novio le pone los cuernos?

Está confusa, pero cualquier cosa es mejor que quedarse todo el fin de semana en Algeciras, dándole vueltas al coco. No se ve capaz de soportar el tormento de quince días sin comunicarse ni saber nada de él, con la duda royéndole las entrañas. Preguntará a quien tenga que preguntar y averiguará todo lo que pueda averiguar.

Se acerca a la barrera, donde otro guardia ha dado el relevo y ojea la misma revista mugrosa que su compañero. Da unos golpes en la barrera pero como el chico, despistado, no la ve, lo llama:

– ¿Hola? ¿Hola? – Joder, podía haber pasado todo un regimiento de Tropas Nómadas a camello y éste ni se hubiera enterado. Finalmente, el recluta se apercibe de su presencia y sale de la garita, aproximándose.

– Buenas tardes señorita.

– Hola, quería saber si podía ver al soldado especialista Julián Álvarez.

– Un momento.

Vuelve a desaparecer dentro del habitáculo y pulsa el interfono del cuerpo de guardia.

– Preguntan por el soldado especialista Julián Álvarez, mi primero.

– ¿Una visita?

– Eso parece.

– Pues tómale los datos y avisa por megafonía. Que pasen a la sala de espera.

Se oye a alguien hablar, pero al guardia solo le llega ruido con interferencias.

– Oye, espérate un momento. Dice aquí uno que el Madriles ha salido en el turno de las seis.

El soldado asoma la cabeza y le comenta a Lita me informan de que Julián Álvarez ha salido ya de permiso

– ¿De permiso? ¿Seguro que no está de maniobras?

– Un momento. Mi primero ¿seguro que es de permiso? Aja…Me confirman que es de permiso.

– Por favor ¿estáis seguros?

El centinela repite la pregunta una vez más.

– Anda, sal tú que lo has visto, que como vaya yo, le pego dos hostias al idiota que está de puerta – le dice el cabo al soldado que estaba anteriormente de turno.

Cuando esté sale, se encara al otro.

– ¿Estás tonto? que te he dicho que lo he visto salir, que ha venido su novia con la familia a recogerlo.

El otro le echa una mirada de circunstancias y señala con la cabeza a la derecha, donde una chica morena con el pelo rizado, lo mira con la cara desencajada

– ¿Novia has dicho?

– Señorita, yo…

– ¡No me llames señorita, capullo! ¡Que si estás seguro que era su novia, te pregunto!

El soldado, herido en su amor propio, responde con rotundidad:

– Segurísimo: yo mismo les hice una foto en la puerta a los cuatro. La chica se presentó como su novia y los otros eran sus suegros.

A Laura le da el telele. Ahora sí. No necesita más pruebas porque, además, el corazón le dice que aquello huele a podrido desde el primer momento.

Un grito seguido de una palabrota rasga el aire.


En el patio, el Malaguita, el Gallego, el Cordobita y Eduardo se interrogan con la mirada.

Están formados en ropa de paisano y solo esperan el visto bueno del cabo que les pasa revista, para salir a la calle de permiso. Cosa de rutina, a menos que vayan con los pelos de punta y vestidos de punkis, a los veteranos no le suelen poner pegas.

El cabo primero se gira hacia el portón y comenta en voz alta:

– No, si sabía yo que esta tía la iba a liar…Plana mayor, salida autorizada: en fila detrás de mí.

El suboficial se dirige más rápido de lo normal a la puerta: no quiere escándalos en su guardia.

La chica morena con el pelo rizado, está dando voces e insultando, pero no sabe muy bien a quién ni por qué ¿la habrán liado esos dos reclutas?

– ¿Qué pasa aquí?

– No sabemos mi primero. Preguntó por Julián Álvarez y luego se puso así, como loca, cuando le dijimos que ya había salido.

– ¡Cabrón, hijoputa! ¡Me cago en tus muertos! ¡Eres un impresentable, que lo sepa todo el cuartel!

– Señorita, no puede gritar aquí.

– ¡Grito dónde me sale del coño!

– ¡Ostiaputa, es Laura! – exclama el Malaguita.

Efectivamente es una Laura cabreada y fuera de sí, que aún no se ha percatado de que sus amigos están allí.

– Mi primero, déjenos a nosotros que la conocemos.

El cabo los mira de arriba abajo.

– ¿Esto tiene algo que ver con el Madriles?

Casi todos asienten a la vez.

– Como no iba a estar el Madriles de por medio, tratándose de un lío de tías… ya hablaré yo con ése cuando vuelva. ¡Sacadla de aquí, rápido!

Ahora, Laura se da cuenta de que son ellos y se lanza en brazos del más cercano, en este caso el Malaguita, rompiendo la formación. Su faz se ha vuelto roja por el berrinche.

– ¿Dónde está? ¿Con quién se ha ido, Malaguita?

– No lo sé, decía que venía su familia este fin de semana.

– Sí, eso nos dijo – añadió Eduardo.

– Pero, estos dicen que era su novia la chica que ha venido a buscarlo.

– Pues eso tiene lógica, porque cuando he pasado con el camión la pava no tenía pinta de ser su hermana – interrumpe el Cordobita.

– ¿Cómo?

Todos se miran desconcertados, sin entender. Cada uno tiene una parte del puzzle, pero ninguno es capaz de visualizarlo entero.

– Dijo que era su familia – añade Eduardo – que no te iba a contar nada porque no quería ponerte en el compromiso de conocer a sus padres, que por lo visto son muy raros.

Lita parpadea confundida. ¿Por qué cada uno dice una cosa distinta? No entiende nada.

Los mira por turnos a la cara, intentando poner orden en todas esas informaciones contradictorias. Se da cuenta que el gallego retira la mirada, vacilando, como mordiéndose la lengua.

– Pedro. Tú sabes algo – afirma convencida.

El gallego se caga en la madre que parió al Madriles. Siempre poniendo la cara por él. Pillando rasca por sus gilipolleces.

– Vámonos a un sitio más tranquilo y allí os cuento – Indica señalando hacia la calle.

Los chicos consiguen sacar del cuartel a Lita que, agarrada del brazo de Antonio y Pedro, camina todavía con el sofocón en el cuerpo, pero dejándose llevar.

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